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Me bajé dos paradas antes con el móvil todavía en la mano y la entrevista a la mitad.
Miércoles tres de junio, nueve y veinte de la mañana, línea cuatro, un vagón lleno de gente que iba a trabajar mirando otras pantallas.
La mía tenía a Ofelia Lago en un plató de tarde, con las gafas en la cabeza y el bolígrafo en la mano derecha, riéndose con una presentadora.
No la había buscado yo. La había visto primero en la pantalla del vagón, la de encima de las puertas, la que pone noticias sin sonido con subtítulos amarillos entre un anuncio de un banco y la temperatura, y en los subtítulos había una cocina y una encimera y un nombre que era el de una autora y otro que era el de un hotel, y saqué el móvil y la busqué, y estaba, con sonido, entera, de la tarde anterior.
La vi con un auricular, de pie, agarrado a la barra, entre una chica con mochila y un señor que leía el periódico en papel.
Ofelia hablaba de un hotel cerrado y de un viento que no te puedes imaginar, y de gente que la ayuda, y de una cocina.
La cocina. Con la sonrisa buena, la trabajada, la de veinte años, y con la pausa donde va la pausa.
Y en un momento, cuando la presentadora le dijo lo de la novia con velo, Ofelia dijo «me emocioné», y detrás de «me emocioné» hubo un cuarto de segundo, el mismo de «cuando escribo» en un comedor de marzo, y yo lo vi.
Lo vi en un móvil en un vagón. El miedo.
Debajo de la sonrisa, entero, con la misma forma que tenía a dos mesas de Gala en Ses Llunes, y ahora en un plató, delante de todo el mundo, diciendo «lo he vivido yo».
Antes había dicho lo de G. Que G era la persona que más la había ayudado en el libro, y hasta ahí podía leer, y lo dijo como quien protege a alguien, y era verdad que protegía a alguien, y la persona a la que protegía estaba en un piso de Prosperidad con un cajón cerrado y no había pedido protección, y yo lo sabía y la presentadora no.
Y la presentadora dijo «la encimera», y Ofelia dijo lo que dijo, que estaba helada, y se rio, y el señor del periódico pasó la página.
Y ahí me bajé.
No lo decidí. Las puertas se abrieron en una parada que no era la mía y salí con la gente que salía, con el auricular puesto y Ofelia diciendo «I es I», y subí las escaleras y salí a una calle con sol, y me quedé en la acera con el móvil en la mano sin saber en qué calle estaba, y eso no me pasa: yo sé siempre dónde están las salidas.
Llamé a Paula.
—¿Has oído hablar de una campaña? —Buenos días.
—Una campaña de un libro. De Meridiana. Con comentarios.
Con letras. —Lo he visto. —Paula no pregunta por qué; contesta lo que le preguntan—.
Está en todas partes desde hace una semana.
Y ahora la de la tele. —¿Y? —¿Y qué? —¿Salgo yo?
—¿Salir cómo? —Con nombre. Con cara. Con lo que sea.
Silencio. No largo. El de Paula cuando comprueba algo antes de decirlo, lo que la hace buena en lo suyo.
—Tú no apareces en ningún sitio —dijo—. Lo miré el domingo y lo he vuelto a mirar hoy. No hay nombre. No hay foto. Hay una I. Una letra. —Y después, sin cambiar la voz, sin crueldad, con la exactitud con la que lee una gráfica—: Como querías.
Colgué.
A los diez segundos me llegó un mensaje suyo.
«Los seis antiguos van por ochenta mil esta semana.
No te lo digo por nada. Te lo digo porque es un dato.
» Ochenta mil. Seis audios de hace dos años con un cuadrado gris, escuchados esa semana por más gente que en dos años juntos, y ninguno con mi nombre, y Paula dándome la cifra como se da un parte meteorológico.
No contesté al mensaje. Es el segundo dato que Paula me daba ese miércoles y los dos eran exactos y los dos eran lo mismo.
No por Paula. Lo pongo porque Paula no había hecho nada más que decir la verdad, y la verdad era esa: dos años pidiendo no aparecer, dos años de «lo que no tiene nombre no se puede criticar», de reírme primero, de una cara en alquiler y sin foto, y el deseo se había cumplido entero, exactamente como lo había pedido, y estaba en un plató de tarde en boca de una mujer que decía que lo había vivido ella.
Como quería. Paula me devolvió mi frase de hacía dos años con la fecha puesta, y colgué porque no había nada que contestar a lo que había dicho yo.
