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Firmé donde me dijo el abogado, que era en cuatro sitios y una rúbrica, con un bolígrafo que no era mío.
El despacho estaba en la Diagonal, en un quinto con moqueta y una sala de reuniones con una mesa demasiado larga para tres personas y una ventana por la que se veía otra ventana, con otra mesa, con otras tres personas firmando algo.
El abogado se llamaba Batlle, tenía corbata de punto y una manera de pasar las hojas que dejaba claro que él las había redactado.
Nuria Bosch estaba en un altavoz en medio de la mesa, en Madrid, con la voz corta de la semana pasada, más corta todavía por el altavoz.
—Confidencialidad —dijo Batlle, en la tercera hoja—.
Sobre el encargo, sobre el lugar, sobre las personas que intervienen y sobre la autoría de las obras.
—La autoría es de Ofelia Lago —dije—. Eso lo sabe todo el mundo.
—La firma es de la señora Lago. —Pasó la hoja—.
La señora Lago no ha escrito una página desde su segundo libro.
Las obras las escribe la autora material, doña Gala Montesinos, con quien trabajará usted.
Me reí.
No lo decidí. Salió, como cuando alguien te dice el precio de un piso en Gràcia.
Me reí con la boca cerrada y luego con la boca abierta, y miré al abogado para reírme con él, y el abogado no se rio.
Miró el altavoz. El altavoz no dijo nada.
Nuria Bosch dejaba los silencios donde quería y ese lo dejó ahí, encima de la mesa larga, hasta que se me acabó la risa sola.
—¿Algo que decir? —dijo el altavoz. —Que ahora entiendo lo de la isla. —Bien. Firme.
Firmé. Cuatro sitios y una rúbrica. El bolígrafo era de Batlle y me lo quedé sin querer y me di cuenta en el ascensor y no subí a devolverlo.
Antes de salir, Batlle me dio dos libros.
Dos novelas de Ofelia Lago con la cubierta de siempre, una casa y una luz, con pósits amarillos asomando por el canto como una hilera de dientes.
«Para el tono», dijo. Los pósits marcaban las escenas.
Me lo explicó como quien explica dónde están las salidas de emergencia.
Había otra hoja antes de la de confidencialidad que Batlle leyó más deprisa, porque no le parecía importante, y que yo escuché porque era la única que hablaba de mí.
Lo que yo escribiera para el libro era del sello.
Lo que no fuera el libro, borradores, notas, lo que hubiera por el margen, no.
«El sello compra el texto entregado», dijo Batlle, «no el proceso», y pasó la hoja con la cara de quien recita algo que ha escrito él mismo hace ocho años para otra persona.
—¿Y ella sabe que voy? —pregunté—. La que escribe. —Sabe que va un consultor —dijo el altavoz. —¿Sabe quién? —Sabe lo que es Sordina. —¿Cómo es? —Buena. —¿Buena cómo? —Buena.
Nuria Bosch tenía una forma de repetir una palabra que hacía que la segunda vez fuera una definición.
—¿Y sabrá mi nombre? —Lo sabrá cuando llegue. Está en el contrato de ella igual que el suyo está en este. —Entonces somos dos nombres en dos contratos. —Es lo que sois. No le dé más vueltas.
No le di más vueltas en el despacho. Se las di en el ascensor, donde se dan las vueltas.
No pregunté más. Cogí los libros. Uno era la cuarta y el otro la séptima; lo ponía en la contracubierta, en la lista de títulos de la autora, y me fijé en que la lista tenía nueve, y en que a partir del tercero todos eran de la tal Gala Montesinos, y en que la tal Gala Montesinos no aparecía en ningún sitio, ni en la contracubierta ni en los créditos ni en los agradecimientos, que leí en el ascensor, bajando, con el bolígrafo de Batlle en el bolsillo.
Ofelia Lago agradecía a su editora, a su agente, a sus lectoras y a su madre. A nadie más.
Aquella noche llamé a Paula para decirle que me iba cinco semanas.
Me dijo que ya lo sabía, que Nuria Bosch la había llamado a ella antes que a mí, y que dejara tres guiones hechos antes de irme.
Los hice esa misma noche, en la cocina, con el portátil en la encimera y el bolígrafo de Batlle al lado para nada.
Eran buenos. No los firmé. Le mandé los títulos a mi madre, que contestó con el pulgar, y me acosté sabiendo que durante cinco semanas alguien iba a escuchar tres cosas mías y borrarlas, y que eso, hasta esa noche, me había parecido el mejor negocio del mundo.
El domingo cogí el avión de las nueve y diez.
En Barcelona llovía sin ganas y en el aeropuerto había esa gente de domingo por la mañana que va a sitios sin querer ir.
Facturé una maleta que pesaba lo justo, porque hago siempre la misma maleta, la de irme, con lo que cabe en un viaje de dos días aunque el viaje sea de cinco semanas.
La chica del mostrador me preguntó si iba por trabajo o por placer, una pregunta que hacen por decir algo, y le dije que por trabajo, y ella dijo «en febrero, allí, vaya», y me dio la tarjeta de embarque compadeciéndome por adelantado.
En el bolsillo de la chaqueta llevaba el bolígrafo del abogado y en la mochila los dos libros, y en el asiento 14C, cuando el avión despegó, saqué la cuarta y abrí por el primer pósit.
Leí las escenas. Las tres. Las leí como se leen las cosas por las que te pagan: buscando el fallo.
Lo encontré rápido. Malas no eran. Muebles sí.
Estaban bien montadas, aguantaban peso, tenían todas las piezas, y nadie en ellas quería a nadie de una forma que se le notara en el cuerpo.
