Las noches todas El sol #2
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El sol #2

Le gustaba la televisión y, no obstante lo fino de su oído, la ponía a volumen muy alto, de modo que le regalé unos audífonos, para que no me llegaran ni de lejos los diálogos de las telenovelas y las voces de los presentadores de noticias.

Por la noche veía yo el resplandor de la televisión, que empalagaba con sus colores las paredes y hasta el aire mismo del cuarto de Carmelita, el más alejado hacia el lado de la ciudad, y sentía cierta repugnancia.

También sentía alivio por verme libre de aquellos diálogos, de aquellas voces, de aquellas presencias.

Las presentadoras, muy seguras de sí mismas e idénticas entre sí, fueran rubias o negras, eran muñecas ultrafemeninas hechas del mismo material sintético de las voces.

Los presentadores hombres eran también intercambiables: hablaban todos con la misma entonación y tenían bastante de muñeco.

Carmelita sabe con quién está casado cada uno de los presentadores de noticias y cada uno de los actores de telenovela.

Lee las revistas de chismes del jet set nacional, pero también a escala mundial sabe quién está casado con quién y conoce los nombres de conflictivos jóvenes nobles de minúsculos Estados europeos, príncipes y princesas con historial policivo internacional por cleptómanos, exhibicionistas o drogadictos, y que mueren en accidentes de carros deportivos o por sobredosis.

Macroinformación, microinformación, la información toda, de vecindario, continental, mundial.

La capacidad de Carmelita para asimilar datos es mucho mayor que la normal, de otra forma no se entendería cómo le alcanza el tiempo para cocinar mejor que bien y para criar además sus begonias espectaculares y sus lirios negros.

Por ella supimos que el yerno del señor Ezequiel había apuñalado dos veces a su mujer.

—Apuñalado y también macheteado, don Esteban, porque es un hampón que ha estado en la cárcel de La Estrella dos veces por abuso de menores, pero a la mujer no la quería matar sino nada más asustar, porque si la mata ¿a él quién lo mantiene?

¡Y con lo gordo que está! Claro que ella lo que se dice «menor», no es.

Ella es maestra de primaria y me parece que es mayor que él.

Si viera lo educada y decente. No entiende uno cómo fue a casarse con semejante lacra.

La machetea para mostrarle quién es el que manda y quién va a ser dueño de todo cuando falte el señor Ezequiel.

Ella dice que nunca es con el filo sino a planazos, don Esteban.

Le tiene miedo y lo defiende, vea usted.

—Vea usted.

—Pero ya el yerno se va a cuidar y no la va a machetear más.

—Qué bueno… ¿Por qué no la va a machetear más?

Carmelita explica que la última vez había alcanzado a cortarla, porque es todo torpe, pero que la mujer había ido a llorarle al papá, quien a su vez había ido adonde el yerno y le había dicho que si volvía a pegarle a su hija con el filo, lo mataba…

—No tiene motricidad fina.

—¿Cómo me dice?

Carmelita espera a que me explique y como no lo hago piensa un poco y amplía lo que el señor Ezequiel había dicho: «Si vuelve a tocarla, mejor dicho, sea con el filo o a planazos, vengo y acabo con usted», dijo Carmelita que le había dicho el anciano al delincuente obeso de su yerno.

Y desde ese día ya nunca jamás le dio planazos, ni tampoco con el filo.

—La ofende de palabra, eso sí, don Esteban, viera las cosas que le dice, y algún estrujón le dará, claro, porque esa maña se les queda. Y no le deja templar peso del sueldo. Peso que le llega, peso que le quita, pero el machetico se mantiene ya en la funda.

—Qué vaina —digo. Aurora pasa sonriendo—. Qué bueno, mejor dicho.

—¡Cómo le parece! —dice Carmelita—. Cobarde que es. Porque el señor Ezequiel lo mata, si se llega a sobrepasar.

Lo cansaba a uno con tanta cosa. Habría sido bueno salir de ella o que trabajara sólo dos días a la semana.

Yo sabía muy bien que ni lo uno ni lo otro había ocurrido en medio siglo y no iba a ocurrir ahora, y en ese momento me di cuenta de que aquello que me estaba cansando y de lo que sería bueno salir no era de Carmelita sino de la vida, o de la realidad, a la que ella servía de médium para comunicar sus fluctuaciones, con inclinación a pormenorizar los horrores y a dejar por fuera los momentos buenos.

