Las partes indecentes 3
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El vídeo duraba cuarenta y un segundos y Nuria lo puso dos veces.

Lo había grabado una lectora con el móvil en vertical, en la caseta de la Feria del Libro del junio anterior, con el sol dando de lado y el ruido del Retiro detrás.

Ofelia firmaba. Llevaba las gafas de sol en la cabeza y el bolígrafo en la mano derecha, como en todas las fotos, porque hay cosas que se deciden una vez y ya no se cambian.

Una chica de unos veinte años le preguntó, desde fuera del plano, si «se iba a atrever por fin con algo de verdad».

Ofelia levantó la cara. Tardó medio segundo.

En ese medio segundo yo la vi decidir, porque conozco cómo decide Ofelia: primero sonríe y después piensa qué ha sonreído.

—La próxima —dijo— va a ser la más íntima y atrevida de mi vida.

Y firmó el libro de la chica con un corazón encima de la o.

—Ciento treinta mil visualizaciones —dijo Nuria—. Lo movieron las de la asociación de lectoras, lo movió la de la caseta y lo movió ella misma en su cuenta con un «lo prometo». La preventa la abrimos en octubre sobre esa frase. —Giró la pantalla—. Esto es la curva.

Era una curva. Subía. Nuria no dijo el número y yo no lo pregunté, porque los números que Nuria no dice son los que más pesan.

—Yo entregué el borrador en diciembre —dije. —Lo sé. Lo he leído. —Ella lo prometió en junio. —Lo sé. Estaba delante.

Estaba delante. Yo había llegado a las diez menos cinco, y la recepcionista, que era nueva, me había preguntado de parte de quién venía.

«De nadie», dije. Buscó en la lista y encontró «G.

Montesinos, corrección», me dio una tarjeta de visitante con el número catorce y me indicó el ascensor como se indica a alguien que no va a volver.

Me colgué la tarjeta del cuello. Es la única identificación que tengo en ese edificio y la devuelvo siempre al salir.

Nuria estaba siempre delante, en las casetas y en los platós y en los pasillos, un paso detrás de Ofelia y dos por delante de todo lo demás.

Tenía cuarenta y cuatro años y una manera de sentarse, con las dos manos sobre la mesa y sin nada en ellas, que hacía que cualquier despacho pareciera suyo.

Este lo era. Era el mismo despacho de hacía seis años, con el mismo póster de la primera de Ofelia enmarcado detrás de su cabeza y la misma silla para las visitas, que era buena y cómoda y estaba pensada para que una no quisiera levantarse antes de tiempo.

—Rubén —dijo Nuria hacia la puerta—. Léenos la de la cocina.

Rubén era el becario. Tenía veintitrés años y una carpeta.

Se sentó en la otra silla de visitas con la carpeta en las rodillas y empezó a leer, y yo entendí en la primera línea lo que Nuria había preparado, y también que Nuria lo había preparado bien, porque para hacerle daño a un texto no hay nada mejor que una voz que no le tiene ningún miedo.

Era el capítulo nueve. Clara y Bruno, la cocina del hotel de la abuela, la primera vez.

Yo lo había escrito en dos tardes de noviembre y lo había releído en diciembre y me había parecido correcto.

Rubén lo leía con la voz que se usa para leer las condiciones de un préstamo, con las pausas en los puntos y sin ninguna en los sitios donde una persona respiraría, y lo peor de todo fue descubrir que la escena aguantaba esa voz.

Que le sentaba bien. Que Rubén no le estaba quitando nada porque no había nada que quitar.

Llegó al párrafo de la encimera. Se trabó.

—«… apoyó la mano en la encimera para no perder el equi… el equilibrio».

Se disculpó por trabarse. Nuria le dijo que siguiera.

Yo miré la carpeta que tenía en las rodillas, donde estaba impresa mi página con el interlineado de la casa, y pensé en Clara sujetándose a una encimera para no perder el equilibrio, y en que una mujer que en el momento en que la besan por fin se preocupa de no perder el equilibrio tiene un problema, y el problema no es el beso.

Lo pensé con esas palabras. Con esas palabras lo habría puesto en un comentario al margen si la escena fuera de otra.

Rubén terminó y se quedó esperando, y Nuria le dio las gracias como se dan las gracias a un becario, y Rubén se fue con la carpeta y cerró la puerta sin ruido.

—¿Qué has oído? —dijo Nuria.

