Las noches todas Los guitarrones
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Los guitarrones

Las serenatas de Triana se convirtieron en una causa más de perturbación de mi alegría.

Las traía los viernes o sábados y eran las de una persona más bien tímida que con el alcohol se atrevía a los mariachis y hasta cantaba.

Los grupos eran de gran calidad, y en las serenatas, fulminantes, pues duraban un máximo de tres canciones, no había ni risas ni ruido de botellas.

Por eso a Aurora no le quedaba fácil decirle al librero que dejara de traerlas —suponiendo que a ella le disgustaran— y tampoco a mí, pues el otro estaba en su derecho y además hacía todo lo posible por ser prudente y evitar bullicios.

Me cansé de rogarle , primera canción de la primera serenata de una serie que terminaría en un accidente de carretera, sonó una noche a las tres de la mañana.

Curiosa elección, pues Triana comenzaba apenas a rogar y estaba lejos de cansarse.

Siguieron Desdeñosa y Tú, sólo tú. Y ya empezaba a hacerme a la idea de que el asunto iría para largo, cuando se silenciaron de repente trompetas, violines y guitarrones, el sonido de las botas se alejó entre voces, y quedé acompañado solamen te por las ranas y los grillos, que seguirían cantando en paz a lo largo de la noche.

Ya fui incapaz de dormir. Al irse los mariachis me quedaba la preocupación de que aquello fuera a repetirse.

¿Y a este quién le dijo que podía traer serenatas?

, pensé. Mi relación con Aurora se había hecho muy cercana y cada vez más difícil de definir.

Mi atracción por ella, vivo rescoldo más que llama, daba cierta fuerza, cierta quieta intensidad a lo que se hacía en el jardín.

Las actividades de los mariachis de la ciudad tenían lugar por los alrededores de un hotel-residencia que quedaba no muy lejos del dentista, pero ya en un sector feo, hacia la plaza de mercado.

Como yo acostumbraba llegar demasiado temprano a las citas, iba hasta el sitio y quemaba tiempo mirándolos caminar y fumar por las aceras, esperando clientes, enfundados en sus vestidos adornados de lentejuelas.

Me llamaba la atención que también los mariachis gordos, y de esos había bastantes, tuvieran que ponerse vestidos apretados.

Demasiada cerveza y comida grasosa y harinosa, arroz, papa, yuca, ñame, plátano, todos de fulminante conversión en grasa.

En una cafetería cercana al hotel los mariachis gordos y también los flacos templaban sus guitarras e incluso tocaban canciones que yo conocía bien, pues las había venido oyendo y disfrutando desde la cuna y aun desde antes de la cuna, y me llegaban todavía con más fuerza por el ambiente en que estaban sonando ahora y sobre todo porque las estaban cantando sólo por el gusto de hacerlo.

—Más ordinario que un mariachi con ropa holgada —decía yo de repente, para ver aparecer la sonrisa de Aurora. La serie de comparaciones con «más ordinario que» se hacía entonces inevitable. Le encantaban, conocía muchas e incluso había inventado algunas.

—Un mariachi de guayabera, sí señor. Más ordinario que un ataúd con pegatinas. Más ordinario que té con morcilla…

Un día vi desde la calle la ventana abierta del baño de uno de los cuartos del hotel, y allí, en un gancho colgado del tubo de la cortina de la ducha y con la negra corbata de moño puesta, estaba el vestido vacío color marfil del mariachi que seguramente dormía y sudaba en calzoncillos, soñando con pantanos calientes en un cuarto donde el aire denso de las dos de la tarde circulaba empujado a duras penas por un ventilador destartalado y ruidoso.

Moscas en los cables de la luz. Luces del vestido.

Perfume del anís del aguardiente en el sudor.

Media hora más tarde, a cuatro cuadras de distancia y mientras los mariachis caminaban por las aceras y encendían sus cigarrillos tristes, me agarraba yo de los brazos de la silla y perdía otra muela.

Ahora me faltaban dos. El segundo premolar superior izquierdo había estado ya muy flojo y yo había abrigado la esperanza de que se des prendiera del hueso casi sin esfuerzo.

Nada de eso. No opuso demasiada resistencia, cierto, pero así y todo crujió al ser arrancado por el alicate como si descuajaran un árbol; como si al desenraizarse del cráneo fuera a arrastrar parte de un ojo en su salida.

