Las partes indecentes 29
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Paula me preguntó si estaba enfermo y le dije que era peor.

Lo dije en la nave, a las diez de la mañana del sábado treinta de mayo, delante de su mesa, con la cafetera del bar cerrado haciendo su ruido y Leire en la cabina locutando un guion de Julio, porque los míos no existían.

Ninguno. Desde «Escalera», el viernes de febrero a las seis de la mañana, no había entregado nada.

Tres meses. Doce semanas de Paula pidiendo el guion de la semana y yo diciendo «a medias» y ella apuntando «a medias» en algún sitio y volviendo el jueves, y aquel sábado no volvió el jueves: me miró por encima de la pantalla con la cara de alguien que ha dejado de apuntar.

—¿Estás enfermo? —Es peor. —¿Peor cómo? —Peor.

No lo expliqué. Paula no insiste dos veces el mismo día y no insistió. Giró la pantalla hacia mí, lo que hace cuando no quiere hablar y quiere que hable un dato.

—Los seis antiguos.

Una gráfica. La de siempre, la que a ella le gusta y a mí me da igual, con una línea que durante dos años había estado abajo, plana, los seis audios del principio, los del cuadrado gris, los que nadie escucha porque están al final del catálogo y al final no baja nadie.

Y en la última semana la línea subía. Poco, para lo suyo; mucho, para lo que era.

—¿Desde cuándo? —Desde el lunes. —¿Por qué? —Eso te lo pregunto yo.

No lo sabía. Lo digo porque es la verdad de aquel sábado: no lo sabía.

Seis audios con mi voz de hace dos años, sin foto, sin nombre, en el fondo de un catálogo, y de pronto alguien bajaba hasta el fondo.

Varios alguien. Le dije a Paula que no tenía ni idea y era verdad, y Paula me miró como se mira a alguien que dice la verdad y no sirve, y volvió a girar la pantalla hacia ella.

—Pues alguien los busca —dijo—. Y no soy yo.

Leire salió de la cabina con los auriculares al cuello y me vio, y se paró.

—¿Vas a mandar algo? —A medias. —Llevas tres meses a medias. —Lo sé. —El de la cocina lo escuchan dos veces. Sigue. La gente pregunta si hay más. —No hay más. —Pues escríbelo.

Y se metió en la cabina con el guion de Julio, y yo me quedé con «pues escríbelo», que era lo mismo que me había dicho alguien en una habitación con dos velas, con otras palabras y otro motivo, y que seguía sin poder hacer.

Salí a las once. Cogí el metro en Poblenou y miré las salidas como siempre, y me relajé como siempre, y a la segunda parada vibró el móvil.

Uxía. Un vídeo. Y debajo, con sus signos y su manera de escribir, la de alguien que habla más deprisa de lo que teclea: «Mira esto, ho. ¿No es de lo tuyo?»

Le di. En el metro, con un auricular, en una línea cuatro de sábado con gente con bolsas de playa y un niño con un cubo, y la pantalla en vertical.

Una boda. Una iglesia con luz de junio, aunque era mayo, con flores en los bancos y un móvil en vertical que temblaba un poco, y una novia con velo.

Con velo de verdad, de los largos, echado hacia atrás, y un papel en las manos.

Leía. Se le oía bien, o bastante bien, con el eco de una iglesia y un niño llorando al fondo, y llegó a una frase, y la leyó despacio, mirando al novio, con la voz que se pone cuando una frase importa.

Que no lo escribía para ella. Que lo escribía para él.

Mi frase. Con el género cambiado y el resto igual, palabra por palabra, la de un jueves de marzo a primera hora en la línea de Bruno que no la soltaba, dicha por una novia con velo a un hombre en una iglesia delante de doscientas personas y un móvil.

El novio lloró. Se le vio llorar. Y la gente aplaudió, como se aplaude en las bodas cuando alguien lee algo bonito, y el vídeo se cortó ahí, con el aplauso.

Lo vi dos veces.

La segunda con el volumen más alto, en el metro, con el auricular en una sola oreja para oír el eco de la iglesia y el niño, y ya no la frase: la frase la sabía.

Quería oír cómo la decía. La decía bien.

La decía como se dice lo que se ha leído en alguna parte y se ha copiado en un papel porque era lo que una quería decir y no le salía, y la decía con el velo echado hacia atrás y la cara de quien no sabe de dónde ha sacado lo que dice ni le importa.

