Las partes indecentes 34
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Ofelia Lago abrió la puerta en zapatillas, y las zapatillas eran de las de andar por casa, de felpa, gastadas por el talón, y era lo primero que veía de ella en seis años que no estaba pensado para que lo viera nadie.

Era viernes. El jueves había ido también, a las nueve, con el historial en la bolsa de Meridiana, y el portero me había dicho que la señora volvía el viernes, que estaba «en lo de la tele», y yo había andado Chamberí entero dos veces y había vuelto a Prosperidad a las dos con la bolsa sin abrir, y él estaba en la cocina, con la mochila en el pasillo, y no me preguntó, y yo no le dije, y a las siete del viernes volví a salir.

A las diez llamé al timbre de un piso de la calle que tiene los árboles altos, y la puerta la abrió ella misma, con las zapatillas y una camiseta grande, sin gafas, sin bolígrafo, sin la cara puesta.

—Gala —dijo.

No dijo «cariño». Lo apunto porque lo esperaba y no vino.

—Pasa. Estoy en la cocina.

Estaba en la cocina. Es una cocina de Chamberí de las de antes, grande, con azulejos blancos hasta media pared y una ventana a un patio con luz de patio, y en el centro, no pegada a la pared sino en el centro, como un mueble que alguien quiso que se viera, una encimera de mármol.

Blanco, con las vetas grises, de un metro y medio, con dos taburetes a un lado y una cafetera encima.

La miré. No lo decidí. La miré como se mira una encimera cuando una lleva cuatro meses con una de acero en la cabeza, y Ofelia me vio mirarla.

—Ya —dijo—. No es de acero.

Y se sentó en un taburete, y yo en el otro, con la bolsa de Meridiana en las rodillas, con el historial dentro que no saqué, y sin grabadora, sin móvil encima de la mesa, sin nada, porque había decidido en Prosperidad a las siete de la mañana que aquella no iba a ser una conversación con pruebas.

Las pruebas ya las tenía. Lo que no tenía era a Ofelia sin público.

—Sé lo del quince y lo del veinticinco —dije—.

Nuria me lo contó el lunes. Todo. Con fechas.

—Lo sé. Me llamó después de contártelo. —Se puso las manos alrededor de una taza que ya estaba vacía—.

Es lo que hace Nuria: primero lo hace y después lo cuenta, en ese orden, y se queda tranquila.

—No he venido por lo del anexo. —Ya lo sé.

Si fuera por el anexo habrías venido con Nuria.

Y entonces, sin que yo le preguntara nada, sin que hiciera falta, Ofelia Lago empezó a contar lo suyo, y lo contó como cuenta una novela ajena: con oficio, con orden, sin llorar, mirando el mármol.

«La orilla de siempre». La segunda. La última que escribió ella.

Hacía diez años, o once, en aquel piso, en aquella cocina, que entonces no tenía mármol sino formica, «no te rías», y no me reí, y con un hombre.

Un hombre que vivía allí. Que la leía por las noches, lo que había escrito por el día, en voz alta, en esa cocina, y le decía dónde no y dónde sí, y ella escribía al día siguiente sabiendo que a la noche alguien iba a leerlo.

«Escribía porque alguien me quería mientras escribía.

Suena a frase de las mías. Es verdad igual.

» El libro salió. Vendió lo que vendió, que fue mucho.

Y el hombre se fue. No dijo por qué; dijo que se fue en septiembre, y que en octubre ella se sentó a escribir la tercera y no salió nada.

Nada. Ni una página. Ni una frase. «Sabía cómo tenía que ser.

Lo sabía perfectamente. Y no había nadie que la leyera por la noche, y no salía. »

Y Nuria, en enero, le presentó a una chica de Valladolid que corregía y que escribía bien y que no tenía nombre, y la chica escribió la tercera, y la cuarta, y ya está.

—Y ya está —repitió, hacia el mármol—. Seis años. Siete libros. Y yo dando la cara, que se paga, no te creas que no se paga, y firmando cosas que sabía exactamente cómo tenían que ser y no había escrito. Tú lo entiendes. Es lo mismo al revés.

Callé. Era lo que había decidido: callar. Tenía cosas que decir. Ofelia estaba diciendo lo que no había dicho en diez años delante de nadie, sin sonrisa y sin pausa, y si yo hablaba iba a volver la sonrisa.

—Y en mayo leí tu cocina.

Lo dijo con otra voz. Más baja. La del cuarto de segundo, pero sin el retraso: entera.

—La leí en el hotel, en la pantalla, con la mano encima.

Y dije lo que dije. «Esto lo he vivido yo.

» Y no lo pensé antes de decirlo, Gala, te lo juro, me salió, porque era verdad.