Anduve. Hacia abajo, hacia el mar, porque en Barcelona cuando uno no sabe dónde está baja y llega al mar, y llegué, y era un mar de junio con gente en la arena a las diez de la mañana de un miércoles, que es un mar que no se parece en nada al otro.
El otro tenía espuma en una dirección y ninguna persona y una barandilla oxidada que bajaba a unas rocas.
Este tenía bicicletas y toallas y un hombre vendiendo latas de una nevera, y el agua estaba quieta como está el agua cuando no hay nada que la empuje, y me pareció un mar sin oficio.
No acabé de ver la entrevista. Se quedó a la mitad, en el móvil apagado, con Ofelia diciendo «I es I», y no la he acabado de ver nunca, porque lo que faltaba ya lo sabía: que en septiembre lo demás, que la pausa, que el escalofrío de los buenos.
Me senté en un banco del paseo, de esos de listones con la pintura levantada, con el móvil apagado en el bolsillo, y pensé la cosa entera.
No me importa que nadie sepa. Es verdad y lo sigo pensando: que la frase sea de todo el mundo, que la lean con velo, que G sea un hombre y que I sea una mujer, que el hotel esté en Ibiza. Me da igual. Lo pedí y me lo dieron. Lo que no soporto es que ella diga que lo vivió.
Eso. Con esas palabras. Una mujer con miedo debajo de una sonrisa, en un plató, diciendo que había vivido una cocina que yo había vivido con la persona a la que no le importaba el después, y diciéndolo bien, con la pausa, y cobrando la cara por ello, y yo en un banco de la Barceloneta con el móvil apagado, sin nombre, como quería.
Ahí va la segunda frase. Siempre. «Como todo el mundo», «por el frío», «para lo que sirve». La tenía. Tenía dos.
No las puse. Me quedé en el banco con la primera entera, sin nada detrás, con el mar de junio delante y una señora dando de comer a las palomas, y dejé que la frase se quedara donde estaba, como había dejado la nota en la puerta de la 17 y la otra en una cama de la 16 y la otra en una acera del sábado anterior.
Las frases enteras de mi vida se cuentan con una mano y sobran dedos, y todas son de este año.
Pensé en Toni diciéndome «Iago» en la puerta del aeropuerto el lunes nueve de marzo, sin más, como un nombre de lista, y en que tres días antes había dicho «vale» en la 17 a una mujer con el abrigo abrochado, y en que «vale» era una palabra que yo había usado toda la vida para irme sin discutir y que aquella vez la había usado para lo contrario y ella no lo sabía.
No podía saberlo. Yo tampoco lo había sabido hasta que me quedé.
A las once encendí el móvil.
No llamé a nadie. Abrí la página de los trenes, la de siempre, la que tengo porque un hombre que se va de los sitios tiene siempre la página de los trenes en el móvil, y busqué Madrid.
Miércoles diez. Una semana. Un tren a las nueve y media que llegaba a Atocha a las doce y algo.
Lo compré con la tarjeta que no debería usar para eso, la misma de los siete libros de Ofelia en una noche de febrero, y el billete llegó al correo con un código y un asiento, ventanilla, que no había elegido.
Solo ida. La página preguntó si quería añadir la vuelta y le dije que no, y me quedé mirando el «no» con el dedo encima como quien mira lo que ha hecho sin saber que sabía hacerlo.
Miércoles diez. Atocha. Doce y cuatro.
No se lo dije a nadie. Ni a Paula, ni a Marc, ni a Uxía, que me habría contestado con tres interrogaciones y un «ho». Ni a ella. Lo pongo porque es lo que hago: comprar un billete y no decírselo a nadie, y en dos años lo había hecho cada vez que había que irse de un sitio.
Esta vez el billete era para llegar.
Mi madre escribió a las once y media. «¿Comes bien?» Le dije que sí. Le dije, además, que iba a Madrid el miércoles, y ella contestó «¿a qué?», y yo contesté «a una cosa», y ella contestó con el pulgar, como archiva mi madre las cosas de las que no va a preguntar más, en la carpeta, con la fecha.
Me quedé en el banco con la fecha hasta las doce, y la señora de las palomas se fue, y yo me fui después, el orden correcto, y subí por la Barceloneta hacia el trabajo con una semana por delante y una mochila que todavía no había hecho.
En la nave, Paula me miró entrar sin decir nada, y Leire estaba en la cabina, y yo me senté en mi mesa y abrí un documento en blanco y escribí una línea.
Una. Para ver si salía. No salió. La dejé, sin borrarla, que es lo nuevo.