Las partes indecentes 2
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Entregué los tres guiones a las nueve y cuarto, la hora a la que Paula ya ha leído el correo y todavía no ha empezado a contestarlo. Es la única hora del día en que se le puede dejar algo encima de la mesa sin que lo lea delante de ti.

Sordina está en una nave de Poblenou con un letrero que no dice nada.

Dentro hay una cabina, tres mesas, una cafetera que Paula compró de segunda mano a un bar que cerró y una pared con auriculares colgados de clavos, como en una carnicería.

Me gusta la nave. Nadie viene a la nave a que le expliquen nada.

Leire estaba en la cabina probando el micro.

Llevaba dos semanas en la casa. Era buena.

Tenía la voz de las que saben esperar un segundo más de lo que pone en el papel, y eso no se enseña.

Salió con los auriculares al cuello y cogió el guion de arriba, el de la cocina, y lo leyó de pie, moviendo los labios, hasta la segunda página.

—Este es tuyo. —Ese es de nadie. —No tiene nombre. Los de Aina tienen nombre. Los de Julio tienen nombre. Este no. Este es tuyo. —Lo que no tiene nombre no se puede criticar.

Me reí yo primero. Es un sistema. Si te ríes tú primero, el otro tiene que decidir si se ríe contigo o te corrige, y la mayoría de la gente prefiere reírse a corregir, porque corregir cansa.

Leire no se rio.

—Eso es de cobarde. —Es de listo. —Es lo mismo con mejor prensa.

Se volvió a meter en la cabina con el guion. Me quedé con la frase. No con la mía, con la suya. Tenía razón y lo sabía y no le importaba que yo lo supiera, lo peor que le puede hacer una actriz a quien escribe lo que ella dice.

Paula me hizo un gesto para que me quedara a la toma.

Pol, el técnico, dijo «vamos» y Leire empezó con «Cocina».

Es un guion de siete minutos. Una mujer llega a casa después de una guardia, hay alguien en su cocina que no debería estar y sí debería, y lo demás.

Lo escribí en dos horas un miércoles. Me lo sé de memoria, y eso no me pasa con casi nada.

Leire lo leía bien. Demasiado bien. En la segunda página, donde la mujer se apoya en el fregadero, Leire hizo la pausa que yo había puesto, un punto y aparte, y la hizo entera, y la escena se cayó ahí un segundo, porque un punto y aparte en una cocina de madrugada es que la mujer se ha ido a pensar.

Nadie se va a pensar en esa cocina. Levanté la mano detrás del cristal.

Pol paró. Le dije a Leire por el talkback que no parara en el punto, que siguiera de largo, que el punto era mío y no de ella.

—¿Y por qué lo pones? —Para que lo leas y no lo hagas. —Eso es de guionista. —Es de alguien que quiere que la mujer no se vaya a pensar.

Repitió. Sin la pausa, la escena se quedó de pie.

Pol me miró por el cristal con la cara de «vale» que ponen los técnicos cuando algo suena y no saben por qué.

Leire siguió hasta el final y al acabar se quedó un momento con los auriculares puestos, sin decir nada, y ese momento me lo apunté para el próximo guion, porque un silencio de actriz vale más que dos páginas mías.

Salió de la cabina. No dijo que había estado bien. Dijo:

—El punto lo quitas. —El punto se queda. Tú lo saltas. —Entonces es un punto para ti, no para mí. —Es un punto para que se note quién manda.

Se rio esa vez. Poco. Lo justo para que yo supiera que me había dejado ganar la segunda porque había ganado la primera.

Paula me llamó desde su mesa sin levantar la voz. Paula nunca levanta la voz; baja la de los demás. Tenía la pantalla girada hacia mí con una gráfica de las que a ella le gustan y a mí me dan igual.

—Cuarenta mil esta semana. —Bien. —Cuarenta mil escuchas y el ochenta y siete por ciento borra el historial después. —Es el mejor cumplido que existe. —Es el peor dato que existe para renovar suscripciones. La gente no renueva lo que no quiere que se sepa que tiene.

Le dije que eso era un problema de marketing y no mío. Me dijo que todo era mío hasta que dejara de serlo.

—Quiero sacar una serie con nombre —dijo—. Un autor con cara. Entrevistas. La gente renueva lo que tiene cara. —Pues búscate una cara. —Tengo la tuya. —La mía no está en venta. Está en alquiler y sin foto.

Paula no insistió. Paula no insiste nunca dos veces el mismo día; apunta y vuelve el jueves. Lo apuntó. Después me enseñó otra cosa en la pantalla, un correo, y lo leyó con la voz que usa para los correos de gente que no conoce.

—Nuria Bosch. Meridiana. Es un sello de Madrid, de los grandes.

Quiere hablar contigo. —¿Conmigo? —Con «el guionista de las historias».

Ha dicho las historias. Ha tenido cuidado de no decir la palabra.

—¿Qué palabra? —La que no dice nadie. —¿Y qué quiere?

—No me lo ha dicho a mí. Te llama a las doce. Contesta.

Me metí el móvil en el bolsillo de la chaqueta, que es donde lo llevo cuando no quiero mirarlo. Vibró. Nuria no. Mi madre.

«Mándame los títulos de esta semana.»

Mi madre guarda en una carpeta todo lo que he escrito desde los sketches.

Los sketches los tiene recortados de una revista de programación.