Mi dentista levantó con las dos manos el alicate que agarraba la pieza dental y miró hacia lo alto, como haciendo una ofrenda; después miró hacia lo bajo y la muela repicó sanguinolenta en el recipiente de peltre blanco que había en la mesa de instrumentos y quedó alumbrando allí con su rojo gelatinoso, como un bombillito.

—Salgamos de todo lo maluco de una vez —dije cuando paré de escupir sangre.

Me explicó que no era recomendable de ninguna manera someterse a dos intervenciones mayores en una sola sesión.

Le dije que así se ahorraba en analgésicos, pero no le causó gracia mi chiste.

No hubo manera de convencerlo y sólo ocho días después instalaba el andamiaje de metal y caucho que abría espacio para trabajar en el tratamiento de conductos de un incisivo que tal vez pudiera salvarse.

Antes de empezar fue al escritorio y me trajo un papel manuscrito que decía en letra muy clara:

Ceiba acuminata, Ceiba aesculifolia, Ceiba allenii, Ceiba boliviana, Ceiba chodatii, Ceiba crispiflora, Ceiba erianthos, Ceiba glaziovii, Ceiba insignis, Ceiba jasminodora, Ceiba lupuna, Ceiba pentandra, Ceiba pubiflora…

La lista era rítmica y larga, como las letanías de la Virgen. Dije «aghh, aghh» por cortesía y pensé que lo único bueno de los tratamientos de conductos era que el paciente tenía que hablar poco.

—Así es —dijo el dentista—. Increíble la cantidad de variedades.

Contó entonces que la semana anterior su hija mayor se había graduado de odontóloga y él le había dado una fiesta con ciento cincuenta invitados en el club campestre del que eran miembros.

La niña, dice el dentista con inmenso orgullo, es muy alta, muy rubia y de ojos azules.

Estrella universitaria de baloncesto. Una belleza.

Sin dejar de hablar, empieza a vaciar el conducto de la muela con una lima minúscula, y entonces, detrás de las descargas de dolor que a pesar de la anestesia se producen de repente y duran fracciones de segundo, alcanzo a percibir la intensidad del amor del dentista por su hija, como un lejano canto a la alegría en voz de soprano o la transparente vibración de una campana.

Días después me di cuenta de que la descripción no había sido del todo exacta.

Imposible negar que fuera alta, que fuera muy rubia y que tuviera los ojos azules, pero no era despampanante, como la veía su padre.

Quedé admirado. Era alta y gruesa, de caderas muy anchas y también altas, y ojos de un azul verdoso desvaído, muy grandes y separados.

Y para ser estrella deportiva no parecía ágil.

Todo lo contrario. Daba la idea de torpeza y hacía pensar en un ligero gigantismo.

Seguramente el técnico la ubicaba, quieta, en algún punto de la cancha, sus compañeras le pasaban el balón cada vez que podían y ella lo lanzaba una y otra vez, como una basquetbolista de pilas, desde su altura inexpugnable hacia la canasta enemiga.

Pensé en lo bonita que la veía su padre, en lo bella que seguramente trataba de verse a sí misma a pesar de que le pusieran apodos y no le aparecieran pretendientes, y sentí una oleada de tristeza, por ella, por mí, por el dentista.

Tengo el corazón hecho un trapo , pensé.

Regresé de la cita, fui a mi cuarto y me senté a mirar hacia un mismo punto en el piso.

Estoy durmiendo demasiado mal , pensé. Bajé a la cocina y me serví un trago grande del ron que Carmelita mantiene para las tortas.

Lamenté no haber aprendido nunca a beber ni a fumar.

Pensé en lo inútil que sería hablarle a alguien sobre este asunto.

Ciertos hechos se me presentan siempre demasiado mezclados.

No son realidades complicadas de ver ni de entender, pero sí casi imposibles de describir y comunicar.

Así y todo no me resigno al silencio y, una y otra vez, para no estar solo, intento transmitir lo inexpresable, y lo único que logro es hacer bulla y quitarles a aque llas verdades o realidades la intimidad y soledad de mi propia mente, que es donde naturalmente habitan y son claras, hasta que el ruido de la comunicación las espanta y desaparecen con toda su luz.

Tenía ojos azules y algún día a algún muchacho con suficiente estatura podría parecerle bella. Eso me consolaba. Y tenía su puesto asegurado en el equipo. En cierto modo todo estaba bien.