No la cocina. La cocina no. Lo otro. Lo de que alguien te lea por la noche y al día siguiente escribas mejor.

Eso lo había vivido yo, y llevaba diez años sin vivirlo, y lo vi en tu escena antes de saber que lo veía, y lo dije.

Y después, cuando Nuria me enseñó el historial, con los cuadros, con lo que os decíais, entendí lo que había dicho.

Y en vez de callarme, lo pedí. El dosier.

La entrevista. Todo. Porque si lo decía muchas veces, en muchos sitios, con la cara puesta, acababa siendo verdad, y yo llevo diez años haciendo que las cosas sean verdad diciéndolas con la cara puesta.

Se calló. Miró el mármol. Y lo vi.

Lo vi porque lo he visto en mí en un espejo: Ofelia estaba escribiendo.

Con la boca cerrada, con las manos en la taza vacía, con los ojos en las vetas grises, estaba escribiendo la escena que acababa de contar, ordenándola, quitando un «no te creas», poniendo la pausa donde iba, y no se daba cuenta, y era la primera cosa que le veía hacer en seis años que no sabía que hacía.

Escribía. Mentalmente, en una cocina, sin quien la leyera por la noche, con la cara sin poner.

Y era buena. Se le notaba en cómo movía los labios una décima antes de una palabra que después no decía.

No se lo dije. No era mío decírselo.

Lo que dije fue lo que había traído. Lo único.

—La cocina era de Catalina.

Levantó la vista.

—La encimera del hotel. La de acero, con cuarenta años de cuchillos. Es de Catalina. Nosotros la escribimos, pero es suya. Y no te la voy a regalar.

Ofelia me miró un rato largo, sin sonrisa, sin pausa, con la cara que tenía a las diez de la mañana de un viernes en zapatillas, y era una cara que no había visto en ninguna contracubierta, y era mejor que todas.

—No te he pedido que me la regales. —Has firmado un anexo que la compra. —He firmado un anexo que compra lo que Nuria dice que hay que comprar. —Dejó la taza—. Lo de la cocina lo dije yo. Lo demás no.

No prometió nada. Lo apunto porque lo esperaba: que dijera «no volveré a decirlo», o «lo retiro», o cualquiera de las frases que una escribiría en boca de Ofelia para cerrar la escena.

No las dijo. Se quedó en el taburete con las zapatillas colgando y las manos vacías, y dijo que la entrevista estaba emitida, y que el libro salía en septiembre, y que ella no sabía qué iba a decir en la Feria, porque lo que decía en la Feria no lo decidía ella, y que eso también era verdad y también se pagaba.

Me levanté. Cogí la bolsa. Ella no se levantó.

—Gala.

Me volví en la puerta de la cocina.

—Lo del margen. Lo que os decíais. —Y volvió a mirar el mármol—. Eso sí que lo he vivido. No lo vuestro. Lo mío. Hace once años, en una cocina de formica. Y no me quedó ni una frase escrita, porque él las decía y yo las oía y nadie apuntaba.

Salí. Bajé por la escalera, que en aquel edificio es de mármol también, y en la calle de los árboles altos me quedé un minuto con la bolsa en la mano pensando en una cocina de formica hace once años con un hombre leyendo en voz alta y sin que apuntara ninguno, y en que yo tenía cuarenta y tantos cuadros apuntados con horas, y en que la diferencia entre Ofelia y yo era esa: que a mí me había quedado el archivo.

A las tres estaba en Prosperidad.

Él estaba en la cocina, en la silla que cojea, con el portátil abierto en algo suyo, y levantó la vista cuando entré, y no preguntó, y yo no conté nada de Chamberí. No todavía. Dejé la bolsa. Me senté en la que no cojea. Y abrí mi portátil.

El archivo. El de trabajo. El que no había abierto desde una silla de plástico en el aeropuerto de Palma, con todos los cuadros y los dos nombres, y que no había sincronizado desde entonces, y que al abrirlo, con la wifi de Prosperidad, hizo lo que hacía todas las noches en el hotel: se sincronizó solo.

La barra. Diez segundos. Y un ruido de gota.

Un cuadro nuevo. En la última página. Debajo de la palabra de tres letras que cierra un libro, con su nombre, con la hora del seis de marzo a las diez de la noche, esperando desde entonces en un archivo que yo no había abierto.

Lo leí.

Tres frases. Una mesa, un radiador, y a quién.

Tres meses. Lo había escrito tres meses antes, en la 17, con el radiador, a las diez de la noche del día en que me fui, y yo lo leía en junio en mi cocina con él a un metro, en la silla que cojea, mirando su pantalla y no la mía, y no dije nada, y él no sabía qué estaba leyendo, o lo sabía, porque sabía qué archivo había abierto y qué había al final.

