Las partes indecentes 5
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El cartel de la suite nupcial tenía una flecha con forma de corazón, y la flecha señalaba a una escalera con la moqueta levantada.

Lo vi antes que cualquier otra cosa del hotel, antes que a la mujer que me abrió la puerta y antes que al hombre que me bajó la maleta del coche sin preguntar, porque el cartel estaba a la altura de los ojos y era de los años setenta y alguien lo había barnizado hacía poco.

Era lo único barnizado hacía poco en el vestíbulo.

El resto era una recepción con un mostrador de madera oscura, una tele apagada, un router con tres luces verdes pegado a la pared con cinta, y un frío de edificio cerrado que no se parece al frío de la calle: es un frío que lleva meses dentro y ya no tiene prisa.

—Tú eres Gala —dijo la mujer.

Tenía sesenta y muchos, un delantal sobre un jersey y las llaves en la mano, no en un llavero sino en un aro, como las llaves de las cárceles de las películas.

Se llamaba Catalina. No me lo dijo ella; lo dijo Nuria en un correo, y ahora Catalina lo confirmó con la cabeza cuando yo dije su nombre, sin decir el suyo. Una manera de presentarse.

—¿Tú qué ala quieres?

No «bienvenida». No «¿qué tal el viaje?». Qué ala. Detrás de ella, el hombre, Toni, ya estaba en la escalera con mi maleta, esperando a saber para qué lado.

—La más lejos. —¿Lejos de qué? —Del otro.

Catalina miró a Toni y Toni miró la moqueta.

—El otro llega mañana —dijo Catalina—. Lo tengo en la vieja. La vieja es la que tiene calefacción. La nueva no, que la caldera está rota desde noviembre y el dueño dice que hasta la temporada, y la temporada es abril.

El otro. Yo había dicho «del otro» y ella había dicho «el otro», y en aquel hotel el consultor ya tenía nombre y era ese, y lo iba a tener durante cinco semanas si nadie lo remediaba, y yo no pensaba remediarlo.

Lo dijo sin queja, como quien enumera las cosas que hay en una despensa.

Fuera, la tramuntana daba en las contraventanas del comedor con un ruido de puerta que no cierra.

Yo llevaba un abrigo de paño y una bufanda del color equivocado y una maleta que había hecho para cinco semanas, con dos pares de guantes.

—La nueva —dije. —Hace frío. —Ya. —Mucho. —Tengo guantes.

Catalina me miró los guantes, que llevaba puestos, y después me miró a mí con la cara de quien anota algo para más tarde. Le dijo a Toni un número, treinta y uno, y Toni subió con la maleta por la escalera de la moqueta levantada y yo detrás.

El ala nueva era del setenta y cinco, me dijo Toni en el pasillo, que fue lo único que me dijo Toni en dos días, y la vieja del setenta y uno.

Cuarenta y dos habitaciones entre las dos.

Las conté por las puertas, porque las puertas tenían el número en latón y las cuentas se hacen solas.

La 31 estaba al final de un pasillo que olía a cerrado y a mar, con una moqueta distinta, más nueva y peor, y una ventana al fondo que Toni miró al pasar como se mira un problema conocido.

Era la última habitación. Había escogido la última sin saber que lo era, y cuando lo supe me pareció bien.

y tenía una cama con colcha de flores, un armario, una mesita, una ventana con contraventana y un radiador que Toni tocó al pasar, por costumbre, y que estaba frío como una tubería. Dejó la maleta en el suelo. Se fue.

Me quedé de pie con el abrigo puesto. La ventana daba a una urbanización de casas blancas con las persianas echadas, todas, en dos filas, hasta el mar, y el mar tenía espuma en una dirección, como si lo estuvieran peinando.

Cinco semanas. Tres escenas. Cuarenta y dos habitaciones y ninguna persona en las casas de enfrente.

Pensé que Nuria había dicho «en febrero allí no hay nadie» y que lo había dicho como una ventaja.

Bajé a las dos porque Catalina había dicho a las dos, y el comedor era grande, de los de hotel de temporada, con treinta mesas y una sola puesta, junto a la ventana, con un mantel y un plato de caldereta que humeaba.

Comí sola. Catalina entró dos veces, una para dejar pan y otra para mirar si comía, y las dos veces se fue sin decir nada.

La caldereta estaba muy buena y lo pensé con la boca llena y no lo dije, porque decirlo habría abierto una conversación, y yo había venido a no abrir ninguna.

Después de comer volví a subir, saqué el portátil y me senté en la cama con los guantes puestos y el abrigo.

Abrí el capítulo nueve. La cocina. Llevaba una semana sin abrirlo, desde la noche de Prosperidad, y lo abrí con la voz de Rubén ya puesta en la cabeza, como una radio que se enciende sola, y leí hasta la encimera y paré en el mismo sitio.

Quité una palabra. La volví a poner. Cambié «apoyó» por «puso».

Lo volví a cambiar. Me quité un guante para escribir mejor y me lo volví a poner porque no se podía.

A las cinco había cambiado dos palabras y las dos estaban donde estaban antes.

Bajé al comedor a las siete porque a las siete había luz y en la 31 ya no, y me llevé una hoja impresa, la de la cocina, con la idea de leerla con otra luz.

Me senté en la mesa de la ventana. La hoja se quedó encima del mantel cuando fui a la cocina a preguntar si podía hacerme un té, y la cocina era grande y de acero, con una campana que zumbaba, y Catalina estaba cortando algo y me dijo que sí sin volverse, y que el agua estaba en el hervidor, y que las bolsitas en el cajón de la izquierda. Me hice el té. Tardé lo que se tarda.

