Las noches todas La mula
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La mula

El señor Ezequiel se había mantenido muy sano hasta entonces, a pesar de la edad, y tuvo la suerte de que su hija fuera a visitarlo el día que se presentaron los síntomas del infarto.

Almorzaron y se quejó de dolor de brazo y mareo.

Náusea, vómito. La hija corrió con él para el hospital.

Le hicieron cirugía a corazón abierto y cuando se miró el pecho en la primera curación dijo que había quedado más cosido que balón de fútbol.

Los médicos no dieron muchas esperanzas.

Lo más probable es que no pase de algunas semanas, dijeron.

Y en el mes que duró la hospitalización, el machete del yerno y la motosierra del aserrador alcanzaron a hacer desastres, entre ellos el de las acacias, que tres veces al año cubrían de amarillo el suelo a los dos lados del lindero, y la tala de dos grandes árboles que cada noviembre habían tapizado de azul los patios empedrados de la casa del señor Ezequiel desde hacía por lo menos medio siglo.

Era como si el yerno odiara los árboles de flor o como si al cortar los gualandayes se estuviera desquitando del suegro por no haberle permitido seguir macheteando a la hija y, al po dar las acacias, desquitándose de mí porque no le había prestado demasiada atención las pocas veces que nos habíamos encontrado, y tal vez pensaba, en lo cual tendría razón, que yo lo despreciaba.

La época de la florescencia de las acacias había sido, para mi gusto, la más bella del jardín, pues se hacía presente hasta en el más oscuro de sus rincones.

Y el machete del yerno había mutilado todo.

Un poco menos de la mitad de cada árbol quedó muriéndose, lleno de color, al pie del lindero, donde nos quedamos los tres, pasmados por el desastre.

Llamé a gritos y el tipo no contestó. Entonces Jorge y yo fuimos a su casa y nos pareció que estaba por ahí, escondido en el baño, en algún clóset o en algún matorral de la finca, y quería hacernos creer que no había nadie.

—¿Y qué le ibas a decir, Esteban? —dijo Aurora—. El vecino tiene derecho a cortar las ramas que queden del otro lado. Así es como es.

—Sí, pero no el tipo ese, sino el señor Ezequiel. El yerno es un hampón, un molestador de niños.

Como si se hubiera desplomado una de las paredes de alguna iglesia, el cambio en la luz alcanzó a causar desequilibrio general.

Yo habría preferido que los árboles hubieran desaparecido del todo a tener en mi jardín una hilera de medios árboles.

En un arranque de tristeza tomé la decisión de hacerlos talar, pero Aurora y Jorge me di suadieron.

Le pedí a Misael que averiguara tanto como pudiera sobre el yerno, y dos días después me informó que el hombre había estado preso tres veces en la cárcel de La Estrella, una por narcotráfico y dos por abuso de menores.

Ahora estaba en libertad condicional y tenía que cuidarse si no quería templar otra vez en la cárcel.

Había sido mulero, dijo Misael, antes de volverse abusador de niños, y ahora vivía de su mujer.

Era un mantenido y aparte de eso nadie le iba a dar trabajo, por expresidiario, suponiendo que buscara.

—Yo pensaba que no quedaban arrieros.

—Chofer de tractomula de seis ejes y veinticuatro llantas, don Esteban.

«Muleros», los llaman. Arrieros de mulas ya no quedan, creo yo.

¡Si a duras penas quedan mulas! A propósito, están vendiendo una mulita baya, de patas blancas, si viera la belleza.

Tan chiquita como una moto. Y no es cara. ¿Le interesa, don Esteban?

La respuesta era fácil. Claro que me interesaba, cómo no me iba a interesar, pero eso no se lo podía decir, para no comprometerme, así que nada dije.

—Yo estoy que me la compro —dijo el taxista—. La puedo mantener en el patio de ropas.

Contó que cierta vez un señor había diseñado su nueva casa para compartirla con un caballo de pintas blancas y cafés que había comprado dos años atrás y con el cual se había encariñado.

En un patio central estaba el comedero y el bebedero del caballo, y a un lado, como decir a dos metros, y ya bajo techo, el comedor de la familia.

El caballo dormía en el patio central, parado, como hacen los caballos, y desde los cuartos se oían las herraduras contra el empedrado cuando cambiaba de postura o salía de la casa a orinar y demás necesidades en el pastizal que había al frente.

Prefería no hacerlas en el patio donde comía y dormía, dijo Misael, porque allí estaba también el comedor de la familia.

Es decir, por respeto. Hasta que un día, mientras caminaba solo por un potrero de la finca, pues él iba y venía por todos lados como una persona, pasó por debajo de un árbol donde había un panal y lo mataron las abejas.

Pero no se murió rápido, don Esteban, no vaya a creer…

—¡Aló, aló, aló! —grita entonces y levanta un dedo, como pidiéndome permiso de recibir la llamada de otro cliente.