Los guiones de aquí no salen en ninguna revista, así que le mando los títulos por WhatsApp y ella los apunta a mano en un folio, en columna, con la fecha.

Nunca ha escuchado uno. Yo tampoco le he pedido que lo haga.

Le mandé los tres: «Cocina», «Ascensor», «Turno de noche».

Me contestó un pulgar hacia arriba y, un minuto después, «¿comes bien?

», la pregunta que hace cuando ya ha apuntado los títulos.

Le dije que sí. Es la única crítica que recibo, y me vale.

Salí a las diez. Fuera hacía un frío de Barcelona, con humedad y sin convicción.

Cogí el metro en Poblenou. Miro las salidas en el metro.

Es una costumbre: al entrar en un vagón sé por dónde se sale, y en cuanto lo sé me relajo, y desde fuera parece que voy tranquilo.

Me bajé dos paradas después porque me llamó Marc y en el metro no se oye, y porque tampoco tenía prisa por llegar a ningún sitio, y porque bajarse de un sitio antes de tiempo es una de las cosas que mejor hago.

Marc es amigo mío desde el programa. Se quedó en televisión.

Le va bien. Me llama los lunes para preguntar por gente que ya no está.

—¿Y Sonia? —Se fue. —¿Se fue o te fuiste? —Me fui yo. Pero con una excusa buena. —Siempre tienes una excusa buena. —Es que las escribo yo.

Se rio. Marc se ríe de todo lo mío, lo que le pido a un amigo y lo que no le pediría nunca a una actriz.

Me preguntó cuánto había durado. Le dije que tres meses y una factura.

Le dije que Sonia era estupenda hasta el segundo recibo de la luz, y que a partir del segundo recibo de la luz todo el mundo es la misma persona, y que por eso yo no discutía de amor con nadie: que el amor romántico es sexo al que alguien ha añadido problemas administrativos.

—Eso lo tienes ensayado. —Lo tengo escrito. Es distinto.

Sonia me gustaba de verdad. Me gustaba hasta el segundo recibo de la luz.

Colgué en Glòries, andando, con las grúas de siempre a la izquierda, que llevan diez años levantando el mismo edificio y a mí me parecen un buen ejemplo de algo.

A las doce y dos minutos me llamó un número de Madrid y lo cogí en la acera, delante de un escaparate de colchones, un sitio como cualquier otro para que te ofrezcan un trabajo.

—¿Iago Reverte? —Depende de quién pregunte. —Nuria Bosch. Meridiana. Le he pedido su contacto a Paula Rius. Espero que no le importe. —Me importa si me llama de usted. —Le llamo de usted hasta que firme algo. Es una costumbre de la casa.

Tenía una voz corta. Cada frase suya acababa donde acababa y no dejaba cola. Me gustó, en el sentido en que me gusta un guion que no sobra.

—Le explico. Tenemos una novela en producción con entrega a principios de marzo. Las escenas íntimas necesitan trabajo. Alguien que las escriba a la altura del libro. Cinco semanas, fuera de Madrid, en una isla. Confidencialidad estricta. Doce mil euros.

Doce mil euros por cinco semanas es más de lo que cobro en Sordina en seis meses, y lo pensé, y también pensé que Nuria Bosch lo sabía, porque nadie dice doce mil euros a una persona que no sabe lo que cobra.

—¿Qué isla? —Menorca. —En febrero. —Por eso es una isla. —¿Y por qué yo? —Porque Paula Rius dice que es usted el mejor y porque nadie sabe quién es usted. Las dos cosas me valen. La segunda, más.

Eso no lo había oído nunca dicho así, en positivo, por alguien que pagaba. Me lo guardé para pensarlo en otro momento, donde guardo las cosas que no quiero pensar.

—¿Y quién firma el libro?

Hubo un silencio. No largo. El silencio de alguien que va a decir algo que ya ha decidido decir.

—Ofelia Lago.

Me reí en la acera. Me reí en voz alta, delante de los colchones, con la mano en la boca después, tarde, y una señora con un carro de la compra me miró con la cara con la que se mira a un hombre que se ríe solo en la calle un lunes. La risa de sistema no suena así. Esta se me escapó.

—¿Le hace gracia? —Me hace gracia que la reina de la novela romántica necesite a alguien que escribe porno para auriculares.

—No necesita porno. Necesita que las escenas íntimas estén a la altura del resto.

—Las partes indecentes. —Si quiere llamarlo así.

—Es como lo llamaría ella. —Ella no lo llama de ninguna manera. Ella firma.

Eso me hizo dejar de reírme. No por lo que dijo.

Por cómo lo dijo, con la misma voz corta, sin darle importancia, como quien dice que el ascensor está estropeado.

Pensé en Paula esa mañana pidiéndome una cara para renovar suscripciones.

Ofelia Lago tenía cara. Tenía la cara más rentable de la novela romántica de este país, y por lo visto la cara y las partes indecentes iban por separado, y a mí me llamaban para las segundas. Es un reparto que entiendo. Es el mío.

Le pregunté qué tenía que hacer. Me dijo que firmar un contrato de confidencialidad en un despacho de la Diagonal la semana que viene, y que después leería dos novelas para el tono, y que el uno de febrero cogería un avión. Le pregunté quién más iba. Me dijo que la persona que escribía el resto.

—¿Y quién escribe lo que no son las partes indecentes? —Eso, cuando firme.

Colgó antes que yo, que es algo que no me pasa.