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El libro existía. Lo comprobé cuatro veces en tres pantallas antes de creérmelo, el viernes cuatro de septiembre a las ocho de la mañana.
La página de la plataforma, con la cubierta verde y la raya blanca y el título y los dos nombres, el suyo primero, y un botón.
Un botón de comprar, con un precio que habíamos discutido dos días en un margen.
Le di, para ver si funcionaba, y funcionó, y me cobró, y me llegó un correo diciendo que había comprado un libro que había escrito yo, y me quedé en la cocina de Gràcia mirando el correo como se mira un ticket de aparcamiento de un sitio donde uno no ha aparcado nunca.
A las ocho y uno me escribió ella. Una palabra: «Existe».
Sin punto. Contesté con una foto del correo de compra, la de un hombre que ha comprado su propio libro, y ella contestó que ella también, a las ocho, un minuto antes, y que por tanto el primer ejemplar vendido era el suyo, y yo contesté que el segundo, y ella contestó que el orden importa, y era la única discusión de aquel viernes y la ganó.
No hubo campaña. Lo pongo porque es lo que había: no hubo nada. Ni un cartel, ni un correo de nadie, ni un grupo de prensa. Un libro en una página con un botón, y dos personas en dos ciudades mirando el botón.
A las diez lo tenía la de la formica.
La cuenta. La que había localizado el hotel en mayo por una foto de una web de bodas.
Había comprado el libro a las ocho y cuarto, lo había leído entero en dos horas, lo que se tarda en leer cuarenta mil palabras cuando una ya sabe qué busca, y a las diez había subido una foto.
No del libro. De ella. Delante de Ses Llunes.
Abierto. Con las contraventanas de la vieja abiertas y un cartel de temporada en la puerta y, detrás de ella, en el vestíbulo, medio fuera de foco, una mujer de sesenta y muchos con un delantal y un aro de llaves en la mano, mirando a la cámara como se mira a alguien que ha venido a hacer una foto y no a dormir.
Catalina. En una foto. En septiembre. Con el hotel abierto.
Y debajo, el texto de la cuenta: que la barra era verde, que la 17 era una habitación con una mesa, que G era una mujer y se llamaba Gala, que I era un hombre y se llamaba Iago, que lo ponía en la cubierta, y que ella lo había sabido desde mayo y no lo había escrito porque no era suyo escribirlo. Eso último lo leí dos veces.
A las doce, la novia del velo.
Volvió a subir el vídeo. El mismo. La iglesia, el eco, el niño.
La frase con el género cambiado. Y debajo, esta vez, una línea que en mayo no estaba: «Texto de Gala Montesinos e Iago Reverte.
Lo leí sin saberlo. Ahora lo sé». Y los dos nombres, el suyo primero, como en la cubierta, en el pie de un vídeo de una boda de una desconocida, y yo me quedé mirando mi apellido debajo de un velo y no supe qué hacer con las manos.
No contesté a nadie. En público, nada. Fue lo que acordamos en un cuadro en agosto y lo que hicimos los dos, ella en Prosperidad y yo en Gràcia, con dos móviles vibrando a ratos y ninguna respuesta, y no era ni orgullo ni estrategia.
Lo que había que decir estaba en el libro, y lo demás era de las que lo leían.
El ejemplar de Ses Llunes lo había mandado ella.
El veintiocho de agosto, el día de la carga, un sobre acolchado a la dirección del hotel, a nombre de Toni y Catalina, sin nota, porque una nota habría sido explicar, y con el verde de la cubierta bastaba.
Lo supimos porque la foto de la cuenta de la formica tenía, en el mostrador de recepción, detrás de Catalina, un rectángulo verde con una raya blanca, apoyado contra el router con su cinta, de pie, como se ponen las cosas que se quiere que vea quien entra, y no lo comentamos en ningún cuadro, y los dos lo vimos.
A las dos llamó Catalina.
