Lazos de Lujuria (Los Pecados de Binsfeld nº 3) CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

SIENNA

Un año después del encuentro en el casino

El sobre apareció en mi cocina como un mal presagio. No tenía sello, ni remitente, ni rastro de humanidad más allá de mi nombre escrito con una caligrafía inglesa de trazos excesivamente precisos: Sienna Holt. Fiscal Adjunta.

Lo abrí con el cuchillo de cocina, sintiendo el frío del acero en la palma.

Dentro no había una carta de amor, sino una sentencia.

Una fotografía mía, tomada tres días atrás, me mostraba saliendo de mi edificio con un café en la mano y la mirada perdida en el tráfico de la Quinta Avenida.

En el reverso, una fecha y una advertencia que me hizo apretar los dientes:

«Abandone el expediente Binsfeld. El acero es más barato que la justicia, y usted está gastando demasiado de lo segundo».

No temblé. Tras tres años persiguiendo a la estirpe de Solomon Binsfeld, las amenazas eran el ruido de fondo de mi vida.

Sin embargo, esta era distinta. No era el ángulo de un paparazzi ni el descuido de un informante; el encuadre era íntimo.

Quien disparó la cámara estuvo lo suficientemente cerca para oler mi perfume.

El teléfono sobre la encimera vibró, rompiendo el silencio sepulcral de mi apartamento. El identificador decía: Número Privado.

—Fiscal Holt —respondí. Mi voz era un muro de hielo.

—Señorita Holt. Me han dicho que ha recibido correspondencia no solicitada. Una verdadera lástima.

Esa voz. Grave, cargada de una confianza que rozaba la insolencia y con un matiz de diversión que me revolvió el estómago. Asher Binsfeld.

—¿Cómo lo sabe, Asher? —Mi mano se cerró con fuerza alrededor del aparato—. ¿Ha empezado a gestionar su propio servicio de mensajería para criminales?

—Me entero de todo lo que respira en la ciudad de Nueva York, especialmente si esa respiración es tan agitada como la suya ahora mismo.

—Soltó una risa baja, un sonido que se sintió como una caricia no deseada en mi nuca—.

No sea tan previsible, Sienna. Si mi familia quisiera enviarle un mensaje, no usaría papel. Usaríamos algo mucho más... permanente.

—¿Es eso una confesión o una amenaza?

—Es una invitación. La persona que le envió esa foto no trabaja para mí. De hecho, ha vulnerado un perímetro que yo consideraba sagrado. Venga al Inferno esta noche. A las nueve. En mi oficina privada.

—No voy a reunirme con un objetivo de investigación en su santuario de vicio.

—No es una cita, fiscal. Alguien la está siguiendo. Alguien que no es un Binsfeld, pero que quiere que usted crea que lo es. Si quiere seguir viva para intentar encarcelarme, necesita saber quién es ese tercero en discordia.

—¿Por qué me ayudaría usted? —pregunté, sintiendo un nudo de sospecha en la boca del estómago.

—Porque desde que me ajustó la corbata aquel día, no he podido dejar de pensar en lo bien que le sentaría dejar de jugar a la heroína. Y porque nadie toca lo que yo he marcado como mío. Ni siquiera para asustarlo.

Colgó antes de que pudiera replicar. Me quedé mirando la foto. Tenía razón: el ángulo era desde mi propio vestíbulo. Alguien había entrado en mi hogar, en mi santuario, y la única mano extendida era la del diablo al que intentaba encadenar.

ASHER

La vi cruzar la sala VIP desde mi atalaya de cristal.

Sienna Holt era un insulto visual a la decadencia de mi casino.

Mientras las mujeres a su alrededor vestían lentejuelas y desesperación, ella llevaba un traje sastre azul oscuro que gritaba autoridad.

Sin embargo, yo podía ver más allá. Sabía que, bajo esa tela rígida, su corazón latía con la violencia de un animal acorralado que empieza a disfrutar de la caza.

