La miel
Visité a mi hermana mayor y le anuncié que pensaba vender la casa, irme para algún pueblito de la costa Atlántica y dedicarme a la cría de abejas, arte que me había llamado la atención desde muy joven y sólo hasta ahora estaba en condiciones de aprender.
Mi idea era viajar lo más pronto posible y empezar a buscar casa.
Mi hermana nada opinó, pero yo sabía muy bien lo que estaba pensando: «Esteban, ya vas para los ochenta.
¿No se te hizo un poquito tarde para aprender a criar abejas?
». Como si lo hubiera dicho, le contesto que no pretendo vivir de eso, no, yo tengo mis ingresos.
Es cuestión de poner sólo dos cajas, máximo tres.
Mucha es la actividad que se puede adelantar y sobre todo observar con sólo una caja y mucho lo que se puede leer en las hamacas.
La vida sin emprender nada es la muerte, digo.
—Ya le bajaste a sólo una caja. Lo próximo es que me digas que mucho se puede observar con ninguna caja. Me parece que la nueva empresa consiste más bien en leer con mucho trabajo y recibir la brisa marina.
No, no, no, digo. No es en el mar. Dudo que se puedan criar abejas a la orilla del mar, digo, pero no es por eso que no es en el mar.
Aborrezco el turismo. Mi idea es comprar o alquilar una casa en las afueras de uno de esos pueblos todavía bonitos de la costa Atlántica, pero no costero, uno sin turismo, con almendros en la plaza, eso sí, pueblos calientes como un demonio, en los que el mediodía dura casi todo el día y las noches están llenas de estrellas.
Construiría un baño de inmersión, para refrescarme en las horas de más calor.
Donde el tío Francisco había uno de esos, y el tío se sumergía en él a las cinco de la mañana, huesudo, ascético, alto y azul de lo blanco, como un profeta.
El agua a esa hora era muy fría. Mi hermana recuerda mucho aquel baño.
Tenía baldosines árabes y jardineras con azaleas bifloras y agapantos.
Voy a tratar de conseguir una casa de las antiguas de la Costa, le digo entonces, tal vez con techo de palma y uno que otro murciélago recorriendo de ida y vuelta el caballete.
Ojalá con celosías de madera. Si es de las de techo alto no se necesita aire acondicionado.
Todavía no sé muy bien en cuál de esos pueblos.
En algunos hay paramilitares y eso tengo que estudiarlo, para no ir a meterme de cabeza en algún infierno.
Aire acondicionado para la habitación, sí, en caso de que no logre conseguir una casa de arquitectura fresca.
Tendría un generador de gasolina, para cuando se vaya la luz, que en esos pueblos se va mucho.
Me interrumpo entonces, como si mi hermana hubiera preguntado que si ya me había olvidado de mi desagrado por los motores. Y esta vez espero.
—¿Pero no te chocaban, pues, tanto los motores? —dice al fin.
—Lo que pasa es que dormir es ya de por sí muy difícil, y allá sin aire acondicionado me quedaría despierto y sudando en una noche eterna.
—Antes de comprar hay que mirar que haya un buen hospital cerca.
El comentario me agarra de sorpresa y sonrío.
Le agradezco que no haya mencionado la funeraria y agrego que con ese calor la cremación tiene que facilitarse bastante.
Claro que yo no creía que fuera a morirme allá, dije.
Mi plan era esperar a cumplir ochenta y cinco, cuando dominaría ya la apicultura, e irme a vivir a uno de esos sitios de nombres como Club de los Abuelos, Habitares, Senior Living Club y otros parecidos, elegantes, y no a algún Ancianato Divino Niño, Hogar Geriátrico del Corazón de Jesús o Asilo el Buen Samaritano.
Cuando mi papá estaba joven había entierros de primera, segunda y tercera clase, como los vagones de tren.
Separación al filo de la muerte y más allá de la existencia.
Y yo no quería vivir donde se sintiera el olor de la vejez mal amparada.
Mi hermana, que ni de visita se dejaría llevar a los geriátricos de lujo y tampoco a los populares, dice:
—Esos pueblos con almendros tienen nombres muy bonitos.
—San Onofre, Barbacoas, San Antero… —digo.
—Sí.
Pero no me fui para la Costa. No todavía.
Me instalé precisamente en un hogar para el adulto mayor, agradable y bastante caro, por cierto, y con jardines como de hotel campestre, donde mirlas de patas anaranjadas construían nidos grandes en los cerezos y levantaban la cabeza para tragarse las frutas y también las flores.
El nuestro es un país de mirlas. Se puede decir que la verdadera propietaria de cada patio y de cada jardín en todo el territorio nacional, sin importar las escrituras legales, es la mirla que vive en él y se ocupa de comerse todo lo que se vuelva flor o fruto y de ahuyentar como loca a los demás pájaros.
