La muerte
Muere entonces de un infarto fulminante la segunda de mis hermanas y tras ella empieza a morirse la gente por todas partes como granos de maíz pira reventando en una olla.
Colegas de la universidad, compañeros del bachillerato, exprofesores de la universidad y del colegio, el hermano que le seguía a la mayor, el hermano mayor de Victoria, dos primas ya octogenarias a las que yo quería especialmente y muchas otras personas menos cercanas.
Todas ellas en poco más de dos años. Es el comienzo del despoblamiento de mi mundo.
Es la oscuridad que va inundando todo, como el agua las bodegas de un barco.
De vez en cuando asisto a los entierros, pero casi siempre me limito a llamar y darles el pésame a los dolientes.
Cuando asisto y me pongo corbata y mi mejor vestido, Aurora dice que me veo muy bonito.
Y cuando me acompaña se ve muy bonita de luto, ella sí.
Me asomo en el espejo una última vez antes de salir, enderezo la corbata, me miro las bolsas debajo de los ojos, me miro las pupilas y pienso que mis ojos están opacos y ya un poco líquidos.
¡Y todo lo que falta por vivir! Estoy sano, gracias a la buena dieta, al yoga y al trabajo en el jardín, y bien podría llegar a los noventa o más.
Pero las nubes o los grupos de palomas que dan vueltas en el cielo, alumbrados por el sol, ya no me maravillan como antes.
Alcanzo a percibir el cansancio, y es como si las palomas y las nubes también estuvieran cansándose, no solamente yo.
Incluso las astromelias, incluso la belleza de Aurora, parecerían perder bordes y brillo.
El mundo se está desdibujando en mí, se está poniendo opaco e irá desapareciendo hasta que se acabe del todo.
Lo que me asusta es que el mundo se me acabe y yo siga vivo, y otra vez pienso que si no fuera porque tengo que terminar esto, y terminarlo bien, acabaría con mi vida de una buena vez, para no tener que pasar por el dolor de ir perdiendo todo a cuentagotas.
Le comenté a Lucía que yo sentía que el mundo estaba perdiendo forma y brillo y me dijo que era por las cataratas.
Llega el primer lote de canales de piedra y Álex, bajo la dirección de Aurora, comienza a tenderlos.
Con lo del acueducto me olvido de pastillas, pistolas, acacias macheteadas, noches que llegan, palomas desdibujadas, muertes de familiares y amigos y bolsas debajo de los ojos.
Sin darme cuenta salgo de la pesadilla y otra vez empiezo a disfrutar de mis días, aunque no de mis noches, que siguen siendo largas y difíciles.
Si todo se hace bien, los canales, los pequeños pozos de piedra, las piedras escalonadas parecerán haber estado desde hace siglos entre la vegetación.
El día que tendemos el primer tramo, veo con claridad que se va a lograr algo sagrado y a la vez profano, igual como en las pinturas aparece el trazo del pincel, el arte, pero este es también la huella profana de los pelos de marta o de tejón que lo han creado y es imposible sin ellos.
Aquellas fibras capilares y el trozo de madera al que están atadas son la Materia.
Y al revés. Aunque aquello que pa rece Joven con perla o Virgen o Dios no son más que pigmentos esparcidos con pelos de mamífero sobre tela o madera, por eso mismo alcanzan a tener la grandeza de aquello que representan.
Más aún, los seres representados tal vez no tengan más existencia que aquella que les dan esos pigmentos.
Salgo por una botella de vino, así no me guste mucho el vino, y me la tomo en mi cuarto, solo, agradecido, sintiendo el calor del alcohol en las venas y la alegría de saber que iba a llegar adonde había querido.
No invito a Aurora. El impulso de acercármele me venía atormentando cada vez más, y la última vez que lo intento se molesta.
Siento que estoy haciendo el ridículo, pero pienso que sería más extraño tenerla tan cerca, haberla tenido alguna vez y no sentir el impulso de tocarla.
No me ha perdido el respeto y, hasta donde entiendo y sé, no me considera ridículo.
Tampoco yo le he perdido el respeto. Se trata simplemente de algo que no tiene solución, pues cada uno de los dos es lo que es.
