Dios #2
Fue así como compré en el jardín botánico de un pueblo perdido en las estribaciones de la cordillera Oriental, y bastante caras, por cierto, varias especies raras de cactus y de suculentas.
El director del jardín tenía bigotes en forma de manubrio y dientes amarillos y largos, y daba la impresión de saber todo lo que hay para saber sobre plantas.
Al principio le calculé algo así como cincuenta años, pero al hablar con él y al mirarle las manos y los dientes vi que estaba llegando tal vez a los ochenta.
Con ojos brillantes de entusiasmo nos explicó que la venta de especies raras financiaba en gran parte el jardín botánico, de presupuesto escaso.
Nos llevó a un salón donde había varias estanterías con cactus y nos mostró uno que valía cuatro mil dólares.
Sus carcajadas eran de persona aún joven.
Dijo que ya lo tenía vendido a un filántropo estadounidense.
Era difícil saber si hablaba en serio, pues el cactus en cuestión no era particularmente bello.
Absurdo pagar tanta plata por una especie de barrilito con púas , pensé, pero nada dije, pues no quería generar algún malentendido o una cadena larga de equívocos.
¡Y ni soñar con mencionar la filantropía y su posible relación con la compra de cactus!
Llegamos a la casa con los muchos que al final decidimos traer y los pusimos todos juntos en las dunas que habíamos diseñado por el lado del jardín donde la hilera de acacias llegaba a una de las tapias.
—El señor puede que esté anciano —comenté—. Pero de cactus sabe.
—¿Señor anciano? —preguntó Aurora—. Tendría si acaso cincuenta años, Esteban.
—¿Eso crees? ¿No le miraste los dientes?
—¡Para qué le iba a mirar los dientes! ¡Y coqueeeeto…! Tan largos no me parecieron tampoco los bigotes.
Los chirridos y dislocaciones de la lógica y de la comunicación no me importaban cuando se producían en mi casa, con Aurora o con los otros.
Al fin y al cabo era mi territorio. Yo les pagaba.
Ellos además habían aprendido a entender lo que yo quería decir con lo que estaba diciendo.
Mientras más se debilitaba mi vínculo con la humanidad en general, más se acentuaban los rasgos del sitio que estaba creando y en el que estaba viviendo, esto es, la casa y el jardín, los ríos y ciertos sectores de la ciudad, así como se acentuaban también los vínculos que los habitantes del jardín, esta humanidad en particular, habíamos establecido entre nosotros.
Yo trabajaba desde que empezaba la luz hasta que se terminaba.
La muerte, a mi edad, bien podría estar rondándome de cerca, pero no era eso lo que me asustaba.
Me obsesionaba la idea de que si no terminaba lo que había emprendido o lo terminaba mal, iba a ocurrir algo malo, atroz quizás.
Ese pensamiento tenía más realidad en la noche profunda, en la plena soledad de mi insomnio, que durante los días, cuando la luz lo debilitaba y disolvía.
En qué consistía aquello que iba a pasar no había manera de saberlo.
Tal vez la amargura empezaría a enroscárseme como culebra en el corazón y a apretarlo cada vez más hasta matarme; tal vez ocurriría algo pavoroso, suicidio, homicidio; o un accidente iba a dejarme lisiado a mí o a alguien, paralizado, muerto en vida tal vez.
Cualquier cosa nos puede pasar siempre en cualquier momento.
Bajo cada piedra, detrás de cada árbol acecha el espanto.
Hay quienes entran de repente al infierno al quedar medio vivos en sus propias camas o en sus bañeras bajo toneladas de escombros.
Incendios convierten en llagas palpitantes a los niños de las guarderías y a los ancianos de los asilos, rematando con dolor puro vidas que quizás hayan transcurrido en paz y con toda felicidad.
Y hay realidades aún más atroces. Los seres humanos, micos inteligentísimos, metódicos, les arrancamos despacio las uñas con alicates a nuestros semejantes o nos especializamos en quemarlos con cigarrillos en los ojos o en ponerles descargas eléctricas en la vagina, en los testículos.
Las puertas del horror —y sus posibilidades son muchas— están siempre abiertas para todos no sotros, los humanos, y de ese modo lo están también para los otros animales y para las cosas, para todo.
En mi jardín yo encontraba a veces refugio de lo horrible, aunque siempre por azar.
Una planta muy fértil, que durante mucho tiempo consideré hiedra, hasta que me enteré de que era una variedad trepadora del ficus, había cubierto por completo las paredes exteriores de la casa y yo la había dejado entrar y enmarcar desde adentro las ventanas, mientras arriba, a lo largo y por debajo del alero se explayaba el morado luminoso de una buganvilia.
Y un día vi que la reverberación de la luz en las ventanas del tercer piso se había vuelto como de visión de santo o vitral de iglesia en el que se manifestaran los tonos intensos del verde, los cegadores amarillos y el violeta que irradiaba de la buganvilia, con sus flores siempre encendidas.
Claramente el mundo era un ser vivo y sensible, armonioso, integral.
El sentimiento de mi identidad con el Universo duraría más aquella vez y sería mucho menos equívoco, mucho más verdadero y menos forzado por la voluntad, pero terminaría también desvaneciéndose.
Ya por aquellos días la idea primera, demasiado ambiciosa, de crear un jardín que produjera la ilusión de haberse formado sin intervención humana, idea que me había guiado desde antes de comprar la casa, desde antes de vivir en ella y aun desde antes de conocerla, y que yo había tratado de hacer realidad sin mayor éxito durante demasiados años, fue remplazada de forma gradual, imperceptible, por la de una casa y un jardín hallados entre la densa vegetación, cuarenta o cincuenta años después de abandonados.
Mi ambición ahora, también exagerada, poco razonable, poco cuerda, era que las personas que recorrieran el jardín sintieran con toda claridad, o mejor, vieran , que la vegetación terminaría por alcanzar en aquel lugar, con el paso de los siglos, la destrucción completa de todo trazo humano y el regreso a la selva prístina, oscura, indivisible, original.
Mi pertenencia a aquellos procesos de milenios y miles de milenios se me hacía evidente mientras caminaba por los umbrosos senderos o descansaba sentado en algún tronco o en alguna piedra.
Visiones que a veces me causaban euforia, a veces me producían paz, pero se quebraban y evaporaban con demasiada facilidad, como espejismos.
El ruido de los fuegos artificiales de las fiestas religiosas o cívicas, la alarma antirrobo de algún carro en una calle cercana o la música que a veces con toda su fuerza nos traía el viento eran suficientes para romper cualquier visión e imponerle al sitio los rígidos y apiñados aquí y ahora de la actividad humana.