Las noches todas El infierno #2
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El infierno #2

Entonces llamó Aurora desde el hospital.

Quería saber yo cómo estaba y contarme que a su padre iban a operarlo para ampliarle una arteria de la pierna con un stent y aumentar la irrigación sanguínea.

Me di cuenta de que al fin y al cabo no había ido a reunirse con Aguirre sino a acompañar a su padre y de que durante los últimos días yo venía rumiando disparates.

Al pobre Javier Aguirre lo había dejado de mafioso.

Me alarmé. Dormí mejor esa noche, sin embargo, y al día siguiente llamé a Carlitos y me di cuenta de que mi amigo no estaba enojado ni nada parecido.

«¡Oigan a este! ¿Enojado por qué, a ver?

», dijo. Llamé a mi exmujer y ella aseguró que nunca había dicho que Carlitos estuviera enojado por nada.

Ya más tranquilo, dejé de pensar en todo aquello, lo eché al olvido lo mejor que pude y me dediqué más bien a buscarles sitio a las más de cincuenta plantas de flores que habíamos encargado en uno de los viveros grandes y que habían llegado hacía ya una semana: lirios araña, amarantos globo rojos, amarantos globo blancos y especies poco comunes de heliconias.

Vuelvo a tener tiempo para ocuparme de la neuralgia, que, gracias al medicamento, había pasado de dolor agudo a molestia permanente.

El dentista otra vez menciona la cirugía.

Yo me había informado sobre sus riesgos y los había apuntado en un papel.

Se los leo en voz alta: «Sordera, parálisis facial, dificultad en la deglución, salida de líquido cefalorraquídeo, meningitis aséptica-séptica, inflamación de la córnea, hidrocefalia, aire dentro del cráneo, dificultad en el andar, parálisis de la mitad del cuerpo y trastorno del lenguaje, entre otros».

—Lo menos grave es el aire dentro del cráneo —dije—. Total, así andamos ya casi todos.

El dentista dijo que el paciente era quien al fin y al cabo debía decidir, con lo cual estaba yo perfectamente de acuerdo.

Ni más faltaba que fuera de otra forma. Me caía bien mi dentista, pero a su manera me estaba presionando.

Era posible que algún cirujano dental cuñado suyo estuviera corto de clientela.

Y para vengarme de ese familiar suyo que no existía, pensé que a los dentistas los llamábamos doctores, y ellos así lo aceptaban, pero en realidad no eran médicos.

Su universo eran las treinta y dos piezas dentales y el tejido que las rodea, los dos maxilares y la articulación de la quijada.

Sería como llamar veterinario a un herrero o mecánico a un montallantas.

El dentista contó entonces que había comprado una finca, otra más, veinte por ciento en pastos y el resto en selva densa.

No quería potreros en esta finca y su ambición era que el veinte por cien to algún día fuera otra vez selva densa.

Por ella pasaba un río de aguas muy puras que bajaba de las montañas y formaba dos cascadas de unos veinte metros que se precipitaban al vacío a cinco metros la una de la otra y, según el dentista, siempre tenían arcoíris.

Las Gemelas. Decían en la región que años atrás había abundado en el río un camarón gigante de agua dulce, a veces de un kilo o más, casi como una langosta, hasta que los empleados de un narcotraficante que poseía tierras un poco más arriba empezaron a usar un veneno para pescarlos y llevárselos a su patrón, que los asaba al carbón con salsa BBQ traída por cajas de Estados Unidos.

El veneno, inocuo para los humanos —barbasco, tal vez—, terminó por causar la extinción de los camarones gigantes en el río y quizás en el planeta, pues el dentista no había oído que existieran en otras partes.

Nos quedamos de repente callados, como si dedicáramos un minuto de silencio a los animales extintos. La cita era para tomar las medidas de un protector dental, pues estaba apretando demasiado las mandíbulas durante el sueño.

—En lo poco que duermo me trituro los dientes —dije.

Pensé que no era exactamente eso lo que había querido decir y sentí que el dentista me miraba intrigado.

Quería preguntarle por su hija, pero al fin no lo hice, pues no me tengo confianza con lo que digo cuando no he dormido bien.

Sin em bargo, el dentista no necesitaba que le preguntaran por ella.

Y la gente seguramente se cansaba de que no hablara de otra cosa.

Incluso padres orgullosos de rollizos bebés recién nacidos eran menos obsesivos, y sólo le faltaba cargar fotografías de su hija en el celular para mostrárselas, junto con las de la finca, a la audiencia más que cautiva que éramos sus pacientes, mientras esperaba a que obrara la anestesia o se endureciera la masilla de los moldes.

La hija había conseguido otro novio. Una mujer como ella no se queda mucho tiempo sin novio, dijo mi dentista, y pensé entonces en las caderas altas, en los kilos de más, en el azul desabrido de sus ojos demasiado grandes y separados, en el ligero gigantismo.

