Las partes indecentes 6
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A las ocho y media había subido Catalina con un café y lo había dejado en la esquina de la mesa, en mi lado, sin preguntar si quería. Se quedó mirando el radiador, que hacía un ruido de agua, y después la silla vacía.

—¿Ella baja? —Le he dejado una nota. —Ya. —Tocó el radiador con el dorso de la mano, para comprobar—. La nueva está a ocho grados. Lo he mirado.

No dijo nada más. No hacía falta. Lo había dicho para que yo supiera que ella sabía dónde dormía cada uno y a qué temperatura, y que si alguien tenía que mover a alguien en aquel hotel, iba a ser ella. Se fue con la bandeja. Me bebí el café mirando la puerta.

Llegó a las nueve. Ni a menos cinco ni a y cinco. Con un abrigo de paño abrochado hasta arriba, guantes, un portátil bajo el brazo y una cara que no había dormido bien y no pensaba comentarlo. Se quedó en la puerta.

—Gala —dijo. —Iago.

Eso fue todo. Dos nombres, uno cada uno, como quien muestra la documentación en una frontera. No entró. Miró la mesa, miró la silla vacía que yo había dejado frente a la mía, miró el radiador, y se quedó en la puerta con el portátil contra el pecho.

—Podemos hablarlo —dije. —Escríbelo.

Y no dijo nada más.

Me giré hacia la pantalla. Tenía el archivo abierto, el que Nuria había puesto en la carpeta compartida, el borrador entero, setenta mil palabras con las tres escenas marcadas en amarillo y una primera página con un título, «Marea viva», y un nombre debajo que no era el de ninguna de las dos personas que iban a estar en aquella mesa.

El capítulo nueve. La cocina. Puse el cursor en la frase de la encimera, la que había marcado en el avión con el bolígrafo de Batlle, y la seleccioné, para que se viera azul desde la puerta.

Ella la vio. La conocía. Se notó en cómo dejó de mirar el radiador.

Hice lo que me había dicho. Lo escribí.

Abrí un comentario en el margen, en el cuadro amarillo que pone la hora y el nombre, y escribí dos frases.

Cortas. Una de cuatro palabras y otra de siete.

Las escribí sin pensarlas, como escribo lo que pienso de verdad, y le di a enviar, y el cuadro se quedó ahí, colgado de la frase azul, con mi nombre encima.

Ella lo leyó desde la puerta. No se acercó.

Se inclinó un poco, lo justo, con el portátil todavía contra el pecho, y leyó.

Después entró. Puso el portátil en la mesa, en el lado que yo le había dejado, lo abrió, esperó a que cargara el mismo archivo, y se sentó.

Se sentó por fin. Con el abrigo puesto y los guantes puestos, y se quitó el guante derecho, solo el derecho, y escribió.

Ocho palabras. Las conté por el ruido, lo único que se puede contar de una persona que escribe a dos metros.

Leí la respuesta. Era buena. Era mejor que la mía, en realidad, porque la mía atacaba y la suya se defendía con lo mismo con lo que yo atacaba, y eso se aprende con años o no se aprende.

Me reí por dentro. No lo hago; lo mío es reírme fuera y primero.

Ella no se rio. Tenía la mano derecha sin guante encima del teclado, esperando, y el guante izquierdo puesto, y esa asimetría me pareció lo más honesto que había visto en una mesa de trabajo en mucho tiempo: una mano para escribir y otra para no pasar frío, y que cada una hiciera lo suyo.

Así que seguimos.

Lo que pasó después, durante siete horas, es difícil de contar porque no pasó nada que se vea.

Dos personas en una mesa grande, a dos metros, cada una con su portátil, mirando el mismo archivo, escribiendo en el margen.

Yo comentaba una frase; ella contestaba en el mismo cuadro o abría otro; yo contestaba debajo.

Todo por escrito. Todo con la hora al lado y los dos nombres arriba de cada cuadro, el suyo y el mío, en un archivo cuya portada decía otro nombre.

