CAPÍTULO 2
SIENNA
El miércoles amaneció con el sabor amargo del café frío y una culpa que me quemaba la garganta.
Pasé la mañana en la fiscalía rodeada de expedientes, pero las letras bailaban ante mis ojos.
Cada vez que leía el nombre de Asher Binsfeld en un informe de blanqueo, sentía el fantasma de su lengua reclamando la mía.
Era una traición sistémica. Estaba traicionando mi carrera, la memoria de mi padre y cada gramo de integridad que me había costado años construir.
Al salir del edificio de justicia, el aire gélido de la ciudad no logró despejarme.
Entonces lo vi. Un todoterreno blindado, negro como el abismo, esperaba junto a la acera.
No era el deportivo ostentoso de Asher. El hombre que bajó la ventanilla tenía el rostro surcado por cicatrices invisibles y una mirada que había visto demasiadas muertes.
Reconocí a Nikolai, el jefe de seguridad de Asher.
—Señorita Holt. El señor Binsfeld la espera —dijo con una voz monótona—. Han violado su domicilio.
El mundo pareció inclinarse. El oxígeno se escapó de mis pulmones en un suspiro entrecortado.
—¿Qué? —logré articular, mi mano aferrándose al maletín.
—Mis hombres detectaron la intrusión hace veinte minutos. Ya no es seguro que regrese a su apartamento. El señor Binsfeld ha ordenado su traslado inmediato.
Subí al coche por puro instinto de preservación, aunque una parte de mí sabía que estaba saltando de la sartén para caer directamente en las brasas.
Mientras cruzábamos la ciudad, mis manos temblaban.
No era solo miedo al intruso; era el pánico de saber que mi único refugio era el hombre que representaba todo lo que yo juré destruir.
Llegamos a una torre de cristal que desafiaba la gravedad en el corazón de Manhattan. Un ático privado donde el lujo no era una comodidad, sino una declaración de guerra.
ASHER
La vi bajar del vehículo desde el ventanal de mi salón, una extensión de vidrio que dominaba el horizonte. Sienna se veía pequeña, envuelta en su traje gris de fiscal, pero su postura seguía siendo una línea de orgullo herido. Parecía una gata acorralada en un palacio de diamantes.
Me quité la chaqueta y la arrojé sobre un sofá de cuero.
Desabroché los primeros botones de mi camisa, arremangándome hasta los codos.
Quería que viera mis antebrazos, las venas marcadas por la adrenalina, la piel que ella había marcado la noche anterior.
Quería que recordara que, bajo mi fachada de hombre de negocios, hay un depredador que disfruta del trabajo sucio.
Cuando las puertas del ascensor privado se abrieron, ella no se detuvo a admirar la vista. Fue directa hacia mí.
—¿Dónde están mis cosas, Asher? —Sus ojos eran dos llamaradas de desprecio—. ¿Y qué derecho tienes tú a decidir dónde duermo?
—Tus cosas están en la suite este. O en la mía, si decides que el aislamiento te pone cariñosa —respondí, sirviéndome un whisky de malta.
El cristal tintineó contra el hielo—. Y sobre el derecho.
.. el derecho me lo otorga el hecho de que dejaron una cabeza de cuervo sobre tu almohada de algodón egipcio, Sienna.
Ella palideció. Sus hombros cayeron apenas un milímetro antes de recuperar su rigidez.
—Puedo manejarlo. Pediré protección oficial.
—¿Protección oficial? —Me reí, una risa oscura que resonó en las paredes—. ¿Crees que un policía con un sueldo base va a detener a quien sea que haya burlado mi propia seguridad para llegar a ti? Esto es el mundo real, fiscal. Y en mi mundo, las leyes no detienen el plomo.
Caminé hacia ella, reduciendo el espacio con una lentitud tortuosa. Sienna dio un paso atrás hasta que sus tacones chocaron contra una de las columnas de mármol. La acorralé, apoyando una mano a cada lado de su cabeza. Mi cuerpo era una muralla de calor frente a su fragilidad armada.
—Escúchame bien. —Bajé la voz hasta que vibró contra sus labios—. En este ático, yo soy la ley, el juez y el verdugo. Si quieres salir viva de esta semana, vas a seguir mis reglas.
—No soy uno de tus empleados, Binsfeld —escupió ella, aunque su respiración ya empezaba a traicionarla—. No recibo órdenes de criminales que huelen a soberbia.
—Regla número uno —continué, ignorando su insulto y presionando mi cuerpo contra el suyo para que sintiera mi determinación—. Nunca me mientas. Ni a ti misma, ni a mí. Sé que estás aterrada, y sé que te excita que yo sea el único capaz de protegerte.
Me incliné hasta que nuestras narices se rozaron. Podía oler su miedo mezclado con ese jazmín amargo que me resultaba adictivo.
—Regla número dos: Cuando te hable, me mirarás a los ojos. Siempre. Y regla número tres... —Deslicé mi mano por la curva de su cadera, apretando con firmeza la tela de su falda—. Cuando te dé una instrucción de seguridad, obedecerás sin rechistar. ¿Entendido?
Sienna me sostuvo la mirada. Sus ojos eran cuchillas verdes, pero en el fondo vi esa chispa: una rendición que ella intentaba sofocar bajo capas de retórica legal.
—¿Y qué pasa si decido romper tus reglas? —desafió, exponiendo la línea pálida de su cuello.
—Habrá consecuencias —murmuré contra su piel—. Y te aseguro que no te van a gustar. O tal vez sí, y eso es lo que más te aterra.
No le di tiempo a replicar. Capturé su boca con brutalidad, devorándola como si quisiera tragarme su resistencia.
