La araucaria #2
El amor de Triana por los libros y su profesionalismo habían salido ilesos del accidente.
No existía libro que tarde o temprano no encontrara, y sabía aconsejar los mejores sobre cualquier tema.
La educación del jardinero es un clásico, dijo, y también La vida secreta de los árboles .
Hablamos entonces de las araucarias y dijo que si bien mucha gente pensaba que eran pinos, su relación con los verdaderos pinos del género Pinus era muy lejana.
La que nosotros teníamos seguramente era Araucaria heterophylla , que aguantaba mejor el clima caliente, dijo, pero en ningún momento mostró interés en salir a mirar el árbol ya libre del abrazo mortal del ojo de poeta, a pesar de que estaba a menos de veinte metros del sillón donde se tomaba la cerveza que le había traído Carmelita.
Hay araucarias en todo el mundo, dijo, e incluso existe una Araucaria nihongii , de Japón, pero la mayoría de las especies se encuentra en el archipiélago de Nueva Caledonia.
Ciertamente estaba un poco bebido, pues exclamó de repente: «¡Tantos árboles que hay! ».
—Se está echando agua de Colonia y tiene las uñas arregladas —me dijo Aurora cuando se fue Triana—.
Esa Diana, la del bar, lo está cuidando bien.
Y así, bien organizado, es hasta atractivo.
Tiene ojos grandes y bonitos, y es de lo más atento con las mujeres.
No dice malas palabras, pero Carmelita cuenta que está tomando mucho… Lástima la caja.
—¿Cuál Diana, Aurora, por Dios, de cuál bar? ¿Cuál caja? —pregunté.
Que las serenatas eran ahora para una tal Diana, dijo.
Ya no tomaba con mariachis sino con tríos y duetos de boleristas y también con boleristas solos, y Carmelita se había enterado de que se la pasaba todo el santo día en el bar Cruz de Olvido.
Diana había trabajado allí desde hacía muchos años y acababa de comprar parte del negocio o tal vez todo.
Triana se iba a vivir muy pronto a la casa de ella, que estaba por los lados del Parque Santander, casi llegando a la terminal de transporte, y Carmelita dijo que era grande y estaba llena de lujos.
—Ajá —digo yo, todavía confundido…
—La caja de dientes, bobo —dice ella, y quedo más confundido todavía.
Pregunto que si Diana es grande o es la caja la grande.
—La casa, la casa. Que es parecida a mí, pero más morena. Eso dice Carmelita.
Ya voy entendiendo. Para no quedar como un lento pregunto que si la casa es morena, y ella dice:
—¡Dia-na!
Volvió Junca al comedor y hablamos de lo de siempre.
Se iba en un par de días, pero antes le gustaría tocar un poco más a fondo el tema del jardín, dijo.
Era su opinión, siguió diciendo después de pensar un momento la mejor manera de plantearlo…
, era su opinión que estábamos logrando crear un sitio en donde uno podía escapar de la ciudad, pero en la ciudad misma, sin necesidad de salir, es decir, sin perderla.
La comodidad en la incomodidad, como dicen los yoguis.
Allí estaba mucho de su encanto. También nos elogió por haber acabado con los rincones desabridos.
Eso era lo que él más temía, en materia de jardines y en todo lo demás de la vida.
Tampoco teníamos rincones tristes, aunque sí solitarios y melancólicos.
«Bien que se padece y mal que se disfruta», dijo, citando la definición de saudade de un poeta portugués.
Sin esa melancolía la vida sería solamente triste.
Y sin refugiarse de vez en cuando en la soledad de la naturaleza libre de otros seres humanos, refugio en el cual se manifestaría algo así como la saudade de Robinson Crusoe, uno terminaría asfixiándose por el exceso de gente.
El jardín de dalias era esplendoroso, dijo.
Parecía tener el centro en todas partes y la circunferencia en ninguna.
El jardín en su conjunto estaba inconcluso, sin embargo, y él no sabría decirnos qué estaba faltando para que por fin tomara forma.
Cuando regresara en dos o tres años ya habríamos al menos empezado el proyecto del acueducto de piedra.
Tal vez era eso. Tal vez se trataba de que a un sitio como este le faltaba una mayor presencia del agua.
La que bajaba por el acueductico de bambú no era suficiente…
O será que todos están inconclusos, dijo entonces.
El de su terraza de Nueva York también lo estaba, para qué se iba a poner él a presumir.
Que el de Versalles estaba concluso, dije.
