Las partes indecentes 25
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Bajé primero. A las diez y diez, con la cocina ya cerrada y Ofelia en la suite con tapones, que se lo había dicho a todo el mundo durante la cena, a Catalina, a Toni, a la mesa entera, que ella sin tapones no dormía en ningún sitio y con tapones dormía hasta en un aeropuerto.

Lo apunté cuando lo dijo. No lo pensé; lo apunté, como se apunta un horario.

La cena había sido de tres, con Catalina sirviendo y Toni en recepción, y Ofelia había hablado de septiembre.

De la presentación. De que Nuria quería que dijera que había escrito el libro en Menorca, «en este hotel, con este viento», y de que ella lo iba a decir porque era verdad, porque estaba aquí, ¿no?

, con el viento, y nos miró a los dos al decir «¿no?

», y él dijo que hacía viento, y yo dije que sí, y Ofelia dijo «pues eso», y siguió con el plan: la Feria, las firmas, una entrevista en televisión que ya tenía cerrada para junio en la que iba a contar «lo de la cocina».

Lo de la cocina. Lo dijo así, con el artículo, como se dice lo de la boda o lo del accidente, y Catalina, que estaba dejando la fuente, se quedó un segundo con la fuente en el aire y la dejó.

Yo comí. Él comió. Ofelia contó lo que iba a contar en junio sobre una cocina que había leído en una pantalla el martes, y lo contó bien, con la pausa, con el escalofrío, y yo pensé que en junio iba a haber una mujer en un plató diciendo que había vivido una cosa que yo había escrito con un hombre a dos cursores, y que eso era exactamente para lo que me pagaban, y que en seis años nunca me había importado, y que ahora estaba contando los tapones.

Y a las diez y diez bajé la escalera de la moqueta sin linterna, con la luz verde, con el abrigo abierto porque marzo había empezado a ser marzo, y empujé la puerta batiente, y la campana estaba encendida.

Él ya estaba.

De pie, en el sitio de Bruno, con las manos fuera de los bolsillos esta vez, y nadie dijo nada, y nadie dijo documentación, porque la documentación era una palabra de hacía nueve días y en nueve días había pasado una cocina, una cama, una frase, un hilo borrado, una editora que no preguntó y una mujer con dos maletas que decía que aquello lo había vivido ella.

No quedaba coartada. Se habían gastado todas.

Lo que quedaba era una encimera de acero de dos metros y medio, la luz de la campana, y dos personas que sabían exactamente qué hacer porque llevaban cuatro semanas escribiéndolo y una noche haciéndolo mal.

Esta vez salió.

Lo escribo así, con dos palabras, porque las dos palabras son exactas y porque lo demás no cabe en más.

Salió. Sin frío, o con frío y sin que importara.

Sin manga en ningún tirador. Sin campana en ninguna frente.

Sin risa, que era lo que más me sorprendió después, pensándolo en la 15: que no nos reímos ni una vez.

Y no fue por falta de motivo. La risa de la cocina de hacía nueve días era el sitio donde nos habíamos puesto a salvo, y esta vez no hacía falta ponerse a salvo de nada.

No voy a contarlo con más palabras que la primera.

Menos. La primera fue torpe y la conté entera porque lo torpe hay que contarlo para que se entienda; esta no fue torpe y no hay nada que entender.

Él sabía dónde iban las manos. Yo también.

Y lo raro, lo que no había escrito en siete libros ni leído en ninguno de sus audios, era que lo supiéramos los dos a la vez y no hiciera falta que ninguno mandara.

No hubo Bruno ni Clara. No hubo nadie que no estuviera.

Y no lo decidió él y no lo decidí yo. Lo decidimos los dos a la vez, sin que nadie lo dijera, como se decide en el margen una frase que cada uno ha cambiado a medias, y por eso salió.

Y en algún momento, con la espalda en el acero que ya no estaba frío donde estaba yo, pensé algo de lo que me dio vergüenza en cuanto lo pensé, y la pensé igual, entera: que aquello era mejor que la encimera de Ofelia.

Mejor que la del libro. Mejor que la escena que habíamos escrito a dos cursores el miércoles pasado y que Ofelia había leído con la mano en la pantalla.

La de verdad era mejor que la escrita, y yo llevaba seis años sabiendo que eso no pasa nunca, que lo escrito siempre es mejor porque se corrige, y estaba en una cocina a las once de la noche descubriendo que no, con la vergüenza de quien descubre lo que debería haber sabido a los veinte.

