35
La creí. Es lo primero, y lo dije primero, a las cuatro menos cuarto, con el portátil girado hacia mí, el móvil en la mesa con su cuadrado gris y ella con las manos vacías encima de la mesa como quien ha entregado algo y espera el recibo.
—Te creo.
No dije más de eso, de momento, porque «te creo» es una frase que se estropea con la segunda.
Se quedó ahí, en la cocina, con la nevera.
Ella no se movió. Yo miré el cuadro otra vez, el de las tres y catorce, con mi pregunta escrita por ella de memoria y su respuesta debajo, y el móvil con el audio parado a los cuatro minutos, y la carpeta con el anexo a un lado, y pensé lo que iba a decir en el orden en que iba a decirlo.
No el de un guion. El de una escena que hay que corregir, que es otro orden.
—Lo del audio me da igual —dije—. Lo digo tal cual: me da igual que lo oyeras hace dos años y me da igual que lo borraras. Era un audio. Se borran. Lo que no me da igual es que lo hayas guardado cuatro meses sin borrarlo y me lo pongas en una mesa. Eso es otra cosa. Eso me lo quedo.
Ella no dijo nada. Esperaba. Tenía la cara de esperar, que en ella es la de leer con la cabeza recta.
—Y lo del veintiséis de febrero te lo creo.
Que tenías miedo. Que lo borraste por eso.
Lo creo porque yo sé lo que es tener miedo de una pregunta y borrarla, lo he hecho toda la vida, solo que yo las borro antes de hacerlas y tú después.
—Miré la carpeta—. Y lo del libro lo entiendo.
Un libro de los dos. Las cinco semanas. Sin ella, sin Nuria, sin esto. Lo entiendo y me parece bien.
Y aquí es donde corregí la escena.
—Pero un libro no arregla el seis de marzo.
Lo dije como se dice en un cuadro que una frase no funciona: sin subir la voz, señalando el sitio. Ella lo oyó así. Se le notó en que no bajó la vista.
—El seis de marzo a las siete de la mañana quitaste mi nombre de un campo de autor que no servía de nada, y a las nueve viniste a la 17 con el abrigo abrochado y me dijiste que lo del hotel se quedaba en el hotel, y no me preguntaste.
Eso es lo que pasó. No la limpia de Ofelia, ni el bar, ni la escala en Palma.
Eso. Decidiste tú qué pérdida me convenía.
Decidiste que me convenía perder el margen y no perder el trabajo, o el nombre, o lo que fuera que pensaras que iba a perder, y lo decidiste con la misma mano con la que decides qué existe en un archivo, y yo dije «vale» porque era la única palabra que tenía para no discutir lo que ya estaba decidido.
Silencio. La nevera.
—Y el libro no lo arregla. El libro está bien.
Pero si hacemos el libro y no arreglamos eso, lo que va a pasar es que en algún momento, en octubre, o en un margen, o en una cocina, tú vas a volver a decidir qué me conviene, con las mejores razones del mundo, y yo voy a decir «vale», y vamos a tener un libro precioso con los dos nombres y lo mismo de siempre.
Ella habló entonces. Una frase.
—¿Qué quieres?
Como Clara. La pregunta de abogada, la de qué pierdo, con otras palabras. Y yo tenía la respuesta desde el tren, desde antes, desde una escalera de moqueta en la que había pensado que aquel era el primer sitio al que bajaba sin saber si me lo habían pedido.
—Que no vuelvas a decidir por mí qué pérdida me conviene. Nunca. Aunque tengas razón. Aunque la tengas entera. Me lo preguntas, y si digo que prefiero perder lo otro, pierdo lo otro. Eso.
Lo dijo con la cabeza. Un movimiento. Y después con la boca:
—Vale.
Mi palabra. La suya en un despacho de enero, la mía en la 17 en marzo, y ahora la suya otra vez, en su cocina, con lo mismo dentro que había tenido la mía: que no era rendición.
—Y lo mío —dije.
Porque hay dos personas en una cocina y la escena no se corrige por un lado.
—El miércoles vine a tu casa con una mochila de un día y un discurso aprendido en el tren, y te ofrecí irme.
Firmar, renunciar, desaparecer. Con la voz buena.
Y lo llamé, sin llamarlo, la única cosa que podía hacer por ti.
—Miré la mochila en el pasillo, que se veía desde la silla—.
Eso no era por ti. Eso era lo mío de siempre con una excusa mejor que las otras.
La mejor que he tenido. Y tú lo oíste y dijiste «ya», y tenías razón.
—Lo oí. —Pues eso. Lo mío es que no voy a volver a llamar amor a irme. Ni a llamarlo sacrificio, ni generosidad, ni «lo que mejor sé hacer». Si me voy, me voy, y se llama irse. Y si me quedo, me quedo, y no lo llamo nada.
