Las noches todas El garrote
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El garrote

El abogado estudia la escritura y me dice que el agua del riachuelo es servidumbre legal inalienable y forma parte integral de la propiedad, tanto como la casa o los árboles.

Me suena bien lo que dice, especialmente lo de inalienable , término que seguramente va a impresionar al yerno.

Cuando regresara hablaría yo con él, provisto de bastón y acompañado del doctor Henry de Jesús, egresado de la Universidad Pontificia, que gradúa excelentes abogados, experto en lo que quisieran que fuera experto, honrado.

Ha defendido presos políticos y gente pobre que se ha visto obligada a invadir tierras ajenas.

Mirada limpia, casi de niño. No quería anticipos.

Me cobró la primera cita y dijo que me cobraría el resto después, cuando solucionara el lío del yerno y pudiera yo terminar mi jardín.

Aun para el paisajismo termina por necesitarse garrote y abogado.

No iba a hablar con el hombre, decidí entonces, ni tenía por qué hacerlo, para eso estaba el doctor Henry.

Lo sensato era que él se hiciera cargo, pues el yerno me producía rabia, miedo y repugnancia.

Paisajismo es como llaman ahora a la jardinería, pero mi trabajo nada tenía que ver con el paisaje, así como mi hora diaria de yoga no es gimnasia.

Cerca del estanque florecían a veces las heliconias gigantes conocidas como palma del viajero.

Son como matas de plátano, pero con hojas distribuidas en forma de abanico perfecto y flor exuberante, parecida a la flor de la heliconia llamada ave del paraíso, pero mucho más grande.

Es la Ravenala madagascariensis, que parecería haber sido creada para adornar las reuniones de Gautama Buda y sus discípulos, hace más de dos mil quinientos años.

Igual de sagradas y profanas, pienso yo, son las flores consideradas modestas.

Un ramo de margaritas es suficiente para comunicar el amor del amante, por profundo, apasionado o laberíntico que este amor sea; y los místicos expresarían con ellas, y con toda elocuencia, su amor por Dios.

Aproveché las obras del acueducto para ampliar la colección de heliconias, que iba sembrando a lado y lado de la corriente de agua, a medida que se avanzaba.

El engallado arquitecto Aguirre, con la disculpa de la obra, aumentó la frecuencia de sus visitas.

Yo estaba seguro de que Aurora no estaba enamorada de él, y de mí lo estaba aún menos.

Pienso que le resultaba difícil enamorarse.

Quería mucho a sus padres y a sus hermanos y sobrinos, por supuesto, y me tenía cariño, en cierto modo y hasta cierto punto.

«Ella te quiere un poquito, es decir, nada», dijo Jorge, sin mucha diplomacia.

Si por algo sentía Aurora afecto profundo, pasión, era por las plantas y por el jardín y, sobre todas las cosas, por los niños.

Muy pronto iba a querer tener los suyos propios y a casarse sólo para eso, seguramente con alguien como Javier Aguirre, bonito como ella, pero rico.

Posiblemente con Javier Aguirre. En mi casa vivía cómoda y trabajaba en aquello que la apasionaba, es cierto, pero el único niño que llegaba era Escarlet, y eso cada mil años y no era hija de ella.

En fin, en fin. Nada que hacerle. Para evitar que se fuera no valían abogados ni garrotes.

Lo que yo quería ahora era vender e irme también, quién sabe para dónde, pero no lo iba a hacer antes de dejar aquello terminado.

Si el yerno del señor Ezequiel me mataba, que me matara.

Yo habría querido vender sin esperar a que ella me dijera que iba a irse o antes de que yo mismo acabara por decirle que una persona tan joven no tenía por qué estar encerrada en ninguna parte, ni siquiera entre árboles y flores, casi sin ver a nadie, día tras día, mes tras mes.

Sabía que debía hablar con ella. Me desperté una noche y sentí como si la sangre se me demorara en las venas y no me llegara oxígeno al cerebro.

Terror y fuerte opresión en el pecho y en el estómago.

Me levanté y caminé veinte minutos por el sendero, esperando a que la opresión disminuyera.

Miedo de desplomarme y entrar en coma. Caminé sin hacer ruido, para no despertar a las dos mujeres, pero Carmelita tiene sueño liviano y vi encenderse la ventana de su cuarto.

Volví entonces al mío, para no tener que hablar con ella, y caminé mucho tiempo de un extremo al otro hasta que disminuyó el agobio.

Dormí dos, tal vez tres horas y salí a trabajar.