No lo dije. No se dice.

Después no hubo suelo. Nos quedamos de pie, apoyados, con el abrigo mío donde había caído y la chaqueta suya donde había caído, y él tenía la frente en mi hombro, sin reírse, respirando, y yo tenía la mano en su nuca, y fue el después más corto y más largo que he tenido, porque no pasaba nada y no hacía falta que pasara.

Pensé en Ofelia diciendo «lo de la cocina» en un plató en junio con la pausa y el escalofrío, y pensé que no me importaba, y era verdad, y que sí me importaba, y también era verdad, y que las dos cosas cabían en una nuca.

A las doce menos cuarto subimos. Con cuidado.

Ofelia dormía a tres puertas con tapones, y los tapones no cubren el somier de 1971, y subimos la escalera de la moqueta con los zapatos en la mano, como se sube a casa de una madre, y en el pasillo de la vieja nos separamos, la 15 y la 16, sin nada, porque lo demás ya estaba hecho.

Me tumbé con la manta. Con la pared a la izquierda.

No conté nada. Ni minutos ni frases ni nada: es la única noche de aquel hotel de la que no tengo un número, y lo apunto ahora, después, como se apunta la ausencia de un dato.

Oí su somier, uno, y me dormí a la una, que era lo más pronto que me había dormido en aquel hotel.

A las siete de la mañana ya se había levantado.

Lo supe por la pared: el somier de la 16, dos, uno de levantarse y otro de la puerta, a las seis y media, y pasos hacia la 17, y nada más.

Yo me quedé en la cama hasta las siete con el móvil en la mano, sin abrir nada, mirando el techo con la luz de marzo entrando por la contraventana abierta, que Toni había abierto el lunes cuando bajó el viento, y a las siete abrí el archivo.

Estaba en la 15, con la wifi de la puerta, sin levantarme, con el portátil encima de la manta.

El capítulo dieciséis. El de Clara yéndose a Madrid a firmar.

Yo lo había reescrito el martes por la tarde con Ofelia en la 17 mirando la pantalla, y tenía una línea al final que era mía: Bruno no la soltaba. Y de esa línea colgaba un cuadro.

Con su nombre. Con la hora: seis y cincuenta y dos.

Lo leí.

Y no contesté. No como las otras tres veces.

Las otras tres veces no había contestado porque no quería o porque no sabía o porque contestar era quedarse.

Esta vez no contesté porque no existe la frase.

Lo busqué. Con el cursor en el hueco y las manos quietas, busqué en todo lo que sé, que es bastante, siete libros de frases para gente que no sabe qué decir, y no había ninguna que sirviera para un hombre que había escrito, en el margen de un libro que iba a firmar otra, a las seis y cincuenta y dos de la mañana, que aquello no lo escribía para la otra.

Que lo escribía para mí.

Me quedé con el cuadro abierto en la manta.

Era distinto del hilo del jueves anterior.

Aquel era una disputa: quién había dicho qué, y una pregunta con mi nombre que exigía una respuesta.

Este no exigía nada. Este decía algo y se quedaba dicho, y no había hueco que rellenar porque no había pregunta, y eso era lo peor: que no me pedía que contestara, y que por eso no podía.

El archivo se sincroniza a las once de la noche, todas las noches, con la carpeta de Madrid, y aquel cuadro iba a sincronizarse, con su hora y su nombre y mi nombre en la línea, y a estar en la carpeta de Meridiana el viernes con la entrega y para siempre en el historial, donde Nuria lee y no pregunta, y donde cualquiera que abriera la carpeta iba a leer lo que él había escrito para mí en la frase donde Bruno no soltaba a Clara.

Podía borrarlo. Como el hilo. Tenía la papelera pequeña y las once de la noche por delante y todo el día.

Lo miré otra vez a las once, en la 17, con él a dos metros, con el cursor encima de la papelera pequeña como la había tenido nueve días antes sobre otro hilo.

Once de la mañana. Él estaba escribiendo y no levantó la vista, y yo me quedé con el cursor ahí el tiempo que se tarda en no hacer lo que se sabe hacer.

No lo borré. Lo apunto porque es lo único de aquel jueves que hice bien, y no lo hice por valor.

Lo hice porque borrar aquello era como borrar la nota de la puerta, y la nota de la puerta la había quitado él, no yo, y yo con las cosas de él en un papel no sé qué hacer, y en un archivo tampoco.

