Las partes indecentes 38
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Nuria llegó a Prosperidad el miércoles treinta de septiembre con un papel, y esta vez no dijo que el orden importaba, porque solo había algo que contar y no venía a ofrecer nada.

Se sentó en la silla que no cojea. Yo en la que sí.

Él no estaba: estaba en Barcelona desde el lunes, con la mochila, porque Paula había dicho «dos semanas fuera es lo máximo que aguanta una nave» y era verdad, y volvía el viernes.

Nuria lo miró no estar, con la mirada de un segundo que usa para las cosas que anota, y puso el papel en la mesa.

—Ofelia ha renunciado.

Lo dijo así. Sin fecha al principio; después con fecha.

El veintidós de septiembre, una semana después de nuestra carta, con copia a ella, Ofelia Lago había enviado al grupo un escrito firmado, con nombres, en el que declaraba que los comentarios reproducidos en el dosier del veinticinco de mayo no eran suyos, que las personas identificadas como G e I eran Gala Montesinos e Iago Reverte, que el proceso que ella había descrito como propio en la entrevista del tres de junio no lo era, y que estaba dispuesta a declararlo bajo juramento si el grupo llevaba la reclamación a un juzgado.

—No lo hice yo —dijo Nuria—. Que quede claro. No la llamé, no le pedí nada, no redacté nada. Recibió vuestra copia y a los siete días llegó esto. Sola.

Sola. Con la cara sin poner, en una cocina de mármol, después de haber discutido todas las notas y aceptado una.

—¿Y el grupo? —Retira la reclamación. —Nuria miró el papel—. No porque tengáis razón, que la tenéis. Porque con una declaración así de la autora, y con el historial que os di en junio, un juicio se pierde y sale en los periódicos. Es cálculo. Lo digo para que no lo confundas con otra cosa.

No lo confundí. Nuria estaba haciendo lo que hace desde hacía seis años, no mentir, y esta vez no mentir incluía decir que el grupo retiraba por cálculo y no por justicia, y que ella lo sabía, y que la diferencia no le importaba al grupo y a ella sí.

—Y lo otro —dijo.

Lo otro. Lo sabía antes de que lo dijera, porque lo había leído en el burofax y porque Nuria no había dicho «en principio» ni una vez en toda la conversación, y cuando Nuria no dice «en principio» es que ya no hay principio.

—«Lo que queda del año» no sale. No en Meridiana.

Ni en octubre del año que viene ni nunca.

El grupo no publica a una autora que ha publicado contra él con un ISBN de autónoma, aunque retire la reclamación.

Retirar la reclamación es una cosa y esto es otra.

La adenda queda sin efecto. Te llegará por escrito.

Me quedé mirando el papel de Ofelia, que estaba boca arriba en la mesa con la firma abajo, y no el de Meridiana, que no había llegado todavía.

—Joder —dije.

No lo había dicho en todo este libro, y lo pongo porque lo dije, en mi cocina, con Nuria delante, con el pósit en la nevera con su letra recta y una fecha de octubre del año que viene que ya no era una fecha.

Joder. Una palabra. Nuria no dijo nada. Esperó, como espera Nuria, con las manos encima de nada porque no había traído carpeta.

Y después le di las gracias.

—Gracias por lo del lunes. Por el orden. Por la regla. —¿Qué regla? —Contar antes de vender. —Eso no es una regla. Es una costumbre. —Pues por la costumbre.

No le di las gracias por la reclamación retirada.

Eso era del grupo, y era cálculo, y no se dan las gracias a un cálculo.

Le di las gracias por junio, por haber venido a mi cocina con una carpeta y haber dicho «con mi consentimiento» dos veces antes de abrirla, y Nuria lo entendió, porque asintió una vez, corta, hacia la mesa, y se levantó.

—¿Y Ofelia? —le pregunté, antes de que se levantara del todo. —Escribe. Mal. Todos los días. Me manda páginas los lunes y yo le pongo notas y ella discute todas y acepta una. —Cogió las llaves—. Es más de lo que aceptaba antes.

En la puerta, con las llaves del coche, se giró. No dijo «lo hablamos». No dijo «esto no es contra ti». Dijo:

—El libro es bueno. El verde. Lo he leído.

Y se fue por la escalera.

El de Meridiana llegó el jueves. Por correo certificado, con el mismo membrete, una página: la reclamación quedaba sin efecto, la adenda relativa a «Lo que queda del año» quedaba sin efecto, y el grupo daba por concluida la relación contractual con la autora material.

Autora material. Meridiana no me había llamado así nunca por escrito, y lo hacía en un papel que decía que ya no.

Lo guardé en el cajón, encima del anexo sin firmar, debajo del taco, y cerré el cajón con la rodilla.

Me quedé en la cocina con un papel de Ofelia y un pósit.

