Las partes indecentes 36
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El primer capítulo que me mandó tenía a Gala llegando al hotel un sábado con tramuntana y guantes, y en la segunda página yo ponía la mano en un radiador frío que él no había visto, porque él llegó el domingo.

Así fue junio. Desde el lunes quince. Cada uno en su ciudad, cada uno sus capítulos, los impares yo y los pares él, como en el hotel, y cada capítulo del uno pasaba por el margen del otro antes de existir, y el margen, otra vez, con las horas, con los nombres, ahora sobre un libro que contaba los márgenes.

No coincidíamos. Es lo que no sabía cuando lo propuse en Chamberí andando bajo los árboles: que dos personas que han estado en la misma habitación durante cinco semanas no recuerdan la misma habitación.

Él recordaba que la noche de la primera cocina yo había dicho «está helada» y después me había reído; yo recordaba que primero me había reído y después lo había dicho.

Él recordaba que la manta la había dejado colgada del pomo con un imperdible; yo recordaba un imperdible y él recordaba dos.

Él escribió que en el bar, la última noche, yo saqué el móvil «sin dudar»; yo escribí en el margen que dudé tres segundos, que los conté, y él contestó que desde un metro no se ven tres segundos, y yo contesté que desde dentro sí.

Esa la perdí. El capítulo era suyo, y en el suyo saqué el móvil sin dudar, y así está impreso, con mi nombre en la cubierta y mis tres segundos en ningún sitio, y cada vez que abro el libro por esa página lo leo y lo vuelvo a perder.

Y el plato de aceitunas. Él lo puso en su capítulo cuatro, el de la primera semana, con dos tenedores; yo escribí en el margen que eran dos tenedores pequeños, de los de aperitivo, y él contestó que tenedores, y yo contesté que el tamaño importa cuando una lo ha mirado durante cuatro comidas sin tocarlo, y él contestó que él sí lo tocó, una aceituna, el jueves, y que yo lo vi, y que no lo había escrito en mi capítulo.

No lo había escrito. Lo escribí. Es lo único que he añadido a un capítulo mío porque él lo recordaba mejor, y lo apunto para que conste.

Tres versiones de una misma noche en un archivo nuevo, y ninguna era mentira.

Eso fue lo que entendí en junio: que un libro de dos no es un libro con dos voces sino con dos memorias, y que el margen sirve para eso, para que cada una diga «aquí no fue así» y la otra diga «aquí sí», y el libro quede con las dos y la lectora decida, como decidían las de la formica.

Perdí cuatro y gané cinco. Lo apunto. Él dice que al revés.

Julio fue el libro como objeto.

Cuarenta mil palabras. Doce semanas. Lo había calculado el lunes quince con el calendario del móvil y salía justo, con corrección cruzada del quince al veinticinco de agosto, y en julio, mientras escribíamos los capítulos del medio, había que hacer lo otro, lo que nunca había hecho: que un libro existiera sin que lo hiciera nadie más.

La cubierta la discutimos dos días. Él quería la fachada del hotel, la foto de la lectora, las dos alas con las contraventanas cerradas.

Yo dije que la fachada era de Ses Llunes y que Ses Llunes era de Toni y de Catalina y del dueño que no arreglaba la caldera, y que no.

Él dijo que entonces qué. Dije: verde. El verde de la formica.

Solo eso. Una cubierta verde, lisa, del verde exacto de una barra de bar de 1971, y el título en blanco, y los dos nombres.

Él dijo que era una cubierta que no vendía.

Dije que no la hacíamos para vender. Dijo que sí la hacíamos para vender, un poco, porque cuarenta y cinco mil de penal no se pagan con una cubierta que no vende, y tenía razón, y la hicimos verde igual, con una raya blanca en el borde inferior que él consiguió negociar y que, lo reconozco, la mejora.

La plataforma la rechazó dos veces. La primera por el sangrado, tres milímetros que no sabíamos que existían; la segunda porque el verde, en su previsualización, salía de otro verde, uno de hospital, y nos pasamos una tarde de sábado por teléfono, cada uno con su pantalla, diciendo «más oscuro», «no, más azul», «así no es formica, así es una piscina», hasta que dio igual y elegimos el que menos se parecía a una piscina, que no era el exacto.

No lo es. Lo sé yo y lo sabe él y lo sabe Catalina, que tiene la barra delante todos los días.

El ISBN lo pedí yo. Con mi NIF de autónoma, el que llevaba seis años en facturas a Meridiana, en un formulario de la agencia con una tasa que pagué desde la aplicación del banco, y cuando llegó el número por correo lo miré como se mira un DNI: trece cifras que decían que existía un libro con mi nombre, y no había ningún sello detrás, y lo mandé a Barcelona con un «ya está», y él contestó con un pulgar, que es como contesta su madre, y después con otra cosa: «Es el primero tuyo». Sí. Era el primero. Lo apunté.

