Las noches todas El infierno
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El infierno

Ya sabía yo de la llegada del anciano, pues Misael lo había traído del hospital por la mañana y había venido a contármelo.

También me contó que el señor Ezequiel había insultado al yerno por tumbarle los árboles del patio y casi haberle dejado morir de hambre los tres perros.

El tipo se fue furioso y ofendido con el anciano, a quien temía como a nadie.

La hija se quedó y le ayudó a instalarse.

A la mañana siguiente me miraron con desánimo los perros, que, de lo flacos, ni ladraron primero como fieras ni saludaron después meneando la cola ni voltearon la cabeza y sonrieron con los dientes de abajo.

El señor Ezequiel estaba de poncho y sombrero, como si nunca se hubiera ido del corredor.

Conversamos un rato, y él, con manos ligeramente temblorosas y la delicadeza de la mucha edad, levantó el poncho y se alzó la camisa para mostrarme las costuras de la cirugía, parecidas a las de un balón de fútbol, ciertamente.

Alcancé a ver, además, la culata de nácar del revólver, que llevaba en una cartuchera de cuero café metida entre el cinturón y la apergaminada espalda.

Ya me había preparado para la posibilidad de que la historia del anciano, a quien yo estimaba y respetaba, fuera muy oscura, y saberlo con certeza no me produjo ninguna conmoción.

Al estar las personas tan viejas y tan cerca de la muerte, pensaba yo, empezaban a dejar de ser ellas mismas; la pérdida de las ambiciones, primero, y de la memoria, después, iban borrando las culpas por las que habrían debido responder, y es así, supongo, como también yo iré regresando a la segunda infancia y, a través de ella, a la inocencia, que se volverá absoluta con la muerte.

Me preocupaba, más bien, que se hiciera daño con el arma o que matara al hampón de su yerno sin siquiera darse cuenta.

Solamente muriendo podría el yerno recuperar la inocencia, pensé, pues su infierno había sido profundo y ya le quedaría demasiado difícil encontrar la redención en este mundo.

Sentí algo de lástima. El hombre había vivido asustado toda la vida y al mismo tiempo había buscado siempre amedrentar.

Peligroso como los gatos maltratados. Gato gordo maltratado, feral, siempre acorralado contra la pared.

¡Cómo abusarían de él cuando niño! ¡Cuántas veces violaría y lo violarían en la cárcel!

¡Cuánta cuchillada habrá dado y esquivado!

Con el regreso del señor Ezequiel y la partida del yerno todo vuelve a la normalidad y empiezan por fin las obras del acueducto, aplazadas muchas veces.

En un taller de talladores de piedra encar gamos el primer tramo de los canales que diseña Aguirre.

El acueducto irá desde el punto donde el agua entra al predio hasta la nueva salida, más o menos veinte metros al norte de la salida actual.

Recorrerá toda la propiedad, cayendo con su pequeño estrépito a pequeños pozos cúbicos, también tallados en piedra, o bajando susurrada por las peñas que Álex había empezado a formar según nuestras indicaciones.

La vegetación de helechos, líquenes y musgos, diseñada y sembrada por Aurora, se aferraría a las peñas y le daría así variedad al sonido del agua, permitiéndole expresarse con todas sus voces, con todos sus matices.

La idea del acueducto había sido de Aurora, que se pone al frente de la obra.

Aguirre lo dibuja tal como habría de verse ya terminado.

Me sorprende su habilidad y pienso que los dibujos le quedaron así porque eran para ella.

Son obras de arte. Ningún arquitecto dibujaría con semejante detalle palmas de grandes racimos rojos y sus respectivos pericos o naranjos con sus bromelitas parásitas, algunas incluso florecidas, a no ser que estuviera enamorado.

Días después Aguirre nos invita a su finca, al pie de las montañas que tanto me gustan, no lejos del hotel al que habíamos ido a descansar cuando terminamos el jardín de lajas.

La finca tiene algo así como veinte hectáreas.

Es pequeña en comparación con las haciendas ganaderas vecinas, de cien y más, y está muy bien cuidada, demasiado bien cuidada, tal vez.

El ganado cebú parece acabado de cepillar.

La jaula del comedor, grande, en acero negro, es de muy buen gusto como todo en la casa y parecería haber costado más que la guacamaya verde de cabeza roja que vive en ella.

