Las noches todas El sol
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El sol

Como si el presentimiento de catástrofes inminentes que me venía acosando desde hacía algún tiempo hubiera empezado a cumplirse, se accidentó en su furgoneta Mario Triana.

Todavía en las noches de mis insomnios, dos, tres de la mañana, me llegan vientos de desastre como los de aquellos días.

Es un ruido feo, un murmullo profundo de premoniciones que llenan de miedo porque a veces —rara vez— se cumplen.

Y se me ocurre ahora que en el origen de todas las catástrofes está el hecho mismo de que haya mundo y no esté todo vacío y en paz.

La de Triana no había sido catástrofe importante, pues no se mató nadie, ni tampoco de las difíciles de presentir, por lo mucho y muy malo que a un chofer como él podía pasarle en cualquier momento.

Había sido un milagro que no hubiera ocurrido antes.

Rescataron al herido y se lo llevaron para el hospital, y rescataron a los ilesos, y rescataron con poleas la furgoneta del fondo del abismo, y la grúa se llevó para los patios el anudado amasijo de chatarra en que había quedado convertida, semejante a una hoja de papel arrugada con rabia o desconsuelo, y entonces fue claro para todo el mundo que el accidente se había visto venir desde hacía mucho tiempo.

Aurora nunca trató mal a Triana ni lo rechazó de manera inequívoca y allí precisamente había estado lo delicado del asunto.

Me parecería a mí que en estas cosas es más sensato no andar jugando con sonrisas y chistecitos.

Habría que ser más tajante, pues uno de enamorado no controla mucho la imaginación y cuando menos piensa está abrigando esperanzas absurdas.

Ella coqueteaba un poco con Triana, pensaría yo, se mostraba imprudente, le sonreía, se ponía demasiado bonita cuando él llegaba.

Y entonces él, arrastrado por la euforia, peligrosa siempre como la pólvora, se volvió audaz y agresivo en la carretera.

Rebasaba carros de mayor cilindraje y mejor pique mientras bebía whisky con sus acompañantes, si los tenía, o bebía solo, y arrinconaba y casi hacía salir de la carretera vehículos más pequeños o todavía más destartalados que el suyo, de modo que a la poca habilidad se sumó el alcohol, la audacia y la patanería, hasta que una noche, después de una de aquellas serenatas, decidió seguir tomando junto con dos de los músicos en una de las discotecas que hay a la salida para la capital, y de regreso se fueron por un barranco.

Los mariachis sufrieron sólo rasguños, pero, igual que a Triana, fue necesario rescatarlos con lazos de los arbustos de los que habían quedado colgando.

Ni siquiera per dieron los luminiscentes sombreros de charro, que, al traerlos ellos atados del cuello, se libraron de bajar despacio en la noche, como hojas de papel, a los abismos.

En cambio Triana pasó un mes en cuidados intensivos y salió de muletas y con tornillos en los huesos de una pierna que nunca más se iba a flexionar como era debido, lo cual lo obligaría a hacerle una adaptación a los pedales de su nueva furgoneta, de modelo mucho más reciente, que ya no vendría con ganchos para bicicleta ni parecería furgoneta de inválido.

Por los días en que comenzaron las serenatas, me ocupaba sin éxito en acomodar más de veinte variedades de dalia en aquel jardín cada vez más oscuro.

La pasión del librero era una distracción molesta.

El genio se me dañaba y el sueño se espantaba del todo cuando, tarde en la noche, empezaban a sonar violines, trompetas y guitarrones.

Para las dalias había que encontrar un sitio que recibiera al menos seis horas diarias de sol.

Estas plantas se parecen a muchas matas silvestres en que no les gusta que las siembren en tierras enriquecidas o especiales, ni que las poden y les pongan ripio de corteza de árbol y demás refinamientos de la jardinería, pues se rebelan y se niegan a prosperar o se mueren.

Tierra común y corriente, no muy abonada. Y lo más importante de todo: sol.

A un famoso jardinero le pidieron que renovara el patio interior de una casa situada en uno de los barrios más viejos de una de las ciudades más antiguas de Europa.

Sus árboles tenían siglos, eran grandes y frondosos, y a la tierra casi no le llegaba el sol.

Talarlos estaba descartado, y el jardinero consideró que podarlos era también una locura y además un irrespeto.

Decidió entonces hacer un jardín tan umbroso como lo habían sido las selvas primigenias de la Tierra y sembró plantas que solamente necesitaban alguna claridad, algunos rayos de sol.

En aquella penumbra los matices del verde se hicieron infinitos y se depuró la luz, que provenía de los contados chorros de sol que caían sobre las muchas variedades de hiedra.

Había sido cuestión de poner algunas plantas de otros tonos de verde y cambiar de sitio una o dos de las piedras más grandes, de modo que al caminar por los senderos fuera evidente que en aquel oscuro jardín de aquel continente tenebroso la luz lo era todo.