Se quedó mirándome. Y dijo, con esa precisión suya que no deja leer las cosas de dos maneras:
—Vale.
Dos vales. Uno cada uno, y cada uno con lo suyo dentro. Lo apunto porque fue lo primero que se firmó aquella tarde, antes de nada, antes del libro, sin papel: dos compromisos de una frase en una cocina para dos, y ninguno era una disculpa, porque las disculpas no sirven para nada y esto sí.
Y solo entonces hablamos del libro. No antes. Lo digo porque el orden, aquella tarde, fue lo único que hice bien del todo.
Lo puse yo en la mesa. Lo que costaba. Lo dije en voz alta con las cifras, porque las cosas que cuestan se dicen con cifras o no se han dicho: que si publicábamos lo que había en el margen, con los dos nombres, rompíamos la confidencialidad los dos, y que la cláusula penal eran cuarenta y cinco mil para cada uno, y que Meridiana podía retirar lo que quisiera, y que lo que iba a querer retirar era «Lo que queda del año», octubre del año que viene, con campaña o sin ella, porque un sello no lanza un libro de una autora que acaba de publicar contra él.
Y que el anexo, que seguía en la carpeta, era lo contrario de todo eso: firmarlo era cobrar cuarenta y cinco mil más y tener la campaña grande y no perder nada, salvo el margen, que ya habían comprado en un dosier.
—Eso es lo que cuesta —dije—. Todo lo tuyo. Lo mío son veinte mil que no cobro y una penal que no puedo pagar.
Ella puso el suyo.
—Y Ofelia firmando la cocina de Catalina para siempre.
Lo dijo mirando la carpeta. Y yo entendí que aquello no era una cifra y era la más alta de la mesa: que una mujer de sesenta y muchos con un delantal y un aro de llaves, que había cortado puerro sobre aquel acero al día siguiente como si nada, iba a estar en un plató en septiembre en boca de otra, para siempre, con la pausa, y que Gala no lo iba a permitir aunque le costara octubre, y que no lo decidía por mí: lo ponía en la mesa para que lo viera.
—Lo publicamos —dije. —Los dos. —Los dos. —Y octubre. —Y octubre. Y la penal, si la piden. Y lo que no sabemos. —Lo que no sabemos es lo que más cuesta. —Lo sé.
Lo dijimos así, con las cifras y con lo que no tenía cifra, y nadie hizo como si el otro no lo hubiera oído.
Y ya está. Sin más. Dos personas en una cocina decidiendo perder cuarenta y cinco mil cada una y un octubre y una campaña por un libro sin sello que iba a contar cinco semanas en un hotel cerrado, y lo decidimos como se decide una frase en un margen: cada uno la mitad, y la frase queda mejor que la de cualquiera de los dos.
Lo que era el libro lo dijimos después. Lo dijo ella, porque lo tenía pensado, y lo dijo entero sin decidirlo, como quien lee una lista para que otro la corrija: las cinco semanas.
Del treinta y uno de enero al seis de marzo.
Nada de antes y nada de después. Los dos, en primera persona, alternando.
Los comentarios en columna, como en el dosier pero enteros, con los nombres, no con letras.
Ninguna línea de «Marea viva»: ni la encimera, ni el beso, ni la mañana de las tazas, porque eso era de otra y lo habíamos vendido y no se recompra.
Ni Ofelia, ni Nuria, ni Madrid, ni esta cocina.
El hotel. Lo que pasó en el hotel entre dos personas que escribían, contado por las dos.
—¿Y el hilo? —dijo.
El del veintiséis. El que no existía en ningún archivo suyo, ni en Meridiana, ni en el dosier.
Abrí mi portátil. La carpeta. Las cincuenta y tres copias, con la fecha y la hora, una por cada vez que había abierto el archivo compartido desde el primer lunes hasta el nueve de marzo, la de las nueve y cinco del jueves veintiséis en medio de todas, y se la enseñé entera, la carpeta y no un archivo, para que viera cuántas veces y desde cuándo, y que no era una copia de un jueves sino una costumbre de doce años, y que el hilo estaba porque todo estaba.
Abrí la de las nueve y cinco. Fui al catorce.
A la frase de Bruno. Y allí colgaban los tres cuadros, con las horas, nueve y dos, nueve y tres, nueve y cuatro, y el hueco.
—Lo aporto —dije—. Va entero. Con el hueco. Y con la frase como se dijo en la 16, no como la dice Bruno. La de Bruno es de ella; la de la 16 es nuestra.
Ella lo miró como se mira lo que se dio por perdido a las once y dos de una noche y que resulta que alguien guardó sin saber para qué. No dijo gracias. Dijo:
—Con el hueco.
Y el orden.
Lo decidí yo. Ella no lo propuso, no lo insinuó, no me dejó un hueco para que lo propusiera: lo había dejado sin decidir a propósito, como todo lo demás desde las tres y catorce, y por eso lo decidí yo.
