Las partes indecentes 28
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La coma de la página treinta y uno estaba donde la había puesto en noviembre, y a las diez de la mañana del veinte de mayo la quité, y a las diez y dos la volví a poner.

«Lo que queda del año». Trescientas doce páginas, impresas, con una goma, sacadas del cajón de la cocina de Prosperidad, donde no se habían movido desde marzo, encima de la mesa, con un bolígrafo rojo al lado y un café.

Once semanas. Las conté al sacar el taco del cajón, porque las gomas se cuentan solas cuando llevan tiempo puestas: dejan una marca en el papel, y la marca era de once semanas.

Entrega revisada en junio del año que viene.

Salida en octubre. Con campaña. Lo ponía en el pósit de Nuria, con su letra recta, pegado a la puerta de la nevera desde el seis de marzo, y era el único papel de la casa que miraba todos los días.

Empecé por la página uno. La leí. Estaba bien.

La había escrito en septiembre del año anterior, en aquel piso, con la calefacción apagada, y era la primera página de una novela sobre una mujer que hereda una casa que no quiere, y estaba bien, y la leí entera, y pasé a la dos, y estaba bien, y a la tres, y en la tres me paré, porque la mujer miraba la casa y la miraba como se mira un inventario, y yo sabía quién había escrito eso.

Yo. En septiembre. Una mujer que aún no había estado en Menorca.

Seguí. Página diez, veinte, treinta. Con el bolígrafo rojo en la mano sin abrir.

Todo estaba bien. Todo estaba escrito por alguien que sabía exactamente cómo debía ser cada frase y las había puesto donde iban, y no había una sola en treinta páginas que yo pudiera tocar, porque tocarla era admitir que la mujer de septiembre no sabía algo que la de mayo sí, y no tenía con qué sustituirla.

Lo que sabía la de mayo no estaba en ningún sitio.

Lo había borrado a las once y dos de la noche de un jueves de febrero.

Página treinta y uno. Una coma. Entre «la casa» y «que no quería».

La quité con el bolígrafo rojo, una raya sobre la coma, y me quedé mirando la frase sin ella, y la frase sin ella era la misma frase con una coma menos, y volví a poner la coma, con el bolígrafo, encima de la raya, y cerré el taco, y le puse la goma.

Dos minutos. Una coma. Nada.

Seguí hasta la cuarenta por disciplina, con la goma quitada otra vez y el rojo en la mano, y en la cuarenta la mujer de septiembre entraba en la cocina de la casa heredada y miraba la encimera, y era de mármol, porque en septiembre yo no sabía de qué son las encimeras, y me quedé mirando la palabra mármol el tiempo que se mira una palabra que era verdad cuando se escribió y ya no.

No la cambié. Cambiarla era escribir acero, y acero era escribir lo otro, y lo otro no estaba en ningún archivo al que yo quisiera entrar.

A las doce menos cuarto mi madre escribió. «¿Has conocido a alguien?» Así, sin más, un miércoles, como pregunta mi madre cuando lleva un mes sin preguntar. Contesté que no. Contesté con la verdad de la coma: que no, en presente, un tiempo verbal que no admite once semanas.

Nuria llamó a las doce.

Sin hola. Nuria no dice hola por teléfono como no lo pone en los mensajes: empieza donde la cosa empieza, y la cosa aquel miércoles empezaba en la preventa.

—Flojea. —¿Cuánto? —Por debajo de la novena. En principio.

En principio. La primera de las tres. Esperé la segunda, que era «esto no es contra ti», y no vino, porque no había nada contra mí en una preventa floja de un libro que no era mío, y Nuria lo sabía. Lo que vino fue otra cosa.

—El grupo quiere un empujón. —¿Qué empujón? —Lo hablamos.

La tercera. En un minuto. Y colgó, o casi: dijo «bien» antes de colgar, lo que dice cuando ha dicho lo que tenía que decir, y yo me quedé con el teléfono en la mano en la cocina de Prosperidad, con el taco con su goma delante, pensando que un empujón se da a lo que no se mueve solo, y que no había preguntado qué, y que no preguntar era mío desde hacía seis años y no iba a dejar de serlo un miércoles.

No pregunté. Es lo único que se puede apuntar de aquel día: lo que no hice.

