Las partes indecentes Epílogo
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Epílogo

El cartel de la suite nupcial seguía teniendo una flecha con forma de corazón, y la flecha seguía señalando una escalera, y la moqueta de la escalera era nueva.

Toni nos había recogido en el aeropuerto a las cinco, con el Ibiza rojo y la radio con las noticias de Baleares, sin cartel de cartón, y al vernos salir había cogido la bolsa y la mochila sin preguntar y había dicho «Gala» y «Iago», los dos nombres, en ese orden, como se leen de una lista, y había arrancado.

Veinte minutos de rotondas y campos con paredes de piedra y, esta vez, ovejas.

Lo vi al entrar, el sábado quince de mayo a las seis de la tarde, con la bolsa de Meridiana que uso para todo aunque ya no sea de Meridiana, y él detrás con la mochila, y era lo primero que había cambiado en Ses Llunes y era lo único: la moqueta.

El resto, el mostrador de madera oscura, el router con su cinta, la tele, estaba como en enero, y en el vestíbulo hacía calor.

Calor de verdad, de radiador, en mayo, porque la caldera de la nueva estaba arreglada desde abril, «en principio», había dicho Nuria por teléfono en marzo cuando llamó para otra cosa, y esta vez el principio se había cumplido.

Catalina salió de la cocina con el delantal y el aro de llaves.

—¿Qué ala queréis?

No dijo «bienvenidos». Lo apunto porque lo esperaba y no vino, y porque hay cosas que no cambian y se agradecen.

—La vieja —dijo él. —La quince —dije yo. —Ya lo sé —dijo Catalina.

Y le dio a Toni un número, que era el quince, y Toni subió con la mochila y con la bolsa, y en la 15, a los pies de la cama, con la colcha de flores, había una manta marrón doblada en cuatro, que no hacía ninguna falta en mayo con la caldera arreglada y que estaba, y no la movimos, y en el pasillo de la vieja, con la moqueta nueva, la 17 tenía la puerta abierta y la mesa del director y las dos sillas que no eran iguales, y pasamos de largo, porque era la cena de Toni y Catalina y la 17 podía esperar.

Cuarenta y cuatro años. Eso era la cena.

El aniversario, el catorce de mayo, de una boda de 1983 en un hotel que abría en junio y que aquel año había abierto en mayo para esto, con las treinta mesas del comedor y veinte de ellas puestas, y gente.

Gente de Fornells, primos, un matrimonio de Alaior que venía todos los años, el dueño que no arreglaba la caldera y que la había arreglado, y en la mesa de la ventana, la mía, cuatro sillas: Toni, Catalina, él y yo.

Y una minuta.

Impresa, de las de boda, en un papel grueso, doblada, con el menú a un lado y al otro un texto.

Un texto corto, de una página, que Catalina había pedido en enero por teléfono, a mí, con una frase: «Escribid algo.

Para leerlo. Los dos». Y lo habíamos escrito.

En Prosperidad, en marzo, en la mesa de la cocina, con un solo portátil y sin ningún cuadro, hablando, en voz alta, tachando, discutiendo cada frase como se discute una frase cuando el otro está a cuarenta centímetros y no a dos metros, y era la primera cosa que escribíamos así, y era una página sobre un hombre que llevaba un café con leche a un mostrador todos los días de un año a una mujer que no tomaba café.

Debajo del texto, en la minuta, en letra pequeña, ponía: «Texto: Gala Montesinos e Iago Reverte».

Lo miré. Él lo miró. Catalina lo había puesto ahí, con los dos nombres, en ese orden, en un papel que iban a tener en las manos setenta personas de Fornells que no sabían quiénes éramos y no tenían por qué, y no lo comentamos, y Catalina tampoco, y Toni, que estaba sirviendo vino, sirvió.

Catalina lo leyó. Ella. De pie, en la cabecera de la mesa de la ventana, con las gafas en la nariz, con la voz de leer una lista de encargos, sin subir en ningún sitio, y el comedor se calló, y ella leyó una página sobre sí misma bebiendo cafés que no quería con la misma cara con la que había leído una hoja en enero con un salero en la mano.

