El garrote #2
Entonces le apareció una llaga en la otra pierna.
Aquello era el final. Una cosa es que a uno le falte una pierna y otra cosa muy distinta es que le falten las dos.
Aurora viajó a verlo. El señor don Tobías no quería pasar otra vez por el viacrucis de los exámenes y las curaciones, las esperanzas y la pérdida de las esperanzas, hasta llegar a la ineludible amputación, y había dejado de comer.
Tomaba agua y a veces recibía algún yogur o un vaso de jugo de naranja y sonreía si le insistían demasiado en que comiera o cuando se ponían a llorar.
Dejaba que le manipularan la pierna con las curaciones, pero lo hacía para tranquilidad de hijos y nietos, pues lo tenía sin cuidado el estado de la nueva llaga.
Lo que él quería era dormir y estar acostado y no comer.
Dejó de hablar del todo. Cuando venían a verlo, sonreía; cuando se iba la gente, dormía o se quedaba mirando la pared frente a la cama.
«¿Está como esperando?», le pregunté a Aurora por teléfono.
Ella dijo «eso parece» y se puso a llorar.
No fui al entierro. Hacía ya un año, después de asistir al de un gran amigo y colega de la universidad que se mató lanzándose de un quinto piso, había decidido que al único entierro que asistiría a partir de ese momento sería al mío pro pio.
Ojalá no tarde demasiado, pues la vida empieza a hacerse muy larga y duele cada vez más.
Yo debería aprender a fumar y dejar de hacer yoga, pues al fin y al cabo nadie se muere de insomnio ni de quedarse mueco, y qué hago yo todo mueco, todo desvelado y todo sano gracias al yoga.
Claro que hay la teoría de que la gente se muere poco después de estrenar caja de dientes.
Lo llaman «muerte por caja». Triana acababa de estrenar dientes en el maxilar superior, pero no estaba entre esos mortem postcaja , en todo caso.
«Le quedó una sonrisa de pianola», decía Aurora, que en alguna parte había oído la comparación y la usaba con frecuencia.
«Y como ahora vive tan contento con su tal Diana, mantiene la pianola a la vista a toda hora», decía, tal vez con algo de celos.
La verdad era que yo estaba menos cerca de perder los dientes de lo que había estado cuatro años atrás, cuando comencé a visitar al dentista de las fincas, quien me abrió las encías con un bisturí, las levantó y limpió el hueso, raspándolo, para evitar que las bacterias lo siguieran desmoronando.
El dentista consideraba que la cirugía mantendría a raya la caja de dientes durante bastante tiempo.
Pianola o no pianola, existía para mí la posibilidad de durar muchos años todavía, pensaba yo.
En tal caso leería otra vez los libros de Dostoievski, de Conrad, de Balzac, de García Márquez, de Rulfo, que iban ya para la tercera ronda.
Mi madre y mi abuelo materno habían durado noventa y seis.
El abuelo ponía la dentadura debajo de la almohada, lo mismo mi mamá.
Ninguno de los dos la dejó nunca en vaso con agua sobre la mesa de noche.
Estarían además para la tercera ronda, Dumas, Faulkner, Defoe.
Y me gustaría volver a leer ciertos textos de Marx, de Engels y de Trotski, que recuerdo como especialmente bien escritos, buena literatura, así como algunos de los historiadores.
Suetonio, Tito Livio. Menos mal mi lista era y sigue siendo larga.
Voy a escribirla en el computador y a imprimirla, en caso de que una eventual falta de oxígeno me borre los nombres.
Los libros de los escritores políticos y científicos son secos y duros como bagazo de caña de azúcar, y ya no cargué con la mayoría en la siguiente mudanza, sino que los doné a una de las universidades locales, para que atormentaran con ellos a los estudiantes.
El dentista contó que su nuevo yerno había resultado juicioso y trabajador, y que su hija había perdido veinte kilos.
Tal como lo dice, parecería que lo de muy trabajador de él había tenido que ver con los kilos de menos de ella.
En todo caso era la primera vez que mencionaba el peso de su hija y se le veía la alegría por el que había perdido.
Hablaba siempre de ella como de una beldad y sólo ahora alcanzaba yo a darme cuenta de lo mucho que su tamaño lo había atormentado y de cómo había tenido que engañarse para paliar la aflicción.
Mientras quitaba con la destreza de siempre los puntos del cuadrante inferior dere cho, yo pensaba que me habría gustado ver a su hija ahora que tenía veinte kilos menos.
Era posible que la pérdida de peso hubiera revelado un cuerpo espectacular, uno que «sacara la cara por ella», como decíamos mis amigos y yo con dudoso ingenio cuando éramos adolescentes.
Y en un cuerpo así los ojos desvaídos podrían convertirse en elegante «verde-azul pálido».
