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Hice la mochila para un día y la puse en el asiento de al lado, que iba vacío, y no miré el horario de vuelta ni una vez en dos horas y media.
Lo primero del miércoles diez de junio es la mochila.
Una muda y el portátil con las cincuenta y tres copias.
Lo que cabe en un día. Lo que se lleva cuando uno va a un sitio del que sabe cuándo se va, y yo no lo sabía, y la hice igual, para un día, porque no sé hacer otra, y la miré en el asiento de al lado durante Zaragoza entera pensando que nunca había ido a casa de alguien sin saber cuándo me iba a ir, y que la mochila no lo sabía, y que las mochilas no saben nada.
Entre Zaragoza y Guadalajara lo escribí.
En el móvil, en la aplicación de notas, lo que iba a decir.
Lo escribí como escribo un guion: corto, con las pausas marcadas, con la última frase la primera y el resto ordenado para llegar a ella.
Lo leí. Lo borré. Lo volví a escribir, más corto.
Lo borré también, porque un hombre que llega a una cocina con un guion en el móvil es un hombre que ha venido a locutar, y yo no sabía si había venido a eso, y lo sabía.
Me lo aprendí. Es lo que hago con lo mío cuando no quiero que se note que está escrito: aprendérmelo hasta que parezca que me sale.
Atocha a las doce y cuatro. Puntual. Bajé con la mochila y el andén era largo y con gente esperando a otra gente, y ella no estaba, porque le había dicho que no hacía falta, y no hacía falta.
Madrid en junio a las doce es un calor seco que sube del suelo, distinto del de Barcelona, que viene del aire, y lo noté en la cara al salir de la estación y me pareció bien que fuera distinto.
Cogí el metro. Miré las salidas. Me relajé.
Es la costumbre, y las costumbres van con uno a todas partes.
Prosperidad. Una calle de tres portales y una librería con un cartel en el escaparate con una encimera que no era la del hotel de la abuela de Clara sino la de Catalina, o una igual, y pasé por delante sin pararme, y subí, y llamé al timbre con dos golpes de nudillo antes del timbre, por costumbre, y abrió.
Con el pelo recogido con algo que no era de peluquería y un jersey gris, uno de los grises, y la cara sin frase. Me miró. Miró la mochila. Y dijo:
—Pasa.
No me tocó. No la toqué. Pasé. Es un pasillo corto con una maleta que ya no estaba y una puerta a la izquierda que es la cocina, y en el pasillo, en la pared, no hay nada, ni un cuadro, ni una foto, ni un cartel de una suite con una flecha, y pensé que era la casa de alguien que no cuelga cosas, y que yo tampoco, y que eso no significa nada, y me lo quedé igual.
La cocina de Prosperidad es pequeña, con una mesa para dos, una silla que cojea y otra que no, una nevera con un pósit, un taco de papel con una goma y un libro sin abrir, y encima de la mesa, en el centro, una carpeta cerrada y unas hojas grapadas.
Me senté en la que cojea. Ella se quedó de pie, apoyada en la encimera, que en Prosperidad es de un material blanco que no es acero ni mármol ni nada, y me lo contó.
Todo. En el orden en que se lo habían contado a ella, con fechas, sin adjetivos: el quince, el veinticinco, el consentimiento, la cláusula, el anexo con dos firmas.
Yo escuché. No hice ningún chiste, ni de Nuria, ni de la palabra «paratextuales», que ella leyó una vez de la página dos con la voz de quien lee una factura mal hecha, ni de nada.
Tenía dos. Los dejé. Y cuando acabó, puso las hojas grapadas delante de mí, el historial, con las fechas arriba, y yo lo miré y vi mi nombre entero, no una letra, en una lista de cuadros con horas, y el cuadro del jueves de marzo con su hueco debajo, y lo cerré.
Sabía todo. Es lo que hay: a las doce y cincuenta del miércoles diez de junio, en una cocina de Prosperidad, sabía todo lo que sabía ella, y ella sabía todo lo que sabía yo. Eso creía.
Y sabía una cosa más, que no sabía en el tren: que el margen era mío.
No lo había pedido. Llevo dos años sin pedir que nada sea mío, ni un nombre, ni una cara, ni un guion, y resultaba que lo único que había escrito en mi vida para una persona estaba en una cláusula que decía que no era del sello, y que por eso el sello necesitaba mi firma para comprarlo, y que yo tenía, sin haberlo querido, exactamente lo que había pasado dos años evitando tener: algo que firmar.
Y entonces hablé yo.
Lo había preparado. Lo apunto porque es verdad y porque es lo peor: lo había preparado en el tren, entre Zaragoza y Guadalajara, con la mochila al lado, con la voz que uso para lo mío, la que sabe dónde va la pausa, y lo dije con esa voz, mirándola, apoyada en una encimera blanca, con las manos en el borde.
—Me da igual que nadie sepa.
Dejé que se quedara.
—De verdad. Que la frase sea de todo el mundo, que la lean con velo, que I sea una mujer que dobla anuncios. Lo pedí hace dos años y me lo han dado, y no me quejo. Lo que no soporto es que ella diga que lo vivió.
Pausa. La que va ahí.
—Y hay una cosa que sí puedo hacer. Mi firma.
La necesitan. Lo pone en la página cuatro, lo ha dicho Nuria, no vale sin la mía.
Pues la doy. Firmo lo que haga falta: que era un recurso, que estaba al servicio de la autora, que nunca estuve en Menorca.
Todo. Renuncio a lo que quieran. Y tú firmas lo tuyo, y te dan la campaña.
La grande. La que llevas seis años sin tener.
Octubre del año que viene con tu nombre en un escaparate, lo único que has querido desde que te conozco, y lo sé porque lo escribiste en un margen sin escribirlo.