Bajé las escaleras dejando que el murmullo de la sala se apagara a mi paso. El mundo se detiene cuando un Binsfeld camina, y yo me aseguraba de que Sienna lo notara.

—Fiscal Holt —dije, deteniéndome frente a ella. Mis ojos recorrieron su rostro, deteniéndose en la tensión de su mandíbula—. El azul le sienta mejor que hace un año. Parece que finalmente ha aceptado que este mundo le queda pequeño.

—Ahórrese los cumplidos, Asher. Hablemos de la foto. —Su mirada verde era un desafío constante. No había rastro de miedo, solo una furia fría que me resultaba más excitante que cualquier sumisión.

—Acompáñeme. Mi oficina es el único lugar donde las paredes no tienen oídos... solo ojos.

La guié por el pasillo privado, sintiendo su presencia detrás de mí como una corriente eléctrica.

Al entrar en mi despacho, el aire cambió.

Mi refugio olía a sándalo, tabaco de importación y al aroma metálico del poder.

Era un espacio de sombras y cuero, diseñado para que cualquiera que entrara se sintiera insignificante.

Sienna, sin embargo, se plantó en el centro de la habitación con los hombros rectos.

—Siéntese, fiscal. No muerdo... a menos que me lo pidan con educación —comenté, rodeando mi escritorio de ébano con la parsimonia de un depredador.

—Guárdese su encanto barato, Binsfeld. No estoy aquí por su hospitalidad, sino por la brecha de seguridad en mi vida —su voz era una línea recta, sin una sola fisura.

—¿Seguridad? —Solté una risa seca, deteniéndome frente a ella—. Hablemos de seguridad. Usted cree que el escudo de su placa la protege, pero alguien entró en su edificio, Sienna. Alguien le respiró en la nuca mientras pedía su café matutino. Y ese alguien no fui yo.

Le tendí el expediente de cuero negro. Sus dedos rozaron los míos al tomarlo y juraría que una descarga recorrió la madera de la mesa, una corriente que no tenía nada que ver con la estática y mucho con la piel.

Sienna abrió el archivo. Su mandíbula se tensó hasta volverse una línea de acero.

En el interior no solo estaban las fotos de su acosador; había registros de empresas pantalla y una lista de informantes que la fiscalía sospechaba que trabajaban para nosotros, pero que en realidad estaban filtrando información a un bando desconocido.

—¿Por qué me muestra esto? —preguntó, devolviéndome el archivo con un gesto tan brusco que las hojas se desordenaron—.

Aquí hay pruebas de movimientos bancarios que mi oficina lleva meses intentando rastrear.

Me está entregando la cabeza de sus propios socios comerciales.

Podría ser una táctica de distracción...

o un caballo de Troya. Un Binsfeld ayudando a la fiscalía a limpiar sus propias cuentas es un chiste de mal gusto, Asher.

—No se confunda, fiscal. No estoy ayudando a la justicia, me estoy ayudando a mí mismo. —Me levanté, rodeando el escritorio—. Esos hombres cuyos nombres ve ahí no son socios; son parásitos que creen que pueden robarle a un Binsfeld y usarla a usted como escudo humano.

Me detuve frente a ella, obligándola a levantar la barbilla para no perder el contacto visual.

—Le doy las herramientas porque prefiero que los encierre usted antes de que mi hermano Lucien decida que es más eficiente enterrarlos.

Y sobre todo... —Bajé la voz, invadiendo su espacio hasta que nuestras respiraciones se mezclaron—.

Porque no soporto la idea de que otro hombre, que no sea yo, tenga el poder de quitarle el sueño.

Sienna soltó una carcajada amarga, aunque sus pupilas se dilataron al sentir mi proximidad.

—¿Cree que soy su juguete, Asher? ¿Cree que si inserta la moneda adecuada voy a darle el premio que busca?