Al fijo de Sordina, porque no tenía mi móvil, y Paula me pasó la llamada como se pasa la llamada de una mujer que no ha pedido nada y va a decir algo.
—Lo he leído. —¿Y?
Un silencio de cocina. Se oía una campana zumbar detrás, o me lo pareció.
—Sigue estando mal —dijo—. Pero ahora se entiende por qué.
Y colgó. Antes que yo. Con Catalina me pasa; con nadie más.
Me quedé con el teléfono de Sordina en la mano, en la nave, con Paula mirándome, y me reí.
Una vez, corta, hacia el auricular, como se había reído ella en un fregadero un domingo de febrero, y Paula me preguntó qué, y le dije que la mejor crítica que iba a tener el libro me la acababan de dar en seis palabras desde una cocina de Menorca, y que era exacta.
Se lo mandé a Gala. Las seis palabras, sin comentario. Contestó: «Consta». Sin punto, que es lo nuevo.
El sábado leí en Gràcia.
Un bar de la plaza de al lado de casa, de los de mesas de mármol y camarero de siempre, que el dueño nos dejó a las ocho porque a las ocho no hay nadie, y hubo treinta personas.
Las conté yo, que no cuento. Treinta y una con el camarero, que se quedó detrás de la barra con un trapo y no se fue.
Marc. Paula, en la primera mesa, con una copa que no tocó.
Leire, con los auriculares al cuello por costumbre.
Uxía, que había venido de Vigo en un tren de siete horas sin decírmelo, y que se sentó al fondo con la cara de quien va a contar en Cangas todo lo que vea.
Gente de Sordina. Dos vecinas. Una chica que había venido porque había leído el libro el viernes y lo dijo así, «lo leí ayer», como quien dice que ha ido al médico.
Y yo con una hoja.
Un capítulo mío. El cuatro del libro verde, el de la primera semana, el de los cuadros en un archivo y dos tazas que no mueve ninguno.
Impreso, en dos folios, con mi nombre arriba, y me puse de pie delante de treinta y una personas, sin atril, sin cabina, sin cristal, y empecé a leer, y a la tercera línea la hoja empezó a temblar.
Lo digo tal cual: la hoja. No yo. Yo tenía la voz de siempre, la de los siete minutos, la que sabe dónde va la pausa, y la voz no tembló ni una vez, porque no sabe temblar.
La hoja sí. La tenía en la mano derecha y la esquina de abajo se movía sola con un temblor pequeño, de papel, que se veía desde la primera mesa, y Paula lo vio, y yo vi que lo veía.
Hice un chiste. Uno bueno, de los míos, sobre el aire acondicionado del bar y el papel bajo demanda, y se rieron, treinta personas, y con la risa la hoja se quedó quieta un segundo, para lo que sirven los chistes.
Y después no hice más. Ese es el dato. Después de la risa, la hoja volvió a temblar en la segunda página, en el sitio donde en el libro verde yo compro siete libros de otra en el móvil a la una de la mañana, y no hice ningún chiste, y dejé que temblara, y leí hasta el final con la esquina moviéndose y treinta y una personas mirándola, y en mi vida no había leído nada en voz alta con mi nombre arriba, y la hoja lo sabía, y yo no la corregí.
Uxía, al fondo, cuando acabé, dijo «ho» en voz alta, sola, como se dice un nombre, y fue el único aplauso que oí.
Después aplaudieron los demás, treinta personas y un camarero con un trapo, lo que se aplaude en un bar de plaza a las nueve de la noche, y Marc se acercó y me dijo que por fin contaba algo entero, y que había tardado doce años, y que no se lo pensaba perdonar, y me dio en el brazo como se da en el brazo a alguien que ha ganado algo pequeño.
«Marea viva» salió el jueves diez.
