26
La vi hacer la exportación y no dije nada. Jueves, diez de la mañana.
Se hace desde un menú. Exportar, copia limpia, sin comentarios, y el archivo escupe otro archivo, con el mismo título y el mismo nombre en la primera página y ochenta mil palabras y nada más: ni cuadros, ni horas, ni un solo nombre de los dos en ningún margen, porque no hay margen.
Lo vi por cómo dejó de escribir y por cómo miró la pantalla mientras se hacía, con la barra, cincuenta segundos, y por cómo después se guardó el archivo también en el móvil, dos sitios, como hace con las entregas, y por cómo no me miró.
Era jueves. La entrega era el viernes. Una copia limpia el jueves a las cuatro para una entrega el viernes a las nueve es una copia con un día de adelanto, y yo no sé mucho de entregas, pero sé de gente que hace las cosas con un día de adelanto, y suele ser gente que va a usarlas antes.
No lo escribí. Escribí, en el capítulo dieciocho, sobre Bruno solo en el hotel vacío después de que Clara se vaya a Madrid, que Bruno no le pedía que se quedara porque creía que no tenía derecho. Un cuadro. Con la hora. Ella contestó en dos minutos: que Bruno no tenía contrato.
Bruno no tenía contrato. Yo tampoco, de los que cuentan: tenía uno de consultor con una cláusula de confidencialidad y otra que decía que lo que no era el texto no era del sello, y doce mil euros, y una habitación con radiador hasta el viernes.
Lo mío en aquel hotel acababa el viernes como lo de Bruno acaba cuando Clara coge el vuelo, y ella lo sabía cuando escribió lo del contrato, y yo lo sabía cuando escribí lo del derecho, y nadie escribió lo otro, que era lo que había escrito yo a las seis y cincuenta y dos de la mañana en la línea de Bruno que no la soltaba.
Seguía ahí. El cuadro. Con el hueco debajo.
Lo había mirado cuatro veces antes de las diez y no lo miré más, porque el hueco era una respuesta y yo sé leer huecos.
Lo había escrito a las seis y cincuenta y dos porque a las seis y cincuenta y dos era verdad y porque a las siete ya no habría sabido escribirlo: hay frases que tienen una hora, y esa la tenía.
La escribí en la línea de Bruno que no la soltaba porque era la única del libro donde cabía sin que fuera del libro.
Y la dejé sincronizar, sabiendo dónde iba a ir, porque lo que se escribe en un margen que se entrega se entrega, y yo llevaba cinco semanas aprendiendo eso de la persona que no contestaba.
Ofelia bajó a comer con la cara lavada y a las cuatro subió a la 17 y se sentó en la silla de Catalina, que ya era suya, y me preguntó por los audios.
En serio. No lo esperaba. No preguntó con el antebrazo ni con el segundo de más: preguntó como pregunta alguien del oficio, con las gafas en la nariz, cuánto duran, cómo se escriben, quién los locuta, si yo elijo la voz, si hay guion cerrado o se improvisa, si lo mío es lo que se oye o lo que no se oye.
Preguntas buenas. Mejores que las de Paula, que pregunta por cifras, y mejores que las de cualquier periodista que me hubiera preguntado nunca, que era ninguno.
Le contesté en serio. Le dije lo de los siete minutos y lo de la pausa y lo de Leire, que sabe esperar un segundo más, y lo de que el logo es donde se acaba, y Ofelia escuchó como escucha una persona que ha hecho mil entrevistas y sabe cuándo el otro dice la verdad, y a la media hora dijo, con la mano en la mejilla, mirando el radiador:
—Ojalá yo supiera escribir así. Sin que me importara.
Y ahí la vi. A la otra, la del cuarto de segundo, no a la de las contracubiertas.
Ojalá supiera escribir. Lo dijo entero, sin retraso, y era la primera cosa que decía en dos días que no llevaba veinte años de entrevistas encima, y me di cuenta, con la mano en la mejilla de ella mirándome, de que Ofelia llevaba media hora preguntándome por mis audios para no preguntar por lo otro.
Por lo que estaba a dos metros con la cabeza baja.
Me estaba usando de tema. Y yo la dejé, porque un tema es lo mínimo que se le puede dar a alguien que necesita uno.
