Las noches todas El garrote #3
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El garrote #3

Sería más tarde que temprano. Le pusimos la tal querella, pero el inspector de policía, que debía ir al predio a evaluar la situación y tratar de llegar a un arreglo amigable, primer paso legal y obligatorio en toda querella, tenía mucho trabajo acumulado, pues al parecer medio municipio le estaba poniendo querellas al otro medio, y después de dos meses aún no había hecho la diligencia.

Siguen pasando los meses sin que nada avance y el yerno empieza a alardear por todas partes de haberle quitado la servidumbre de agua a un rico y advierte que si lo obligan a devolverla va a apelar ante la Corte Suprema de Justicia.

Los ricos se quieren quedar con toda el agua, dice, y él no se va a dejar.

Todo esto nos llega a través de Carmelita.

El doctor Henry de Jesús sonríe ante la ingenua mención de la Corte Suprema de Justicia.

La ignorancia es atrevida y además peligrosa, en este caso, dice.

Es mejor que usted no hable con él, pues gente así respeta sólo la fuerza, la violencia. Dejemos que la policía se encargue.

Para mí el asunto es obsesión. No iba a dejar que el tipo ese me echara a perder el trabajo de años.

Una tarde voy a buscarlo otra vez, sin decirle nada a Henry de Jesús ni a las dos mujeres y sin una idea demasiado clara de lo que podría pasar.

Yo estaba furioso y no dejaba de insultarlo mentalmente.

Para quitarme el agua me vas a tener que matar, pedazo de hijo de puta , pensaba, y respiraba con fuerza mientras caminaba entre los viejos naranjos que habían sido talados en plena florescencia el día anterior y soltaban perfume de madera aserrada y de azahares a lado y lado del camino.

El aserrador almorzaba en el corredor, sentado en una banca.

La cola del capaz salía del plato por un lado, la cabeza por otro.

De un tercer lado asomaba la punta de una yuca, blanca y desmesurada.

También se alcanzaba a ver el lomo de una gran papa.

El olor a cilantro se extendía por toda la propiedad.

Imposible enojarse. El aserrador era en extremo cordial, estaba haciendo su trabajo y nada tenía que ver con el curso del riachuelo.

Él no creía que el yerno fuera a regresar ese día.

«Para decirle la verdad, me parece que se va a demorar sus diitas en volver.

Yo no sé ese señor cómo hace para meterse en tanto lío.

Hasta que le pase algo. Yo no sé a mí quién me irá a pagar».

Gratiniano, se llamaba. En algún momento mencioné los árboles que habían caído bajo la motosierra en su larga vida de aserrador, y me contó que en su finca tenía un vivero con especies en peligro de extinción y también árboles para explotación maderera.

No los regalaba, «nadie regala nada, señor», pero no los cobraba caros.

Lo cual no era cierto, según me enteré después.

Los cobraba caros, pero tenía especies nativas poco comunes, algunas ciertamente en vías de extinción, y los árboles comerciales que ofrecía eran sanos y vigorosos.

Gratiniano había tumbado caracolíes de doscientos años, ceibas de trescientos, pero como tenía aquellas especies en su vivero, no se preocupaba ni se sentía culpable de nada.

Alguien los sembraría algún día, alguien que iba a comprárselos caros, y ya pasarían otra vez doscientos, trescientos años.

Años es lo que hay.

El inspector de policía visitó por fin las propiedades, pero sin haber logrado antes notificar personalmente al yerno del señor Ezequiel para que estuviera presente en la diligencia legal de conciliación.

El inspector había hablado con la mujer, quien le dijo que «aquel» se había ido hacía una semana con tres amigos que ella no conocía y esta era la hora en que no había vuelto.

Ella no podía tomar ninguna decisión. Lo del agua era con él, que le tenía prohibido hacer nada sin consultarle.

Ella había pensado que volvería pronto, pues no había llevado billetera ni celular.

No sabía para dónde podría haberse ido. Él a veces desaparece bastante tiempo y llama o vuelve cuando uno menos piensa, dijo.

Ya ella ni siquiera se hacía ilusiones y por eso no había avisado a la policía.

Siempre aparece. Esta pobre mujer le tiene terror, nos dice el inspector.

Cree que la joven y bonita señora estaba mintiendo y que el tipo, escondido debajo de su cama, se reía mientras ellos hablaban en la sala del pequeño apartamento de un barrio de clase media de la capital, donde vivían.

La mujer hablaba en voz muy baja, como para que no pudieran oírla de lejos, dice el inspector.

Al pasar el tiempo y ver que no llegaba decidieron buscarlo y lo encontraron muy pronto, pero no debajo de la cama sino debajo de un helado vecino en las neveras de la morgue del hospital local.

Con lo primero que les había dicho el encargado cuando empezaron a describirlo se dieron cuenta de que no tendrían que buscar más.

«Por aquí anda la joyita esa», les dijo con sonrisa inocente y los llevó directo a la nevera donde la joyita estaba guardada.

Hombres de cuarenta años, obesos, altos, rubios y de ojos azules no hay tantos como se podría pensar.

Se supo entonces que había llegado solo al hospital, con dolor de pecho y de brazo, mareos y dificultad para respirar, y que justo cuando una enfermera le abría la puerta de la unidad de urgencias se había desplomado.

Lo acostaron rápidamente en una camilla y después de cinco minu tos de desfibrilador vieron que no había nada que hacer.

Ni siquiera había alcanzado a dar los datos personales, y como tampoco traía documentos de identidad, figuraba como NN en las fichas de la morgue.

A eso de las diez de la mañana de un domingo recibí en menos de una hora la buena noticia de la muerte del yerno del señor Ezequiel y la pésima noticia de la partida de Aurora.

Aunque esta última la esperaba, e incluso esperaba la noticia de su matrimonio con Aguirre, me costó trabajo asimilarla.

Quise saber si no le sería posible posponer la partida dos meses o algo así, para que me ayudara a terminar todo, y ella dijo que el matrimonio aún no tenía fecha, y que iba a hablar con él, pero ella creía que Javi iba a estar de acuerdo.