No eran comentarios ingeniosos. Los dos primeros sí; los otros no.

Los otros eran notas de trabajo, secas, técnicas, del tipo que se escribe cuando el otro sabe de lo que hablas: que esa pausa sobraba, que ahí Clara no miraría, que eso era mío y no de ella, que el punto y aparte se lo saltaba el lector y había que quitarlo.

Discutíamos como discuten dos mecánicos sobre un motor que no es de ninguno de los dos, y a veces yo tenía razón y a veces la tenía ella, y en el cuadro no lo reconocíamos, pero se notaba en quién cambiaba la frase.

Hubo una a media mañana que duró cuarenta minutos y once cuadros.

La frase era de Clara mirando. En el borrador Clara miraba: la campana, la luz, las manos de Bruno, sus propias manos, la puerta.

Yo escribí que Clara dejara de mirar. Ella contestó que si Clara dejaba de mirar, el lector no sabía dónde estaba.

Yo contesté que el lector sabe perfectamente dónde está una mujer cuando la besan.

Ella contestó que eso lo decía yo. Yo contesté que eso lo decía todo el mundo menos Clara.

Silencio de tres minutos, que en el margen se ve porque la hora salta.

Después borró dos cosas que Clara miraba y dejó una, la luz de la campana, y escribió debajo que la luz se quedaba porque era lo único de la cocina que no era de nadie.

Tenía razón. No lo escribí. Cambié yo una frase de Bruno para que la luz le diera en la cara y ella no comentó nada, que es su forma de decir que sí.

Ella cambió tres. Yo cambié cuatro. Lo pongo porque es lo que hay.

A las once, Catalina entró con una bandeja y dos cafés y los dejó en medio de la mesa, entre los dos portátiles, en la tierra de nadie.

Nos miró. Miró las pantallas, que no podía ver, y las manos, que sí, y la distancia.

No dijo nada. Se fue con la bandeja vacía, como quien ha entrado en una habitación donde dos personas discuten y no ha oído a nadie discutir.

El café estaba bien. Nos lo bebimos sin levantar la vista, cada uno el suyo, y las dos tazas se quedaron en medio de la mesa vacías toda la tarde porque ninguno de los dos quiso ser el que las moviera.

A las dos, Catalina gritó «a comer» desde el vestíbulo, sin subir, y los dos oímos el grito y ninguno se movió durante un minuto entero, hasta que ella cerró el portátil, se levantó y salió, y yo esperé a oírla en la escalera para levantarme yo.

Comimos en el comedor, en las dos mesas de Catalina, con cuatro mesas vacías entre medias.

Arroz. Ella comió mirando la ventana, donde no había nada que mirar salvo viento.

Yo comí mirando el plato. Catalina pasó dos veces y ninguna de las dos dijo nada, ni a ella ni a mí, y en la segunda dejó una jarra de agua exactamente en la mesa que estaba en medio de las dos, en la tierra de nadie, y se fue.

Subimos por separado. Ella primero. Yo un minuto después, el tiempo que se tarda en no seguir a nadie.

A las tres, el viento subió y la contraventana de la 17 empezó a dar golpes contra el marco, cada seis segundos, con una regularidad que se metía en el teclado.

Toni subió con un destornillador sin que lo llamaran.

Entró sin llamar, cruzó la habitación entre los dos portátiles, abrió la ventana, sujetó la contraventana con la rodilla, apretó dos tornillos y cerró.

Tres minutos. En esos tres minutos ninguno de los dos dejó de escribir, y Toni, antes de salir, miró la mesa con las dos tazas vacías en medio y las dos cabezas bajas, y se calló, y no tocó las tazas.

Yo las habría tocado. Las dejó. Toni deja las cosas donde las encuentra.

A las cuatro, ella se quitó el abrigo. Fue una noticia.