Misael siempre va de prisa y la expresa rápido y varias veces—.

¡Me voy, me voy, me voy! Piense lo de la mulita —dice mientras enciende el motor de explosión de su taxi—.

Este gordo gracioso de pronto le alquila un lote de la finca, y así usted puede tenerla.

O la viuda se lo alquila cuando a él lo maten, que de seguro es eso lo que le va a pasar muy rápido.

¡Si viera la cantidad de enemigos que tiene! ¡Me voy, me voy!

Antes de regresar a Nueva York, Jorge me aconseja mantener la calma con el asunto del yerno.

Mientras el anciano viva es mejor no denunciar a las autoridades la tala de árboles, pues el lío no le va a caer al yerno sino a él.

Y si muere, también es mejor evitar hacerlo, para no ganarse de enemigo a un expresidiario.

Puede que ni peligroso sea. Casi siempre la gente como él es buchipluma na’má, y un molestador de menores es cobarde por definición, pero no hay para qué ponerse a averiguarlo.

No tiene sentido arriesgarse. Es poco lo que pueden hacer las autoridades ambientales, triste es reconocerlo, pues el presupuesto les alcanza a duras penas para ocuparse de las demandas grandes y no tienen cómo hacer cumplir la ley en casos menores, como la tala de dos gualandayes, por florecidos que hayan estado, y de unos cuantos cedros y nogales.

Se va Jorge y se inicia el lento y difícil proceso de la poda de árboles.

Es necesario aumentar la iluminación en el interior del jardín, ya que el repentino aumento de luz que se produce en el exterior, al cambiarnos la luminosidad, cambia el jardín todo.

Me duele podar ramas sanas y armoniosas, a veces cargadas de frutos o de flores, pero es necesario equilibrarlo y de paso lograr que los arbustos y las matas pequeñas, abajo, crezcan mejor, y que el jardín se enriquezca con nuevas formas y texturas.

Armado de machete y de un lazo largo, Álex empieza a podar las ramas que Aurora y yo, después de deliberar un rato, vamos señalándole.

Al principio nos quedamos muy atentos cada vez que va a podar alguna, y hacemos advertencias y damos instrucciones, preocupados de que en su caída vaya a dañar las matas de abajo.

—Yo conozco este trabajo, don Esteban. Estense tranquilos que yo no les aporreo sus maticas.

Las ramas, a veces muy grandes, crujen como si fueran árboles completos y quedan colgando de otras ramas de los mismos árboles o de árboles vecinos, de los que Álex las había amarrado con el lazo.

Se mecen como péndulos y rozan apenas los copos de los canteros de rosales o astromelias que se habían empezado a poner varudos por la insuficiencia de sol.

Alex maneja bien el machete y sus cortes son muy parejos y limpios, como con serrucho.

Poco a poco el aumento de la luz se siente abajo, las matas reaccionan, se ponen frondosas y todo va recobrando la armonía.

El daño de las acacias cada vez se nota menos.

Admirable el trabajo de Álex. El hombre estudia las ramas y sabe dónde hacer el corte, dónde y cómo amarrarlas, cómo se van a mover al caer y dónde van a quedar colgando.

¡Y yo que lo pensaba medio bobo! Álex podría montar espectáculos de poda de ramas, como hacen en baloncesto los Trotamundos de Harlem o esos jugadores de billar capaces de poner unas bolas a dar vueltas sobre otras.

Pero no me quiso decir dónde había aprendido el oficio.

«A uno le toca hacer de todo por ahí, don Esteban», dijo, como guardando un secreto.

—¿Y ustedes para qué me pidieron todo esto si iban a podar a la brava de todas maneras?

—dijo Triana. Traía los libros sobre poda de árboles que le habíamos pedido la quincena anterior.

Vivir con la bella Diana le había dado mucho aplomo y ahora se permitía mostrarse brusco e incluso moderadamente grosero.

Caminaba como si en lugar de pierna derecha tuviera un palo de escoba, y había desarrollado mucha habilidad para moverse.

Antes de sentarse en la sala pasó sin tumbar nada al lado de una mesita donde había tres reproducciones de esculturas chinas, en terracota igual que los milenarios originales que, por alguna razón —pillaje, seguramente— estaban en un museo de Londres.

Mis reproducciones medían unos veinte centímetros de alto, como los originales, eran tan frágiles como ellos y representaban figuras de mujeres con traje tradicional de alguna de aquellas dinastías, Ming, Tang, ya no me acuerdo.

Aurora no había logrado que le gustaran esas mujeres según ella descoloridas, orgullosas y mal amasadas.

Y en eso último tal vez tenía razón, eran toscas, pero eran producto de una gran inspiración, como modeladas por algún niño de seis años genio o iluminado.

No es cualquier cosa haber sabido plasmar la elegancia y la feminidad profundas sirviéndose de un poco de agua, algo de barro y mucha leña.