Tuve que esperar a que se muriera un inquilino y dejara libre su apartamento, uno de los veinte que había en el complejo residencial.
Me dijo después una enfermera que el inquilino había sido inquilina, había muerto de leucemia a los ochenta y cinco y se llamaba Ruth Peña.
La enfermera se disponía ya a contarme los pormenores de su muerte cuando contesté que gracias, señorita, pero que yo no necesitaba más datos sobre Ruth Peña.
El apartamento tenía espacios amplios y patio propio con jardín que empleados de una compañía de paisajismo podaban y abonaban cada mes.
Había rosas rosadas, achiras amarillas y rojas, agapantos, un brevo con muchos frutos y un durazno lleno de flores.
Todos ellos estaban bien cuidados y eran bonitos, pero algo les faltaba, el soplo de la vida, pensaba yo, aún recién llegado.
Me costó trabajo y me llevó algún tiempo tomármelos en serio y aceptar que no eran artificiales, creación humana.
Pasaron los meses y, por alguna coincidencia, cada vez que les preguntaba a las enfermeras por el día de la semana, decían que era viernes.
Todavía la realidad se ponía blanda a veces, y equívoca, y durante las crisis las enfermeras me lanzaban miradas oblicuas y sonreían con sonrisas feas, pero yo sabía bien que deliraba, y me observaba delirar como quien soporta un aguacero que en algún momento tendría que ceder y había cedido siempre.
Las enfermeras se sacaban la caja con un ruido parecido al de las bombas de destapar inodoros y se contaban sus historias pavorosas al oído, como vertiendo aceite sucio en sus orejas de hojaldre.
Y tosían y soltaban pedos de la risa. Yo dejaba de hablar.
Podía ahorcarme del tubo de la ducha, si quería, pero era absurdo hacerlo estando tan cerca del final.
Tal vez lo peor ya había pasado. El aguacero cedería por fin, el sufrimiento.
Las enfermeras ni habían estado desdentadas, ni habían dejado escapar ventosidades, ni se habían contado secretos.
Anochecía y amanecía una y otra y otra vez, y de nuevo era viernes.
Los chillidos de las mirlas del jardín sonaban a advertencias mortales y los colibríes se atacaban unos a otros con sus estiletes entre alaridos de guerra que parecían de ratón o de murciélago.
Con el tiempo le tomé gusto al jardín de mentirillas que a veces dejaba de serlo, a las mirlas despiadadas, a los colibríes pendencieros, al brevo cargado y al durazno florecido, y dejé de extrañar la pesada cruz y el esplendor de mi jardín selvático.
Carmelita contó que habían talado la mayoría de los árboles y que iban a tumbar las casas para levantar un gran conjunto residencial «muy elegante» en mi propiedad y en la del señor Ezequiel.
No era ningún secreto que los constructores sobornaran a las autoridades encargadas de preservar el patrimonio histórico de las casas de la zona.
De modo que sobornaron, tumbaron la mía y levantaron allí un edificio.
Algunos meses después, al dejar de necesitar oficina, volvieron a sobornar, tumbaron la del señor Ezequiel y levantaron otro edificio.
El mundo es un mandala de arena de colores, decía Aurora. Un jardín que se dibuja y borra solo.
Carmelita me visitaba de vez en cuando como si ella fuera más joven que yo, como visitando a un anciano.
Álex pasó dos veces y la segunda le regalé los cuatrocientos mil pesos que me pidió prestados.
Y cuando Cristina llegaba de Brighton con su familia alquilaba un lugar cerca de allí y Carmelita les ayudaba con el apartamento y les cocinaba durante el mes que iban a estar por esos lados.
Aurora y yo de vez en cuando nos escribíamos y ella me contaba de su trabajo con el yoga, de Javi y de la familia de ella.
Decidieron no tener hijos. Ni ella ni yo parecíamos sentir necesidad de ver al otro, pero sí de saber del otro.
Yo todavía leía mucho y a veces me quedaba dormido en la silla con el libro en las rodillas y me despertaba de golpe, alarmado.
Cuando eso ocurría, cuando dormía demasiado tiempo con el libro en las rodillas, era casi seguro que iba a pasar despierto la noche entera.
Me fui olvidando del cansancio que me había dejado lo del acueducto y lo del yerno y todo lo demás, y más bien empecé a cansarme de los naipes, del sonido de las fichas del juego de damas, del sonido de los inocuos dados del parqués y del optimismo de aquel sitio donde los residentes, algunos de ellos profesionales del sonreír, esperaban que yo lo hiciera, aunque fuera de vez en cuando.
Así que me despedí del brevo, del durazno, de las dos voraces mirlas y de las enfermeras, bonitas algunas de ellas y voraces todas a su manera.
Alquilé una casa a las afueras de un pueblo con una iglesia que parece pastel de matrimonio.