Los personajes se ponían de acuerdo. En una de ellas, una mujer se sujetaba a algo para no caerse, y yo pensé que si en el momento en que te tocan piensas en no caerte, la escena tiene un problema que no arregla ningún consultor.
Marqué dos cosas en el margen con el bolígrafo de Batlle. Cerré el libro. Y después, porque quedaba una hora de vuelo y porque me da vergüenza mirar por la ventanilla, lo abrí por el principio.
Lo leí de corrido. El capítulo uno. El dos.
Un piso en Gijón con vistas a un aparcamiento, escrito por alguien que sabía que un aparcamiento se describe una vez y después ya no hace falta.
El capítulo tres. Una casa que se ve desde un coche, de pasada, y no vuelve.
Diálogos en los que la gente no contesta a lo que le preguntan, y no es despiste del autor.
Es que no quiere. Una escena de dos hermanas en una cocina en la que nadie dice nada importante y al acabar sabes quién de las dos va a irse.
Me sorprendí a mí mismo leyendo sin buscar el fallo, una forma de leer que se me había olvidado, y me dejé.
La mujer del 14A pidió un café y yo pedí otro y no me lo bebí.
El capítulo doce.
Lo reconocí en la segunda frase. No a la primera, porque la primera era «no te prometo que sea fácil» y eso lo ha dicho todo el mundo alguna vez. Fue en la segunda. «Seguiré aquí mientras haya esperanza, y un poco más.» Y luego lo de elegir mal y volver a elegir.
Uxía.
La boda de Uxía, en Cangas, el agosto pasado, en una iglesia que olía a incienso y a humedad y a cera de las velas caras.
Mi prima de pie con un papel que le temblaba, leyendo unos votos que no eran suyos, porque Uxía no habla así ni cuando habla en serio, y yo en el tercer banco, con la camisa de la boda y las manos entre las rodillas, llorando.
Llorando de verdad. Le dije a mi madre que era el incienso.
Le dije a Uxía que era el incienso. Me lo dije a mí mismo en el coche de vuelta y me lo creí bastante.
Era eso.
Lo leí otra vez. Tres veces. En el avión no hay incienso, y no lloré, pero se me quedó la página abierta en las rodillas y el avión hizo un movimiento de esos de bajar y yo no lo noté hasta que la mujer del 14A se agarró al brazo del asiento.
La miré. Miré el libro. Miré el pósit amarillo que no estaba en el capítulo doce porque el capítulo doce no tenía nada que arreglar.
Doblé la esquina de la página. No lo hago nunca. La doblé.
Cerré el libro y lo metí en la mochila, debajo del otro, y saqué el móvil en modo avión para no tener que mirar nada más.
Pensé que iba a Menorca a corregir a la persona que había escrito lo que me hizo llorar en Cangas.
Pensé que hacía una semana me había reído en la Diagonal delante de un abogado con corbata de punto.
Pensé que el abogado tenía razón en no reírse.
Lloré en Cangas por eso. Y por el incienso, que también.
Antes de aterrizar vi la isla por la ventanilla de la mujer del 14A, que la miraba sin verla: una línea de costa muy recortada, casas blancas en grupos que no se tocaban y, entre grupo y grupo, nada, campo con paredes, mar con espuma.
Desde arriba parecía un sitio donde uno no puede irse andando.
Lo pensé así, con esas palabras, y las dejé donde estaban.
Aterrizamos con viento. El piloto lo dijo por megafonía en un tono de disculpa, como si el viento fuera cosa suya, y al abrir la puerta del avión entró algo que no llegaba a frío.
Aire con prisa. Aire que quería estar en otro sitio.
Tramuntana, dijo un señor detrás de mí, con la satisfacción de quien lleva toda la vida diciéndolo.
Bajé la escalerilla agarrado a la barandilla, que estaba helada, y crucé la pista hasta la terminal con la chaqueta abierta porque no me dio tiempo a cerrarla.
En la cinta, mi maleta salió la tercera.
Es un dato que no sirve para nada y que me guardo siempre, como las salidas.
En la salida había un hombre de sesenta y muchos con un cartel de cartón. En el cartel ponía REBERTE, con be. Levanté la mano. Bajó el cartel y cogió mi maleta sin preguntar, con la tranquilidad de quien lleva maletas ajenas desde hace más de cuarenta años.
—Toni —dijo. —Iago. —Ya.
Nada más. Un Ibiza rojo con la calefacción a tope y una radio con las noticias de Baleares, donde una voz decía que el viento iba a seguir hasta el martes y Toni asintió una sola vez, como quien confirma un dato que ya tenía.
Toni conducía con las dos manos y los dos codos, mirando la carretera como se mira una carretera que se conoce.
Pasamos rotondas y un pueblo cerrado, con las persianas de los bares echadas y un cartel de helados que no venía a cuento.
Después, campos con paredes de piedra y ningún animal, y el viento empujaba el coche de lado en las rectas y Toni corregía sin cambiar de cara.
Le pregunté cuánto quedaba. Dijo que un rato.
Le pregunté si el hotel era grande. Dijo que cuarenta y dos.
Le pregunté si estaba abierto. Me miró por el retrovisor como se mira a alguien que ha preguntado si el mar está mojado, y no contestó, y yo entendí que no iba a sacarle nada más y me lo guardé para otro día, porque con la gente que no habla lo mejor es no gastarla.
A los veinte minutos habló.
—La otra llegó ayer. —¿La otra? —La otra. La señora. —Puso el intermitente—. Pidió que le pusiéramos a usted lo más lejos posible. —¿Lo más lejos posible de qué? —De ella.
Toni completó la rotonda despacio, con el viento empujando. No había nadie a quien avisar con el intermitente, y lo dejó puesto igual.