Y lo último. Lo que había ensayado más.
—Yo ya sé desaparecer. Es lo que mejor hago. No me cuesta nada.
Y me callé, y me quedé mirándola, con la voz todavía en el aire, la buena, la de los siete minutos, la que hace que la gente se sienta en tus manos y después venga el logo. Había salido bien. Lo sé porque sé cuándo sale bien: cuando al acabar hay un silencio que no es de nadie.
Ella no dijo nada.
Estaba apoyada en la encimera con las manos en el borde y me miraba, y tenía la cara de leer un cuadro.
La conozco de la 17, de cinco semanas a dos metros: primero la cabeza un poco ladeada, después recta.
La conozco. Es la cara que pone cuando lee lo que se puede leer de dos maneras y está decidiendo cuál, y la vi decidir, y no supe cuál, porque de lo que ella decide con la cara no tengo diccionario, y no lo dijo.
No dijo que sí. No dijo que no. No dijo «gracias» ni «eso no» ni «no puedes» ni ninguna de las cosas que yo había preparado para contestar.
Me dejó con el discurso entero encima de la mesa, junto al historial, y en el silencio de la cocina, que era un silencio sin somier y sin pared, con una nevera que hacía su ruido, dijo una sola palabra.
—Ya.
Mi palabra. La de las tres de la mañana de un domingo de febrero, cuando ella dijo «no hablamos» y yo dije «ya» y con eso cerré una puerta sin cerrojo. Ahora la tenía ella. Me la devolvía con la misma cara con la que Paula me había devuelto «como querías», y con eso cerró la mía.
No me moví. Tenía las manos en la mesa, junto a la carpeta, y las miré.
Se apartó de la encimera. Abrió un armario, arriba, a la derecha del fregadero, y sacó dos tazas.
Estaban ahí. En un armario, arriba, donde van las tazas en todas las cocinas del mundo, y las puso en la mesa, y puso la cafetera al fuego, y yo miré las tazas y ella me vio mirarlas y calló, y yo también, y eso fue lo más cerca que estuvimos aquella tarde de hablar de un cajón de debajo del horno.
El café estaba bien. Nos lo bebimos de pie, ella en la encimera y yo junto a la silla que cojea, con la carpeta entre los dos.
—Quédate a dormir —dijo.
No lo esperaba. Lo apunto porque es lo único de aquel día que no había preparado: que no contestara y que dijera eso.
Tenía preparado que dijera que sí y yo firmara y me fuera; tenía preparado que dijera que no y yo insistiera con la segunda voz, la más baja; tenía preparado incluso que llorara, cosa que no la he visto hacer nunca y que había puesto en la lista por si acaso. No tenía preparado «quédate a dormir».
—Mañana voy a ver a Ofelia —siguió—. Sola. No es por ti.
No es por ti. Lo dijo con esa precisión suya, para que yo no pudiera leerlo de dos maneras, y lo leí de dos igual: que iba a hacer algo suyo, y que iba a hacerlo con lo que acababa de oír.
—Vale —dije.
Vale. Como en la 17 a las nueve de la mañana de un viernes de marzo, con la misma palabra y en el mismo tono, y con la misma cosa dentro que ella no había leído entonces.
Y esta vez ella me miró un segundo más, y no supe si había entendido que era el mismo vale de entonces, el que no era rendición, o si seguía sin diccionario.
Cenamos algo. Una tortilla que hizo ella sin preguntar y pan de la mañana, en la mesa para dos, con la carpeta apartada a un lado, sin abrir, y el historial debajo de la carpeta, y hablamos de nada: de Toni, de si seguiría fumando en la puerta de atrás, y de Catalina, de si habría cambiado el mantel de la mesa de en medio, y de la caldera, que según Nuria el dueño decía «en principio», y nos reímos con «en principio», los dos, poco, y fue la única risa del día y valió por las demás.
Dormí en Prosperidad. En su cama, una cama sin pared: a la izquierda hay un armario y a la derecha una ventana, y no hay ningún tabique de 1971 detrás del cual haya nadie, porque el nadie estaba al lado.
Nos acostamos con la luz apagada y la mochila de un día en el pasillo, y no hubo nada, ni cocina ni encimera ni frase, solo dos personas en una cama con una carpeta sin firmar en la cocina y una cita con Ofelia a la mañana siguiente que no era por mí.
No dormí. Ella tampoco. Lo sé porque en una cama sin pared se oye todo, y se oye mejor que a través de un tabique de 1971, porque no hay tabique, y lo que se oye es una persona a veinte centímetros respirando como respira alguien que está haciendo una lista.
La conozco. Es la respiración de contar.
No supe qué contaba. A las tres se giró hacia la ventana, y yo me quedé mirando el techo de Prosperidad, blanco, con una grieta, y pensé que había venido a Madrid a ofrecer lo que mejor sé hacer, irme, y que ella lo había oído, y que me había dicho que me quedara, y que las dos cosas no cabían en la misma cama y estaban en ella.
A las siete se levantó. La oí vestirse. Oí la puerta de la cocina, y la nevera, y una taza, y después la puerta del piso, con cuidado, como cierra ella.
Se fue a Chamberí. No dejó ninguna nota.
Lo miré: la mesa de la cocina, la nevera con el pósit, la carpeta, y no había ningún papel con dos frases y la letra recta, y me pareció bien, porque las notas en las puertas eran lo mío y ella no copia lo de nadie sin decir que lo copia.
Dejó dos tazas limpias en el escurridor. Eso dejó.
Yo me quedé en su cama con la mochila en el pasillo, sin saber cuándo me iba. En el tren tampoco lo sabía. No era lo mismo.