Cuando volví al comedor, Catalina estaba de pie junto a mi mesa con la hoja en la mano.

Leyendo.

No la leía por encima. La leía entera, con el papel a la distancia de quien no lleva las gafas, moviendo un poco la boca, y cuando llegó al final la dejó donde estaba y me miró.

—¿Esto es tuyo? —Es un trabajo. —Ya. —Recogió el salero, que no hacía falta recoger—. La chica esa no se enamora. Hace inventario.

Y se fue a la cocina con el salero.

Me quedé con el té en la mano y la hoja en la mesa.

La chica esa. Clara. Hace inventario. Lo había dicho una mujer de sesenta y muchos que no había leído una novela de Ofelia en su vida, o que sí, no lo sabía, y lo había dicho con la exactitud con la que se dice que a un guiso le falta sal.

Era el mismo diagnóstico que había estado dando vueltas en mi cabeza desde que Rubén se trabó en «equilibrio», con la diferencia de que Catalina no había necesitado trabarse.

Doblé la hoja por la mitad y me la guardé en el bolsillo del abrigo, con los guantes, y me bebí el té de pie, mirando la ventana negra donde antes había mar.

Esa noche, en la 31, con el abrigo puesto encima del pijama, volví a sacar la hoja y la leí con la frase de Catalina delante, como se lee un texto con una nota al margen que no has escrito tú.

Inventario. Clara entra en la cocina y ve a Bruno y ve la encimera y ve la luz de la campana y ve sus propias manos, y lo ve todo en el orden en que lo vería un perito, y cuando él la toca ella sigue viendo.

No lo había leído así en tres meses. Me hizo falta una mujer con un salero.

Guardé la hoja en la maleta, debajo de la ropa, donde no la pudiera leer nadie más, y me dormí con los guantes.

El domingo desayuné a las nueve porque Catalina había dicho a las nueve.

Había una cafetera de las de bar detrás del mostrador del comedor, encendida solo por un lado, y Toni estaba subido a una escalera en la ventana grande, atornillando una contraventana que había estado dando golpes toda la noche.

Catalina me puso café y una ensaimada de paquete y se quedó de pie.

—¿Tienes coche? —No. —Pues entonces.

Era una frase completa. Significaba que el supermercado más cerca estaba en Fornells, a diez minutos en coche, que el coche era el de Toni, que Toni iba cuando iba, y que si necesitaba algo lo apuntara en un papel de la recepción.

Lo entendí todo sin que me lo explicara, porque Catalina hablaba como se escriben los buenos diálogos: dejando que el otro haga el trabajo.

Apunté «pilas» en el papel de recepción, por apuntar algo, y por saber que el sistema funcionaba.

—El otro llega a las cuatro —dijo Catalina, recogiendo la taza—. Lo trae Toni del aeropuerto. Tú si quieres bajas y si no, no.

Toni, desde la escalera, dio el último golpe a la contraventana y el ruido paró. Se quedó un segundo escuchando, como quien comprueba que un niño se ha dormido, y bajó.

El resto del domingo lo pasé en la 31. Escribí una lista de lo que le pasaba a la escena de la cocina, con números, porque las cosas con números se pueden arreglar.

Uno: Clara piensa. Dos: Clara piensa demasiado.

Tres: Clara se sujeta. Llegué a siete y paré, porque a partir de siete una lista deja de ser una lista y se convierte en un informe, y yo no había venido a redactar informes sobre mí misma.

Comí a las dos. Catalina no dijo nada de la hoja. Yo tampoco.

A las cuatro y media oí el coche.

Se oía desde la 31 porque el hotel estaba vacío y un coche en un sitio vacío hace el ruido de todos los coches.

Frenó delante. Se abrió una puerta, se cerró.

Voces abajo, la de Catalina, otra que no era la de Toni.

Un hombre. No distinguí lo que decía, solo el tono, que era el tono de alguien que llega a un sitio y hace un comentario sobre el viento.

No bajé.

Me quedé sentada en la cama con el portátil apagado en las rodillas y las manos encima, y escuché la maleta subir por la escalera de la moqueta, que crujía distinto según el peso, y torcer hacia el otro lado, hacia la vieja, hacia donde había calefacción y no estaba yo.

Una puerta. Otra. Después nada, o el viento.

Podía haber bajado. Habría sido lo normal: bajar, dar la mano, decir el nombre, decir «bien» a lo que preguntara del viaje.

Me lo planteé como se plantean las cosas que no se van a hacer, con todo detalle, y me quedé donde estaba.

Nuria había dicho que no le contara nada que no estuviera en el contrato.

En el contrato no ponía que tuviera que bajar.

Cené en el comedor a las nueve. Catalina había puesto dos mesas, separadas por cuatro mesas vacías, cada una con su mantel, y me senté en la de siempre, la de la ventana, y la otra estaba vacía y siguió vacía.

Toni encendió la tele de recepción y se oía desde el comedor el telediario de Baleares, con el viento como noticia. Comí. Subí.

Había un sobre por debajo de la puerta de la 31.

Blanco, del hotel, con el nombre del hotel impreso en azul en una esquina y una hoja doblada dentro. Letra de hombre, de bolígrafo, de alguien que escribe deprisa y no vuelve atrás.

«Empezamos mañana a las nueve. En la 17, que es donde hay mesa. I.»

Una I. Ni nombre ni apellido ni «encantado».

Una letra y una hora y un número de habitación que no era el mío.

La letra se inclinaba hacia delante, hacia el final de la frase, como la de la gente que ya sabe cómo acaba lo que escribe.

La de Nuria es recta. La mía, pequeña. Esta corría.

Leí la nota dos veces, la doblé por el mismo doblez y la dejé en la mesita, junto a los guantes.