Mis adornos y muebles son pocos: un armario de pino crespo, bien conservado, que perteneció a mi abuela; un sillón cómodo de cuero, para leer; un comedor de ratán; las mujeres chinas y algunas esculturas y pinturas compradas durante los últimos veinte años a artistas que han tenido en común una vocación que supo persistir con toda su terquedad y fuerza, sin importarles demasiado el poco o mucho éxito que hayan logrado y el talento que hayan tenido.

Me considero todavía su amigo, así no haya vuelto a verlos.

La nueva furgoneta de Triana era de la misma marca que la anterior, pero de modelo más reciente.

La manejaba con la misma torpeza y audacia de antes, y se pensaba que no iba a tardar en despeñarse de nuevo, esta vez con boleristas.

Era automática y tenía el pedal del acelerador a la izquierda, de modo que Triana aceleraba, y mucho, con esa pierna y dejaba estirada hacia el lado derecho la que le había quedado rígida como palo de escoba.

También Carmelita se había encariñado. No terminaba Triana de sentarse en la sala o en el comedor cuando ya tenía al frente la bandeja con la cerveza fría y el vaso de apariencia esmerilada que ella mantenía en el congelador.

Se tomaba la primera muy rápido, me decía «con permiso» e iba con su palo de escoba a la cocina por la segunda, que ella le servía en un nuevo vaso helado.

Hablaban un rato. Él buscaba su licorera en el maletín y le ponía un chorrito de whisky a la cerveza.

Años atrás Carmelita había trabajado una temporada corta para dos tíos solterones de Triana que vivían juntos en una casa antigua arriba de la ca tedral, y de eso hablaban.

Antes de irse, llevaba el vaso y las botellas a la cocina.

Se despedía de Carmelita, volvía a la sala y se despedía de nosotros.

Un domingo llega de sorpresa acompañado de Diana. Carmelita los había invitado, no Aurora ni tampoco yo, y es Carmelita quien los recibe en la puerta. Entran los tres al jardín y me encuentran con un cepillo de alambre quitándole el musgo, pero no los líquenes, a uno de los naranjos.

—Es que una hermana de doña Diana está casada con un sobrino nieto mío, don Esteban —dice Carmelita.

—Mire usted.

—Es una hermosura esto que usted tiene aquí —dice Diana.

—¿Cierto? —dice Carmelita.

—¿Y no se pierde usted, don Esteban, caminando por esta selva?

—Hasta micos tenemos, querida —dice Carmelita. Aurora, que acaba de llegar, me sonríe arqueando las cejas.

Diana conservaba a su edad, intacta, la sensualidad involuntaria, espontánea, que seguramente había mostrado desde los diez años y hasta menos.

Estaba enamorada de Triana y además parecía algo así como su mamá adoptiva, o su nana, pues él era por lo menos diez años menor y pertenecía a una de las familias antiguas de la ciudad, con árbol genealógico que, según su madre y sus tías, atravesaba el mar, llegaba a España y a Portugal y se remontaba allí otros varios siglos, información que ellas se encargaban de difundir, con mención de siglos y de Alicante y de Lisboa, pero que al librero, a quien los empleados de su casa llamaron «niño Mario» durante la infancia y la adolescencia, lo había tenido absolutamente sin cuidado toda la vida.

—Alguien me tendría que explicar por qué a mi mamá y a esas otras señoras las enorgullece tanto venir de unos campesinos velludos y con sobaquina.

—Cierto —decía yo y me quedaba en silencio, para no salir de pronto con alguna de mis malgeniadas retahílas, pero se me ocurría que peor habría sido descender de los que llegaron primero, los de armadura, los aventureros velludos, codiciosos y crueles que traían ya de su país la punzante sobaquina que les producían las correas, las cotas y las corazas, olor que alcanzaría una intensidad de alucinación o delirio en el calor y la humedad del trópico.

Los indios, acostumbrados a bañarse dos y tres veces diarias, sobre todo por placer, pensaron, y muy pronto el tiempo les daría la razón, que se trataba de la hediondez de la muerte.

Carmelita se sienta a hacer visita en la sala.

Aurora me hace gestos y sonríe como diciendo: «¡Miren, pues, a esta!

». Hablamos de matas, de jardines, del accidente.

Diana nos pide que con venzamos al loco de Mario de que deje de hacer gracias con su carro por las carreteras y de que no beba, por lo menos mientras maneja.

Triana pone cara de malo y se engalla todo, igual que Javier Aguirre cuando habla con Aurora, como si le estuvieran diciendo lo tan rebelde que es.

—¡Ese niño Mario! —dice Carmelita.

Y es ella quien despide a la visita en la puerta. Cuando viene solo, el librero entra y sale de mi casa como Pedro por la suya. Regresa entonces Carmelita y dice desde la puerta del comedor:

—Y cómo le parece, don Esteban, que ya tenemos al señor Ezequiel otra vez por estos lados. Llegó esta mañana. Quedó como de veinte.