Las noches todas El garrote #4
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El garrote #4

La viuda tampoco tuvo inconveniente alguno en devolvernos el agua.

Cuando hablamos con ella, que estaba de negro y llevaba un pañuelito en la manga, pero tenía los ojos bastante secos, nos dijo que como mujer sola no podía encargarse de la finca de su papá, que en paz descansara.

Y ahora sí, a la mención del señor Ezequiel, vimos cómo se le llenaban los ojos de lágrimas y usaba con mucha delicadeza el pañuelo, para no correrse el maquillaje.

A ese tipo lo van a remplazar rápido , pensé.

Ahora que no estaba apabullada por el terror se le veía la juventud y la gracia.

Y no había sido mayor que su marido, como decía Carmelita para calumniarla.

Vendió pocos días después. La propiedad del señor Ezequiel se enmontó aún más de lo que ya estaba, y la casa empezó a verse cada vez más sola.

Hasta que un día Carmelita llegó con la noticia de que la estaban renovando.

Pusieron banderas azules en el cerco a lo largo de la carretera y una portada de piedra y ladrillo, de muy buen gusto, como sacada de una revista de arquitectura, y también una gran valla donde aparecía la urbanización tal como se vería cuando la terminaran: automóviles como de cartón en los garajes, árboles como de cartón en las aceras y personas contentas, serenas y como de cartón caminando por los jardines.

Los nombres altisonantes e ibéricos se habían puesto de moda para estos feos conjuntos cerrados que de un tiempo para acá distorsionaban todas las ciudades del país.

Este se llamaría Portales de Alcalá. Por lo general en ellos usan setos de eugenias o de limoncillo en los linderos entre las casas y, para dar el toque nativo, helechos arbóreos en los antejardines y, si acaso, algunos sietecueros de la variedad llamada nazareno, de hojas vellosas y de mucho más fácil cultivo que la variedad del árbol de Judas —a quien no le bastó con el daño que ya había hecho y escogió para ahorcarse uno de los árboles más bonitos de la Tierra—.

En la casa del señor Ezequiel, construida doscientos años atrás, remplazaron las ventanas antiguas por grandes vidrios y adaptaron el interior para que funcionara como recepción y sala de ventas.

Aurora, Álex y yo tratábamos de concentrarnos en lo nuestro sin prestarles atención a las banderas ni al ruido de máquinas y obreros en la finca del señor Ezequiel, antes tan silenciosa.

Sembramos más variedades de heliconias a lado y lado del acueducto, helechos de muchas clases y tamaños, hiedras y musgos.

Parte del musgo llegó de la finca de Javier Aguirre y se sembró directamente en las piedras.

Aurora puso además musgo y yogur en la licuadora y extendió la mezcla con una brocha, para que empezara a retoñar en las piedras, en los troncos de los árboles y también en el suelo.

Tres días antes de tender el último tramo, el riachuelo volvió a secarse.

La compañía urbanizadora que le compró la propiedad a la viuda era grande, poderosa.

Adelantaba proyectos en todo el país y en países vecinos y no estaba interesada en conservar un manantial y su pequeño riachuelo fluyendo en medio de cuatro edificios idénticos y ochenta casas idénticas adornadas por jardines también idénticos.

La gerente me ofreció compra por el derecho al agua y dije que no.

Para qué un jardín sin agua. Ofreció entonces compra por la propiedad entera y le dije que iba a pensarlo.

Después de poner a correr el agua yo tendría que seguir trabajando en los jardines del acueducto, y me tomaría entre seis meses y un año terminarlos.

Dos días después, luego de un corto regateo en el que logro lo que pido, firmo una promesa de venta a un año.

Con lo que reciba de la casa más la pensión viviré el resto de mis días.

Firmada la promesa de venta y después del entusiasmo de ver bajar el agua por los canales de piedra y oírla por todas partes, me agarra la tristeza.

La partida de Aurora es inminente. El éxito del negocio con la urbanizadora también entristece.

La cuenta bancaria está gorda, pero la muerte ya está menos lejos.

«Compraste cuando era y vas a vender también en el mejor momento.

Qué suerte tienes», me dice mi exmujer por teléfono, y prefiero no contarle que otra vez estoy tomando las pastillas contra la melancolía.

«Si me hubiera propuesto comprar y vender por negocio no me habrían salido las cosas», le digo.

Y eso que ella no sabe que al yerno le dio un infarto justo a tiempo, como si Dios y el diablo hubieran estado conmigo.

Aquello del yerno me intranquiliza, pero la culpa había sido de él, que comía mucho y sólo hacía ejercicio para huir de los cuchillos, no mía.

Dejé de cavilar y me apliqué al trabajo.

Sembré lirios en las alberquitas de piedra donde resonaba el agua.

Sembré una variedad de palma de hojas plateadas, para descansar con ellas del intenso verdor del jardín que, igual que el de las selvas, tiende a producir claustrofobia.

Y un día Aurora y yo lo recorremos muy despacio y vemos que cualquier planta que sembremos va a estar de más.