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El lunes trabajamos los capítulos quince a diecisiete con cuadros técnicos, secos, correctos, y el fin de semana cabe en una frase: seguimos durmiendo juntos y no hablamos del hilo.
La copia del jueves por la mañana, la de las nueve y cinco, la que guardo como guardo todas: una carpeta en el portátil con la fecha y la hora, un archivo por cada vez que abro el compartido, desde el primer lunes de la primera semana, porque en televisión me borraron un sketch entero un jueves de hace doce años y desde entonces no me fío de ningún documento que no tenga una copia con mi nombre en una carpeta que no sincroniza con nadie.
No es desconfianza. Es una costumbre. Tengo cuarenta y una copias de «Marea viva» en el portátil, y en la de las nueve y cinco del jueves está el hilo.
Los tres cuadros. Mi frase, la suya, mi pregunta. Y el hueco.
El lunes, capítulo quince, dieciséis, diecisiete.
La carta de la abuela, el viaje a Madrid de Clara, el despacho.
Cuadros. Que la carta era larga. Que Bruno no debía pedirle que se quedara.
Que el despacho de Clara olía a moqueta.
Y en ninguno de los cuadros ninguno de los dos nombró el catorce ni la frase de Bruno ni el hilo que no estaba, y el archivo sincronizaba cada noche limpio, como si el jueves no hubiera existido.
Es la forma que tiene un archivo de mentir: por omisión, con la hora exacta.
El martes a las once y media llegó Ofelia.
La oí antes de verla: el Ibiza de Toni frenando en la puerta con el ruido de todos los coches, y después una voz.
Ni la de Toni, que no tiene voz para eso, ni la de Catalina, que no la usa.
Una voz de mujer diciendo, en el vestíbulo, «pero qué frío, por Dios, Toni, qué frío», con la cadencia de alguien que ha dicho «pero qué frío» en muchos vestíbulos y sabe que suena bien.
Bajé. Ella bajó detrás, con el paso de quien baja a recibir a alguien a quien no ha invitado. Y en el vestíbulo, junto al cartel de la suite con la flecha en forma de corazón, estaba Ofelia Lago.
La conocía de las contracubiertas, del vídeo de la Feria, en la foto que sale en todos los sitios con las gafas en la cabeza y el bolígrafo en la mano derecha.
Era igual. Exactamente igual, y eso fue lo primero que pensé, que hay gente que se parece a su foto y gente que se parece a sí misma, y Ofelia era de las primeras.
Cuarenta y muchos, un abrigo de los que no se compran en rebajas, el pelo hecho para un viaje en el que iba a hacer viento y dos maletas para tres días, grandes, que Toni ya estaba subiendo por la escalera de la moqueta hacia la suite sin que nadie le hubiera dicho a dónde, porque en aquel hotel la suite era para eso: para la gente que llega con dos maletas y una voz.
Miró el vestíbulo. Miró el router con su cinta.
Miró la tele apagada. Y dijo, al vestíbulo, que qué bonito, que qué auténtico, y lo dijo en serio, y era lo raro: que lo dijera en serio.
—Gala —dijo, y le dio dos besos que Gala recibió como se reciben dos besos de la persona que firma lo que una escribe: quieta.
Y después me miró a mí.
Me miró como se mira un mueble nuevo en una casa que una conoce: primero entero, luego una pata.
—Y tú eres el de las partes indecentes.
Lo dijo con una sonrisa que era buena. Lo digo con oficio: estaba trabajada durante veinte años delante de lectoras y periodistas y libreros, y estaba tan hecha que ya no parecía hecha, y me la dio a mí con la mano en el brazo, en el antebrazo, un segundo de más, el segundo que separa un saludo de otra cosa, y yo llevo dos años escribiendo ese segundo y lo reconocí como se reconoce un acorde.
—El de las partes indecentes —dije. —Nuria me ha dicho que has hecho maravillas. —Nuria no dice maravillas. —Nuria no. Yo sí.
Y se rio, y me apretó el antebrazo, y se fue hacia la escalera detrás de Toni y de sus dos maletas, diciendo que necesitaba una ducha caliente y que ya sabía que no la había.
Gala no dijo nada. Se quedó junto al mostrador de recepción con las manos a los lados, mirando la escalera por donde había subido Ofelia, y yo la miré a ella, y no supe leerle nada, cosa que en cinco semanas no me había pasado, porque no había nada: una cara sin frase, como una página en blanco con el cursor parado. Después subió a la 17. Yo subí detrás.
Comimos los tres. Catalina había puesto una tercera mesa, junto a la ventana pero no la de Gala, dos mesas más allá, y Ofelia se sentó en ella y habló durante toda la comida, y era buena hablando.
No lo digo con desprecio. Habló del vuelo, de Toni, de Catalina, a la que llamó «cariño» dos veces y Catalina no contestó ninguna, del hotel, que había querido para el libro «porque Menorca queda elegante, y en febrero, cerrado, queda más», de la caldera, de una entrevista que le habían hecho la semana anterior y de lo que había contestado, y contaba lo que había contestado como quien cuenta un chiste que ha salido bien, con la pausa antes del final.
Sabía dónde estaba la pausa. Eso lo sé ver.
En el primer plato le preguntó a Gala qué tal.
Así: «¿Y tú qué tal, cariño?». Y Gala dijo «bien».