Gala Montesinos e Iago Reverte. Ella primero.
Y no por cortesía. Porque el libro empezaba con ella llegando con tramuntana un sábado y yo llegaba el domingo, y porque en cuarenta y tantos cuadros ella había escrito primero en treinta, y porque su nombre no había estado en ninguna portada en seis años y el mío no había estado en ninguna en dos, y de los dos, el que había pedido no estar era yo.
—Tú primero —dije—. Montesinos y Reverte. Por orden de llegada. —Vale.
Ella cogió la carpeta del anexo, la cerró con las dos manos, y la metió en el cajón de la cocina, el de la goma, encima del taco de «Lo que queda del año», sin firmar, y cerró el cajón, y no dijo que era un no: lo era.
Imprimimos la última página. La del archivo de trabajo, la que tenía la palabra de tres letras y debajo mi cuadro del seis de marzo a las diez de la noche, con el hueco.
En la impresora pequeña de Prosperidad, que no tiene cartel de «no tocar».
Y en el hueco, debajo del cuadro, con el bolígrafo rojo de la coma, firmó ella.
Y debajo, con el bolígrafo de Batlle, que seguía siendo el único que tenía, firmé yo.
Y debajo de las dos, con el rojo, ella escribió una palabra. Consta. Con punto. La miré escribirla y no dije nada, porque lo que consta no se comenta.
Dos firmas y una palabra a mano en una página impresa de un archivo que se sincroniza con Madrid, sobre una palabra de tres letras. La única página de «Marea viva» que iba a tener nuestros nombres, y era del margen, no del libro.
Lo demás es el después.
No cuento la noche. No es pudor, una palabra que no me sirve. Lo que pasó esa noche ya lo habíamos escrito dos veces y hecho dos veces, y lo que tenía de nuevo no se cuenta desde dentro. Se cuenta desde el después. Así que el después, con lo que el después guarda de la noche, y guarda bastante.
Me desperté a las siete y ella estaba. A mi lado, en la cama sin pared, con el brazo cruzado encima de mí de una forma que no era cómoda para ninguno de los dos y que ninguno había cambiado en la noche, con el pelo en la cara y la boca abierta, dormida como duerme una persona que ha dejado de contar.
Tenía la piel caliente donde me tocaba y fría donde la sábana se había ido, que era en la cadera, y olía a lo que huele alguien después de una noche en que nadie se ha levantado: a los dos.
Yo tenía en el hombro una marca de sus dientes que no me había hecho a propósito y que no me dolía, y en la mano derecha, todavía, la forma de su cintura, que las manos guardan un rato y después sueltan, y la mía la tenía.
De la noche sé lo que sabe el cuerpo por la mañana: que fue larga, que fue de los dos a la vez, que en algún momento ella se rio bajo, contra mi cuello, de algo que no era un chiste, y que nadie miró la hora.
Eso guardo. Lo demás se lo queda la cama sin pared, donde debe estar.
La luz de junio entraba por la ventana sin contraventana y le daba en el hombro, y el hombro tenía una marca del borde de la sábana, y yo me quedé mirando la marca el tiempo que se mira lo que no se va a volver a ver igual.
No me levanté antes. Con eso basta, y es lo único de aquella mañana que hace falta decir.
En dos años me había levantado antes de todas, con la hora calculada desde la noche anterior, y aquella mañana no había hora, y me quedé, con el brazo de ella encima, oyéndola respirar sin pared en medio, y en algún momento pensé en la 16 y en el somier y en «se oye todo», y en que ahora se oía todo sin tabique y era mejor, y no pensé la segunda frase porque ya no la tengo.
A las ocho me levanté. Ella se movió y no se despertó. Fui a la cocina descalzo, con el suelo de Prosperidad frío de mañana, y puse la cafetera, la suya, la de la noche del miércoles, y abrí el armario de arriba, a la derecha del fregadero, sin buscar, y saqué dos tazas.
Sabía dónde estaban. Es todo. No busqué en ningún cajón absurdo debajo de ningún horno; abrí el armario donde las había visto sacar el miércoles y estaban, y las puse en la mesa, y el café subió, y ella apareció en la puerta de la cocina con una camiseta mía y el pelo como lo tenía, y me miró con las dos tazas en la mesa y la cafetera en la mano, y no me dijo dónde estaban porque no hacía falta.
Se acercó. Me puso la mano en la espalda, entre los omóplatos, sin decir nada, el tiempo que tarda un café en servirse, y la quitó, y se sentó en la silla que cojea, que era la mía, y me dejó la que no, y hablamos.
De nada. De si la cafetera quemaba. De que la ventana del baño no cerraba bien. De nada, con dos tazas de un armario y una página firmada en la mesa.