No estoy enamorado —a partir de cierta edad uno ya no se enamora, me dijo alguna vez Jorge—, pero me resulta imposible no sentirme atraído.
Aquello no iba a sostenerse. Ella iba a querer estar con alguien joven, tener hijos, y yo me estaba acercando al camino que ya había tomado, y en paz descanse, el señor Ezequiel.
La noticia de la muerte del vecino y también los detalles nos llegan por Carmelita, como era de esperarse.
La hija y el yerno lo encontraron sentado en el corredor, de sombrero y poncho, el revólver donde siempre y la barbilla hundida en el esternón.
Carmelita estaba sobrecogida, como un niño, y no paraba de describir lo que había ocurrido.
Repetía las mismas frases una y otra vez y hablaba de lo que en ese mismo momento estaría ocurriendo en el Tribunal de Dios.
—¿Y sí vio, pues, don Esteban, que de nada le sirvió el revólver? ¿Sí vio? Vinieron por él, se lo llevaron y lo están juzgando Allá, y de nada le sirvió el revólver.
No alcancé a sentir demasiada tristeza por la muerte del señor Ezequiel, que todos estábamos esperando y yo había ya lamentado bastante, pero sí sorpresa por la magnitud del cambio.
La vida había dado otra vuelta de tuerca y el dibujo se había transformado.
Un abismo de luz estéril se había abierto al pie de las acacias, a lo largo del lindero, y empezaba a arrastrarlo todo.
Los problemas con el yerno se anunciaron ya desde el entierro.
Carmelita contó que durante la misa había ido adonde ella estaba, cerca del púlpito, y le había pedido que me dijera que me pasara algún día por su casa —se refería a la que había sido del señor Ezequiel, quien ahora, aparte de la del Señor, ya no tenía casa— para que habláramos del problema de la servidumbre de agua.
El ataúd estaba frente al altar mayor, pequeño, oscuro, profundo, cargado de flores.
—Le dije que hablara directamente con usted, que usted estaba en el atrio, pero no quiso ir.
Y ahora está allá echándoles machete a los árboles —dice Carmelita, y yo, que ya venía oyendo el inquietante ruido del machete, nada contesto.
A Carmelita no le importaban para nada los árboles que caían, pero conocía mi reacción emotiva y quería provocarla y verla.
—No hay ningún lío. Por escritura tengo el derecho legal a la quebrada —dije entonces, aparentando desapego, y me di cuenta de lo tenso que estaba, pues de otra forma no estaría explicándole todo aquello a Carmelita.
El yerno tendría que pasar sobre mi cadáver.
Esa noche revisé que la pistolita estuviera aceitada y lista, así me temblaran las piernas sólo de pensar en usarla contra alguien que no fuera yo mismo.
Mi papá nos decía que uno no debía tener armas porque o le pegaba un tiro a alguien o se las hacían comer, no había más opciones.
Decidí conseguir un abogado, pues no quería hablar con el tipo aquel y estaba seguro de que iba a quitarnos el agua tan pronto se diera cuenta de que yo no le entregaría un centavo por un derecho tan claro como era el mío.
Tal vez con el abogado podría librarme de pegarle un balazo o de que me hiciera comer la pistolita.
Con su proximidad física el aire se enrarece.
El sonido del machete es constante y también el de la motosierra.
Decido vender la casa tan pron to logre terminar el jardín, así no tenga muy claro lo que voy a hacer después en la vida.
El jardín había sido mi refugio y mi compañía durante años.
Una posibilidad era vivir en uno de aquellos conjuntos cerrados para adultos mayores adinerados, donde no hay niños, pero sí enfermeras, y los ancianos de buena familia miran los naipes del bridge a través de gruesos lentes y los agarran con manos flacas y llenas de pecas.
Mi adineramiento no era mucho y me alcanzaba a duras penas, pero me alcanzaba.
Y tenía ya las pecas e incluso sabía jugar bridge.
Una mañana no suenan el machete y la motosierra, y Carmelita trae la noticia de que la noche anterior el yerno del señor Ezequiel había escapado de un intento de asesinato y se estaba escondiendo.