Sin hacer una pausa que no estuviera en el papel.

Y cuando acabó, dobló la minuta, la dejó en la mesa, y se sentó sin decir nada, y Toni, a su lado, tampoco, y se le notaba. Se le notaba en que miraba el mantel.

El matrimonio de Alaior, en la mesa de al lado, preguntó a Catalina quiénes éramos, y Catalina dijo «los del texto», señalando la minuta con la barbilla, y el matrimonio de Alaior miró la minuta y nos miró y dijo «ah», y no preguntó más, y eso, en aquel comedor, era una presentación completa.

La caldereta la sirvieron dos chicas de Fornells que Catalina había contratado para no cocinar ese día y a las que corrigió tres veces desde la mesa sin levantarse.

Con cabeza. Se notaba. Toni comió sin hablar, como come Toni, con los dos codos en la mesa como conduce, y en el segundo plato le puso a Catalina en el plato un trozo de pan sin que ella lo pidiera, y ella se lo comió sin mirarlo, y era la segunda cosa que veía en aquel hotel que explicaba cuarenta y cuatro años sin una palabra, después del vaso de leche.

El brindis lo hizo Catalina también.

Se levantó con la copa a los postres, cuando el comedor ya hablaba alto, y dio un golpe en la copa con un tenedor pequeño, de los de aperitivo, y el comedor se calló otra vez, y ella dijo, hacia Toni, sin mirarlo, que es como se dicen las cosas en ese hotel:

—Cuarenta y cuatro años. Con leche. —Y después, girando la copa hacia nuestra mesa, hacia él—: Que un chico que estuvo aquí un febrero dijo que a partir de cierto punto ya no es amor, que es sexo con problemas administrativos.

—El comedor se rio; Catalina no—. Pues eso. Por los problemas administrativos.

Y bebió.

Se rio todo el comedor. Toni se rio, cosa que no le había visto hacer en cinco semanas, con la cara entera, mirando el mantel.

Yo me reí. Y él se rio el último, con la copa en la mano, después de todos, cuando ya se había apagado la risa de los demás, con una risa corta que no era de sistema y que no fue primero, y Catalina lo miró reírse el último y asintió una vez, hacia la copa, como quien confirma un dato que ya tenía.

Toni habló después. En la mesa, ya sentados, con la copa, hacia mí, sin que nadie le preguntara nada, cuando habla Toni.

—Se quedó tres días.

Lo dijo mirando la copa.

—En marzo. Después de que os fuerais. Tres días en la 17, con el radiador, sin escribir nada. Yo le llevaba el café y lo dejaba en la esquina de la mesa y no lo tocaba. El lunes lo llevé al aeropuerto. —Dio un trago—. Ya lo sabrás.

Lo sabía. Me lo había dicho él en junio, en una cama sin pared, con otras palabras, y lo había leído en un cuadro sobre una palabra de tres letras, y lo sabía.

Dejé que Toni lo contara igual. Es lo que se hace con un hombre que dice quince palabras en una cena de cuarenta y cuatro años: se le deja contar lo que ya se sabe, porque no es para una: es para él.

—Ya —dije.

Él me miró. Yo lo miré. Y no dijo nada, porque «ya» era suyo y lo tenía yo desde junio y no lo iba a devolver.

La bolsa la tuve en las rodillas toda la cena.

La de Meridiana, con lo de dentro. Trescientas doce páginas, revisadas enteras, acabadas el martes anterior a las tres de la mañana, sin goma ya, con una pinza, y con el pósit de Nuria pegado en la primera página con una fecha de un octubre que no existió.

«Lo que queda del año». La mujer de septiembre que hace inventario en la página tres y deja de hacerlo en la ciento cuarenta, con una encimera de mármol que dejé de mármol y una coma que quité.

Terminada. Sin sitio. Sin sello grande porque no lo había, y sin pequeño porque llevaba tres meses escribiendo a cuatro y ninguno había contestado todavía, y con un ISBN que podía pedir con mi NIF cuando quisiera, y no lo había pedido, porque quería esperar a que contestaran, y esperar lo sé hacer desde un viernes de junio con las manos vacías en una mesa.