Lo que había perdido lo sabía con exactitud, como sé las cosas: un sello, el único que había tenido en seis años; una campaña, la grande, la del anexo, que había rechazado en junio sabiendo que la rechazaba, y la mínima, la de la adenda, que no había rechazado y que se había ido igual; y octubre del año que viene, una fecha que llevaba en la nevera desde marzo y en la cabeza desde hacía año y medio.

Todo. No había nada que lo sustituyera. No había otro sello esperando, ni una agente con un correo, ni una llamada.

Había un papel de Ofelia que decía que yo era yo, y no servía para publicar nada.

Lo que apunto de aquel miércoles es esto: que la retirada de una reclamación de cuarenta y cinco mil euros no ponía un libro en ningún escaparate. Eran dos cosas distintas. Se lo había dicho Nuria y era verdad.

Bajé a por café. Pasé por delante de la librería de los tres portales, la del cartel de Ofelia, que seguía en el escaparate con su encimera de acero que ya no salía en el libro, y al lado, en el estante de novedades, detrás del cristal, un rectángulo verde con una raya blanca, uno, de canto, que la chica del mostrador había pedido porque una clienta lo había pedido, y pensé que aquello era todo lo que iba a tener en un escaparate en mucho tiempo: un libro de canto al lado de un cartel de otra.

Entré. Compré el café en el bar de al lado, no en la librería, y no miré más.

Esa noche abrí el borrador.

El taco con la goma, el de las trescientas doce páginas, el de la mujer de septiembre del año anterior que miraba una casa como un inventario y una encimera de mármol.

No lo había abierto desde mayo. Lo abrí en la cocina, con el pósit delante, a las once, con el bolígrafo rojo, y fui a la página treinta y uno.

La coma seguía. Con la raya de mayo encima y la coma repuesta encima de la raya.

La quité. Otra vez. Y esta vez no la volví a poner.

Miré la frase sin la coma, «la casa que no quería», y era otra frase, más rápida, de una mujer que ya no se para entre la casa y lo que no quiere, y la dejé, y pasé la página, y en la treinta y dos había una frase entera, no una coma, una frase de la mujer de septiembre mirando una ventana como quien mira un inventario, y la taché, y encima escribí otra, con el rojo, en el margen, en el sitio donde en un archivo habría ido un cuadro.

Pude. Es lo único que voy a decir de aquella noche: que pude.

Que la mujer de mayo no había podido y la de septiembre sí, y que lo que había en medio era un libro verde, un burofax, una cocina de mármol, dos vales y un hombre en Barcelona con una mochila de tres semanas.

En la treinta y ocho, la mujer de septiembre entraba en la cocina de la casa heredada y la encimera era de mármol, y la dejé de mármol.

Es lo que apunto de esa página: que la dejé.

No porque no supiera de qué era una encimera, sino porque aquella era de otra casa y de otra mujer, y una revisión no es cambiar lo que una sabe ahora por lo que sabía antes: es saber cuál de las dos sabía la mujer del libro.

A las tres de la mañana llevaba cuarenta páginas y catorce frases, y el taco tenía rojo en los márgenes, cosa que no pasaba desde noviembre del año anterior, y cerré, y le puse la goma, y pensé lo que iba a hacer con él, y no era buscar un sello grande, porque no había ninguno, ni pequeño, porque no conocía ninguno: era acabar la revisión.

Entera. Y después ver. Sin garantía. Con un ISBN de autónoma si hacía falta, y una cubierta que no fuera verde, y cuarenta ejemplares para pagar la tasa.

No lo decidí sola. Se lo dije a él el viernes, cuando llegó con la mochila, en la cocina, con el taco delante: que iba a revisar entera y que después no sabía.

Y él dijo que vale, y que si quería margen lo tenía, y que si no, no, y que era mi libro.

Mi libro. Lo dijo con esas dos palabras y sin nada detrás, y después preguntó si la mujer del libro seguía mirando la casa como un inventario, y le dije que sí, que en la página tres, y que no lo iba a tocar, y él dijo que bien, que una mujer que hace inventario en la página tres tiene mucho libro por delante para dejar de hacerlo.

Y no lo apunté en ningún margen, y lo estoy apuntando ahora.

El pósit lo quité el sábado. No lo tiré. Lo pegué en la primera página del taco, encima de la goma, con la fecha de un octubre que ya no era una fecha, y ahí está, y no sé para qué sirve, y lo dejé.

El jueves veintidós de octubre, en Gràcia, Ofelia salió otra vez en televisión.

Lo vi en el portátil de él, en su cocina de Gràcia, con una encimera de madera que no guarda nada y una ventana a un patio con ropa tendida de otros, a las cinco de la tarde, con él al lado, en un programa de tarde distinto del de junio, con la misma presentadora o una igual.

Ofelia con las gafas en la cabeza y el bolígrafo en la mano derecha.

La cara puesta. Yo había pensado no verlo.