El sancocho de espinazo de cerdo del almuerzo, como de restaurante gourmet y servido en vajilla artesanal, también de muy buen gusto, es llevado a la mesa por la cocinera misma, una señora simpática, de delantal y trenzas, que aprendió a servirles por la derecha a los comensales.

Mientras tomamos café todavía en el comedor, Aurora llama a la guacamaya por su nombre, Loreta, y de ese modo me doy cuenta de que no es la primera vez que viene a la finca de Aguirre y de que había preferido no decírmelo.

No comento nada y me quedo más silencioso que de costumbre.

Javier Aguirre no tiene ni cuarenta años, es decir, es demasiado joven para tener ganado de exposición; guacamaya verde y roja que parece también premiada en alguna feria de aves; una finca como esta, con casa moderna, no grande, pero sí bonita y muy costosa, y casa colonial también muy bella en la ciudad.

Eso sin contar la oficina de arquitectos que abrió con otros dos socios.

Tal vez semejante éxito no se deba tanto a la arquitectura como al narcotráfico, pienso, sabiendo muy bien que no es cierto…

¿O sí?… Bien podría ser, nunca se sabe, uno de esos narcos invisibles que hay ahora en este platanal del Señor, educados en universidades buenas y que, para cuidar mejor sus ganancias y sus pellejos, se abstienen dentro de lo posible de matar y arrojar los torturados y mutilados cadáveres a los ríos, como se hacía antes, y más bien les enseñan a las empleadas a preparar suflés de salmón y a ofrecerles helado de vainilla bañado en café y en licor de almendras a los invitados.

Apenas iniciado el acueducto llaman a Aurora y le piden que acompañe al padre a ver al médico, pues ha estado muy mal de la pierna.

Misael la lleva a la capital, donde tomará un avión a la ciudad más cercana de la finca de sus padres y de allí volará otra vez con el anciano de regreso para la capital.

Se me ocurre que todo es una excusa para estar unos días con Aguirre, y entonces pienso que debo estar mal de la cabeza para andar preocupándome por aquello.

Si ella quería estar con él, yo no tenía derecho a impedírselo.

¿Para qué inventar nada? Cuando empiezo a enredarme así nunca sé dónde voy a terminar.

Yo sabía bien lo que es estar enamorado y no era ese el caso de ninguna manera.

La separación de mi exmujer hacía más de veinticinco años había sido tormentosa.

Había sido tortura. Meses eternos en los que el amor se trocaba constantemente en odio, como si cayeran rayos opacos que apagaran por un segundo la luz del día, y, una vez desaparecidos, volviera a aflorar el paisaje diurno del amor profundo, desgarrador y sin esperanza.

Es posible que aquella vez haya estado yo cerca del suicidio o del ase sinato, pero tuve suerte o supe evitarlos y al final todo, el amor, la belleza y el deseo, terminó por esfumarse.

Esto era diferente. Claro que uno nunca sabe qué tan diferente va a ser en cada caso, y lo cierto era que mi mundo parecía querer otra vez distorsionarse.

Otra vez decía yo cosas que aparecían quién sabe de dónde o por qué, yo mismo no lo sabía, y la gente no me entendía o entendía de forma tan disparatada que me maravillaba.

Por mi exmujer supe que Carlitos había considerado fría y hasta ofensiva una nota que yo le había escrito tal vez un mes antes y él no había contestado.

Me quebré la cabeza durante semanas sin lograr entender su silencio, en qué lo había ofendido.

Supe también por ella que en la universidad corría el rumor de que me había distanciado tanto del mundanal ruido que había terminado por perder el contacto con la realidad.

Para evitar malentendidos como los de Carlitos no volví a escribirle a nadie y dejé de usar el teléfono durante algún tiempo.

Todo esto seguramente tenía que ver con lo mal que estaba durmiendo.

Había noches de menos de dos horas de sueño y me había despertado varias veces sobresaltado luego de haber caminado dormido por la casa e incluso por el jardín.

Podía suceder que hubiera estado sentado en una banca, descansando, completamente despierto, al parecer, y me despertaba de repente al chocar contra alguna de las tapias, adonde había llegado sonámbulo.

Cuando alcanzaba el lí mite de la falta de sueño lograba una noche de cuatro o cinco horas continuas, suficientes para descansar, ponerme al día con mi correspondencia y con las llamadas telefónicas y recuperar la cordura.