—Creo que eres la primera mujer en años que no tiene precio, Sienna. Y eso me vuelve loco. —Mi voz bajó una octava—. Admítelo. Viniste aquí porque, en el fondo de tu alma puritana, te mueres por saber qué se siente al estar del lado del diablo.

—Lo que siento es asco —siseó, pero sus pupilas se dilataron, traicionando su desprecio—. Usted representa todo lo que juré destruir. Es un parásito que vive del vicio ajeno.

—Y yo soy la infección que estás deseando contraer. —Mi mano subió, rápida como un látigo, y atrapé su nuca.

Sienna reaccionó al instante. No retrocedió; me golpeó el pecho con ambas manos, intentando apartarme con una fuerza sorprendente.

—¡Suéltame! —gruñó—. No te atrevas a tocarme, Binsfeld.

—Pégame si quieres, fiscal. Hazlo real. —La atraje más, obligándola a arquear la espalda contra el borde del escritorio—. Pero no niegues este incendio. Tus manos están temblando contra mi pecho, y no es precisamente de odio.

—Es de rabia —respondió, aunque su voz era apenas un hilo.

Me incliné para besarla y ella giró la cara con violencia, haciendo que mis labios rozaran solo su mejilla. Sus manos subieron a mis hombros, ya no para empujarme, sino para apretar la tela de mi chaqueta con una desesperación mal disimulada.

—Esto es un error... —susurró contra mi cuello—. Voy a hundirte, Asher.

—Hazlo. Pero antes, déjame enseñarte por qué vale la pena arder —susurré en su oído, mordiendo suavemente el lóbulo.

Ese fue el detonante. Sienna emitió un sonido que fue mitad gemido y mitad rugido de frustración, y finalmente estrelló sus labios contra los míos.

Fue una rendición hambrienta. Me besó con la furia de quien ha estado en un desierto moral durante años, sus dedos enredándose en mi cabello con una violencia que me hizo sonreír contra su boca.

La levanté en vilo, sentándola sobre el ébano y esparciendo los expedientes por el suelo. Sus piernas se envolvieron alrededor de mi cintura con una fuerza instintiva. El contraste era una droga: su traje de fiscal contra mi seda, su moralidad de hierro contra mi depravación.

Hundí mi rostro en su cuello, mordiendo la piel delicada sobre su clavícula hasta que el sabor de la posesión llenó mis sentidos.

—Eres un animal —jadeó ella, arqueando la espalda mientras mi mano subía por su muslo, rasgando la fina media de seda.

—Y tú eres la única con las garras lo suficientemente largas para disfrutar del zarpazo —gruñí—. Tu ley no llega hasta aquí, Sienna. Aquí solo existe este hambre.

Me separé un segundo para mirar su rostro. Tenía los labios hinchados y ese brillo de corrupción que tanto había esperado ver. Sabía que la había quebrado, no con dinero, sino con algo mucho más sucio: la verdad de su propio deseo.

—Vete a casa, fiscal —dije, soltándola con una frialdad calculada para que el golpe de realidad le doliera más que el deseo—. Mi chófer la espera abajo. Mañana seguiremos cazando a su acosador. Pero esta noche... esta noche vas a soñar con el demonio al que le has abierto la puerta.

Sienna se arregló la ropa con manos temblorosas, envuelta en un silencio denso y humillante. Salió de la oficina sin mirar atrás, sus tacones resonando contra el mármol como una huida.

Me quedé solo, ajustándome los gemelos en medio de mi santuario ahora desordenado. Nikolai entró un minuto después, evitando mirar los papeles por el suelo.

—El perímetro está asegurado, señor.

Me acerqué al ventanal y observé el coche negro alejarse con la mujer que acababa de vender su alma por un beso.

En el escritorio de ébano, el archivo de cuero seguía allí, pero el aire todavía conservaba ese aroma a jazmín y papel oficial que ella había dejado atrás, marcando mi territorio de una forma que ningún contrato podría igualar.