Me pregunta por la neuralgia facial y le digo que dejé de tomar el medicamento, pues me produce fatiga, pero que ya me voy acostumbrando al dolor continuo.
Preferible el dolor a aquel cansancio. Él no ha oído que la amitriptilina tenga ese efecto secundario de fatiga, dice, y yo me quedo callado, porque a eso qué contesta uno.
Y al fin no tuve que decir nada. Sin esperar mi respuesta empezó a aplicarme anestesia con chuzones por todos lados en el cuadrante superior izquierdo.
Los chuzones del paladar crujían al perforar el hueso.
Cinco minutos después, cuando ya tenía dormida hasta la oreja, sentí en la encía el corte del bisturí, monstruoso por lo indoloro, y el sabor a sangre.
Mientras el dentista raspa hueso, y yo, con la boca abierta, trago sangre, el gordo va a mi casa y otra vez le dice a Carmelita que necesita hablar conmigo para el asunto del agua.
A la mañana siguiente, con la cara hinchada, voy a hablar con él, que se esconde en algún lado y no responde a mis llamados, como ya había pasado antes.
Y menos de una semana después, cuando nos faltaban algo así como diez metros para terminar de tender el acueducto, el yerno comienza los trabajos de desvío del arroyo, para que salga por su propiedad, es decir, por la del difunto, sin entrar en la mía.
De nuevo voy a la casa, tampoco lo encuentro esta vez, y compruebo que ya no hay perros por ninguna parte.
Mientras desayunábamos Carmelita nos había contado que el yerno ya los había arrojado al río.
Me tranquilizo lo mejor que puedo y doy gracias al cielo de que esté ausente o se haya escondido.
Llamo a Misael para que nos lleve al centro, a la oficina del doctor Henry de Jesús.
No voy a hacer más intentos de hablar con el hampón ese.
Voy a pelear por el agua, no me la voy a dejar quitar, eso ni soñarlo, pero todo se hará de manera legal y con el abogado.
Camino de su oficina pasamos por la catedral.
Mi asombro ante su fealdad es tan intenso como el primer día.
El abogado era de la opinión de que el único motivo del yerno del señor Ezequiel para quitarnos el agua era la posibilidad de sacarme plata, pues sabía muy bien lo importante que era para mí terminar el jardín, y que sin el acueducto no podría hacerlo.
—Carmelita es muy suelta de lengua —opinó Aurora— y seguramente habrá hablado por ahí de las cosas que se dicen en esta casa y por eso el señor ese sabe lo que queremos hacer con el agua y cree que tiene el sartén por el mango y te puede chantajear.
—Es un delincuente —dijo el doctor Henry de Jesús—. Sabe a quién le hace los males. Sabe que usted, don Esteban, es una persona pacífica y siente que se puede aprovechar. En este país el malo es el bueno y el bueno es el malo. Lo ven a uno noblecito, y ahí está el problema.
No digo nada. No me gusta ser el noblecito de la historia, pero tampoco voy a ahondar en mis razones para no querer serlo, así que paso por alto la observación.
Pienso en mi bastón. Ráfaga de miedo y de indignación.
Insulto al yerno mentalmente con el lenguaje ultrasoez que usaban muchos en la región donde nací y fui criado —también lo usé yo, cuando era muy joven, rara vez ahora— y que después narcotraficantes y paramilitares llevarían a la perfección.
Si el doctor Henry de Jesús, que parecía tener algo de santo, me hubiera oído pensar se habría asombrado.
Tal vez por eso mismo gente como el yerno del señor Ezequiel, basura humana, suponía que podía intimidarme.
No es bueno calificar de basura a un semejante, pues casi siempre, por no decir siempre, el victimario primero ha sido víctima y en últimas nadie es culpable de nada, ni siquiera Charles Manson o Pol Pot.
El Mal no está aquí ni allá, sino que salta impersonal de un lado a otro como sapo infecto.
Sé que yo también llevo el batracio inmundo alojado en algún rincón del fondo del corazón, igual que todo el mundo.
Gordo marica, pedazo de catrehijodeputa, te voy a volver pedazos a palazos cuando te agarre, gordo desgraciado , pensé.
Respiré profundo e hice el esfuerzo de dejar de pensar.
—Usted hable con ese señor, doctor Henry —dije entonces—. Yo no quiero hablar con él. Mejor no. Mi propiedad tiene derecho al agua…
—Y eso a usted nadie se lo puede quitar.
Las servidumbres forman parte de la propiedad y el derecho se transmite con ellas.
Las servidumbres expiran en veinte años si nadie las usa ni las reclama, lo cual no es el caso aquí, y este señor va a tener que devolver el agua tarde o temprano. Lo primero es ponerle una querella.