Podía haber dicho que había oído a un chico de veintitrés años leer mal.

Era verdad y no servía. Podía haber dicho que las escenas de la novena no las leyó nadie en voz alta y vendieron lo que vendieron.

También era verdad. Dije lo que había oído, porque con Nuria lo único que funciona es adelantarse a lo que va a decir ella.

—He oído que Clara no respira. —Eso he oído yo. —Se puede arreglar. —Se puede. La pregunta es quién.

Y entonces lo dijo.

—Necesitamos un consultor —dijo Nuria. —¿Un qué? —Alguien que escriba deseo. —Yo escribo deseo. —Escribes amor. Es distinto y lo sabes.

Lo sabía. Lo sabía desde antes de que Rubén leyera nada, desde la segunda novela, cuando Nuria me devolvió una escena con una sola nota en el margen que decía «esto no es una escena de sexo, es una escena de dos personas que se han puesto de acuerdo», y yo la reescribí y la nota siguió siendo verdad y las dos hicimos como si no.

Hay cosas que aguantan seis años y nueve libros y una preventa. Esta había aguantado hasta un becario.

—Dame dos semanas. —¿Para qué? —Para reescribirlas.

Son tres escenas. Tres. —Son las tres escenas por las que hemos vendido el libro.

La preventa no espera dos semanas, Gala.

Espera un libro en marzo que sea lo que ella dijo en junio.

—Ella dijo lo que le dio la gana. —Ella dijo lo que se le ocurrió delante de una chica de veinte años que la miraba con la cara con la que la miran.

Y lo dijo bien. Por eso vende. Lo hablamos otro día.

Me eché hacia atrás en la silla buena. Es lo que tiene la silla buena: te deja echarte hacia atrás y sentir que has hecho algo.

—Nadie ha tocado nunca una página mía. —Nadie ha firmado nunca una página tuya. —Lo dijo sin cambiar de tono—. Esto no es contra ti. Es a favor del libro.

Nuria tiene tres frases que usa cuando la conversación llega a un sitio que no le gusta, y «esto no es contra ti» es la segunda.

La primera es «en principio». La tercera es «lo hablamos».

Cuando saca las tres en menos de dos minutos, ya ha decidido, y lo que queda es ver cuánto puedo negociar del envoltorio.

—¿Quién? —Es guionista. Escribe las historias de una aplicación de audio. Sordina. —Sé lo que es Sordina.

Lo sabía. Todo el mundo sabe lo que es Sordina, igual que todo el mundo sabe dónde está la farmacia de guardia: no se comenta, se usa. Nuria me miró un segundo de más y yo le sostuve la mirada como quien ha leído un artículo sobre el tema.

—Es bueno —dijo—. Tiene miles de escuchas.

Nadie sabe cómo se llama. Nadie sabrá cómo te llamas tú.

Es la única persona de este país a la que puedo poner delante de ti sin que salga de aquí.

—Hay mujeres que escriben eso. —Hay mujeres que lo firman.

Las que lo firman no pueden estar cinco semanas en un hotel cerrado sin que se sepa.

Él no existe. Tú tampoco. Es lo que os hace útiles.

Lo dijo con las manos quietas, y lo dijo bien, porque era verdad, y lo peor que se le puede decir a una persona es la verdad con las manos quietas. —¿Y él lo sabe? Lo de ella. —Lo sabrá cuando firme. Igual que tú.

Miré el póster de detrás de su cabeza. La primera de Ofelia.

La única que es entera suya, con la segunda.

Un título en letras grandes y una playa que tampoco sale en el libro.

Pensé en el segundo plazo de la novena, que Nuria me había prometido para antes de Navidad y que a doce de enero seguía sin entrar en la cuenta.

Pensé en que si entregaba la décima en marzo, la factura de la décima iría al primer trimestre y el IVA de esa factura lo pagaría en abril, lo hubiera cobrado o no, porque Hacienda no pregunta si te han pagado, pregunta qué has facturado.

Cuarenta y cinco mil euros de factura son muchos euros de IVA para una cuenta en la que faltaba el segundo plazo de la anterior.

Pensé todo eso en el orden en que lo estoy escribiendo, que es el orden en que pienso el dinero: de lo que me deben a lo que debo.