Gala no levantó la cabeza en toda la media hora. Escribía. O hacía que escribía, y eso se nota en el ritmo del teclado, y no voy a decir cuál era.
A las diez bajamos al bar.
Los tres. Ofelia primero, con el jersey grande y una botella que había traído en una de las dos maletas, «para esto», dijo, y Gala detrás con el jersey cambiado, y yo el último, donde voy en los sitios a los que me han convocado.
El bar de Ses Llunes es el que es: una barra de formica verde con los estantes vacíos detrás, las botellas de nadie, las sillas encima de las mesas salvo tres que Catalina había bajado por la tarde sin que nadie se lo pidiera, y una luz de barra que Toni había encendido y que era la única luz.
Ofelia sirvió. Tres vasos. Se sentó en la barra, en un taburete, con el vaso, y Gala en el taburete de al lado, y yo me quedé de pie al otro lado de Gala, con el mío, apoyado en la formica, y durante diez minutos fue una copa: Ofelia habló del libro, de que era el mejor, de que Nuria le había dicho que era el mejor, de que la encimera le había dado «un escalofrío de los buenos», y lo dijo mirando a Gala, y Gala bebió.
Después Ofelia dejó el vaso en la formica y dijo lo otro.
Lo dijo a Gala. No a mí. Me tenía a un metro, con el vaso, y sabía perfectamente que estaba, y lo dijo para Gala, con esa voz que no era la de las entrevistas, la del cuarto de segundo, la de «ojalá supiera escribir».
—Tú también te escondes, cariño.
Gala no se movió.
—Seis años. Yo lo sé porque lo firmo, y tú lo sabes porque lo escribes, y lo que no sabes es lo otro: que yo al menos doy la cara.
—Se tocó la cara con dos dedos, la mejilla, como quien señala un objeto—.
Esta. Y la cara se paga. Todos los días.
La pago en cada firma y en cada foto y en cada chica de veinte años que me pregunta si me voy a atrever por fin con algo de verdad.
Tú no la pagas. Tú te escondes detrás de la mía, y te sale gratis, y a mí no.
No era mentira. Lo pongo porque estuve a un metro y lo oí y lo miré: no era mentira, y la decía la persona que menos derecho tenía a decirla, con una botella traída en una maleta, delante de un tercero al que había convocado precisamente para eso, para que hubiera un tercero, porque Ofelia Lago no sabe decir una verdad sin público. Y la verdad era verdad igual.
Gala tardó. Dos segundos, tres, con el vaso en la mano y la vista en la formica, y yo tuve tres cosas en la boca a la vez y no dije ninguna.
La primera: hablar por ella. Decirle a Ofelia que Gala no se escondía, que llevaba cinco semanas escribiendo con su nombre en cada cuadro, que la que se escondía era otra.
Era verdad y era mío decirlo, y si lo decía, Gala dejaba de ser alguien que contesta y pasaba a ser alguien a quien le contestan, y eso ya lo había hecho yo en mi vida con otras, y sé lo que cuesta.
La segunda: sacarla de allí. Un «vamos», la mano, la escalera. Es lo mío. Sacar a alguien de una habitación lo sé hacer con más elegancia que nada, y la elegancia era exactamente lo que no había que hacer con Gala en un taburete delante de Ofelia.
La tercera: la de la propiedad. Que la encimera de la que Ofelia había tenido un escalofrío de los buenos no la había vivido ella.
Decirlo. Allí. Con el vaso. Convertir el bar en una disputa sobre quién había estado en qué cocina, delante de la persona que iba a firmarla, y ganar, porque habría ganado.
No hice ninguna. Me quedé de pie con el vaso en la formica y la boca cerrada, porque las tres eran mías y la escena no.
Y Ofelia, que había dicho su verdad y tenía que terminar la escena como termina las suyas, con algo que llevarse, dijo lo último con la voz de las entrevistas otra vez, ya recuperada:
—Quiero el proceso, cariño. Todo. Lo que hay detrás. Para empaparme. —Y sonrió—. Es mi libro.
