32
Nuria llegó con una carpeta bajo el brazo y, antes de sentarse, dijo que primero me iba a contar una cosa y después me iba a enseñar otra, y que el orden importaba. Lunes ocho, cinco de la tarde, Prosperidad.
Nunca había estado en mi casa. Seis años, siete libros, y Nuria no había pasado del portal de Meridiana con su tarjeta de visitante numerada, y ahora estaba en mi cocina, con el abrigo de Madrid en junio, que era un abrigo fino, y la carpeta, mirando el taco de «Lo que queda del año» con su goma y el pósit de la nevera con su letra.
Se sentó en la silla de la cocina que no cojea. Yo me quedé de pie.
—¿Has empezado? —dijo, mirando el taco. —Una coma. —¿Y? —La he vuelto a poner.
No dijo nada. Miró la goma, la marca de la goma, el bolígrafo rojo, y dejó de mirar, porque Nuria sabe cuándo un libro no avanza sin que se lo digan, y porque no había venido a eso.
—¿Quién? —Espera. —Puso la carpeta en la mesa, cerrada, con las dos manos encima, como en su despacho—. Primero lo que pasó. Después lo que te ofrezco. Si lo hago al revés, lo que te ofrezco parece una disculpa, y no lo es.
Y lo contó.
Lo contó como cuenta Nuria las cosas: en orden, sin adjetivos, con fechas.
Que el quince de mayo había exportado el historial completo del archivo de trabajo de «Marea viva».
El registro de comentarios, no las versiones: todos los cuadros que quedaban en el archivo ese día, con las horas, con los dos nombres, y nada de lo que se hubiera borrado antes, porque lo borrado no se exporta.
Que lo había hecho porque Ofelia se lo pidió y porque la preventa flojeaba y el grupo quería un empujón y Ofelia tenía una idea.
Que la idea era un dosier: doce fragmentos con sus comentarios, maquetados como avance, con los nombres reducidos a una letra.
Que Ofelia lo había enviado el veinticinco de mayo a doce cuentas del grupo de prensa.
Que lo había enviado con su consentimiento.
El de Nuria. Ni una filtración ni un error ni un becario.
Una decisión, tomada en un despacho con un póster de la primera de Ofelia detrás de la cabeza, por la persona que tenía delante, que en seis años no me había hecho una sola pregunta sobre un margen y que en mayo había exportado todos los márgenes de una vez.
—Con mi consentimiento —repitió, para que no hubiera duda de a quién había que preguntar, y lo repitió con la misma cara con la que dice «en principio», sin bajar la voz, sin subirla, con las dos manos en la carpeta, y yo entendí que aquella era la cara de Nuria diciendo algo que le costaba, y que era exactamente la misma que la de decir lo que no le costaba, y que por eso había tardado seis años en verla—.
Ofelia lo pidió y yo dije que sí. Lo demás, lo de que se descontrolara, no lo pedimos. Pero lo del veinticinco, sí.
No la interrumpí. Lo decidí en la primera frase y lo sostuve hasta la última: dejarla hablar, porque Nuria estaba haciendo lo que no había hecho en seis años, que era contarme algo antes de que yo lo leyera, y no iba a estropeárselo con una pregunta.
Sacó de la carpeta unas hojas grapadas y las puso delante de mí. El historial. Impreso. Con las fechas de exportación arriba, quince de mayo, doce y cuarenta, y la lista de cuadros, y los dos nombres enteros, no las letras, porque aquella copia era la mía, no la de las doce cuentas.
—Para que tengas las fechas —dijo—. No para otra cosa.
Y después dijo lo último, lo que no tenía por qué decir, y lo dijo mirando la carpeta y no a mí:
—Y tu contrato deja los comentarios fuera. La cláusula de alcance. El sello compró el texto entregado. Lo que hay en el margen no es nuestro. Es tuyo y es de él. Por eso te ofrezco lo que te voy a ofrecer, y por eso lo que te voy a ofrecer necesita dos firmas.
Me senté.
En la silla que cojea, porque era la que quedaba.
Con el historial delante y Nuria enfrente con las manos en la carpeta cerrada, y en la cabeza todo lo que había pensado el domingo treinta y uno en orden, la lista de cinco pasos, y ahora el sexto: quién.
Nuria. Ofelia lo pidió y Nuria dijo que sí.
Y el séptimo, que no había pensado porque no sabía que se podía pensar: que el margen era mío.