Me empeñé en formar mi colección de dalias.

A diferencia del famoso jardinero, yo no había querido aceptar la realidad de que todo se había oscurecido demasiado y ya no quedaban sitios donde las dalias pudieran darse juntas.

La terquedad y los jardines son incompatibles.

Y aunque otra vez intuía yo que estaba equivocándome, dando tumbos, intentando lo imposible, no podía dejar de hacerlo.

Desde niño había visto en casas campesinas pequeños grupos de dalias con flores de un solo color, amarillo, morado, anaranjado, y de dos colores, rojo con blanco o morado con blanco, casi siempre.

Las matas se doblaban por el peso de las flores, cuyos colores, por lo intensos y abundantes, casi ni cabían en los ojos, y eran atadas con pita a las cercas de malla o de alambre de púas, o apuntaladas con varas de bambú o palos de escoba.

En alguna parte, entre el pasto crecido y como elementos de un absurdo diseño de conjunto, podía verse un lavamanos o una taza de inodoro abandonados, y resultaba tentador pensar que palos de escoba e inodoros eran parte del secreto de semejante exuberancia.

Y tal vez lo hayan sido, pues veía yo en los libros que nos conseguía Triana los ordenadísimos canteros de dalias de los jardines europeos, con las matas sujetas hábilmente a varas de plástico verde, para que el follaje de la mata misma las ocultara mejor y la gente creyera que se levantaban por sí solas de la tierra.

Cultivadas así, las dalias perdían su caos y su magia y también mi interés.

Para mí una dalia que no se vea caída o a punto de caerse por su propio peso o que no esté amarrada con fique a alguna cerca o a algún palo cualquiera clavado en la tierra es una mata medio falsa, mentirosa, producto de la hipocresía y, sin duda, menos bella.

Aurora no compartía mi opinión y no quiso empeñarse a fondo en el asunto.

Los campesinos pobres de las fincas vecinas de la de sus padres las sujetaban precisamente de las cercas o las levantaban con los consabidos palos de escoba, casi siem pre acompañadas de todo el desorden que a ella tanto le molestaba.

En cambio Carmelita, sin decirle nada a nadie, recolectó los bulbos de las plantas que no prosperaron en la poca luz del sitio donde los habíamos sembrado y terminaron por marchitarse, volvió a sembrarlos y apareció de pronto una pelotera de dalias a lo largo de la pared de la cocina, que pasaba buena parte del día llena de sol, logrando así, cuando y donde menos lo pensamos, todo el esplendor desordenado y multicolor que tanto me gustaba.

A ratos le tenía yo cariño a Carmelita, como ahora con el asunto de las dalias, a ratos la detestaba.

Así ha sido desde siempre su relación con mi familia.

Pertenezco a la tercera generación que le ha tenido cariño y se ha desesperado con ella.

Carmelita no se detenía ante nada a la hora de desacreditar a Aurora y, de haber sido posible, le habría puesto zancadilla para que se cayera de cabeza por las escaleras.

Como no era posible, pretendía ser amable con ella mientras le hacía una guerra oculta a la que Aurora respondía con el respeto impersonal que una persona de su edad le debe a alguien ya mayor, sea quien sea. Y así la desarmaba.

Por Carmelita me enteré de que el señor Ezequiel, mi anciano vecino, siempre callado y amable, debía por lo menos cuatro muertos. Asombroso, pues en él la dulzura de la ancianidad avanzada era auténtica y era mucha.

—En la cintura —informó Carmelita—, debajo del poncho, carga siempre una pistola. Ahí donde lo ve sentado lo que está haciendo es esperar a que vengan por él los familiares de los muertos y tal vez los muertos. Claro que en ese caso no le va a servir la pistolita.

Poco después por el señor Ezequiel mismo me enteré de que, en efecto, tenía revólver.

Lo usaba para espantar a los ladrones de frutas, dijo, y no lo mantenía en la cintura sino dentro de la casa.

Carmelita afirmaba que de vez en cuando, por las noches y seguramente cuando se asustaba, el señor Ezequiel disparaba al aire en rápida sucesión, tac-tac-tac-tac-tac-tac, los seis tiros del tambor.

Aurora y yo no habíamos oído nunca los tales disparos y no creíamos que el anciano fuera persona demasiado fácil de asustar, pero me gustó la gracia que le puso Carmelita a los tac-tac y me sorprendió que supiera que los revólveres tenían tambor y que el tambor cargaba seis balas.

—Lo que pasa es que doña Carmelita escucha los disparos en la televisión y piensa que es afuera —me dijo Aurora después en voz baja, casi por señas. El oído de Carmelita es finísimo y si no tenía encendida la televisión nos alcanzaba a oír y sobre todo a escuchar desde su cuarto.