—¿Y el segundo plazo de la novena? —En principio, esta semana. —Eso me dijiste en diciembre. —Lo hablamos. —Movió una de las manos, medio centímetro—. Esto de ahora es otra cosa. Tienes la adenda. La adenda no cambia.

La adenda. Cuarenta y cinco mil por la décima, a la entrega.

Y lo otro. «Lo que queda del año», la mía, entera en un cajón desde noviembre, con entrega revisada en junio del año que viene y salida en octubre, en Meridiana, con campaña.

Con campaña. Seis años llevándome a casa el segundo plazo tarde y la primera vez que alguien iba a poner mi nombre en un escaparate era en octubre del año que viene, y estaba escrito en un papel que Nuria tenía en el cajón de la derecha, y ese papel tenía una condición que las dos sabíamos y ninguna nombró.

—Vale —dije. —Vale. —Con condiciones. —Dime.

—Solo toca las tres escenas. Las que yo le marque.

Nada más del libro. —En principio. —Nada más del libro, Nuria.

Y la última palabra es mía. Si lo que escribe no me sirve, no entra.

—Es a lo que viene. A que te sirva. —Y no ve el contrato.

Ni la adenda. Sabe lo de ella porque no hay otra manera, pero no sabe lo mío.

—Nadie sabe lo tuyo. —Lo dijo mirando el cajón de la derecha—.

Eso está firmado. —¿Y comemos qué, cinco semanas en un hotel cerrado?

—Hay guardeses. Un matrimonio. Llevan allí toda la vida.

Ella cocina. —¿Y calefacción? —En principio.

—Nuria. —Es un hotel de 1971. Tiene calefacción. Otra cosa es que funcione toda.

Me dio una fecha, el treinta y uno de enero, y un sitio, un hotel en Menorca que cerraba en invierno y cuyo dueño era amigo suyo, y me explicó por qué Menorca en dos frases: porque Ofelia había querido Menorca para el libro y porque en febrero allí no hay nadie.

Cinco semanas. Entrega el seis de marzo.

Entregas parciales los viernes, en la carpeta compartida de siempre, la que se sincroniza sola cada noche y guarda todas las versiones, para que ella pudiera leer sin esperar a que yo le enviara nada.

«Como con las otras», dijo, y era verdad: con las otras seis tampoco había esperado nunca.

Me dio el nombre del hotel apuntado en un pósit, con su letra, pequeña y recta, que no se parece a la de nadie que yo conozca.

Me levanté de la silla buena. Ella se levantó también y me acompañó hasta la puerta.

Nuria lo hace con todo el mundo, y con todo el mundo parece una cortesía.

Abajo devolví la tarjeta número catorce a la recepcionista nueva, que la cogió sin mirarme y la dejó en una bandeja con las demás.

La próxima vez me darán otro número. Nunca me han dado el mismo.

En el pasillo hacía frío de oficina en enero, el que viene de que el aire acondicionado no sabe en qué mes está.

Salí a la calle con la cara caliente. Es una cosa que me pasa: la cara se me calienta cuando he cedido en algo, aunque la ceda bien, aunque haya sacado tres condiciones de donde no había ninguna.

Me abroché el abrigo. Saqué el móvil y abrí la aplicación del banco, lo que hago en la calle cuando no quiero pensar en otra cosa.

El segundo plazo no había entrado. Había entrado un recibo del gimnasio al que no voy.

Cerré la aplicación. Conté: cinco semanas, tres escenas, una entrega, un hotel del que no sabía nada más que el nombre en un pósit, y diecinueve días de enero que había que pasar con lo que había.

Nuria me llamó desde la puerta del edificio. Había bajado detrás de mí sin que la oyera. Tenía las manos vacías.

—Gala.

Me volví.

—No le cuentes nada que no esté en el contrato.

No contesté. Ya estaba contando.

En casa, en Prosperidad, con el abrigo puesto porque la calefacción tarda, abrí el borrador por el capítulo nueve y leí la escena de la cocina en voz alta, yo sola, con la voz de Rubén, para ver si era él o era yo.

Era yo. Llegué a la encimera y paré, y me quedé mirando la frase como se mira una factura que sabes que es correcta y que no vas a poder pagar.

Cerré el portátil. Puse la calefacción. Abrí el cajón donde está «Lo que queda del año», entera, impresa, con una goma, y no la saqué.

La miré. Volví a cerrar el cajón. Después busqué Menorca en el mapa del móvil, por saber al menos dónde estaba el norte.