Lo pensé a las cuatro, con el portátil cerrado, y a las cinco lo abrí, porque no ver algo es una manera de decidir por una misma lo que pasa, y ya no lo hacía.

Y la presentadora le preguntó por el libro verde, que a esas alturas tenía un nombre en las redes y quinientos ejemplares, y Ofelia dijo lo que dijo.

Que los comentarios no eran suyos. Que G e I eran dos personas con nombre y que el nombre estaba en una cubierta.

Que ella había dicho en junio algo que no era verdad y que lo decía ahora.

Y que el final de «Marea viva», el que había escrito en julio en su cocina, ese sí era suyo, y que la encimera del trece también, y que eran peores que lo que había antes y que eran suyos, y que con eso se quedaba.

Lo dijo sin pausa. Sin escalofrío. Con la cara puesta, pero sin la pausa, la diferencia entre una cara y una máscara, y la presentadora no supo qué hacer con una autora que decía en un plató que lo suyo era peor, y cambió de tema.

Cerré el portátil. Con las dos manos. Él no dijo nada y yo no dije nada, y a los dos minutos él puso la cafetera, lo que hace ahora en vez de un chiste, y sacó dos tazas de un armario, y el ruido de la cafetera fue lo único que hubo en la cocina durante un rato, y era una afirmación modesta, la de Ofelia, la más modesta que le había oído en seis años, y era exacta, y no me devolvía nada, ni un sello ni un octubre, y no tenía por qué.

Lo que me devolvía era el nombre, y el nombre ya lo tenía en una cubierta verde, y el resto era suyo.

No hice ninguna declaración. Lo pongo porque después me lo preguntaron, dos periodistas por correo y una lectora en una firma que no era mía, y no la hice, ni entonces ni después, porque lo que tenía que decir estaba en cuarenta mil doscientas palabras con dos nombres, y una declaración era exactamente lo que hacía Ofelia, y Ofelia lo hacía mejor.

El lunes fuimos a Sordina.

Yo no había estado nunca en la nave. La conocía por un capítulo suyo del libro verde: la barra de auriculares colgados de clavos como en una carnicería, la cafetera de un bar cerrado, la cabina con el cristal.

Era así. Exactamente así, y era la primera cosa suya que veía en persona después de haberla leído, al revés de todo lo demás de él.

Paula estaba en su mesa. Me miró como mira Paula, comprobando, y me dio la mano, y me dijo que había leído el libro y que tenía una gráfica de las escuchas de los seis antiguos que quería enseñarme y que no me la iba a enseñar porque no era mía. Después giró la pantalla hacia él.

—La serie nueva. La de otoño. Con nombre. —Y sin cambiar la voz—: ¿Pongo el tuyo?

Él tardó lo que se tarda en no querer decidir.

—Haz lo que quieras.

Paula no giró la pantalla.

—No —dijo—. Precisamente eso ya no.

Lo dijo con la exactitud con la que le había dicho «como querías» en junio, sin crueldad, leyendo una gráfica.

Precisamente eso ya no. Que hiciera lo que quisiera era lo que había hecho durante dos años con su nombre: dejar que otro decidiera que no estuviera, y llamarlo libertad.

Paula no iba a decidirlo. Ni yo. Y él lo supo, porque me miró.

Me miró a mí. Un segundo, como se mira a alguien para ver qué diría, la misma con la que me había mirado en una cocina en junio con un discurso aprendido en el tren, y yo no dije nada, y no moví la cara, y no le di ni un gesto, porque su nombre en sus audios no me tocaba a mí ni con un gesto, y él lo vio, y entendió que no iba a haber diccionario, y volvió a Paula.

—Sí.

Una palabra. Paula la escribió en la pantalla, en un campo, con el apellido, y giró la pantalla hacia él para que lo viera, y él lo miró como se mira un ISBN, y no añadió nada, y Leire, desde la cabina, con los auriculares al cuello, dijo «ya era hora», lo que no dijo su madre, y era lo que tocaba en aquella nave y no en aquella cocina.

Antes de salir, Paula me paró en la puerta, sin él, un segundo.

—Lo de la gráfica. —Miró la nave—. Los seis antiguos van por doscientas mil. No te lo digo por nada. —Me lo dices porque es un dato. —Es un dato.

Y me dio la mano otra vez, como dice Paula que ha entendido a alguien.

Salimos a la calle. Poblenou, octubre, un sol de tarde con humedad. Él andaba a mi lado con las manos en los bolsillos y no dijo ningún chiste sobre el nombre, ni sobre Paula, ni sobre nada, y a los cien metros dijo:

—Ahora me pueden criticar. —Ahora te pueden criticar. —Bien.

Y cogimos el metro, y miró las salidas, y se relajó, y yo lo vi hacerlo y no lo apunté, porque ya no hace falta apuntar las cosas que se van a volver a ver, y porque una parada después me cogió la mano sin mirarme, en un vagón lleno, y eso sí lo apunto, una vez, y ya.