Es mi libro. Lo dijo sin cuarto de segundo, con la voz entera, y era la frase más verdadera y más falsa que le había oído: era su libro porque lo iba a firmar y porque llevaba diez años pagando la cara por él, y no era su libro porque la persona que lo había escrito estaba en el taburete de al lado con un vaso, y las dos cosas eran ciertas a la vez, y Ofelia lo sabía mejor que nadie, y por eso lo dijo con público.
Gala sacó el móvil.
Lo vi. Sacó el móvil del bolsillo del jersey nuevo, lo desbloqueó, abrió una cosa, y era el archivo de las cuatro de la tarde, el que había visto exportar, el limpio, la copia sin comentarios, sin horas, sin nombres, con ochenta mil palabras y un título y el nombre de Ofelia en la primera página.
Lo tenía en el móvil porque las entregas las lleva en dos sitios.
Lo tenía listo desde las cuatro. Y con Ofelia mirándola y yo a un metro, escribió la dirección de Ofelia, que se sabía, y le dio a enviar, y el móvil hizo el ruido de las cosas que se envían.
—Ya lo tienes —dijo—. Es la versión limpia.
Limpia. Lo dijo así, con esa palabra, mirando a Ofelia, y Ofelia dijo «gracias, cariño» y miró su propio móvil, que vibró en la formica, y yo miré a Gala, que no me miró, y entendí lo que acababa de pasar con la exactitud con la que se entiende un cuadro: que Ofelia había pedido el proceso, y que Gala había respondido a la presión de Ofelia, y a la verdad de Ofelia, entregándole una versión en la que el proceso no existía.
Ni un cuadro. Ni una hora. Ni mi nombre en ningún margen, ni el suyo.
Limpia. Había contestado a «te escondes» escondiendo el archivo, y lo había hecho delante de mí, y me había limpiado a mí con él.
No lo dije. Tampoco.
Ofelia se acabó el vaso, dijo que estaba muerta, besó a Gala en la cabeza, en el pelo, como se besa a una hija, me apretó el antebrazo a mí un segundo de menos, y se fue a la suite con la botella, y se oyó la llave, y la puerta, y el ala entera, y nos quedamos Gala y yo en el bar con dos vasos y la luz de barra.
Un minuto. Lo cuento porque lo miré en el reloj del bar, que no funciona y siempre marca las cuatro y media, y lo miré igual.
Un minuto sin decir nada. Ella con el vaso.
Yo de pie. Y en ese minuto podía haber dicho cualquiera de las tres cosas, o una cuarta, la de la mañana, la del cuadro de las seis y cincuenta y dos con su hueco.
No dije nada. Y ella tampoco, y en ese minuto entendí una cosa de los huecos que no había entendido en cinco semanas de leerlos: que un hueco se puede tener a un metro, en persona, con un vaso en la mano, y que sigue siendo un hueco.
Ella dejó el vaso en la formica, con cuidado, sin ruido, como deja las cosas que va a dejar, se bajó del taburete, y pasó por delante de mí hacia la escalera.
Subí detrás. A la distancia de siempre, la del comedor, la de la carretera de Fornells, el metro y medio que en cinco semanas no habíamos acortado en ningún pasillo aunque lo hubiéramos acortado en todos los demás sitios.
Por el pasillo de la vieja, con la puerta de la 17 abierta como estaba siempre, y ella pasó de largo por delante de la 17, sin mirar la mesa del director ni las dos sillas, y de largo por delante de la 16, y abrió la 15, y entró, y la puerta se cerró con cuidado, como cierra ella.
No la seguí.
Me quedé en el pasillo, entre la 16 y la 17, con la luz amarilla de hotel, y pensé lo que pensé, entero, sin nada detrás, porque esa noche no había con qué.
Que estaba cerrando lo del hotel. Que la exportación limpia con un día de adelanto era para eso, y que el envío delante de mí era para eso, y que lo que hiciera el viernes iba a ir en esa dirección y no en otra.
Lo que no sabía es lo que iba a hacer. Ni cómo. No sabía nada del viernes. Sabía lo que sabe alguien que ha visto a una persona guardar un archivo en dos sitios y usar uno de los dos delante de él: la dirección. No el punto.
Entré en la 16. La pared. El somier de la 15, uno. Después nada.