Y de él. Seis años creyendo que todo lo que había en un archivo de Meridiana era de Ofelia, las frases y los votos y las comas, y resultaba que lo único que no era de Ofelia era lo que yo había escrito en el margen para un hombre a dos metros y lo que él había escrito para mí, y que eso no lo había firmado nadie, y que por eso valía cuarenta y cinco mil.
Que en el cajón de la derecha del despacho de Nuria había una cláusula que yo había firmado en enero hacía seis años sin leerla entera, y que esa cláusula decía que lo que no era el texto no era del sello, y que por eso el sello no podía haber hecho lo que había hecho, y lo había hecho igual, y ahora venía a comprarlo.
—Ahora —dijo Nuria, y abrió la carpeta.
El anexo. Cuatro páginas. Con el membrete del grupo y un número de referencia y mi nombre y el de él en la primera línea, como en el primer cuadro del archivo.
Nuria lo giró hacia mí y lo dejó, y no lo explicó, porque ya lo había explicado con el orden: lo que pasó, y esto.
Era un documento bien hecho. Lo digo con oficio: el membrete a la izquierda, la referencia a la derecha, el interlineado de la casa, el mismo que tenían las páginas de Rubén en enero, y una tipografía que hacía que cualquier cosa escrita en ella pareciera razonable.
Lo leí.
Lo leí como leo: en voz alta, por dentro, y en un momento en voz alta por fuera, porque hay frases que no se pueden leer por dentro sin que una se atragante.
—«Materiales paratextuales de naturaleza afectiva.»
Nuria no se rio.
Lo miré. Tenía la cara de siempre, la de leer una suma larga, y no se rio, y entendí por qué: porque la frase la había escrito ella.
O la había aprobado. Alguien en un despacho había tenido que encontrar una manera de llamar a lo que había en el margen de un libro, a «no duermo» y «lo escribo para ti» y «consta», y había encontrado esa, «materiales paratextuales de naturaleza afectiva», y Nuria la había dejado pasar como dejó pasar el adjetivo de la página cuarenta de la sexta, y ahora la tenía delante y no se reía porque reírse era decir que era ridícula, y era ridícula, y la había firmado.
—Es lo que hay en el margen —dijo—. Hay que llamarlo de alguna manera. —Se llama de otra manera. —Lo sé. Sigue.
Seguí. Cesión de los materiales al sello, con historial y versiones.
Una declaración conjunta, redactada por el grupo, en la que las dos personas identificadas como G e I reconocían haber actuado «como recursos creativos al servicio de la autora», y aceptaban que cualquier contenido de dicho margen «forma parte del proceso de creación de la obra firmada».
Una renuncia de él, expresa, a cualquier reclamación.
Cuarenta y cinco mil euros para mí, adicionales.
Veinte mil para él. Y la última línea, la que no estaba en ningún contrato mío de seis años y que estaba ahí, en la página cuatro, con una fecha: «Lo que queda del año», octubre del año siguiente, con campaña de lanzamiento del grupo.
No la mínima. La grande. La que Meridiana hace con los libros de Ofelia.
Firma de Gala Montesinos. Firma de Iago Reverte. Dos huecos.
Levanté la vista.
Y pregunté como pregunta Clara. No lo decidí. Me salió, después de siete libros escribiendo a una abogada que hace inventario antes de dejarse, y la pregunta era la suya.
—¿Y si no firmo? —Nada. —¿Nada cómo? —Nada.
Tu contrato sigue. La adenda sigue. Octubre del año que viene sigue, con la campaña mínima que ya tenías.
No pierdes nada. —¿Y él? —Él tiene su contrato pagado y una cláusula de confidencialidad.
Si no firma, nada tampoco. Si firmáis los dos, lo que pone ahí.
—¿Y si no firmamos y luego alguno de los dos cuenta lo que hay en el margen?
—Eso sí. —Miró la carpeta—. Eso es la confidencialidad.
La penal de cuarenta y cinco mil. Los dos la tenéis. Pero eso no es el anexo: eso ya estaba.
Rechazar no costaba nada. Lo entendí con la exactitud con que entiendo el dinero: de lo que me deben a lo que debo.
No me debían nada nuevo si no firmaba, y yo no debía nada nuevo.
Lo que había en las cuatro páginas era otra cosa: era lo único que no había tenido nunca.
Una campaña grande para un libro con mi nombre.
