Las noches todas El infierno #3
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El infierno #3

—La compré, don Esteban, le estoy dando pasto de corte picado, pero me toca conseguirlo en las fincas de las afueras y traerlo en el taxi. Es que valía menos que una moto. ¡Semejante belleza! La voy a tener sólo unos días, o me abandona Mónica. Claro que ya le tengo cliente.

—¿En el patio de ropas?

—¿Cómo me dice, don Esteban?

—¿La tiene en el patio de ropas?

—No, no. En el garaje la tengo. Duerme parada al lado del taxi. Mi hijo le lleva zanahorias por la mañana.

Consideré por un momento la posibilidad de comprar la mula.

El señor Ezequiel con seguridad me alquilaría una o dos cuadras de su finca.

El lío era que él no iba a vivir mucho y del yerno sólo había que esperar problemas.

También podríamos hacerle un establo pequeño.

¡Si Misael la tenía en el garaje…! Se lo mencioné a Aurora, quien me hizo ver que la idea no era demasiado cuerda que digamos.

Pensé que ciertas decisiones había que tomarlas sin consultar con nadie, en especial si eran poco cuerdas, como aquella.

La idea de la minúscula mula en un establito bien organizado no me parecía para nada reñida con mi jardín.

La llaman entonces y le dicen que el padre está hospitalizado y que muy probablemente se verán obligados a amputar.

Viaja a la capital ese mismo día y el asunto de la mula queda pospuesto en lo que a mí concierne.

Todo iba a depender ahora de Misael. Mejor dicho, del azar.

Si Misael la vendía, pues hasta ahí llegábamos con el asunto, pero si se demoraba un poco, aumentaban las probabilidades de que yo tomara una decisión.

Con pasto comprado y avena todo era posible.

Sentí curiosidad de saber si la mula venía con ape ros o me tocaría comprárselos.

Los aperos no se necesitaban, en realidad, pues yo no iba a salir en ella por la ciudad o por el campo y tampoco por los caminos del jardín, pero de llegar este caso la montaría a pelo.

Llamé a Misael. Tiene aperos, dijo, y me entró otra llamada.

Aurora.

La pierna había empezado a oler y, al llegar el señor don Tobías al hospital, se declaró una infección general que obligaba a amputar.

Fin de una lucha de años que tuvo momentos de euforia, cuando la llaga parecía responder a los tratamientos, antibióticos, derivación arterial, cámara hiperbárica, desbridamiento mediante larvas, y muchos otros, para convertirse una y otra vez en sensación de derrota y de proximidad de la muerte, pues la lesión volvía a tomar pésimo aspecto y a producir olores y dolores muy fuertes.

Trabajé todo el día mientras pensaba en el ruido del serrucho contra el hueso y trataba de imaginarme lo que harían en el hospital con la pierna, la llaga adornándola arriba del tobillo, como una mariposa nocturna.

La incineran, claro, no se la habrán de poner de abono a algún árbol, pero ¿les entregan las cenizas a los parientes para que se las junten a las que se van a producir después, cuando se muera el resto del paciente y también lo incineren?

¿Ponen mientras tanto las cenizas en un jarroncito sobre una estantería de la sala?

«Esa es mi pierna», digo en voz alta, citando algo que nunca va a decir el señor don Tobías, mientras con una vara larga provista de cuchilla en el extremo les quito las hojas amarillas o podridas a los muchos nenúfares florecidos del estanque.

Los hay de flor violeta y de flor amarilla.

Me río de mi propio chiste truculento y cuando me calmo me doy cuenta de lo que acabo de hacer: hablar solo, carcajearme solo.

Recuerdo entonces al loco peludo y roñoso que vi hace ya más de quince años en Manhattan, cuando fui a visitar a Jorge.

El hombre caminaba muy rápido por las avenidas llenas de carros y de gente, hablando solo y riéndose a las carcajadas, pero no como si fuera persona claramente feliz, sino como si estuviera al mismo tiempo muy angustiado y muy contento.

El regreso de Aurora me saca de la obsesión con la amputación, que alcanza a producirme pesadillas.

Llega tranquila, con ánimo de seguir con lo del acueducto.

También quiere pensar en otra cosa. La decisión de hacerme revisar los ojos, pospuesta casi tantas veces como el acueducto, pues sé bien lo que me van a decir los médicos, también me distrae de la sierra y del hueso y de la mariposa nocturna.

Las noticias que llegan ahora son buenas y a los dos nos ayuda saber que el padre se está adaptando bien a las muletas, como si viniera usándolas desde hace muchos años, y que está comiendo con más apetito que nunca.

El primer médico me diagnostica cataratas y dice que debo operarme.

Es un pequeño dios ese médico. Con sus pacientes pasa del paternalismo al maltrato.

Es brusco, les da órdenes, los mueve como ganado.

Yo obedezco, dócil, las órdenes, pues uno no va adonde el oftalmólogo para mostrarse rebelde, aunque interiormente estoy furioso.

Es de pelo ensortijado, cincuenta años, canoso en las sienes, bronceado.

Se puede ver que pasa un buen rato todos los días frente al espejo, mirándose los bucles, retocándolos con el peine, frente y perfil, antes de recibir al primer paciente.

Parece médico de telenovela. En una estantería hay trofeos de golf.

Es muy posible que alguien tan bonito y tan creído sea mal médico, y él sería el de la cuchilla en mis ojos, qué vaina.

Busco una segunda opinión y el segundo médico, recomendado por mi amiga Paula, resulta ser un hombrecillo de bigote muy bien recortado, ojos inteligentes y vivaces, no apto para telenovelas, por la poca estatura y falta de envergadura física.

Es posible que no haya tenido nunca en sus manos un palo de golf, pero es médico brillante, uno de los más respetados en su especialidad, gran cirujano.

Y confirma lo que dijo su colega bronceado, a quien conoce, pero de cuyo criterio y habilidad no opina ni a favor ni en contra.

Cataratas y mientras más rápido me opere, mejor.

Todo el mundo me quiere operar. Jodida es la vejez.

No me iba a operar de la cara ni de las cataratas, ni tampoco me iba a poner implantes denta les.

Un portillo más o menos en la boca no iba a cambiar mi vida y mientras menos me molestaran con agujas y anestesias y tornillos clavados en los huesos de la cara, mejor.

Todavía era capaz de leer, pero solamente con buena luz.

Por esos días estaba en novelas inglesas del siglo XIX y principios del XX , extensas y muy bien escritas.

Historias de familia que cubrían generaciones y en las que el asunto de noviazgos y matrimonios cumplía la función principal.

¿Se casan? ¿No se casan? A veces se me ponía borroso el texto y tenía que descansar un rato los ojos e iluminar mejor el libro.

Cuando no pudiera leer más ni trabajar en el jardín ya se vería lo que iba a hacer.

Operarme, lo más seguro. La pistola Browning estaba funcional.

Faltaba ver. O con algún médico conocido conseguir las pastillas.

Comenzamos a preparar el terreno donde se tenderían los canales de piedra del acueducto.

Para entrar la retroexcavadora que iba a mover tierra y a cambiar de sitio algunas piedras fue necesario abrir otra vez un boquete en el muro.

Por fortuna había regresado ya el señor Ezequiel, pues tuvimos que pedirle permiso para hacer una desviación del riachuelo en su finca, de modo que el agua entrara por otra parte a mi jardín.

La obra no fue larga ni difícil, pero no se habría podido hacer si el yerno ya hubiera estado por ahí, adueñado de todo.