Las partes indecentes
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Bea leyó «espera» donde ponía «esperanza», y nadie en el salón se dio cuenta, porque nadie en el salón había escrito esa frase.
Yo sí. La había escrito un martes de hacía tres años, en un piso de Prosperidad con la calefacción apagada, para una mujer que no existe, en un libro que firma otra.
Ahora la leía mi amiga del instituto delante de ciento veinte personas y un notario con bufanda, y cuando llegó a «mientras haya espera» yo moví los labios y dije «esperanza» sin voz, con la boca cerrada, y Álvaro lloró igual, porque Álvaro no sabía que a lo que le estaban prometiendo le faltaban tres letras.
Mi madre, a mi izquierda, me miró la boca.
La finca estaba a doce kilómetros de Valladolid y tenía un salón con vigas y cuatro estufas de gas que hacían el ruido de las estufas de gas, un ruido de cosa que se esfuerza.
Enero. Bea se había empeñado en enero porque en enero la finca costaba la mitad, y yo la entendía mejor que nadie en aquella sala, porque yo también hago las cosas cuando cuestan la mitad.
El notario tenía un catarro que le hacía leer los artículos del Código Civil con una solemnidad que no venía en el texto.
Después le cedió la palabra a los novios y Bea sacó un papel doblado en cuatro.
Lo desdobló mal. Se le enganchó en la esquina y tuvo que empezar otra vez, y Álvaro le sujetó el otro lado del papel sin que ella se lo pidiera, que fue lo mejor que hizo Álvaro en toda la ceremonia, y en ese segundo de papel yo supe de qué libro era, porque conozco el ruido que hace la gente cuando va a leer algo que no ha escrito y le importa.
Lo hacen todos igual: respiran antes de la primera palabra como quien va a levantar un mueble.
—No te prometo que sea fácil —leyó Bea—. Te prometo que, cuando no lo sea, seguiré aquí mientras haya espera, y un poco más.
Y ahí fue donde moví los labios.
Siguió. La segunda frase la leyó mejor, porque era más corta y porque ya había llorado a mitad de la primera, y llorar afloja la voz.
—Y te prometo que si algún día tengo que elegir entre tener razón y tenerte a ti, elegiré mal. Y volveré a elegir.
Capítulo doce de la cuarta. Página doscientas y algo; no me acordaba de la página, me acordaba de la tarde.
Me acordaba de haber quitado un «siempre» que sobraba y de haberme quedado un rato mirando el «volveré a elegir», con la duda de si era demasiado, y de haberlo dejado porque a las siete de la tarde de un martes de noviembre una tiene menos fuerzas para quitar cosas que a las diez de la mañana.
Ciento veinte personas acababan de oírlo.
Ninguna sabía que había estado a punto de no existir.
En la fila de delante, una amiga de Bea grababa los votos con el móvil en horizontal, con el codo apoyado en el respaldo para que no le temblara la mano.
Lo hacía bien. Se notaba que había grabado más bodas.
Pensé que esa noche los votos estarían en cuatro móviles y mañana en veinte, con música encima y el nombre de Bea, y que en ninguno pondría de dónde eran, y que eso era lo normal, y que lo normal es lo que yo había firmado.
La estufa de gas de mi lado hizo el ruido.
Yo miré el papel de Bea, que ya estaba doblado otra vez y guardado en el bolsillo de la americana de Álvaro, donde iba a pasar la noche.
Álvaro leyó los suyos. Los suyos eran suyos, se notaba: tenían dos «muchísimo» y una referencia a un viaje a Oporto que solo entendieron ellos y la mesa de los amigos de él.
Estaban bien. Estaban mejor que los de Bea, en realidad, porque eran peores.
Pensé eso y me lo guardé, porque es la clase de cosa que no se dice en una boda ni en ningún sitio.
El notario les dijo que podían besarse y se besaron, y el fotógrafo se puso de rodillas en el pasillo con una velocidad que daba a entender que se había arrodillado en muchas bodas. Yo aplaudí con las manos frías. Mi madre aplaudió mirándome.