El papel, bajo demanda. Sin tirada, sin almacén, sin nadie que decidiera cuántos: uno cada vez que alguien lo pidiera, impreso en algún sitio que no era una imprenta que conociéramos, con un margen por ejemplar que calculé tres veces y que daba para pagar la tasa del ISBN a los cuarenta libros.

Cuarenta. Era mi primera cuenta de aquel verano que no era de semanas.

Y la contraportada.

No la conseguimos. Lo pongo porque es la única cosa del libro que no conseguimos, y porque nos costó una semana.

Una contraportada es una frase, o dos, que dice qué es el libro para quien lo coge en una mesa, y yo llevo seis años escribiendo contraportadas de otra y sé hacerlas dormida, y no me salía.

Escribí siete. Él escribió cuatro. Ninguna servía para los dos: las mías decían lo que había pasado y las suyas decían lo que había sonado, y no había una frase en la que cupieran las dos cosas, y lo intentamos en el margen durante seis días con cuadros a las tres de la mañana como los de la semana uno, y el séptimo día él escribió: «Dos frases.

Una cada uno. En este orden». Y las pusimos.

La mía arriba, la suya debajo, sin fundir, sin una conjunción en medio, dos frases que no acordaban y que decían, juntas, lo que era el libro, y lo dejamos así, y cuando lo vi en la maqueta pensé que era la contraportada más honesta que había escrito y que ninguna editorial la habría dejado pasar.

La prueba de cubierta y maqueta llegó el catorce de agosto, un viernes, en un sobre acolchado, a Prosperidad, con el texto todavía sin corregir, porque la corrección cruzada empezaba el lunes y la cubierta no podía esperar a que acabáramos de discutir comas.

Verde. Con la raya blanca abajo, la suya, y el título en blanco, y los dos nombres, el mío primero, en una tipografía que elegimos en un cuadro a la una de la mañana porque las otras cuatro «parecían de sello».

Lo saqué del sobre en el pasillo. Pesaba lo que pesa un libro de cuarenta mil palabras en papel bajo demanda: menos de lo que una espera y más de lo que ha tenido nunca con su nombre.

Lo abrí por la contraportada, por las dos frases que no acordaban, y después por la primera página, y después no lo abrí más: lo dejé en la mesa de la cocina, cerrado, al lado del taco de «Lo que queda del año», que seguía con su goma, y le hice una foto y se la mandé a él sin texto, y él contestó con una foto del suyo, que había llegado el mismo día a Gràcia, encima de una encimera de madera, sin texto tampoco.

Nuria llamó el veintiuno de julio.

Sin hola. Yo no le había contestado al anexo con palabras: le había mandado un correo de una línea el sábado trece de junio diciendo que no firmábamos, ninguno de los dos, y Nuria había contestado «recibido», y desde entonces nada.

Ahora llamaba un martes a las once, cuando llama Nuria si no es urgente y sí importa.

—Ha escrito la encimera. —¿Quién? —Ofelia.

La ha escrito. La suya. Ha quitado la vuestra del trece y ha puesto una que ha escrito ella en Chamberí.

Tres páginas. —Pausa de Nuria, que no hace pausas—.

Es peor. —¿Cuánto? —Bastante. Y es suya.

Se nota. —Otra pausa—. Le he puesto notas.

Ha discutido todas y ha aceptado una. En diez años no le había puesto una nota a nada suyo porque no había nada suyo.

—¿Y la nuestra? —Fuera. Sale en septiembre con la de ella. Con las páginas de ella.

Me quedé con el teléfono en la mano en la cocina de Prosperidad, con el portátil abierto en el capítulo veinte del libro verde, y pensé que aquella era la única victoria de todo el año que no costaba nada, y que no era mía: era de Catalina.

La cocina de Catalina ya no estaba en el libro de Ofelia.

La había sustituido una encimera de mármol de Chamberí, escrita por una mujer en zapatillas que había vuelto a escribir mal después de diez años sin escribir, y que había discutido todas las notas y aceptado una, y eso, aceptar una, era lo que no había hecho nunca.

Se lo conté a él por teléfono. Sin chiste.

Tenía uno, sobre el mármol, y no lo dije, y él, al otro lado, tampoco dijo el suyo, que también tenía, y nos quedamos los dos con los chistes sin decir y con una encimera de acero que volvía a ser de Catalina, y él dijo: «Bien».

Y era la palabra de Nuria, y en su boca era otra.

Agosto fue Vigo.

El veintidós. Un sábado. Él lo propuso en el margen, en un cuadro sobre un capítulo en el que yo había escrito que su madre guardaba títulos en una carpeta y él había contestado que eso no lo sabía yo, y yo había contestado que me lo había dicho él en la carretera de Fornells hablando del viento, y él había contestado que en la carretera de Fornells hablamos del viento, y yo había contestado que del viento y de una carpeta, y él había perdido, y después de perder escribió: «Ven a verla».