Este señor, contra toda evidencia, había convertido a su hija en beldad.

Y sentí cansancio de mis sentimientos, de mi manera de mirar, que alcanza a ser descarnada, despiadada a veces, y cansancio también de mi propia manera de tratar de engañarme, como todo el mundo, con respecto de lo que soy, con respecto de Aurora, cansancio de mi soledad, en fin, de ser persona.

Se me ocurrió, como muchas otras veces y como a muchas otras personas, que me habría gustado ser gavilán o gallinazo y dedicarme a volar sobre el planeta, mirando para abajo sin codicia hasta ver aparecer buenamente algún perro o algún ternero muerto.

O me cambiaría por una torcaza de las que acaban con las cosechas de sor go y de millo o por una mirla de patas anaranjadas, de las que levantan la cabeza y se tragan las flores de cerezos y feijoos.

El novio era estudiante de Odontología y deportista, igual que ella, pero no de baloncesto, como pensé al principio, sino beisbolista.

Era de la costa Atlántica, y se me ocurrió que podría tratarse de un joven negro caribeño atraído como una mariposa por la blancura de bombillo y los ojos azules de la muchacha.

Cosas así no hay cómo preguntarlas: «Doctor, ¿y qué tan alto es el joven?

Y, dígame…, ¿él es negro?». De modo que me tuve que conformar con saber que habían estudiado la misma carrera, aunque a él le faltaban dos años para graduarse.

Me dormí unos segundos en la silla y al abrir los ojos el dentista preguntó sonriente: «¿Siesta?

». Y ya iba a decirle que últimamente me estaba durmiendo en todas partes y que aquello era cosa de los años, cuando llegó la hija, precisamente con el novio, a pedirle plata al padre para adelantar un trámite en la notaría diez, cerca del consultorio.

—Estoy despierto cuando debo estar dormido y al revés… Y viceversa , mejor dicho.

Con la llegada de la hija ya no oye mi asunto de estar dormido y al revés y viceversa. Menos mal.

El novio resulta ser aún más blanco y de ojos más azules que ella y por lo menos una cabeza más bajito.

Es buenmozo, es de buena familia y pienso que es racista, aunque sé que no es más que prejuicio puro de mi parte.

Este muchacho no tiene una gota de sangre negra ni tampoco india, pensé, y no quiere que sus hijos la tengan, con lo cual sigue una larga tradición familiar, pues ¿cómo es posible ser tan blanco y tan ojiazul en el Caribe, sin ser hijo, nieto y bisnieto de racistas?

Se me recrudeció entonces el cansancio y ya no quise ver nada ni pensar nada, ni siquiera ir a dar un vistazo por la calle de los mariachis al salir del consultorio, como había planeado, y oír rancheras y tomarme una cerveza en alguno de los bares de allí cerca.

Decidí no caminar hasta mi casa y llamé a Misael, que llegó en menos de cinco minutos.

Había un señor que cuidaba un naranjo, dijo.

Se llamaba Domingo, ese señor, y el árbol era de naranjas ombligonas, injertas, las más dulces del mundo.

El oficio de Domingo, que vivía con dos hermanas, fue toda la vida rezarle a Dios y a la Virgen, ayudarle al párroco en una especie de voluntariado como sacristán y cuidar el árbol.

Sólo él cosechaba las naranjas, nadie más las tocaba.

Domingo no era retardado mental, pero sí muy religioso, don Esteban.

Empezó a cuidar el árbol desde que tenía diez años hasta que murió, de sesenta.

—¿El árbol?

Misael no me hizo caso.

—Hasta que murió, de sesenta. Entonces el árbol comenzó a marchitarse y a ponerse feo y se murió del todo de pena moral cuando faltaron las hermanas, como dos años después, y los sobrinos vendieron.

Las hermanas cuidaron a don Domingo toda la vida y él cuidó el árbol, don Esteban.

Lo abonaba, le cepillaba el tronco, le quitaba las hojas amarillas y, para no aporrearlo más de la cuenta, cogía las naranjas maduras, no jalándolas, como hace todo el mundo, sino dándoles vueltas despacio hasta que se soltaban.

Las vendía en la plaza de mercado y se gastaba las ganancias en misas para las ánimas del purgatorio. El naranjo era de las ánimas.

Si mi casa hubiera quedado media hora más lejos, la historia de don Domingo se habría demorado otra media hora y seguramente el taxista habría alcanzado a mencionar la cantidad de almas que el naranjo había sacado del purgatorio.

Pero los taxis llegan cuando llegan. Varias veces traté de que Misael terminara sus historias en el siguiente viaje y fue imposible.

El taxista perdía interés en ellas o empezaba otra y no tenía tiempo de terminar la que estaba inconclusa.

Me dejó al frente del portón y ya iba a arrancar cuando se acordó de que había comprado la mula miniatura baya de patas blancas.