—Te has sabido los votos —dijo, por debajo del aplauso. —Bea me los mandó anoche para que le dijera si estaban bien. —¿Y estaban bien? —Le faltaba una palabra.
No era mentira. Bea me los había mandado a las once y media de la noche con un «¿tú que eres de letras, qué te parece?
», y yo había contestado «perfectos» con una rapidez que no le hizo sospechar nada, porque a nadie le extraña que una correctora conteste rápido.
No le dije de dónde eran. Tampoco hacía falta: me lo dijo ella cuarenta minutos después, en el cóctel, con una copa en la mano y la voz de quien confiesa un delito menor.
Pero eso fue en el jardín. Primero hubo que salir del salón, y para salir del salón hubo que pasar por delante de la mesa de los regalos, y por delante de la madre de Álvaro, que me preguntó si yo era «la de Madrid», y por delante de un primo de Bea que se llamaba Jorge y que estaba en el instituto dos cursos por debajo de nosotras y que ahora tenía una barba y una empresa.
Todo el mundo tenía algo ahora. Yo tenía un abrigo de paño que había comprado en rebajas y una bufanda del color equivocado, y lo llevaba bien.
El jardín tenía estufas de las altas, las de seta, y la gente se agrupaba debajo por instinto, como ganado con criterio.
Yo me quedé al borde de una, donde no daba el calor pero tampoco el humo, que es donde me pongo en todas partes.
Un camarero me dio una copa de algo con burbujas.
La cogí para tener las manos ocupadas. Son las cosas que se cogen.
—¿Y tú a qué te dedicas?
Era la prima de Bea. No la que se había casado hacía dos años, la otra, la que vivía en Burgos y vendía casas. Tenía una manera de preguntar las cosas que hacía que la pregunta pareciera un favor.
—Corrijo libros. —Ay, qué bonito. —Le dio un trago a su copa—. ¿Y eso se puede vivir? —Se puede. —Yo leo muchísimo. Bueno, muchísimo. Leo a Ofelia Lago. ¿Tú la has leído?
Dije que sí con la cabeza. Dije que sí con la cabeza porque la boca la tenía ocupada en no decir nada.
—Es que te entiende, ¿sabes? Es que dices: esta mujer ha vivido. Los votos de Bea son suyos, me lo ha dicho ella, los sacó de la cuarta. La de la casa de la playa.
La cuarta no tiene ninguna casa en la playa.
Tiene un piso en Gijón con vistas a un aparcamiento, que fue una decisión mía, y una casa en el pueblo que se ve una sola vez, en el capítulo tres, desde un coche.
No lo dije. La prima de Bea recordaba una casa en la playa porque la cubierta tenía una casa en la playa, y la cubierta la había elegido alguien de Meridiana que no había leído el libro, y de eso hacía tres años y ya no tenía arreglo.
—Yo tengo todos —siguió—. Mi favorita es la sexta. —La sexta está bien. —¿Solo bien? —Tiene un adjetivo de más en la página cuarenta.
Se rio. Se rio de verdad, con la cabeza hacia atrás, y me dio en el brazo con la mano libre, y dijo «ay, qué mala».
La sexta tiene un adjetivo de más en la página cuarenta.
Lo sé porque lo puse yo y porque Nuria no lo quitó, y porque cada vez que veo la sexta en un escaparate lo veo a él, al adjetivo, esperándome detrás de la cubierta.
Bea llegó desde la izquierda, con el vestido recogido en un puño para no arrastrarlo por la grava, y se colgó de mí con el otro brazo.
—Gala. Gala, Gala. ¿Has visto qué votos?
—Los he visto. —Los saqué de un libro. No se lo digas a Álvaro.
—Bajó la voz hasta donde se puede bajar la voz con tres copas—.
De Ofelia Lago. Es que eran perfectos, es que eran justo lo que yo quería decir y no me salía.
¿Tú crees que se ha notado? —No se ha notado. —¿Seguro? —Nadie se ha dado cuenta.
Me apretó el brazo y se fue hacia la mesa de los abuelos, con la grava crujiendo debajo del vestido. La prima de Burgos me miró con complicidad, porque ahora éramos dos que sabían de dónde eran los votos, y yo le devolví la mirada de quien comparte un secreto. La tengo muy practicada.
