Las partes indecentes 30
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Bea me mandó el PDF con un mensaje que decía «¿esto no es de tu editorial?», y era. Domingo, nueve de la mañana.

Bea. La del instituto, la de los votos, la que me había preguntado en enero si se notaba.

Estaba en un grupo de madres del colegio, y en el grupo alguien lo había puesto, y ese alguien lo tenía de una prima que trabajaba en una revista, y la prima lo tenía de un grupo de prensa, y así hasta donde no se ve.

Un PDF. Maquetado. Con el logo de Meridiana en la primera página y una frase de Ofelia debajo, y después doce fragmentos.

Doce. Los conté antes de leerlos, porque los fragmentos se cuentan como se cuenta el dinero, para saber cuánto ha salido, y doce de ochenta mil palabras es poco y era todo.

Y los leí, y a la segunda línea supe qué era.

No el texto. El texto era de «Marea viva», fragmentos escogidos, la cocina, el beso, la encimera, la pared, elegidos por alguien que sabía escoger, y eso, un avance promocional con fragmentos, existe, y Meridiana lo hace con todos los libros grandes tres meses antes.

Lo raro era lo otro. Al lado de cada fragmento, en una columna estrecha, con otra tipografía, en gris, como notas al margen de un libro antiguo, había comentarios. Con dos iniciales. G. I.

Los reconocí uno a uno.

El de la estantería. El de los votos de una prima, en la frase donde Bruno reconoce a Clara.

El de «esto es verdad» con su «lo sé» debajo.

El de que la mía era mejor y constaba. El de la acústica, con «entonces ya sabes que no duermo» debajo.

Y el último, en la línea de Bruno que no la soltaba, con la I, el del jueves de marzo a primera hora, que yo no había borrado.

Ese fue el que me dijo de dónde venía.

Lo digo en el orden en que lo pensé, el orden en que pienso las cosas que duelen: como una lista.

Uno: Ofelia tenía la limpia, la que le mandé desde el bar, sin cuadros.

Dos: en la limpia no había nada de esto.

Tres: los cuadros de la semana cuatro, el hilo de la frase de Bruno, no estaban en el PDF, porque los borré yo a las once y dos de un jueves, y donde no están es en la carpeta del sello.

Cuatro: el cuadro de la semana cinco, el de las seis y cincuenta y dos, sí estaba, porque no lo borré, y donde sí está es en la carpeta del sello.

Cinco: por tanto, esto no ha salido de mi copia, ni de la limpia de Ofelia.

Ha salido del historial de Meridiana. Del archivo de trabajo, en la carpeta compartida, con las horas, con los nombres reducidos a una letra, del que alguien con acceso ha sacado doce fragmentos y los ha maquetado con el logo.

Sabía de dónde. No sabía de quién.

Hay una distancia entre las dos cosas que se recorre en un domingo entero, y la recorrí. Llamé a Nuria a las nueve y veinte. Contestó al segundo tono, como contesta Nuria un domingo cuando sabe por qué la llaman.

—¿Quién ha mandado esto? —Buenos días. —Nuria. Doce fragmentos con comentarios. Con el logo. Con las letras. ¿Quién? —El grupo está gestionando la campaña. —Eso no es un nombre. —Te llamo el lunes. —Es domingo, Nuria. —Por eso.

Y colgó. A la vez que yo, no antes, que es peor, porque no queda claro quién ha colgado a quién.

Me quedé con el teléfono en la mano en la cocina de Prosperidad, con el taco de «Lo que queda del año» con su goma y el libro que no era mío sin abrir, y entendí que Nuria acababa de hacer conmigo lo que hace con todo el mundo: no mentir.

«El grupo está gestionando la campaña» era verdad.

El empujón. Lo había dicho el miércoles pasado y yo no había preguntado qué, y ahora el qué estaba en un PDF con doce fragmentos en el grupo de madres del colegio de Bea.

Podía haberme quedado ahí. Con el PDF y la lista y el nombre que faltaba. Podía haber hecho lo que hago: cerrar, guardar, esperar al lunes, cuando Nuria llama, y llegar al lunes con la lista hecha y una pregunta preparada. Lo que hice fue lo otro.

Leer.