Ocurrió al amanecer en una de las cantinas del centro y se salvó de milagro.
Nadie sabía dónde estaba. Tal vez yo iba a poder terminar este asunto en paz, pensé, y hasta era posible que no vendiera y me dedicara simplemente a la contemplación.
Uno siempre se quiere engañar, pero la verdad era que el tipo iba a volver pronto para acabar con mi tranquilidad.
Decidí salir de la pistola y conseguirme mejor un bastón de madera de guayabo, muy pesado, por lo que pudiera ocurrir.
—Es mejor, es mejor —dice Misael—, hace bien en salir de la pistola, yo le consigo cliente, no se preocupe, déjemela que yo la vendo por ahí.
Usted no está para esas cosas y además el tipo es flojo, pero ha pasado sus buenos ratos en la cárcel y esa gente tiene muchas mañas y es peligrosa de todas formas.
Mejor evitarse problemas. Lo más seguro es que ya no vuelva por estos lados.
Le pegaron una correteada grande y él, gordo y todo, es bueno para correr.
Si lo están persiguiendo a uno con un cuchillo rinde el paso, así uno esté pesado.
Y cómo le parece don Esteban que al final salí de la mulita.
Aquello se me estaba poniendo muy complicado en la casa.
O la mula o yo, dijo Mónica. Le pedí dos días para pensarlo y me dio brega convencerla de que era un chiste.
Pero el yerno no poseía nada, aparte de su mujer y el sueldo de su mujer, y no iba a renunciar a una tierra con la que se les hacía la boca agua a los urbanizadores.
Valía un dineral y no iba a descansar hasta venderla y gastarse el último peso.
Ojalá lo mataran. Si no lo mataban lo agarraba yo a garrote.
«Exprofesor asesina a palazos al vecino», sería un titular.
«Muere exprofesor en oscuras circunstancias», sería otro.
Y las circunstancias eran oscuras. Mejor conseguir el abogado.
La mula se la compra a Misael una señora que debía caminar más de una hora todas las mañanas para llevar a sus dos nietos a la escuela.
Niño y niña, de cinco y seis años tal vez.
Si viera lo bien que se transportan los tres en la mula, dice Misael.
La señora había quedado a cargo de los niños después de que su hijo se los trajo y volvió a irse.
Se fueron los dos, mejor dicho, el papá y la mamá de los niños, pero cada uno por su lado, y dejaron a la abuela que se defendiera lo mejor que pudiera con ellos.
Ella es todavía joven, o no joven, pero no es vieja, don Esteban, como de cincuenta años, y trabaja en la cocina de la escuela de una vereda que queda bastante arriba en la montaña.
Yo tengo muchos clientes por aquellos lados.
La señora amarra la bestia de una estaca en el patio de recreo y los niños se acostumbraron a jugar con ella atravesada.
Se pasan el balón por entre sus patas o la usan como jugador de defensa, así nadie sepa bien a cuál bando pertenece.
A veces un equipo alega que el sitio donde está la mula le da ventajas al otro, y después de una gritería llegan a un acuerdo, desclavan la estaca y la cambian de lugar.
La señora vuelve a ensillarla por la tarde y sube otra vez con los dos nietos montaña arriba.
Se demoran lo mismo en la mula que a pie, cree Misael, porque ella suelta las riendas y deja que el animal avance a su paso o se quede por ahí comiendo hierba u hojas de árbol mientras arriba los tres conversan o los niños duermen y la abuela mira los cafetales.
Les cambió la vida. Ojalá no se las roben, porque ahora hay mucho cuatrero por ahí. Sería hacerles un mal muy grande.
Misael se queda un momento en silencio, por si acaso quiero opinar algo.
—Es una lástima que don Esteban no la haya comprado, claro que quedó en muy buenas ma nos, pero si quiere se le consigue otra o, si le parece, para que le ocupe menos campo, le busco uno de esos burritos peludos que son casi del tamaño de perros.
Una belleza. Le conseguimos apero y todo, y cuando venga su nieta…
—Mi nieta ya va terminando colegio, Misael.