Por la tarde salí a comprar café. Es una calle de tres portales y una librería que lleva quince años con el mismo escaparate, y pasé por delante como se pasa por delante de las librerías cuando una escribe libros que no firma: mirando el escaparate para ver si están, y siguiendo.

Estaba.

No el libro. El libro salía en septiembre.

El cartel. Un cartel de cartón, de los que ponen las editoriales grandes con tres meses de adelanto, con la foto de Ofelia, la de siempre, gafas en la cabeza y bolígrafo en la mano derecha, y el título en letras grandes, y una encimera.

Una encimera de acero, en la cubierta, con una luz cayéndole encima desde arriba y nada más.

Y una fecha. Septiembre. Y una frase debajo del título que no era mía ni de nadie: «La más íntima y atrevida de su vida».

Entré. No lo decidí. La puerta de una librería se abre sola cuando una lleva quince años pasando por delante, y entré, y la chica del mostrador me dijo buenas tardes, y yo dije buenas tardes, y miré el cartel desde dentro, que es distinto de mirarlo desde fuera porque desde dentro se ve la encimera con detalle, con las rayas de los cuchillos, y era una encimera de dos metros y medio con cuarenta años de cuchillos, no la del hotel de la abuela de Clara: la de Catalina.

Alguien de diseño había buscado «encimera de acero» y había encontrado esa, o una igual, y la había puesto en la cubierta del libro de Ofelia Lago con una luz de campana.

—Esta va a ser la buena —dijo la chica del mostrador, siguiendo mi mirada al cartel—. Dicen que es la mejor. Que se ha atrevido por fin.

Dije que sí. Que eso decían. Y la chica me miró como se mira a una clienta que no compra el libro del cartel, con la paciencia de quien sabe que en septiembre lo comprará, y yo pensé que aquella chica iba a vender en septiembre doscientos ejemplares de una encimera, y que ninguno llevaría mi nombre, y que eso era lo normal, y que lo normal era lo que yo había firmado, y que lo había firmado en enero con una copa en la mano que no me bebí.

Compré otra cosa. Un libro que no era mío, de una autora que sí firma, del estante de novedades, sin mirar el título, para tener algo en la mano al salir y para que la chica no me viera mirar un cartel sin comprar nada.

Lo pagué. Salí. Lo dejé en la mesa de la cocina sin abrir, al lado del taco con la goma, y ahí siguen los dos.

A las siete miré el portátil. Cerrado, en la mesa de la cocina, donde lo había dejado el seis de marzo con la tapa caliente, y donde seguía.

Lo había abierto desde entonces, claro, para lo mío, para el banco, para el correo de Nuria, para escribir tres páginas de algo que no era nada.

Lo que no había abierto era el archivo. El de trabajo.

El de los cuadros. No lo había sincronizado desde Palma y no lo había abierto desde Palma y no sabía si al abrirlo iba a sincronizarse solo, como hacía todas las noches en el hotel, y no quería saberlo, y por eso no lo abrí.

A las once de la noche abrí Sordina.

En la cama, con el móvil en el pecho, como aquella noche de febrero, aunque ya no había pared ni nada al otro lado: al otro lado de la pared de Prosperidad hay un vecino con una tele, y la tele estaba puesta, y era un concurso, con aplausos cada cierto tiempo, y pensé en Toni y lo dejé.

La suscripción se había renovado sola en marzo y en abril y en mayo, y yo no la había cancelado, y no sabía por qué, o lo sabía.

El historial. Un elemento. El del martes diecisiete de febrero a las dos y catorce, con su título de una palabra y su cuadrado gris, sin borrar.

Lo miré. No lo escuché. Con el pulgar sobre el título, sin apretar, el tiempo que se mira lo que se podría escuchar y no se escucha, porque escucharla era oír una voz de hace dos años diciendo una frase sobre una ventana que no cierra, y yo ya sabía qué ventana, y ya sabía qué voz, y lo que no sabía era qué hacer con una voz que no estaba a un tabique.

Cerré la aplicación. Sin borrar. Dejé el móvil en la mesita, junto a nada, y me quedé mirando el techo de Prosperidad, blanco, con una grieta, y conté las semanas otra vez por si me había equivocado.

Once. No me había equivocado. Es lo malo de contar bien.