El caracol
Su padre nos asesoraba, y hermanos, tíos, sobrinos, cuñados, padres de los cuñados y amigos de cualquiera de los anteriores nos daban también sus opiniones y consejos cuando llegaban de visita o ella los llamaba para consultarles.
Además del señor don Tobías, también nos visitaba con frecuencia la última bisnieta, Escarlet.
De escasos tres años, sus padres, aún muy jóvenes, se la llevaban a Aurora cuando salían a sus caminatas de varios días, y ella se sentía siempre contenta de recibirla.
También yo disfrutaba de tener a la niña en mi casa, aunque no le hablara demasiado ni me ocupara mucho de ella.
Le sonreía y Escarlet me sonreía, y ese era todo el vínculo que había entre nosotros.
Nos caíamos bien. «¿ Escargot ?», pregunté cuando supe del nombre.
Aurora celebró el chiste y a través de ella les llegó a todos en la familia.
También les gustó a varios de los sobrinos, dos estudiaban Filología, y así quedó para ellos la niña, que era muy bonita y de pelo ensortijado y ojos claros como los de la tía, tanto que en ella esta especie de apodo, fuera Escargot o Caracolito, era un adorno.
El señor Tobías, después de sus exámenes médicos en la capital, se quedaba algunos días con nosotros.
La mala circulación seguía molestándolo y había vuelto a causarle arriba del tobillo una herida o llaga que no quería sanar y más bien siguió creciendo durante aquellos meses.
Para controlarla y evitar infecciones, pues a su edad existía siempre el riesgo de gangrena, era necesario hacerle curaciones diarias.
Todas las tardes la bella Aurora, con gasas, pomadas y una ponchera de agua le hacía la curación a su muy anciano padre en una de las bancas de piedra, bajo los dos grandes ficus, entre los agapantos.
Y si estaba Escarlet, parecían tres versiones de una misma persona.
La familia toda se mantenía pendiente del estado de la lesión del padre.
Cuando viajaba a las revisiones, los teléfonos celulares sonaban por todo el país.
Se dejaban mensajes —«el médico dijo que…
», «él está bien de ánimo, pero la piernita no le progresa…
», «en un mes tiene la cita»— o se comentaban los pormenores de la visita y aprovechaban para contar lo de la sobrina que se iba a casar o a separar, o lo de la que había sido admitida a Agronomía en la Universidad Nacional, o lo del sobrino testigo de Jehová, que estaba muy cansón, decían, pues se había hecho pastor y quería convertir en testigo de Jehová todo aquello que se moviera o se estuviera quieto.
Vivían en distintas ciudades, fincas y pueblos, pero con los teléfonos celulares la familia se desplazaba toda junta por la vida y por la muerte, como en un trasatlántico.
Cada dos o tres meses Aurora me anunciaba que iba a visitar a sus padres y, sin esperar mucho, al día siguiente, Misael la llevaba a la capital.
En cuadernos escolares rayados que comprábamos para eso, tomaba notas en el camino sobre las historias del taxista.
Desde hacía años yo venía registrándolas en las mismas tarjetas amarillas que usé en mis ya remotas actividades universitarias, pues me daba lástima que se me perdieran, y le había pedido el favor a Aurora de que les prestara atención y me las contara.
Ella resolvió usar los cuadernos. En la capital tomaba un bus para el norte del país, donde vivían sus padres y muchos de sus hermanos y sobrinos, y durante el viaje estudiaba las notas.
Después pondría unas estrellitas de separación y escribiría las historias.
Yo numeraba y ponía en la biblioteca los cuadernos ya terminados.
Los textos de mis tarjetas eran telegráficos; los de los cuadernos, piezas completas y redondas hasta donde fuera posible con la forma de contar de Misael.
Me gustaba la claridad de la letra, grande, amplia, un poco flotante, y sobre todo la claridad del estilo.
Al no tener vanidades literarias, en las transcripciones no había enredos que distrajeran al lector, y aquello que se quería transmitir aparecía en un grado alto de limpieza, sin las vueltas que algún escritor ambiciosillo o el mismo Misael habrían podido agregarle.