—Le puede pegar, pero poquito —dije, y Aurora otra vez sonrió desde lejos.

Aurora pasaba los días contenta. Los muertos bajaban muy rara vez ahora por el río y, cuando pasaba alguno, Carmelita nos informaba al detalle.

Nosotros no volvimos a verlos, a pesar de que seguíamos paseando en lanchas de alquiler por los dos ríos.

Íbamos con alguna frecuencia a la popular Isla del Sol, a una hora de navegación río abajo, donde, en puestos que funcionaban desde hacía más de cien años, freían pescado con plátano para los turistas.

La gente consumía los peces como si vinieran de aguas puras y al parecer no les hacían daño, tal vez porque muchos los pasaban con aguardiente.

Aurora y yo nos limitábamos a la ensalada de repollo, tomate y cebolla, al arroz con coco y a los plátanos verdes fritos, pero yo era de la opinión de que el aceite en el que freían los plátanos era más tóxico que el mismo pescado, por lo poco que lo renovaban.

—Es el aceite del fin del mundo. El Mazola del Apocalipsis. Si vamos a comer patacones, bien podríamos también comer pescado, ¿no te parece?

No le parecía.

Los cormoranes, negros, hidrodinámicos, de ojos verdes, al mismo tiempo opacos y vivaces, con algo de nutria, de pato, de pez, de ganso, de pingüino, desaparecían en las aguas turbias del gran río y reaparecían muchos minutos después y cien metros más lejos con cosas en el pico, vivas al parecer, e informes, que no lográbamos identificar y que los cormoranes se tragaban de un solo golpe.

Aunque nadie sabía con seguridad si éramos pareja, la gente tendía a pensar que lo éramos, pues nos veían juntos y hablando siempre, día tras día.

Ni siquiera Carmelita lo sabía. Veía salir a Aurora muy tarde de mi cuarto, pero como encontraba por la mañana sobre mi escritorio las fotos de plantas o de jardines que habíamos impreso durante la noche, no podía estar segura de nada.

Me parece que tendía a creer que éramos amantes, pero ni Aurora, en extremo reservada para sus asuntos personales, ni tampoco yo teníamos ningún interés en sacarla de la duda.

Aurora se había convertido ya en parte del jardín, que empezaba a parecérsele.

Para mi gusto los humanos alcanzan toda su belleza física por allá por los treinta y cinco, cuarenta años de edad, cuando logran la máxima serenidad y el máximo vigor sin que la piel haya comenzado a arrugarse ni los dientes a ponerse amarillos.

Y era esa belleza suya la que veía yo presente ahora en las orquídeas y en las suculentas, de las cuales era muy aficionada, y también, y muy especialmente, en la manera de usar las enredaderas para darles aparente profundidad a ciertos rincones que no la tenían, así como en su forma de crear audaces con trastes de luz y color entre plantas de diferentes especies.

Nadie iba a saber nunca lo mucho que me dolía o me dejaba indiferente la amistad, si era amistad, de ella con Javier Aguirre, especialmente, pero también con Triana, el librero —de hacerles caso a las insinuaciones de Carmelita—, y a veces incluso con Misael, siempre tan respetuoso.

Todo aquello me movía el piso, dejándome ver un mundo feo en el que la gente se burlaba de mi ingenuidad de anciano, para no nombrarlo de modo aún más denigrante, e incluso me compadecía.

Dos o tres hechos más o menos sólidos me bastaban a mí para formar laberintos, verdades falsas que me abrían infiernos, ellos sí verdaderos, muy difíciles de cerrar y olvidar.

Aun suponiendo que las insinuaciones de Carmelita fueran ciertas, y estoy seguro de que no lo eran, Aurora habría estado en su derecho.

Yo no tenía ninguno y la gente iba a hablar de todas maneras.

Lo importante era no perder el centro. No dejarse desconcertar por situaciones que nada tenían que ver con mi trabajo.

Y lo cierto era que yo nunca habría podido avanzar tanto con el jardín en tan pocos años si no hubiera sido porque ella había tenido la capacidad de ver lo que yo intentaba hacer y me hacía posible lograrlo.