Dejé la copa entera en la bandeja de un camarero que pasaba. Me miró la copa, me miró a mí y no dijo nada, lo más educado que puede hacer un camarero.
El resto de la boda lo pasé donde se pasan las bodas: en una mesa con gente del instituto que había engordado o adelgazado o las dos cosas por turnos, contando con los dedos por debajo del mantel los años que llevaba sin ver a cada uno.
Once. Nueve. Once otra vez. Uno de ellos, Raúl, que en segundo copiaba de mí los exámenes de lengua, me preguntó si seguía «en lo de los libros».
Le dije que seguía. Me preguntó qué corregía.
Le dije que lo que me daban. Se quedó satisfecho con la respuesta, porque era la respuesta que él habría dado de lo suyo, y hablamos de su hipoteca hasta el segundo plato.
Comí. Bailé una canción por compromiso y otra por Bea, que me sacó a la pista con las dos manos y me dijo al oído, entre el ruido, que se alegraba mucho de que hubiera venido, y yo le dije que yo también, y las dos lo decíamos en serio, que es lo raro.
A la una y media, mi madre me buscó con el abrigo ya puesto y las llaves del coche en la mano, y salimos por la puerta de atrás, por donde salen las madres.
El coche de mi madre olía a coche de mi madre: ambientador de pino y guantes. Tardó tres intentos en arrancar por el frío. Salimos a la carretera con la calefacción en el parabrisas y los dos callados durante los dos primeros kilómetros, la distancia que tarda mi madre en decidir por dónde empieza.
—Estaba muy guapa Bea. —Muy guapa. —Álvaro parece buen chico. —Lo parece. —Y tú, ¿has conocido a alguien?
Miré por la ventanilla. Había un cartel de Valladolid a nueve kilómetros con una pegatina encima y no se leía el nueve. Con los carteles pasa eso: los pone alguien, los tapa otro, y el que pasa se apaña.
—He conocido al primo de Bea. —Jorge no cuenta. Jorge tiene novia en Bilbao. —Pues no.
Mi madre puso el intermitente para adelantar a un camión que no hacía falta adelantar.
Cuando mi madre adelanta, piensa. Yo también pensé.
Pensé en las siete. Es lo que hago cuando me preguntan si he conocido a alguien: las cuento.
No por título. Por año. Una en el primer año, cuando todavía no sabía si iba a saber hacerlo.
Una en el segundo. Dos en el tercero, que fue el año en que Nuria me pidió una de más y yo dije que sí porque dije que sí a todo aquel año.
Una en el cuarto. Una en el quinto. Una en el sexto, la del piso de Gijón con vistas al aparcamiento y los votos.
Siete. Las cuento como se cuentan ovejas, para no dormirme y para no despertarme, las dos cosas.
—Pues alguien habrá —dijo mi madre—. Con lo que tú vales.
Lo dijo mirando la carretera y lo dijo en serio, y es la frase más difícil de contestar del castellano, así que no la contesté. Le puse la mano en el brazo un segundo y la quité. Ella cambió la emisora.
Llegamos a su casa a las dos y cuarto. Subimos sin hablar, cada una con sus zapatos en la mano para no despertar al vecino, un acuerdo que tenemos desde que yo tenía dieciséis años y ya no hace falta y lo mantenemos igual.
Mi madre puso la calefacción del cuarto de invitados, mi cuarto, y me dijo que había toallas.
A las once de la noche había vibrado el móvil dentro del bolso, en la mesa de los del instituto, y no lo había mirado porque estaba contando los años de alguien. Lo miré ahora, sentada en la cama con el abrigo todavía puesto.
Era Nuria.
«Tenemos un problema con la décima. Lunes a las diez.»
Nada más. Nuria no pone puntos suspensivos ni emoticonos ni «perdona por la hora». Nuria escribe como quien manda una hora de vuelo.
Puse el móvil boca abajo sobre la colcha y conté las horas que faltaban hasta el lunes a las diez. Treinta y cinco. Después me quité el abrigo.