Lazos de Lujuria (Los Pecados de Binsfeld nº 3) PRÓLOGO
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Lazos de Lujuria (Los Pecados de Binsfeld nº 3)

Lazos de Lujuria (Los Pecados de Binsfeld nº 3)

Por Eva Wilde

© inepub.com

PRÓLOGO

ASHER

El primer encuentro hace un año

El aire del Inferno no huele a aire. Huele a una mezcla embriagadora de perfume de tres mil dólares, sudor ansioso y el aroma metálico de las fichas recién acuñadas. Es el aroma del pecado consentido, y yo soy su sumo sacerdote.

Me apoyé en la barandilla de caoba del piso superior, dejando que el frío del cristal de mi copa de champán me humedeciera la palma.

Abajo, el caos era una coreografía perfecta: cientos de personas desesperadas por sentir algo, apiñadas alrededor de las mesas de póker como moscas sobre una gota de almíbar envenenada.

Para mis hermanos, este lugar es una lavadora de dinero o un activo en un balance general. Para mí, es un laboratorio de la voluntad humana. Aquí observo cómo los hombres se deshacen por una carta, entregando su dignidad a cambio de un destello de fortuna.

—Señor Binsfeld... —La voz de uno de mis hombres de confianza interrumpió mi trance desde la penumbra.

—Habla —ordené, sin apartar la vista de una mujer que acababa de perder su anillo de bodas en la ruleta.

—La fiscal ha llegado. No es una visita de cortesía. Está abajo, exigiendo revisar los libros de la sala de límites altos.

Esbocé una sonrisa lenta. Había oído ese nombre susurrado en las cenas familiares; una nota discordante en la sinfonía de poder de Lucien.

Sienna Holt. La mujer que había devuelto un sobre con medio millón de dólares con una nota que decía: «Su dinero no compra mi silencio, pero su silencio comprará mi investigación».

—Déjala pasar —indiqué, ajustando el nudo de mi corbata de seda—. Quiero ver de qué color es el alma de una mujer que no tiene precio.

Bajé las escaleras con la parsimonia de quien se sabe dueño del oxígeno en la habitación. Crucé la sala principal y allí estaba ella, rompiendo la estética de mi casino como una mancha de tinta negra sobre un lienzo de seda.

Sienna Holt vestía un traje sastre azul marino, un corte severo que intentaba camuflar unas curvas que, para mi ojo entrenado, eran un grito de guerra.

Tenía el cabello castaño recogido en un moño tan tenso que parecía una declaración de principios, y unos ojos verdes que cortaban el humo de los puros con la precisión de un bisturí.

No poseía la belleza plástica de las modelos que frecuentaban mi cama; lo suyo era algo mucho más peligroso. Era real.

—Señorita Holt. —Me detuve a una distancia que cualquier otro hombre consideraría invasiva—. Bienvenida al Inferno. Espero que no haya venido a apostar; odio ver a una mujer inteligente perder su patrimonio.

—No es su casino, señor Binsfeld. Es una propiedad bajo investigación federal por blanqueo de capitales. —Su voz era terciopelo sobre lija: seca, profesional y letal.

—¿Y qué ha descubierto en su búsqueda? —Me incliné un poco, lo suficiente para captar su rastro. No olía a las flores dulces de las amantes de mis hermanos. Su aroma era una nota de jazmín envuelta en el olor acre del papel oficial y la tinta fresca. Un aroma ácido, casi salvaje.

—He descubierto que usted confunde la impunidad con el encanto —respondió ella, clavando su mirada en la mía. Eran dos cuchillas verdes que me diseccionaron en un segundo.

Por un instante, el tintineo de las fichas y la música ambiental desaparecieron.

Solo existía la carga eléctrica entre nosotros.

Sienna no retrocedió. Al contrario, invadió mi espacio personal, obligándome a inclinar levemente la cabeza para mantener el contacto visual.

Su mirada bajó a mis labios con un asco tan tangible que casi pude saborearlo.

—Es usted un cliché, Binsfeld —susurró, tan bajo que solo yo pude captar el veneno—. Traje a medida, champán de cosecha y esa confianza estúpida de quien cree que el mundo es su patio de juegos porque nadie ha tenido el valor de ponerlo en su sitio.

Sentí un tirón de anticipación en el pecho. Me gustaba el fuego, y esta mujer era un incendio forestal que parecía desear consumir mi apellido.

—Quizás es que nadie ha tenido las manos lo suficientemente limpias para intentarlo —respondí, bajando la voz hasta que mi aliento rozó su sien.

No se inmutó. En un movimiento que me tomó por sorpresa, su mano subió y sus dedos largos se cerraron alrededor del nudo de mi corbata. Tiró de mí hacia abajo con una firmeza repentina, obligándome a mirarla de cerca, tanto que pude ver la furia líquida en sus pupilas.

—No se confunda. —Su puño presionó mi tráquea lo justo para que el mensaje fuera claro—.

Para mí, usted no es un Binsfeld. Es solo un expediente que huele a residuo y que estoy deseando archivar bajo la etiqueta de «Culpable».

Su corazón late demasiado rápido, Asher.

¿Es miedo o es que hace mucho que nadie le marca los límites?

—Es curiosidad, fiscal —logré decir, con la voz más ronca de lo habitual—. Curiosidad por ver cuánto tardará en darse cuenta de que me está tocando mucho más de lo que permite la ley.

Me soltó con un empujón seco, como si se hubiera manchado de algo infeccioso. Sacó un pañuelo de seda de su bolsillo y se limpió los dedos frente a mí con una parsimonia insultante antes de dejarlo caer sobre una pila de fichas de mil dólares.

—Si vuelve a invadir mi espacio, no voy a denunciarlo por acoso —sentenció, dándose la vuelta—. Voy a meterlo en una celda tan pequeña que olvidará cómo se siente el aire libre. Y le aseguro que allí, su apellido no servirá ni para comprar papel higiénico. ¿Entendido?

—Perfectamente.

La vi alejarse, el golpe seco de sus tacones marcando un ritmo militar sobre el mármol. El aire del casino volvió a oler a lo de siempre, perdiendo esa pureza ácida que ella había traído consigo.

—Señor Binsfeld... —Uno de mis guardias se acercó, incómodo—. ¿Quiere que la sigamos? Ha sido una falta de respeto intolerable.

—Ha sido perfecta —corregí, pasando la punta de la lengua por mi labio inferior.

Todavía podía sentir el fantasma de su puño contra mi tráquea, una presión que me recordaba que seguía vivo—.

Que nadie la toque. Si alguien de esta familia o de esta ciudad le quita un solo pelo de la cabeza, lo mato yo mismo.

Miré hacia la puerta por donde había desaparecido la fiscal Holt. Alcé mi copa y bebí el champán tibio, pero ya no sabía a nada. El Inferno se sentía de repente demasiado pequeño para los dos.