Las noches todas La araucaria
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La araucaria

Las opiniones de Jorge sobre mi jardín no venían de la nada.

En su terraza de la calle Siete y avenida B, Bajo Manhattan, había creado un jardín en miniatura de seis metros por tres que era casi una obra de joyería y tenía influencia de los pesebres o nacimientos que de niño hacían en un cuarto completo de la finca lechera de su familia en las grandes y fértiles montañas del sur del país.

Las plantas de su jardín no eran bonsáis.

Eran matas pequeñas que, puestas en un paisaje que sugiriera, por ejemplo, la existencia de pinos, lo parecían.

Para el caso en particular de los pinos usaba cierta variedad de perejil.

El perejil no pasaba por pino, como si estuviera tratando de suplantarlo y engañarnos, imposible, sino que el perejil hacía de pino, de la misma forma como un actor infantil podría hacer de Ricardo III o de Fernán Gómez de Guzmán.

Cierta planta que Jorge conseguía en el terreno de una edificación en ruinas del entonces muy descuidado East River Park hacía de acacias florecidas.

Al frente del jardín estaba el zabutón cuadrado, negro; sobre este, el cojín redondo de meditación, verde oscuro, casi negro, y sobre los dos cojines estaba Junca en flor de loto, cabeza grande, ojos verde claro, a ratos medio iluminados o alucinados, a ratos medio angustiados.

Frente a él, oculto entre las flores y tan presente en su bosque como lo estaba el monje gordo en mi selva, un buda de diez centímetros de alto, en extremo femenino, casi un buda mujer, daba serenidad y alegría a su meditación y le ayudaba a controlar los fuertes cambios de ánimo.

Jorge llegó poco después de que abrieran las primeras dalias de Carmelita, color amarillo limón, muy luminosas.

Las combinadas de morado y blanco, las anaranjadas, las de color morado oscuro y las rojas apenas empezaban a abrir.

Vino en el taxi de Misael, por supuesto, que le habló desde que lo recogió en el aeropuerto —historia de un capitán del ejército que tenía una perra— hasta que se bajaron frente al portón de mi casa.

Yo estaba pendiente de su llegada y abrí antes de que tocaran.

Un capitán del ejército tenía una perra.

Era dóberman y poco inteligente. El ya difunto capitán vivía en una de las casitas para oficiales que hay en el batallón Voltígeros, cerca de la desembocadura del río, y era soltero.

Misael acostumbraba llevarlo a la capital, donde vivía la madre acompañada de sus otros dos hijos, también solteros.

Antes de salir, el capitán dejaba la perra, ya difunta como él, a cargo de un soldado siempre diferente, pues no era amado por su tropa, y si se la dejaba a un mismo soldado, este terminaría por torturarla, ya que aprendería a conocerla y a hacerlo sin que se notara, de eso estaba seguro el capitán, que tenía mucha experiencia en el manejo de soldados y alguna en materia de torturas.

Misael pensaba que el animal era minusválido.

«Era especial la perrita», dijo. Entonces llegaron a mi casa, abrí el portón y la historia quedó en suspenso.

Junca lo prefirió así y no le pidió a Misael que la terminara, días después, de regreso al aeropuerto.

Tampoco yo. El horror nos había llegado con toda su fuerza y el resto sobraba.

—Algo pasó aquí —dijo Jorge, caminando ya por el sendero—. Esto se puso grande.

—Nos quedó grande, tal vez.

—No. Se les profundizó.

Era la primera vez que usaba el plural, para incluir a Aurora, que trató de disimular la alegría ante el comentario, pues él no le simpatizaba demasiado.

Y hasta ahí todo estuvo bien. Al día siguiente Jorge empezó a criticar a derecha e izquierda mientras caminaba con nosotros otra vez por el sendero.

Dejar crecer todo hasta que el mundo se ponga oscuro es fácil, dijo.

Es la oscuridad donde todos los gatos son pardos.

Lo difícil es la diferenciación y esa solamente se logra con el manejo de la sombra y de la luz, o se te vuelve todo como la gran noche única, y todavía no estamos para eso.

Hay que controlar el ojo de poeta, por ejemplo, y no como lo tenés allí, que parece embellecer el pino en el que está enredado, dijo, pero en realidad lo está ahogando.

Estuve a punto de decirle que a mí no me gustaban los pinos y que por eso estaba dejando que la enredadera lo ahogara, pero no tenía sentido engañarme ni engañarlo.

—No es pino —dije—. Es araucaria.

—Razón de más.

Razón de más , pensé. Me gustaban las araucarias, y la verdad era que el ojo de poeta, espectacular y todo lo que se quisiera, iba a acabar con ella, pero había algo en la forma como él decía las cosas que me irritó aquella vez.

No porque fuera acertado, sino porque sabía que lo era…

No, no. No era eso tampoco. No siempre acertaba y nunca alardeaba de hacerlo.

Me molestó que criticara mi trabajo, así de sencillo.