No contesté a ese. No se contesta a un cuadro de hace tres meses sobre una palabra de tres letras.

Antes de tocar nada, saqué del cajón de la cocina, donde los había puesto en marzo al deshacer la maleta, debajo del taco de «Lo que queda del año», el sobre del hotel con la nota de la I y la hoja de la cocina de noviembre, y los puse encima de la mesa, junto al portátil, sin abrirlos, como se ponen sobre una mesa las cosas que no se han tirado para que quien las escribió sepa que no se han tirado. Él las miró. No dijo nada.

Fui al capítulo catorce. A la frase de Bruno que no le importaba el después. A la línea donde había estado el hilo, la que había limpiado a las once y dos de la noche del veintiséis de febrero con la papelera pequeña, y que seguía limpia, con las comillas del libro, sin nada colgando.

Abrí un cuadro. En esa línea. Con la hora, tres y catorce, con mi nombre.

Y escribí primero su pregunta. De memoria.

Las cuatro palabras, exactas, con su signo, como una línea, porque el hilo no existía en ningún archivo mío y tenía que existir para poder contestarlo.

Y debajo de la pregunta, mi respuesta. La que no había existido el veintiséis de febrero a las nueve y tres de la mañana porque no supe escribirla, y la que había borrado a las once y dos de la noche porque no supe dejarla, y la que ahora escribía con las dos manos y él a un metro.

Cuatro cosas. Una fecha con su hora, la del veintiséis de febrero a las once. Un motivo de una palabra. Una promesa sobre la papelera pequeña. Y que el libro no lo podía hacer sola.

Le di a enviar.

Al archivo, no a él. La gota. El cuadro se quedó colgando de la frase de Bruno con la hora y mi nombre, el primero mío en tres meses, con su pregunta dentro y mi respuesta debajo, y era la única vez en seis años que había escrito en un margen algo que no podía entregar a nadie más que a una persona.

Después giré el portátil. Hacia él. Con el cuadro abierto en la pantalla, como había girado la pantalla hacia Ofelia en la 17, pero con el archivo entero y no solo la pantalla, con todos los cuadros, con el historial, con las cuarenta y tantas horas, y le mandé, desde ahí, con su dirección, la copia completa. La mía. Todo lo que tenía.

Él leyó. La cara de leer un cuadro, la que yo no sabía que tenía hasta que la vi en el mío, y calló. Todavía.

Y saqué el móvil.

Sordina. El historial con un elemento. El del martes diecisiete de febrero a las dos y catorce, que no había borrado en cuatro meses, con su título de una palabra y su cuadrado gris.

Puse el móvil en la mesa, entre los dos, boca arriba, con la pantalla hacia él, para que viera lo que era antes de oírlo, y le di.

Su voz. De hace dos años. Con menos oficio, más joven, diciendo a una mujer que acaba de llegar a casa una cosa sobre una ventana que no cierra bien.

Él no se movió. No dijo nada. Se quedó mirando el móvil en la mesa como se mira algo propio que no se sabía en manos de otro, y la voz siguió, en la cocina de Prosperidad, con la nevera detrás, y yo no la paré.

Cuatro minutos. Los conté con el reloj de la pantalla, cuatro y un poco, y a los cuatro la paré, porque el resto ya lo sabía él y ya lo sabía yo, y porque lo que había que decir de aquel audio era otra cosa: que lo había oído en mayo de hace dos años en una cama de Prosperidad con auriculares y lo había borrado del historial y de la aplicación aquella misma noche, y lo había encontrado en febrero a un tabique, y esta vez no lo había borrado.

Se lo dije así. Con esas fechas.

Y después no dije nada más. No dije qué libro.

No dije qué nombres, ni en qué orden, ni cuándo, ni con quién, ni qué se hacía con el anexo que seguía en la carpeta a un lado de la mesa, sin firmar.

Lo tenía todo pensado. Lo había pensado en Chamberí, andando bajo los árboles altos: un libro de los dos, las cinco semanas, los márgenes, sin Ofelia, sin Nuria, sin nada que no fuera el hotel.

Lo tenía entero en la cabeza, con la estructura, con los capítulos, con el título, y no lo dije, porque decirlo era decidirlo, y decidirlo sola era exactamente lo que había hecho el seis de marzo a las siete de la mañana con un campo de autor.

Dejé el móvil en la mesa. Dejé el portátil girado. Dejé la carpeta donde estaba.

Y me quedé con las manos en la mesa, sin nada dentro, sin ratón, sin cursor, sin papelera pequeña, esperando, lo que en seis años no había hecho nunca con algo que fuera mío.