—Se ensañó, vea pues, con el pobre Versalles —dijo Aurora—. No sé qué le ve de malo. Lo que es a mí me gusta.
—Feo no es, doña Aurora —dijo Jorge—. Difícil que unos naranjos sean feos. Pero es demasiado ordenado. Cuadriculado.
Le decía «doña» para expresar afecto, no para burlarse, cosa que yo había tenido que explicarle, sin lograr convencerla. «La verdad es que me da igual cómo me llame», dijo.
Jorge estaba aún con nosotros cuando el señor Ezequiel sufrió un infarto, el primero, y pasó mucho tiempo entre la vida y la muerte en el hospital regional.
Como su yerno pensaba que estaba ya del lado de la muerte, se apresuró a tomar posesión de la que consideraba su finca, y lo primero que hizo fue contratar un aserrador con motosierra, que tumbó y vendió los árboles maderables; lo segundo, podarles a mis acacias todas las ramas que cruzaban el lindero.
Ese era, por definición, el problema de tener vecinos, dijo Jorge.
Parecería que donde termina lo de uno empieza lo del otro, pero nadie en el mundo real sabe bien dónde está esa frontera, ese lindero, ni siquiera la ley.
Pájaros, luz y aire son comu nes, pero pocos en sus cabales lo mencionarían en un juzgado.
Y los conflictos por el agua han venido causando asesinatos, algunos muy crueles, desde que existe la propiedad privada y tal vez desde que existe el ser humano.
El daño de las acacias había sido grande e iba a tomar tiempo arreglarlo, pero siempre se aprende algo.
Las ramas que daban para el otro predio hacían parte del jardín.
No hay jardín cerrado. Ninguno lo es, dijo Jorge.
Lo de afuera entra por muchos lugares, lo de adentro sale, y en el diseño hay que prever aquella filtración, aquel flujo, de modo que después no desequilibre y ponga en peligro el conjunto.
Para que el asunto dure —sea el asunto un jardín, los manglares, las personas o cualquier otro organismo—, el interior debe contener el exterior y equilibrarlo.
Lo de las acacias había ocurrido mientras estábamos en la capital mirando antejardines.
Yo había preparado una lista con los que más me gustaban, y quería recorrerlos con Aurora y Jorge.
Al visitar los barrios populares vimos que el balcón de la casa donde había estado el de pitayas había desaparecido junto con sus pitayas al ser integrado a la habitación principal.
No lejos de allí, y compensando hasta cierto punto la pérdida, encontramos uno casi tan audaz como aquel, compuesto con sábila, caléndula, anís y otras plantas medicinales o de uso doméstico que formaban un patrón de círculos y estrellas según colores, formas y texturas.
En los antejardines de las zonas populares sembraban dalias, rosas o gladiolos de tonos tan intensos como los artificiales.
Abundaban los hongos coloridos, los gnomos —«enanos» para la gente del país, poco versada en el tema—, los niños negros pescando, los burritos también coloridos cargados de canastos, las aves zancudas y las mujeres con cántaros.
En algunos la distribución de estos elementos era producto evidente de la inspiración y de la espiritualidad.
El concepto de mal gusto era bobo aplicado a semejante muestra de talento.
Habría sido como acusar de mal gusto o ser de medio pelo a Arcimboldo o a Frida Kahlo.
El mal gusto aparecía cuando los jardines, y esos, desgraciadamente, formaban la mayoría, eran imitación de otros, cuando no había cariño, cuando las plantas estaban mal cuidadas, varudas y medio secas, o aporcadas y desyerbadas como a regañadientes, y los enanos y hongos estaban sucios o despicados y habían sido puestos allí de cualquier modo.
Unos jardineros imitan a otros, y encontrar la originalidad es difícil, dijo Jorge, quien, al mirar después los antejardines de los barrios de clase alta, notó que en ellos se había puesto de moda, como recurso para crear la ilusión de fertilidad tropical, la combinación del helecho arbóreo con otras variedades de helechos de menor tamaño, con hiedras y con acantos.
La mayoría de estos antejardines se hacían así idénticos los unos a los otros y perdían la gracia.
Claro que si uno los miraba bien era capaz de distinguir los originales de las copias, dijo Jorge.
Mismos acantos, mismos helechos arbóreos, mismos helechos de menor tamaño, mismas hiedras, pero en unos se lograba lo que se buscaba —tocar el espíritu, tal vez— y en otros nada se buscaba, sólo se imitaba, nada se lograba.
Nos quedamos dos días en la capital y, cuando volvimos, el daño de las acacias ya estaba hecho.