Un escaparate. Lo que Nuria había puesto en un cajón hacía un año y medio como adenda y ahora ponía en una mesa como precio.
Y el precio era el margen. Los votos, la mañana de las tazas, «esto es verdad», «no duermo», la frase de Bruno y su hueco. Firmar que eran «recursos». Firmar que aquello «formaba parte del proceso de creación de la obra firmada». Y que él firmara que nunca había estado.
—Es una compra —dije. —Es un anexo. —Es una compra de una cosa que no es vuestra con un dinero que sí lo es. —Sí.
Lo dijo así. Sí. Sin «en principio», sin «esto no es contra ti», sin «lo hablamos».
Un sí de Nuria, cosa que en seis años había oído dos veces: una cuando le pregunté si la segunda novela iba a llevar mi nombre en algún sitio, y dijo que no, que sí a que lo había preguntado; y otra en el comedor de un hotel cerrado cuando le pregunté si había leído el catorce entero, y dijo que sí, y no preguntó nada. Las dos eran verdad. Esta también.
—¿Y Ofelia? —Ofelia firma como autora. Ya ha firmado. —¿Ofelia sabe que hacen falta dos firmas más? —Ofelia sabe que hace falta el margen. Lo demás lo sabe el grupo.
Y con eso quedó dicho todo lo que Nuria iba a decir de Ofelia, y era exacto: Ofelia quería el margen porque el margen era lo que había hecho vender el libro, y el grupo sabía que el margen no era suyo, y los dos habían decidido que el margen se compra, y para comprarlo necesitaban a dos personas que no aparecían en ningún sitio y que ahora tenían un hueco cada una en la página cuatro.
No firmé. No dije que no. Cerré la carpeta con las dos manos, despacio, con el anexo dentro y el historial fuera, en la mesa, con sus fechas, y me quedé con las manos encima de la carpeta como las tenía ella al llegar.
—Me lo quedo. —Es tuyo. —Se levantó—. La copia es tuya. La decisión es tuya. Y de él.
La acompañé a la puerta, como hace Nuria con todo el mundo y como hice yo con ella, por el pasillo con la maleta que ya no estaba, hasta la puerta del piso, y en la puerta se giró, con el abrigo fino y las llaves del coche en la mano, y dijo la única cosa de aquella tarde que no estaba en la carpeta ni en el orden.
—No firmes sin hablar con él. No porque lo diga el anexo. Porque lo digo yo.
Y se fue por la escalera, sin ascensor, como se va la gente que no quiere esperar a que le contesten.
Me quedé en la cocina con la carpeta cerrada y el historial abierto.
La abrí otra vez, la carpeta, a las siete, sola, y fui a la página cuatro, a los dos huecos, y miré el suyo.
Firma de Iago Reverte. Un renglón vacío con un nombre debajo, impreso, en un anexo que él no había visto, para que renunciara a lo que era suyo sin saber que era suyo, y pensé en lo que iba a decir cuando lo viera, y no supe, porque de lo que él decía no tenía diccionario, y lo único que tenía eran cinco semanas de lo que escribía.
No lo llamé. No quería decírselo por teléfono.
Hay cosas que se dicen con un historial encima de una mesa.
Leí las fechas otra vez. Quince de mayo, doce y cuarenta.
Veinticinco. Y arriba de la lista, con su hora y su nombre, el cuadro de las seis y cincuenta y dos de un jueves de marzo, que era de él y era mío y no era de nadie más, y que el sello quería comprar por cuarenta y cinco mil y una campaña, y que yo había dejado sin borrar, dos veces, en la 15, y que ahora era la única cosa del margen que valía exactamente lo que valía.
A las nueve vibró el móvil.
Un mensaje. De un número que estaba en el móvil desde el primer correo de Nuria con dos nombres y que no había vibrado en tres meses.
«Llego el miércoles. Atocha, doce y cuatro. No hace falta que vengas.»
Sin nombre. Sin punto final después de «vengas», como escribe él cuando no quiere que la frase parezca una frase.
No hace falta que vengas. Era una frase suya, de las de irse, dicha al revés: no hace falta que vengas a buscarme, porque vengo yo.
Lo leí tres veces, lo que leo lo que no voy a contestar, y no contesté, y dejé el móvil boca abajo en la mesa, junto al anexo sin firmar y al historial con fechas, y conté lo que se puede contar: dos días.