En el patio encontré almendros, mangos, ma moncillos, tamarindos, uvos y algunos san joaquines ralos y varudos que logré poner frondosos hasta que se los comieron las cabras de la vecina.
Mi jardín tiene cien metros cuadrados, como mucho.
Pequeños o grandes, los jardines son siempre infinitos, y por eso decidí no medir ni un metro cuadrado o lineal más en la vida.
La cinta métrica amarilla, Stanley, de manivelita, se me perdió o me la robaron y no quise comprar otra.
A pesar de sus cincuenta metros la llamé siempre decámetro .
En el patio, que acostumbro barrer con una escoba de esparto después del desayuno, se siente la presencia casi imaginaria del pozo séptico, el humo de la quema de las cortezas de coco y el almizcle de los grandes cangrejos azules que hacen sus cuevas debajo de los árboles.
También huele a basura, si uno pasa cerca del foso grande donde la arrojo y que asperjo semanalmente con cal viva, sin lograr acabar del todo con el olor, las ratas y las moscas.
Es posible que las moscas y mis abejas sean el elemento más importante en la dieta de las lagartijas verde-azul que viven por todas partes.
Son minerales cuando están quietas, movimiento puro si se asustan.
Formé el jardín con las plantas que a las abejas más les gustan.
Ellas lo diseñaron. Margaritas, geranios, caléndulas, girasoles…
Y como en esta región de potreros con cebúes se usa mucho el matarratón como cerca viva, y además abundan las batatillas, las adormideras, las ceibas y muchas otras plantas y árboles melíferos, decidí no trabajarle más a mi jardín personal.
Las abejas no reconocen nuestros límites ni sienten nada al cruzar linderos.
Menos aún las cabras. Judith, la vecina que me ayuda con las tareas domésticas, dueña de las cabras, está casada con un muchacho que trabaja muy duro como obrero en las petroleras de la selva y viene cada trimestre a echarse un mes en la hamaca.
Son dos cabras de pintas blancas y negras, muy bonitas.
Se llaman Pepa y Pepe. Si uno llama a Pepe las dos levantan la cabeza, y si llama a Pepa, también.
Ninguna de las dos distingue las malezas de las plantas de jardín.
Una mañana en que yo me había ido a ver el mar se soltaron y esta vez se comieron todas mis matas, pero dudo que eso haya afectado mucho la producción de miel.
Desde entonces mi jardín se compone de las plantas que siembran los pájaros y polinizan las abejas y también de las que retoñaron después de la poda de las cabras y que se volvieron también maleza.
Judith tiene buena mano con los animales y sabe ponerles nombres.
El día que le llegó al patio un gallinazo herido, lo curó y el animal decidió quedarse.
Dormía en los árboles, volaba sobre la casa, como para no perder la costumbre, y bajaba a comer maíz y una que otra lombriz con las gallinas.
Hasta que un día se fue y no volvió más. Evaristo se llamaba. O se llama.
—Las gallinas son aburridoras en el día a día —le expliqué a Judith—. Y estaba aquello del maíz. Lo de Evaristo son los perros y los burros, mientras más muertos, mejor. Si no hubiera sido por el cariño que le tenía a su merced, el animalito se habría ido mucho antes.
—¡Su merced!
Cuando sé que no hay demasiada gente orinándose en el agua y haciendo escándalo con música, jetskis y aguardiente, voy a bañarme en el mar, a una hora en el bus que pasa por el pueblo más o menos a las ocho de la mañana.
Antes de llegar alcanzo a sentir su luz, la sal, el aire almizclado, su presencia.
La euforia que me llegó con las primeras diez botellas de miel empezará tal vez a deslustrarse con el tiempo.
También es posible que se interrumpa, como me ha pasado tantas veces, y se convierta en otra cosa.
Mañana mismo podría resbalarme y quizás romperme la crisma y con toda seguridad la cadera al entrar a mi baño de inmersión, que está forrado en baldosines azules y parece un pocito de gruta, un cenote en miniatura, por los muchos helechos que le sembré alrededor.
Hasta ahí llegaría yo entonces con mi euforia que, de no mediar imprevistos como aquel, bien podría no acabarse todavía.
Pero años no es lo que hay. Mientras menos van quedando mayor es mi admiración por haber tenido uñas, pestañas, rótulas; por haber estado aquí y porque todo el mundo me llame Esteban —o profesor Latorre, ¡todavía, después de cuán tos años!
—; porque algunas cosas tengan nombre y la infinita mayoría no lo tenga; porque lo luminoso fluya hacia lo oscuro, y porque lo grande y lo pequeño fluyan siempre hacia lo que no tiene tamaño.
Y muy de vez en cuando, pero con especial cercanía e intensidad, alcanzo a sentir también la oscuridad de estas mis últimas largas noches de insomnio y, con la de ellas, la oscuridad de los inicios, que es adonde iré a parar yo y adonde han ido a parar las noches todas.