Y Ofelia dijo «me alegro» y siguió con el vuelo, y en ese intercambio de tres palabras estaban seis años enteros, la que firma preguntando a la que escribe cómo está, y la que escribe diciendo bien, y las dos sabiendo que la pregunta era de cortesía y la respuesta también, y que la cortesía era lo único que había entre ellas que no estuviera en un contrato.
Y debajo de la pausa había otra cosa.
La vi al segundo plato. Ofelia hablaba de la entrevista y en un momento dijo «cuando escribo» y le salió con un cuarto de segundo de retraso, como sale una palabra que se ha pensado antes de decirla, y volvió a la velocidad de antes enseguida, y en aquella mesa solo lo noté yo, que vivo de los cuartos de segundo.
«Cuando escribo.» Una mujer que no había escrito una página en diez años, sentada a dos mesas de la que las escribía, diciendo «cuando escribo» con un cuarto de segundo de retraso y una sonrisa de veinte años encima.
Me dio pena.
Lo pensé con esas dos palabras y no las socavé enseguida.
Me dio pena de la de verdad, de la que no se usa: una mujer que llevaba diez años sentándose en mesas donde todo el mundo sabía lo que ella sabía que sabían, y que había aprendido a decir «cuando escribo» con un retraso tan pequeño que nadie lo cogía, y que ahora estaba en un hotel cerrado a dos mesas de Gala hablando de Menorca porque queda elegante.
Como me da pena todo el mundo, claro. Es lo mío.
A las tres, un cuadro de Gala. En el primero del archivo, debajo de las dos reglas, como una tercera: que si Ofelia pedía ver algo, la pantalla.
La pantalla, no el archivo. Contesté que vale.
Era la primera regla que escribía ella en tres semanas y era sobre otra persona, y la cumplí sin pensar, porque en aquel hotel las reglas de Gala se cumplían y porque yo también tenía cosas en el archivo que no eran para Ofelia.
Por la tarde, Ofelia entró en la 17.
Sin llamar. Con el abrigo puesto porque había descubierto que la calefacción de la vieja llegaba hasta donde llegaba, y se quedó de pie entre las dos sillas, en el sitio donde Catalina deja las bandejas, mirando la mesa del director, los dos portátiles, la distancia.
—Aquí es donde pasa —dijo. —Aquí trabajamos —dijo Gala. —Es lo que he dicho.
Y sonrió. Y después me miró a mí, y volvió a mirar a Gala, y en esa mirada doble había una cosa que yo conozco, la de alguien que entra en una habitación y calcula quién es quién, y no la usé.
Lo pongo porque pude. Ofelia llevaba dos horas dándome el antebrazo y los cuartos de segundo, y yo tenía delante a una mujer que necesitaba que le hicieran caso más que nadie que hubiera conocido nunca, y sé exactamente qué se hace con eso.
No lo hice. Le seguí el juego lo justo para que no se quedara sola en la habitación: le dije que sí, que aquí pasaba, y que el radiador era el único del hotel que funcionaba entero, y le acerqué la silla de Catalina, y ella se sentó como si la silla fuera suya.
—Quiero ver las páginas nuevas —dijo—. Las de verdad. Las de Nuria.
Gala giró el portátil. La pantalla, con el capítulo trece abierto, y no el archivo entero. La encimera. La nuestra.
Ofelia leyó.
Leyó como no lee nadie que yo haya visto: moviendo los labios, despacio, con las gafas de la cabeza puestas por fin en la nariz, y con la cara de alguien que lee lo que va a tener que decir que es suyo en una entrevista.
Tardó. Yo miré el radiador. Gala miró la ventana.
Y cuando acabó, Ofelia se quedó callada un rato largo, con la mano en la pantalla, no en el teclado, en la pantalla, encima de la encimera, y dijo:
—Esto lo he vivido yo.
Nadie contestó.
Nadie. Ni Gala, que tenía todo el derecho del mundo y no lo usó: la vi no usarlo, la vi con la mano en el borde de la mesa del director y la cara sin frase, mirando a Ofelia con la mano en la pantalla encima de una encimera que era de Catalina, callada, y en ese silencio había algo que yo no supe leer y que me quedé igual.
Ni yo, que tenía el frío del acero en la memoria de la mano y una manga en un tirador, y que podía haber dicho algo técnico, cualquier cosa, y me callé porque lo que Ofelia acababa de decir no era un fallo de lectura: era un deseo, dicho en voz alta delante de dos personas, y a un deseo no se le corrige.
Nos quedamos los dos con lo que había dicho Ofelia en la habitación, y ella se levantó, y se quitó las gafas, y las volvió a poner en la cabeza, y en la puerta se giró.
—No hagáis ruido, que el ala antigua se oye entera.
Y se fue a la suite con la llave sonando, por el pasillo de la vieja, y la oímos entrar, y cerrar, y a través de los tabiques de 1971 oímos a Ofelia Lago abrir una maleta.
Esa noche Gala no vino a la 16. No hizo falta decirlo.
Con Ofelia en la suite, a tres puertas, con el ala entera oyéndose, la 16 era una habitación con una pared y nada más, y a las once oí el somier de la 15, uno, y el de la suite, más lejos, dos, y me quedé con la copia de las nueve y cinco abierta en el portátil, sin conexión, leyendo el hilo que no existía en ningún sitio más.
Tres cuadros y un hueco. Lo leí dos veces, con la hora de cada uno, nueve y dos, nueve y tres, nueve y cuatro, y el hueco sin hora, porque los huecos no tienen hora.
Después cerré el portátil con una mano y me acosté.
Ofelia tenía razón en una cosa: aquello lo había vivido alguien. No era ella.