A ella le cuenta la historia sobre el excompañero suyo aficionado a las peceras.
Un compañero de Misael se aficionó a las peceras.
Eso era antes, cuando el taxista vivía en la capital y trabajaba como escolta de un político.
Su compañero, también escolta, había empezado con la pecera que le regaló de cumpleaños a su hijo y que traía cuatro de aquellos peces rojos que, por las colas largas y la elegancia de movimientos, se conocen como bailarinas.
Tienen colas largas, no se lo voy a negar, pero ojos como de sapo, señora Aurora, dijo Misael, parecen sapitos rojos.
Bonitos sí, pero de lejos. En fin. El hombre le compró todos los utensilios a la pecera, oxigenadores de burbujas, le compró de esos peces que se pegan a los vidrios y los limpian, le compró un bucito con sus dos tanques a la espalda.
Y el niño se debía lavar las manos si quería cambiar de sitio el buzo o el cofre del tesoro, por ejemplo, o sacar los caracoles para mirarlos, o despegar los peces del vidrio, o ponerse las bailarinas en la palma para que boquearan un rato, y volver a ponerlas en el agua hasta que veía que no estaban muertas y nadaban otra vez como si nada.
Después de recibir dos o tres regaños grandes del papá, que siguió comprando peces hasta que ya no cupieron más en el tanque, el niño perdió todo interés.
Las bailarinas medio ondulaban todavía, o tal vez medio se asfixiaban, en el apretuje de peces.
Entonces el amigo de Misael compró una pecera más grande y ahora no le caben las peceras en la casa, doña Aurora.
Un día de estos vamos, para que las vea, si quiere.
Es en el barrio Restrepo. El hombre ha hecho préstamos bancarios para equipos de peceras de agua salada, y en la sala tiene una de pared a pared, donde hay tiburones de los chiquitos y una mantarraya.
Su casa parece un almacén de pescados y peceras, y uno se extraña de que su señora no lo haya dejado todavía.
Hasta ahí llegaba la historia. Los cuentos del taxista a veces parecían acabar de manera abrupta, no donde naturalmente los terminaría cualquier otra persona, sino donde Misael consideraba que se causaba mayor impacto o inquietud en quienes los oyeran.
O quedaban truncos, por supuesto, cuando el pasajero pagaba y se bajaba.
El taxista transportaba a las personas que venían a visitarme, mucho más numerosas ahora que durante los años de reclusión en el apartamento.
De Inglaterra llegaba mi hija con su familia; de la capital, algunos de mis hermanos; Lucía y Paulamejía, cuando menos las esperaba, y cada año, cada dos años, Carlitos y Jaime, excolegas a quienes yo apreciaba especialmente y que siempre estaban juntos, para exasperación de sus respectivas mujeres:
—Parecemos Laurel y Hardy.
—Tola y Maruja.
—El doctor Jekyll y míster Hyde.
—Garzón y Collazos.
—Ortega y Gasset.
—Qué pendejo eres.
Victoria, mi exmujer, no me había visitado todavía y no lo iba a hacer, si yo podía evitarlo.
Nos entendíamos bien por teléfono y por correo electrónico, pero no nos aguantábamos en persona, y durante nuestro matrimonio de diez años sólo hubo dos maneras posibles de estar nosotros en presencia el uno del otro: peleando o teniendo relaciones sexuales.
Victoria me había pedido varias veces que la invitara a conocer el jardín, pero yo encontraba siempre la manera de no hacerlo y ella sabía muy bien por qué: a mi edad ya no quería ni pelear ni tener relaciones sexuales, por bonita figura que ella aún tuviera, mientras que a Victoria le encantaban todavía las dos actividades, pelear tal vez más que la otra.
Y seguramente le causaban gracia las maromas que me veía obligado a hacer para negarme sin parecer irrespetuoso ni descortés.
De Nueva York venía Jorge Junca cada dos años o algo así, y anunciaba su visita por lo menos con seis meses de antelación, para que yo me fuera resignando, decía, y preparando.