En la 17 hacía calor de radiador y lo llevaba puesto desde las nueve, y a las cuatro se levantó, se lo quitó, lo colgó en el respaldo de la silla que no era igual que la mía y se volvió a sentar, y siguió con un jersey gris y un guante en la mano izquierda.

No me miró mientras lo hacía. Yo lo vi entero porque estaba delante.

A las cinco escribí el después. El de la escena nueve, el de mi versión: Bruno se queda dormido.

Cuatro líneas. Es lo que escribo de después, cuatro líneas, porque el después no es lo mío y porque en lo mío nadie lo pide: la gente escucha hasta que se acaba y borra.

Las escribí rápido, sin pensarlas, y las dejé, y volví a lo de antes, donde sé lo que hago.

A las seis paró. Cerró el portátil con las dos manos, despacio, como se cierra algo que no se quiere romper, y se lo puso bajo el brazo, y cogió el abrigo, y se fue sin decir «hasta mañana» ni «buenas noches» ni nada, y yo no dije nada tampoco porque las reglas eran las de ella y me parecían bien.

La oí bajar por la escalera de la moqueta.

La oí cruzar el vestíbulo. La oí subir por la otra escalera, hacia la nueva, hacia el frío.

Cené solo en el comedor, en una mesa que Catalina había puesto lejos de otra mesa vacía, y Toni tenía la tele en recepción con el fútbol, y desde el comedor se oía el fútbol y el viento y nada más. Catalina me sirvió un guiso y se quedó a mi lado un segundo de más.

—¿Habláis? —dijo. —No. —Ya.

Y volvió a la cocina como quien ha confirmado lo que sospechaba.

A las once subí otra vez a la 17. La luz de la lámpara de pie, el radiador, la mesa con las dos tazas.

Me senté en mi lado. Ella se había ido pero el archivo no: seguía abierto en mi portátil, con los cuadros de comentarios colgando de las frases como fichas de una partida a medias, con las horas, con los nombres.

Saqué el móvil.

El domingo por la noche, en la 16, con la wifi a medias, había comprado los otros siete.

Los siete que no me había dado Batlle. Los nueve de Ofelia Lago, menos los dos que ya tenía, en el móvil, en una hora, con una tarjeta que no debería usar para eso.

Nadie lo sabía. Ella no lo sabía. Y esa noche, en la 17, con las dos tazas delante, leí.

No las escenas. Lo otro. Lo que había entre las escenas: los capítulos donde la gente no se toca, donde hablan de dinero y de casas y de padres, donde alguien se va de una habitación y otro se queda, y donde había, cada tantas páginas, una frase que hacía que uno dejara el móvil en la mesa un momento.

Los leí en orden, del tercero en adelante.

Dos horas. No hice ninguna nota. Hay algo que sabe hacer y que yo no sé hacer, y lo vi a la tercera novela: sabe cuándo se va alguien de una habitación.

En mis guiones la gente se va cuando se acaba el guion.

En los suyos la gente se va una frase antes de lo que uno espera, o dos después, y siempre es el momento exacto, y uno se queda en la página con la sensación de haber oído una puerta.

Escribe mejor que yo. Lo pensé así, con esas cuatro palabras, sin adorno, a la una de la mañana, y después pensé lo que pienso siempre detrás de algo así: para lo que sirve.

Volví al archivo. Al capítulo nueve. Al cuadro de la encimera, donde estaban las dos primeras frases del día, la mía y la suya, con las horas, nueve y cuatro, nueve y seis.

Y debajo del último cuadro de la tarde había uno más, con la hora de las seis menos dos minutos, de ella, que no había visto porque lo escribió justo antes de cerrar.

Estaba en mi escena. En el párrafo que yo había reescrito a las cinco, el del después, donde Bruno se queda dormido. Tres palabras y un signo.

Me preguntaba qué pasaba después.

No contesté esa noche. Apagué la lámpara, dejé las tazas donde estaban y me fui a la 16 a no dormir con el radiador puesto.