No quería ver a nadie, no quería hablar con nadie.

Cuando estaba así era mejor hablar poco.

Tampoco confiaba en lo que veía: Aurora besándose con Álex detrás de un árbol, o besando a Misael al bajarse del taxi, o entrando a mi cuarto y sacándome plata del cajón del escritorio, o las dos mujeres quedándose calladas cuando entraba yo a la cocina, como si estuvieran hablando de mí, o como si fueran amantes, pues a veces la aparente antipatía entre las personas sirve para esconder otras realidades.

Yo había dejado de tomar pastillas contra la ansiedad.

Pensaba que le hacían mal al cuerpo y no le ayudaban al espíritu, y creía que, por aterradoras que fueran aquellas imágenes, aún era capaz de distinguir lo real de lo imaginario.

Creía haber aprendido a navegar por las crisis orientándome como desde arriba, tomando distancia, interesado en la forma como la realidad se ponía primero blanda y poco fiable y, después, aterradora, y ya no era yo capaz de tocar fondo sino que debía conservar la calma, igual que la gente que cuando deja de tocar piso en el agua debe mover continuamente las piernas y mantener con tranquilidad el ritmo de la respiración, para no ahogarse.

Por fortuna el gordo iba a tardar algún tiempo en aparecer y así podríamos trabajar en paz y yo alcanzaría a olvidar con el trabajo, como lo había hecho otras veces, mis fantasmas y fantasías.

Lo borramos de la mente, como si nunca hubiera existido.

Nos pareció bueno crear una caída de agua un poco más alta que las dos que ya teníamos, y para eso era necesario entrar la retroexcavadora y hacer movimientos de tierra.

Tercera vez que abríamos el muro por el mismo sitio.

Orlando, el operario, me aconsejó hacer una portada en ese punto, para facilitar las cosas en el futuro.

Le gustó mucho el jardín y entendió de inmediato lo que queríamos lograr con el acueducto.

Nos aconsejó cambiar de sitio tres palmas ya adultas y darle una ruta ligeramente diferente al cauce.

«Es que yo tuve por muchos años un vivero, señora Aurora, y ahora me dedico al paisajismo», dijo.

Era dueño de la retroexcavadora y de otros tres «aparaticos» más que le habían vendido hacía un año con todo y clientela.

Trabajaba más que nada con los jardines de las grandes empresas privadas, rara vez con particulares.

Contaba con cuatro empleados, pero prefería hacer ciertos trabajos él mismo.

Tenía un contrato bueno con el cementerio Jardines de Paz, dijo.

«Bueno» no sería la palabra , pensé. «Inexhaustible», más bien, en este caso, o «inagotable», «eterno».

Después de semanas de lucha por la vida, cuando parecía que no iban a superar la conmo ción profunda del trasplante, las tres palmas reaccionaron, sacaron hojas nuevas y se pusieron frondosas.

Eran de la variedad conocida como palma botella, por la forma del tallo.

Se elevaban ahora muy cerca de la casa y sus penachos flotaban sobre las tejas adornadas de líquenes de color gris metálico.

En el sitio donde habían estado sembramos tres palmas de una clase totalmente opuesta.

Estas se mantienen cargadas de grandes racimos de frutos rojos, a los que llegan bandadas de pericos y azulejos.

Sus hojas son del tamaño de las del plátano, pero de un verde más oscuro, y se ven como deshilachadas por el viento.

El tallo parece envuelto en muchas capas de gazas vegetales, y aunque no tiene púas da la impresión de tenerlas, tal es la apariencia de desorden.

En su conjunto la palma resulta armoniosa, sin dejar de ser caótica, y las tres se ven muy bien al lado de la caída de agua más grande, que, como todas las caídas de agua, tiene mucho de desordenado e indomable.

Vamos ya más o menos por la mitad del acueducto cuando llaman a Aurora con la noticia de que el padre está grave.

Veníamos esperando y temiendo esa llamada desde hacía algunos meses, y aunque nada digo sé que todo va a ser largo y difícil.

Después de la amputación parecía haberse recuperado bien; le había aumentado el apetito y se veía saludable.

Correos electrónicos se entrecruzaron por todo el país como palomas con mensajes sobre el buen color que tenía, lo bien que manejaba las muletas —a su edad, increíble—, lo contento que se mantenía.

Otra vez hacía chistes, y armado de muletas, martillo, clavos y serrucho salía cada mañana y hacía muchos de los trabajos sencillos de la finca.