Contesté a Uxía. Dos letras. Ok. Sin punto. Ella contestó con tres signos de interrogación, lo que contesta Uxía a un ok, y no le dije nada más, porque lo que había que decirle a Uxía no era de lo mío y sí lo era, y no sabía por dónde empezar.

Y me quedé con el móvil en la mano en un vagón de la línea cuatro, un sábado a las once y veinte, con una novia que acababa de decirle a un hombre lo único que yo había dicho en mi vida a una persona sin la segunda frase detrás.

Es de todo el mundo. Lo pensé así, entero, con las palabras.

La frase es de todo el mundo. Como los votos de la cuarta de Ofelia en la boda de Uxía en Cangas hacía dos veranos, con el incienso, con mi camisa de boda y las manos entre las rodillas.

Igual. Exactamente igual, con la única diferencia de que entonces yo lloraba y no sabía quién había escrito lo que me hacía llorar, y ahora sabía quién había escrito lo que hacía llorar a un novio, y era yo, y lo sabía yo solo.

No me bajé antes.

Es lo que me quedo de ese sábado: la parada correcta.

Me bajé donde tocaba, en la mía, con el móvil en el bolsillo, y subí la escalera y salí a la calle con el sol de finales de mayo, que en Barcelona ya es un sol de verano con humedad, y anduve hasta mi portal por la acera de siempre, y en la acera pensé la cosa entera.

Que me daba igual que la frase fuera de todo el mundo. Que se la lleven. Que la lean con velo. Lo que me importaba era a quién se la había dicho.

Ahí es donde va la segunda frase. La de siempre, la que arregla la primera, la de «como todo el mundo» o «por el frío» o «para lo que sirve».

Tenía tres, como siempre. Y en la acera, a las once y media, con el portal a veinte metros, no puse ninguna.

Ni una. La primera se quedó entera, sin nada detrás, como la había dejado en una cama de la 16, y anduve los veinte metros con ella así, y abrí el portal.

En casa abrí el portátil. Para entrar en la carpeta, no para escribir.

La compartida. La de Meridiana, con el archivo de trabajo, con todos los cuadros, con la frase en su línea y su hora y mi nombre y el hueco debajo, donde no había entrado desde el nueve de marzo, el lunes en que me fui del hotel el último y Toni me llevó al aeropuerto y me dijo «Iago» como despedida.

Acceso denegado.

Una pantalla gris, con una frase corta, como las de Nuria: que no tenía permiso para ver ese elemento, y un botón para pedirlo, que no pulsé.

Revocado. Desde la entrega, probablemente; desde el seis de marzo, desde el viernes en que ella subió la limpia y Meridiana dio por acabado lo que había que acabar y cerró la puerta a quien ya no tenía nada que hacer dentro.

Lo normal. Lo que hace un sello con un consultor cuando el consultor ha cobrado.

Cerré la pantalla gris. Abrí la carpeta mía, la de las copias, que ya eran cincuenta y tres, y la última era la del nueve de marzo a las once de la mañana, la de antes de cerrar por última vez en la 17, con el cuadro sobre FIN de las diez de la noche del viernes y su hueco, y la del jueves de las nueve y cinco con el hilo, y todas las demás.

Están. Nadie ha entrado. Lo que hay ahí no ha salido de ahí.

Y lo cerré también, porque una carpeta que no sincroniza con nadie tampoco sirve para saber quién ha sincronizado con quién.

No sé desde dónde ha salido la frase. Lo pongo porque es exacto: no lo sé.

Sé que yo no la he sacado, porque no puedo entrar.

Sé que estaba en un margen. Y sé que alguien que sí puede entrar la ha dejado salir, o la ha dado, y no sé quién, y no sé cómo, y tengo cincuenta y tres copias de un archivo en una carpeta que no sincroniza con nadie y ninguna me sirve para saberlo.

Tenía el móvil en la mano. Tenía un número. El de ella, el que no había marcado en doce semanas, el que estaba en el móvil desde el primer correo de Nuria con dos nombres.

No llamé.

No por orgullo. Lo pongo porque sería fácil y no es verdad.

No llamé porque lo que tenía que decirle no cabía en una llamada, ni en un cuadro, ni en nada que yo supiera hacer, y porque la última cosa que me había dicho en persona era que lo del hotel se quedaba en el hotel, y una frase con velo en una iglesia cualquiera no era el hotel, y yo no sabía todavía qué era.

Dejé el móvil en la mesa. Me senté en la cocina, con el portátil cerrado, y me quedé mirando la encimera, que en mi piso es de madera y no guarda nada tampoco.