Lo compré. En una librería de Gràcia, a las once de la mañana, con el cartel en el escaparate y una pila en la mesa de la entrada, veinte ejemplares, con la encimera de acero en la cubierta, y el librero, que me conoce de comprar cosas raras, me dijo «este se vende solo», y tenía razón, y me lo cobró, el de la encimera de acero y la luz de campana y «la más íntima y atrevida de su vida», y lo compré con la tarjeta que no debería usar para eso, y me lo llevé a casa, y lo abrí por el trece.
La encimera. La de ella.
Tres páginas. Es peor. Lo digo con oficio y sin ganas: es peor que la nuestra, y no por mucho, y por lo que tiene que ser.
Clara piensa demasiado. Hay un adjetivo que se repite.
Bruno sabe dónde van las manos, un error, y lo sabe porque quien lo escribió no había estado en una cocina de acero sino en una de mármol con un hombre hace once años y lo recordaba de otra manera.
Y hay una frase, en la segunda página, una sola, que es buena.
Muy buena. Se nota que alguien la escribió con la cara sin poner, y se nota que alguien le dijo que era buena y ella no contestó y la dejó.
Cerré el libro. Con respeto, una palabra que no uso y que ahí iba.
Lo puse en la estantería, con la foto de Ofelia en la contracubierta, gafas en la cabeza, bolígrafo en la mano derecha, y lo dejé ahí, al lado del verde, porque los dos existían y los dos eran verdad, y porque el de ella iba a vender lo que iba a vender.
Vendió. La primera semana, mucho; lo dijeron los periódicos con cifras.
Con la campaña, con el cartel, con la cara puesta, con la novia con velo y las teorías de mayo y una entrevista en un plató, «Marea viva» fue lo que Nuria había puesto en un pósit en enero: el libro del año de Ofelia Lago.
No se lo atribuyeron a ningún otro. No había por qué.
La marca era real. Es lo que apunto de aquella semana, sin segunda frase: que la marca era real, y que el libro verde iba por doscientos ejemplares y el suyo por lo que fuera, y que las dos cosas eran ciertas a la vez y no se anulaban.
El martes quince llegó el burofax.
A Prosperidad. Yo estaba allí desde el domingo, con la mochila de un día que ya llevaba tres, y a las once sonó el timbre y era un hombre con una gorra y un papel para firmar, y firmó ella, y el hombre se fue, y en la mesa de la cocina hubo un sobre con el membrete del grupo, y otro igual iba a llegar a Gràcia esa misma mañana, y no hacía falta abrirlo para saber qué era.
Lo abrió ella. Dos folios con el membrete, el mismo interlineado del anexo, la misma tipografía que hacía razonable cualquier cosa, y una referencia que era la misma que la de junio con una letra más.
Lo leyó de pie, entero, con la cara de leer una factura que sabe que es correcta. Me lo pasó. Lo leí.
Reclamación de la cláusula penal por incumplimiento de las obligaciones de confidencialidad.
Cuarenta y cinco mil euros. A cada uno. Y en el segundo párrafo, sin adjetivos, con el número de la adenda y la fecha: Meridiana cancelaba la publicación de «Lo que queda del año» prevista para octubre del año siguiente.
Lo dejé en la mesa.
Y todo en mí pidió irse.
Lo pongo entero, porque es la escena, y porque un hombre que ha dicho en una cocina en junio que no va a volver a llamar amor a irse tiene que contar lo que hace cuando le dan la mejor razón de su vida para hacerlo. Tres cosas. A la vez, como en el bar de la formica, en la boca, sin orden.
La primera: el tren. La página de los trenes seguía en el móvil. Un Madrid-Barcelona a las tres, ventanilla, y en Gràcia me esperaba el mismo burofax con mi nombre, y podía irme a leerlo allí, solo, lo que había hecho con todo en mi vida: leer las cosas solo en otra ciudad.
La segunda: dejar que ella lo gestionara.