Bea me había mandado el PDF con un enlace debajo, «mira lo que dice la gente», y lo miré.

Y después miré lo siguiente. Y a las doce del mediodía llevaba dos horas y media leyendo lo que decía la gente, en una pantalla, en la cocina, con el café frío, y no había manera de parar porque cada cosa que decía la gente era algo que yo sabía y ellas no, y algo que ellas creían y yo no podía corregir.

Decían que G era un hombre. Por la precisión.

Porque las notas de G eran secas y las de I tenían chistes, y una chica muy segura de sí misma había escrito que las mujeres no escriben así de seco, y debajo doscientas personas le habían dado la razón, y yo miré la pantalla con la cara caliente y la mano en el ratón y no escribí nada.

Decían que I era una mujer. Por los chistes.

Por «al menos mi estantería aguanta el peso», que atribuían a I porque era el mejor chiste y los mejores chistes son de mujeres, según la misma chica, o según otra.

Y yo pensé que aquella frase era mía, la de la estantería, la única buena que me había salido en la primera semana, y que ahora era de un hombre llamado I que era una mujer.

Decían que el hotel estaba en Ibiza. Por la barra de formica.

Porque alguien había escrito que en Ibiza hay barras de formica en todos los hoteles de los setenta, y otra persona había contestado que en todas partes, y una tercera había puesto una foto de una barra de formica verde de un bar de Alicante para demostrar algo, y debajo de la foto había cien personas hablando de formica.

Decían que las horas eran un mapa. Alguien había copiado las horas de los doce cuadros en una tabla y había dibujado, con las horas, una semana: que G escribía por la mañana e I por la noche, que a partir de cierto día se cruzaban, que había una noche con un cuadro a las doce y uno y una respuesta a las siete y treinta y cuatro de la tarde anterior, y que eso demostraba algo.

Demostraba que la persona sabía leer horas.

Lo demás lo demostraba mal, porque no sabía qué había entre las horas, y yo sí.

Decían que la 17 era una clave. Un número.

Que G e I habían escrito «la 17» siete veces en doce fragmentos y que siete veces no era casualidad, que era un código, y había un hilo entero, largo, con teorías: que era una fecha, que era un versículo, que era el capítulo del libro donde pasaba lo que no se decía.

Nadie dijo que era una habitación con mesa y wifi.

Nadie dijo que era el despacho del director.

Lo pensé y no lo escribí, porque escribirlo era decir que había estado.

Decían que I era un actor de doblaje. Por la voz.

Porque alguien había encontrado, en una aplicación que nadie nombraba, seis audios antiguos con voz de hombre en el fondo de un catálogo, y decía que I hablaba igual que escribía, y había pegado el enlace, y debajo la gente decía que no, que sí, que era imposible, que lo había escuchado y era él, que lo había escuchado y era un actor de doblaje de anuncios, y yo miré el enlace y no le di, porque ya sabía a dónde iba.

Decían que Ofelia lo había inventado todo. Que no había G ni I, que era una campaña, que las editoriales hacen esas cosas, y esa era la teoría más sensata y la única que era mentira entera, y tenía menos gente detrás que la de Ibiza.

Y una cuenta, a las tres de la tarde, subió una foto.

Un hotel cerrado. Dos alas, una del setenta y uno y otra del setenta y cinco, con las contraventanas echadas, en una urbanización vacía con el mar detrás, peinado por el viento en una dirección.

Con un texto debajo: que lo había localizado por la formica, que era un hotel de la costa norte de Menorca, cerrado en invierno, con un bar de formica verde que salía en una foto de una web de bodas de hacía diez años.

Y el nombre. Ses Llunes. Con la esa y las eles y todo.

Me quedé mirando la foto. La 17 estaba en la segunda ventana de la izquierda de la vieja, y la 15 dos más allá, y la suite tenía un cartel con una flecha que no se veía desde fuera, y la puerta de atrás donde Toni fumaba no salía, y Catalina estaría en la cocina con la ventana cerrada, y en el suelo de esa cocina, debajo del fogón, había un cajón con tazas que yo había escrito una semana antes de abrirlo.