Mi lengua reclamó la suya mientras mis manos trabajaban en su ropa.
Desabroché su blusa con dedos precisos y luego la rasgué, dejando que los botones rodaran por el mármol.
El sujetador negro siguió el mismo camino; lo arranqué de un tirón, exponiéndola bajo la luz fría del ático.
Sus pechos quedaron expuestos. Los apreté con fuerza, pellizcando sus pezones hasta que ella soltó un gemido ahogado contra mis labios.
—Llevamos un año jugando a esto, Sienna —murmuré contra su boca hinchada, mordiéndole el labio inferior—.
Un año viéndote fingir que me desprecias en los tribunales, que solo quieres encerrarme…
mientras tu cuerpo ya sabía que terminarías así.
Sabías que tarde o temprano te rendirías al placer. Y ahora ya no hay vuelta atrás.
La levanté del suelo y la senté bruscamente sobre el borde de la mesa de billar, esparciendo las bolas con un estruendo metálico. Le subí la falda hasta la cintura y enganché sus bragas, dejándolas colgando de un tobillo como una bandera de rendición.
Separé sus muslos con las manos abiertas, exponiéndola completamente bajo la luz fría del ático. Estaba empapada. Su coño brillaba, hinchado y traicionero.
—Mírame —ordené.
Ella intentó cerrar los ojos. Le sujeté la mandíbula con fuerza, clavándole los dedos.
—He dicho que me mires, fiscal. Quiero que veas quién te está rompiendo.
Me arrodillé entre sus piernas abiertas.
Sin preliminares. Pasé la lengua por su centro de una sola lamida larga, recogiendo su sabor.
Sienna se estremeció, un gemido roto escapando de su garganta.
Cerré la boca alrededor de su clítoris y succioné con fuerza, hundiendo dos dedos dentro de ella al mismo tiempo.
Estaba caliente, apretada, desesperada por el contacto.
Empecé a follarla con los dedos sin piedad: profundo, rápido, curvándolos para golpear ese punto que la hacía arquearse como una puta desesperada. Mi lengua no dejaba de trabajar su clítoris —lamiendo, succionando, mordisqueando suavemente solo para hacerla saltar.
—Tan mojada... —gruñí contra su carne—. Llevas un año humedeciéndote por el hombre que juraste destruir. Qué vergüenza, ¿verdad? La intachable fiscal Holt, deshaciéndose en la boca de un criminal.
Sienna intentó cerrar las piernas. No se lo permití.
Le clavé los dedos de la mano libre en el muslo, abriéndola más, obligándola a mostrarme todo.
Mis dedos entraban y salían con un sonido húmedo y obsceno que llenaba el salón.
Aumenté la velocidad, follándola más duro con la mano mientras mi lengua azotaba su clítoris sin descanso.
Ella jadeaba, gemía, intentaba contener los sonidos mordiéndose el labio hasta que sangró. Pero su cuerpo la traicionaba: sus caderas se movían solas contra mi boca, buscando más.
—Suplica —dije entre lamidas, levantando solo un segundo la mirada hacia ella—. Suplica que te deje correrte, o te mantengo al borde toda la noche.
—No… —jadeó ella, pero su voz se quebró cuando hundí un tercer dedo y empecé a bombear más rápido.
—Suplica, Sienna. Dime que necesitas que el hombre que odias te haga correrte como una zorra en mi mesa de billar.
Sus paredes se contrajeron violentamente alrededor de mis dedos. Estaba cerca. Muy cerca. La mantuve allí, ralentizando solo lo justo para torturarla.
—Por favor… —sollozó finalmente, las lágrimas brillando en sus ojos verdes—. Por favor, déjame correrme…
Sonreí contra su coño empapado.
—Buena chica.
Ataqué su clítoris con la lengua sin piedad, chupando con fuerza mientras mis dedos la follaban a un ritmo brutal.
Sienna se corrió con un grito roto, el cuerpo convulsionando sobre la mesa.
Sus muslos temblaron violentamente alrededor de mi cabeza, y su coño apretó mis dedos como si nunca quisiera soltarlos.
Seguí lamiendo y follándola con los dedos durante todo su orgasmo, alargándolo hasta que ella lloriqueó y trató de apartarme, demasiado sensible.
Solo entonces me aparté.
Me incorporé lentamente, limpiándome la boca y la barbilla con el dorso de la mano. Mis dedos todavía brillaban con sus jugos. Me los llevé a los labios y los lamí despacio, mirándola a los ojos.
—Suite este —dije con una voz gélida, como si no acabara de destrozar su dignidad—. Tienes veinte minutos para ducharte. La cena se sirve a las nueve. No llegues tarde.
Me di la vuelta y salí del salón sin una mirada atrás, dejando a Sienna tendida sobre la mesa de billar, con las piernas abiertas, las bragas colgando de un tobillo y su coño todavía palpitando por el orgasmo que le había arrancado.
SIENNA
Me quedé allí, temblando sobre la mesa de billar, sintiendo el aire frío contra mi piel mojada. Tenía su rastro resbalando por mis muslos y el sabor de la derrota en la lengua.
Sabía que esto no era protección. Asher no quería guardarme de un acosador; quería desmantelar mi alma pedazo a pedazo hasta que no quedara rastro de la mujer que entró en su despacho.
Miré hacia el ventanal, donde las luces de Nueva York parecían estrellas lejanas e inalcanzables.
En este ático, la justicia no tenía jurisdicción.
Aquí solo existía el hambre de un Binsfeld, y el inquietante silencio de mi propia voluntad, que ya no gritaba por escapar.