Es lo suyo. Sabe de contratos, de plazos, de cláusulas; había preguntado como Clara en junio y sabía exactamente qué pedían y qué no podían pedir, y yo podía sentarme en la silla que cojea y decir «tú sabes de esto» y que ella hiciera lo que hace: decidir qué existe.
La tercera: asumirlo yo. Decir que la penal era mía, las dos, que yo había aportado el hilo, que yo había puesto mi nombre el segundo pero mi firma la primera, que yo tenía una carpeta con cincuenta y tres copias y que la responsabilidad era de quien guarda versiones.
Con la voz buena. Con la pausa. Como en junio con la mochila, y esta vez sin llamarlo amor: llamándolo justicia, que suena mejor y es lo mismo.
Tenía las tres. Las tres eran buenas.
No hice ninguna.
Me senté. En la silla que cojea, con el burofax en la mesa entre los dos, y ella de pie con la cara de factura, y dije la única cosa que no había preparado, la que no era de las tres, la que se dice sentado:
—¿Qué contestamos?
Contestamos. En plural. Lo oyó. Se le notó en que dejó la cara de factura y se sentó en la que no cojea, y en que no dijo «yo me encargo», que era lo que habría dicho en marzo, ni «déjalo», que era lo que habría dicho en febrero. Dijo:
—La verdad. Que lo que publicamos no es de ellos.
Que la cláusula de alcance lo dice. Que la confidencialidad la rompieron ellos el veinticinco de mayo con un dosier con nuestros comentarios y su logo.
Y que si quieren los cuarenta y cinco mil, que los pidan en un juzgado donde haya que enseñar el historial.
—Sin abogado. —De momento. Un abogado es lo que se pide cuando la otra parte contesta.
Esto es la primera carta. La primera carta se escribe con lo que hay.
Y la escribimos. Esa tarde, en la mesa de la cocina, con el portátil suyo y el mío, a dos cursores, como la encimera de febrero, dos folios, sin adjetivos, con fechas: el quince de mayo, el veinticinco, la cláusula de alcance con su número, el anexo rechazado el trece de junio, el libro verde con su ISBN y su fecha.
Sin una sola palabra sobre una cocina ni una pared ni una manta.
Solo lo que se podía enseñar en un juzgado.
La firmamos los dos. Ella con el rojo y yo con el de Batlle, uno debajo del otro, en el mismo orden que en la última página impresa de marzo. Y ella puso, en la lista de destinatarios, debajo del grupo, un nombre más.
—Copia a Ofelia —dijo. —¿Por qué? —Porque es su libro.
Lo dijo sin ironía. Era exacto: el libro era suyo, con su nombre, y el burofax hablaba de su libro, y Ofelia tenía derecho a saber que el grupo reclamaba en nombre de lo que ella había firmado, y lo que hiciera con eso era suyo. No lo decidimos por ella. Se lo mandamos.
—¿Y si van a juicio? —dije, con la carta ya firmada. —Entonces enseñan el historial. Con las fechas. Con el quince y el veinticinco. Delante de un juez. —Dobló los folios—. No van a ir. —¿Y si van? —Si van, vamos. Los dos. Con abogado, entonces sí.
Los dos. Lo dijo como se dice lo que ya está firmado dos veces, en rojo y en negro, y yo pensé que en marzo aquella frase la habría dicho en singular, y que ahora no le salía en singular, y que a mí tampoco.
A las siete fuimos a la oficina de correos de la calle de al lado, con cola, con un número de esos que se sacan de una máquina, y lo mandamos con acuse, tres destinatarios, y la mujer del mostrador nos miró como se mira a dos personas que mandan la misma carta a tres sitios un martes a las siete, y volvimos andando, y en el portal ella me preguntó, sin mirarme, si me quedaba a cenar, y yo dije que sí, y era la pregunta más pequeña que me habían hecho en mi vida y la contesté con la mochila de tres días en el pasillo, sin mirar el horario de ningún tren.