Yo había estado convencido de que había sido un gran acierto dejar que el ojo de poeta se trepara y ramificara en la araucaria, pero con eso en realidad se estaba creando una masa informe. Molestaba saberlo. No aprendemos, no.

Si buscábamos que aquello pareciera un jardín retomado por la vegetación, por la naturaleza, la dificultad mayor consistía en evitar que pareciera un jardín en verdad abandonado, dijo.

Era la cuadratura del círculo. Para que existiera jardín, cada mata tenía que estar bajo control y comportarse exactamente como nosotros queríamos que lo hiciera.

Y para que estuviera en las etapas ini ciales o intermedias de un jardín abandonado habría sido necesario medir con exactitud ese control y permitir que las matas avanzaran sólo hasta cierto punto, sin llegar a anularse las unas a las otras.

De modo que cuando viniera alguien, un visitante, y mirara lo que allí había, se rascara la cabeza y concluyera diciendo «¡es muy raro este jardín!

» o «¡qué sitio más raro es este!» y no «¡qué abandono tan hijueputa!

», dijo. Si lo primero ocurría y el intrigado visitante volvía a recorrer el sendero sin perder el gesto de desconcierto, todo iba por buen camino.

A Aurora no le gustaba el lenguaje fuerte y tal vez por eso Junca, que lo usaba con alguna frecuencia, no le simpatizaba.

Yo creía conocer, por intuición, ya que nunca tocamos a fondo el tema, su opinión sobre ella.

Me parece que Jorge pensaba que era una oportunista y que estaba conmigo por interés.

Nunca lo dijo con toda franqueza, por no ofenderme.

Al llegar a este punto en mis suposiciones empezaba yo a argumentar mentalmente contra una opinión que quizás él ni siquiera tenía.

A ver, ¿ y cuál podría ser el interés de esta mujer?

Tiene su sueldo y tiene techo. Si eso es ser interesado, entonces todo el mundo que trabaja y vive de su trabajo lo es .

Y alcanzaba a sulfurarme por ahí, solo, debajo de un árbol o sentado en alguna de las bancas.

—Lo que ustedes quieren es imposible o poco menos —nos dijo, ya para terminar su evalua ción—. Pero pienso que disfrutan intentándolo y eso es lo que importa.

Me miré con atención la punta de los zapatos y pensé que no era eso lo que importaba, no. No quería de ninguna manera que me consolaran ni que me dijeran que el mío había sido un buen intento y me palmotearan la espalda. Sonó la puerta de la calle.

—Ve tú a saber… Tocan —dije, malhumorado—. ¡Carmelita, tocan, tocan, tocan a la puerta!

Era Triana. Su llegada me ayudó a disimular la molestia por los comentarios de Jorge.

Hacía ya algunas semanas que al librero lo habían dado de alta del hospital regional, del que había salido con la pierna aquella que no se doblaba y un exceso de orgullo por lo que acababa de vivir y por lo que pensaba vivir a partir de entonces.

No hubo más serenatas. Tardó en visitarnos después de salir del hospital, y nos trajo, además de los libros de literatura, uno que se llamaba La educación del jardinero , con pocas fotos y mucho texto de buena calidad.

Entró de gafas oscuras y oliendo a Tic Tac de menta, como si estuviera de resaca o borracho.

—Pérdida total —dijo, sin preámbulos.

—¿Cómo?

—El carrito, pérdida total. De milagro no nos matamos todos.

—Qué vaina.

—El seguro lo cubre.

—Qué bien —dije, único comentario posible con relación a lo del seguro.

—Qué bueno, ¿cierto? —comentó Carmelita—. ¿Y ustedes quieren café?

—¿No tendrás por ahí una cervecita bien fría, mejor?

—dijo Triana. Tuteaba con paternalismo a las personas de clase social más baja, como los médicos al resto de la humanidad.

Para ellos, los médicos, así sientan lástima, el civil, el paciente, el resto de la humanidad, al estar en condición inferior por la enfermedad es de condición inferior.

Es la gente que se enferma y se accidenta y se aterroriza y muchas veces no tiene cómo pagarles ni comprar medicamentos, que con frecuencia ellos mismos deben suministrarles.

El accidente y la larga convalecencia lo habían cambiado para bien, en mi opinión, aunque no dejaba de inquietar su consumo cada vez mayor de alcohol.

La timidez se le notaba menos y desaparecía definitivamente cuando estaba con tragos.

Demasiado tarde, pensé. Ya para qué. Su amor por Aurora había sufrido pérdida total, como la furgoneta, y ni siquiera parecía acordarse de que alguna vez lo había sentido.

Ella le preguntó que si también se había golpeado en el pecho, del lado del corazón.

Bueno, pues me di un golpecito en la cabeza que me despejó bastante, contestó.

—Una concusión cerebral mayor —dije, por decir algo, y se produjo un corto silencio. Jorge aprovechó para encargar varios libros en español difíciles de conseguir en Estados Unidos.