No la saqué. Lo apunto. Nadie me la pidió, y Catalina no lee lo que no le ponen delante, y la cena era de otros. La llevé en las rodillas, con el peso que tiene un libro entero que no existe todavía, y a los postres la puse en el suelo, junto a la silla, y no la miré más.

A las once los de Fornells se fueron en coches, y el matrimonio de Alaior subió a la 22, que tenía calefacción, y el dueño se fue con Toni a la puerta de atrás, donde Toni sacó una cajetilla que no era suya y le dio un cigarro, y Catalina recogió minutas de las mesas, una por una, y las metió en una caja de cartón que ya tenía otras cosas dentro.

Nos quedamos en la mesa de la ventana. Con dos copas y la minuta nuestra, que Catalina no había recogido porque la tenía él en la mano.

—Tenemos una cosa pendiente —dijo.

La teníamos. El capítulo nueve. El de la novela siguiente, no el de «Marea viva», la que llevábamos escribiendo desde marzo, la que iba a ser de los dos o no iba a ser, y en la que él había escrito un capítulo nueve en abril y yo había dicho que no, y él había dicho que sí, y llevábamos tres semanas con una discusión parada en un margen porque las discusiones paradas en un margen no se resuelven con un cuadro y las dos personas estaban en dos ciudades. Ahora estaban en la misma mesa.

—Aquí no —dije. —Arriba. —Arriba.

Subimos. Por la escalera de la moqueta nueva, que no crujía, y por el pasillo de la vieja, con la luz amarilla de hotel, y pasamos por delante de la 15, con la bolsa dentro y la mochila, y por delante de la 16, que estaba vacía, y entramos en la 17.

Estaba como estaba. La mesa del director, rayada, con la lámpara de pie, con las dos sillas que no eran iguales, y el radiador, que en mayo no hacía falta y que hacía su ruido de agua igual, porque la vieja siempre ha tenido calefacción.

Él se sentó en su lado. Yo en el mío. Sin portátiles: con la minuta, que él puso en medio, en la tierra de nadie donde había habido dos tazas.

—El capítulo nueve —dijo. —Es tuyo. —Es mío y no funciona. —No he dicho que no funcione. He dicho que no fue así. —No es sobre nosotros. —Es sobre dos personas en una habitación. Siempre es sobre nosotros. —Eso lo dices tú.

Y así. Media hora. Con la voz alta, la de discutir, que en él es la de los siete minutos con el volumen cambiado y en mí es la de leer un informe delante de gente que va a votar, la que no usábamos en febrero porque había una regla y ahora no había ninguna, y nos oía todo el ala vieja, el matrimonio de Alaior en la 22 y Catalina en la suite, donde dormía cuando había gente, y en algún momento él dijo que Clara pensaba demasiado, y yo le dije que aquella no se llamaba Clara, y él dijo que daba igual cómo se llamara, y yo le dije que no daba igual, que en un libro nada da igual, y él se rio, y yo me reí, y seguimos.

No lo resolvimos esa noche. Lo apunto porque es lo que tienen las cosas pendientes: que están pendientes.

Quedó en que él reescribía el nueve y yo lo leía en el margen y decíamos «aquí no» y «aquí sí», lo que sabemos hacer, y que si no funcionaba lo escribía yo, y que si lo escribía yo él lo iba a decir, y que eso era exactamente lo que había que hacer con un capítulo nueve.

A las doce y media él se levantó y cerró la puerta de la 17.

Con una mano. La cerró despacio, hasta el pestillo, y se quedó con la mano en el pomo un segundo, mirando la puerta cerrada de una habitación en la que en febrero la puerta había estado siempre abierta, y después se volvió, y me miró, y yo lo miré, y desde el pasillo, desde la suite, con la voz de una mujer de sesenta y muchos que no ha dormido nunca con tapones, se oyó:

—No hagáis ruido, que el ala vieja se oye entera.

Él se rio. Yo me reí. Y no hicimos caso, porque se oía todo, y ya lo sabíamos, y era la única cosa de aquel hotel que no íbamos a cambiar.