Lo dejé. Con el hueco debajo. Sin respuesta, que era la respuesta.

Me levanté a las ocho. Me vestí. No pasé por delante de la 17: bajé por el otro lado, por el pasillo que da a la escalera de la nueva, que es más largo, para no pasar por delante de una puerta abierta con un hombre dentro que había escrito aquello a las seis y cincuenta y dos.

Bajé a desayunar a las ocho y media.

Ofelia ya estaba. Con la cara lavada, sin las gafas ni en la cabeza ni en la nariz, con un jersey grande y el pelo recogido con algo que no era de peluquería, y era otra mujer, o era la misma sin el resto, y estaba sentada en la mesa de en medio, la desnuda, la que Catalina había vuelto a vestir para ella con un mantel y una taza, tomando café con leche y hablando con Catalina de las tostadas.

—Cariño —le dijo Ofelia a Catalina, por las tostadas, y Catalina no contestó, y era la tercera vez en dos días.

Me senté en la mía. Él bajó a las nueve menos cuarto y se sentó en la suya. Y Ofelia, desde la de en medio, con la taza en las dos manos, nos miró a los dos por turnos, y dijo:

—Esta noche una copa. Los dos. En el bar, que he visto que hay barra.

Lo dijo como quien reparte papeles. Una convocatoria, no una invitación, con el tono de alguien que ha organizado presentaciones durante veinte años y sabe que la gente va a donde se le dice si se le dice bien.

—De despedida —añadió—. Me voy el viernes con vosotros, o antes. Nuria dice que el viernes. Toni me lleva al aeropuerto, ¿verdad, Toni?

Toni, desde recepción, dijo «sí» sin volverse, y Ofelia le dio las gracias con el nombre y con «cariño» detrás, y Toni tampoco contestó, y Ofelia no pareció notar que en aquel hotel nadie contestaba a «cariño», o lo notaba y le daba igual, una forma de fuerza que yo no tengo.

Acepté.

Con la cabeza, sin mirarlo a él, con la taza en las dos manos como la tenía Ofelia, y me di cuenta de que había copiado la postura y la dejé.

Dije que sí a Ofelia Lago mirándola a ella, a la cara lavada, al jersey grande, y no giré la cabeza hacia la mesa de él ni un grado, porque si la giraba, Ofelia lo iba a ver, y Ofelia veía las cosas por el tiempo que tardaba una en girar la cabeza, igual que él, y no iba a darle ese tiempo.

Él, en su mesa, dijo «vale». Ofelia dijo «estupendo» y volvió a las tostadas.

Subimos a la 17. Trabajamos. El diecisiete: el despacho de Clara en Madrid, las horas facturables, la primera reunión en la que no firma.

Él había escrito el martes que el despacho olía a moqueta, y yo lo había dejado, y ese jueves puse que Clara contaba las horas de la reunión como se cuentan las de un vuelo, y él no comentó nada, y trabajamos como siempre, con la de en medio, con la de la ventana, con Ofelia en la suite haciendo llamadas que se oían a través del tabique como un rumor de alguien que dice «cariño» a personas de Madrid.

Y durante el día, entre los cuadros técnicos de los capítulos diecisiete y dieciocho, preparé la exportación.

La limpia. Para la entrega del viernes. Es un proceso que se hace desde el archivo: se exporta una copia sin comentarios, sin historial, sin nombres en los cuadros porque no hay cuadros, solo el texto, ochenta mil palabras con el título en la primera página y el nombre de la portada, y esa copia es la que se entrega, la que va a maquetación, la que existe.

La había hecho siete veces, una por libro, y las siete veces me había parecido lo más limpio del oficio: el momento en que un archivo lleno de dudas se convierte en un libro sin ninguna.

Nunca me había parecido otra cosa. La hice a las cuatro de la tarde del jueves con él a dos metros, y él la vio hacer, se notaba en cómo dejó de escribir, y calló, y no era para nada más que para el viernes.

Eso me dije. Que era para el viernes.

La guardé en el móvil también, por costumbre, porque las entregas las llevo en dos sitios, y a las siete cerré el portátil con las dos manos y subí a la 15 a cambiarme de jersey, uno gris por otro gris, más nuevo, de los que había traído para cinco semanas y no había usado, y en aquel hotel no me había cambiado nunca de jersey para bajar a ningún sitio, y lo apunto sin sacar nada de ello.

Ofelia había dicho a las diez. En el bar. Los dos.