Y debajo de la foto, otra cuenta puso el enlace de una web de reservas antigua, de cuando el hotel abría en verano, con las habitaciones numeradas de la 1 a la 42, y la 17, con una foto de hacía diez años: una mesa grande, de madera oscura, y una lámpara de pie.

«Es una habitación», escribió. «Con una mesa.

No es un código.» Le contestaron cuarenta personas que sí era un código, y yo miré la foto de la mesa del director con la lámpara de pie y me quedé sin respirar un segundo, y lo apunto porque no me pasa.

Debajo de la foto, una persona escribió que la barra era verde.

Lo sabía. Yo lo sabía porque me había apoyado en ella con un vaso delante de Ofelia.

Y no escribí «la formica es verde», ni «la 17 es una habitación», ni «G es una mujer», ni nada, porque cada cosa que escribiera era una prueba de que había estado, y la única persona que podía corregir a mil desconocidas era la única que no podía decir una palabra.

Es gracioso. Lo pongo porque lo era, y porque ese domingo me reí dos veces sola en la cocina, sin ruido, con la cara caliente: una con lo de que las mujeres no escriben seco, y otra con la foto de la barra de Alicante.

Se reían de mí sin saberlo y acertaban sin saberlo, y las dos cosas juntas son la definición más exacta de lo que es escribir para que otra firme.

A las cinco busqué mi nombre.

En la caja de búsqueda, con el apellido. Gala Montesinos. Con comillas. Y después sin comillas. Y después solo el apellido, y después «G. Montesinos», como aparezco en la lista de recepción de Meridiana.

Nada.

Estaba la frase. La de él, la del jueves, con velo y sin velo, en veinte sitios, en treinta, con el género cambiado y sin cambiar, con dibujos, con música, con «para ti» en letras grandes sobre fotos de parejas en playas que no eran de la costa norte.

Estaba la estantería. Estaba «no duermo».

Estaba G. Estaba I. Estaba Ses Llunes con la esa y las eles.

No estaba yo. En ningún sitio. Seis años de invisibilidad funcionaban perfectamente, y era la prueba de que Nuria tenía razón en enero: nadie sabía cómo me llamaba, y nadie iba a saberlo, y esa era la protección, y esa era la condena, y ese domingo eran la misma cosa.

Cerré. Con las dos manos.

Y antes de cerrar, en el último hilo, debajo de la foto del hotel, alguien había escrito algo que leí tres veces, lo que leo lo que no voy a contestar.

Que le daba igual quién fuera G. Que lo que quería saber era qué había contestado.

Nadie. No contestó nadie, porque no había contestado, porque a las nueve y tres de un jueves de febrero yo había borrado la pregunta con mi nombre y el hueco debajo, y una desconocida en una pantalla acababa de hacerme la misma pregunta que él, con las mismas palabras casi, y tampoco iba a tener respuesta.

Escribí una cosa. En la caja, sin enviar.

«La formica es verde. La 17 es una habitación.

G es…» Y ahí paré, con el cursor después de «es», porque lo que venía después de «es» era un nombre que no aparecía en ningún sitio, y ponerlo era hacer exactamente lo que Nuria me había dicho en una puerta en enero que no hiciera, y lo que yo llevaba seis años sin hacer, y lo que había borrado a las once y dos de un jueves.

Lo borré. Las tres frases. Con la papelera pequeña, la de siempre, la que sé usar.

A las seis llamó Bea. Que si estaba bien.

Que la había visto rara con lo del PDF, o sea, no la había visto, pero le había parecido por el «gracias».

Le dije que corregía libros. Que a veces se corrigen cosas que salen mal.

Bea dijo «ya», con el tono de quien no entiende y no va a insistir, y me preguntó si había leído ya la de la casa de la playa, la cuarta, la de sus votos, porque su prima decía que la nueva iba a ser mejor.

Le dije que la nueva era mejor. Es la única cosa que he dicho en público sobre «Marea viva», y se la dije a Bea por teléfono un domingo, y tenía razón.

No escribí nada en público. Ese domingo ni ningún otro.

Es la decisión de aquel día, la única, y la tomé con las dos manos en la tapa del portátil, en la cocina, con el taco de trescientas doce páginas al lado y el libro de otra sin abrir, mientras fuera, en algún sitio, Ofelia Lago tenía el campo libre.