Fuimos en tren. Él desde Barcelona, yo desde Madrid, y nos encontramos en la estación de Vigo, nueva y grande, que no se parece a nada de él, y cogimos un autobús, y el barrio de su madre es de casas con galerías blancas y una cuesta, y su madre abrió la puerta y me miró como miran las madres: entera, en un segundo, y con la decisión tomada antes de que yo dijera buenas tardes.

Me sentó en la cocina. Donde me dijo. Una cocina de Vigo con una mesa de formica, no verde, gris, y una ventana a la ría, y me puso un café que no había pedido y que me bebí, porque son las cosas que se hacen, y él se quedó en la puerta de la cocina.

En el marco. Sin entrar. Con las manos en los bolsillos, mirando a su madre poner un café a una mujer que no era de Vigo, con la cara de un hombre de treinta y seis años en la puerta de la cocina de su madre, una cara que no tiene edad.

Y su madre trajo la carpeta.

Sin que nadie se la pidiera. La sacó de un cajón del aparador, una carpeta de cartón azul con las gomas gastadas, y la puso en la mesa de formica gris delante de mí, no delante de él, y la abrió.

Sketches. Recortados de una revista de programación, amarillos, con la fecha a bolígrafo en la esquina.

Y después folios. Escritos a mano, en columna, con una letra de las que se aprenden en un colegio de monjas: títulos de una palabra y fechas.

«Cocina». «Ascensor». «Turno de noche». «Escalera».

Dos años de títulos, uno por línea, sin que ella hubiera escuchado ninguno, y en la última línea, con fecha de junio, un título más largo que los otros, que no era de ningún audio.

El nuestro. «Las partes indecentes». Con los dos nombres debajo, con su letra, el mío primero.

Lo había apuntado. Él se lo había dicho en junio, «a una cosa», y después le había dicho qué cosa, y ella lo había apuntado en la carpeta con los demás, en columna, con la fecha, como se apunta lo que existe.

—Esta se queda —dijo su madre.

No a mí. A él. Hacia la puerta, sin volverse, con la mano en la carpeta.

Y él, desde el marco, con las manos en los bolsillos:

—Sí, ho.

Eso. Dos palabras, una de ellas de aquí, la que no había oído nunca en cinco semanas ni en tres meses, y que en aquella cocina le salió sola, y que no significa nada más que sí y significa que uno está en casa.

Hojeé la carpeta. Es lo que hice, porque su madre me la había puesto delante y porque no había nada que decir que no fuera peor que hojear.

Título por título. Y su madre me miraba hojear, a mí, no a él, con la cara de alguien que ha guardado algo durante dos años sin saber para quién y acaba de saberlo, y no añadió nada, ni «me alegro» ni «ya era hora» ni ninguna de las frases de madre que yo habría escrito.

—¿Y tú escribes? —dijo, cuando cerré la carpeta.

—Sí. —¿Con tu nombre? —Ahora sí. —Pues aquí se apunta.

Y tocó la carpeta con dos dedos, como se toca lo que ya tiene sitio, y no dijo nada más, y él la oyó en la puerta y calló, y su madre no lo miró, como se dicen las cosas en aquella cocina. Recogió mi taza. Preguntó si me quedaba a cenar. Dije que sí.

En la cena, con una tortilla que no era la mía y era mejor, su madre preguntó, a él, mirándome a mí, que cómo íbamos «de papeles».

Y él dijo que bien. Y ella dijo que los papeles son lo que más cuesta, que el amor es fácil y lo difícil son los papeles, y él me miró, y yo lo miré, y no nos reímos, y su madre no entendió por qué había que reírse y siguió con la tortilla.

El treinta de agosto, un domingo, en Prosperidad, con la corrección cruzada acabada y el archivo cerrado, cuarenta mil doscientas palabras, él eligió la fecha.

No la discutimos. Meridiana sacaba «Marea viva» el diez de septiembre, con la encimera de Ofelia y su campaña y su cartel con una encimera de acero que ya no salía en el libro.

Él miró el calendario del móvil, contó hacia atrás lo que tardaba la plataforma en tener el libro disponible desde que se cargaba, y dijo:

—El cuatro.

Viernes cuatro de septiembre. Seis días antes. Para que el libro verde existiera antes que el otro. No por vender más. Para que, cuando alguien buscara la cocina, la encontrara primero donde estaba de verdad.

Marqué el cuatro. En el calendario del móvil, y en el de papel de la nevera, al lado del pósit de Nuria con la fecha de una entrega de octubre que ya no iba a existir, y me quedé mirando los dos, el cuatro y el pósit. No quité el pósit.