Las noches todas Dios
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Dios

—¿Le sirvo el desayuno, don Esteban?

Carmelita me espera como muchas otras mañanas frente a la puerta del cuarto.

—Ahí está ese señor Ales —dice.

Sábado, siete de la mañana. Yo había llegado casi al amanecer, por un embotellamiento de más de veinte kilómetros a la salida de la capital.

El bus estuvo detenido tres horas y el viaje tomó más de seis.

Una moto se había vuelto pedazos contra un carro que según los chismes de borde de carretera le había frenado en seco a una novilla, o a un perro, o a una niña.

En cualquier caso, la tractomula que venía detrás no alcanzó a frenar, aplastó lo que quedaba del motociclista y de la moto, se estrelló contra el carro y mató de forma instantánea a las dos mujeres y al señor ya de edad que viajaban en él.

Comenzó la espera. En un momento dado fui a orinar, alumbrándome con el celular, a un bosquecito de eucaliptos todavía jóvenes que había cerca, y vi que la noche era de las de estrellas visibles por millones y de infinitos millones invisibles.

Por fin empezamos a movernos. Pasamos despacio por el lugar del accidente.

Ya no había am bulancias y comenzaban a barrer y a arrojarle agua al pavimento.

Los vidrios chispeaban en la noche. La sangre que aún no habían lavado había dejado de ser roja y su forma era la de una mancha grande, más oscura y mucho más profunda que el gris casi negro del pavimento.

Mi vecino bendijo desde la ventanilla la escena de la tragedia.

Había venido hablando desde que salimos y durante todo el tiempo que estuvimos parados, y siguió haciéndolo, conmigo o con el otro vecino, e incluso solo, cuando volvimos a arrancar y hasta que llegamos a la terminal.

Evangélico, de unos cuarenta años, con Rolex que se le desbordaba en la muñeca, camisa blanca tan abrochada como la de Carmelita y fuertes simpatías por un partido populista de extrema derecha.

Los discursos políticos, incluidos aquellos con los que estoy de acuerdo, me producen narcolepsia.

Los de mi vecino, en cambio, empezaron a producirme indignación, y yo no quería indignarme ya más en la vida.

Quería vivir en paz con mis matas y mis libros, sin rabiar por nada.

Mi vecino decía que el partido político aquel nos liberaría del amor libre y también del homosexualismo y demás tentaciones que Satanás había sembrado en el mundo para hundirnos por toda la eternidad.

—Con él seremos salvos —dijo.

Pensé: este señor está diciendo que quiere liberarse de la tentación del homosexualismo. No les queda bien a los evangélicos ser tentables por ese lado. Eso, por una parte. Por la otra: ¿ es correcto decir «salvos»?

—Degenerados, enfermos —dijo, y siguieron muchas horas de prédica político-religiosa.

Aunque era un contrasentido, en algún momento deseé en voz alta que el Altísimo se apiadara.

—¡Pero el Señor está contigo como campeón temible! —respondió el hombre entonces, casi gritando—. ¡Por tanto tus perseguidores tropezarán y no prevalecerán! Quedarán muy avergonzados, pues no han triunfado. Tendrán afrenta perpetua que nunca será olvidada. Amen.

Con acento en la A y todo. Y el español que usan es raro. «Seremos salvos», «tendrán afrenta».

Llegué y dormí dos horas con sueño superficial y sobresaltos.

Abrí los ojos y miré un rato las armoniosas vigas del techo.

Miré el ficus trepador que había enmarcado las ventanas por dentro y parecía pintado o bordado en la pared.

Decidí no hacer yoga. Me levanté y, mientras sonaban mis orines en el baño, Carmelita otra vez me preguntó que si iba a desayunar.

También oí a Aurora hablar con alguien al fondo del solar, cerca de la tapia que iba a lo largo de la calle.

Alegría de estar en mi casa y no saber más de las tentaciones que en la Tierra había sembrado Satanás.

Pensé: efectivamente es la voz de Álex. ¿Qué hace aquí Álex?

Le dije a Carmelita que no iba a desayunar.

Que qué hace aquí Álex, le pregunté con voz neu tra desde el baño, para no darle el gusto de saber que la presencia del jardinero me ponía de malhumor.

Pensé: ¡qué manera de abundar la de esta señora!

En el jardín sonaba la voz profunda y sin matices de Álex, como un murmullo sordo que saliera de la tierra.

—¿No fue don Esteban el que lo mandó llamar? Entonces tuvo que haber sido la señora Aurora. Y eso sin consultar.

¿Cuántas veces me habría esperado Carmelita a la salida del cuarto para preguntarme si iba a desayunar y sobre todo para ver si Aurora había pasado la noche conmigo? El trasnocho le quita a uno el hambre, Carmelita, digo. Un cafecito nada más. Gracias.

Luego me recibe en el solar la sonrisa de bienvenida de Aurora, que le está indicando al jardinero cómo poner las paredes de esterilla de guadua sobre seis pilotes muy bien clavados en la tierra alrededor de un rectángulo de cemento. Tres metros por metro y medio por uno de alto.

—Estamos en lo del lombricario.

—¿El qué?

—Lo de las lombrices.

Se desbordaban de un tarro de galletas, delgadas, color rojo rosáceo, nudo baboso que daba vueltas y revueltas sobre sí mismo y parecía trasladarse sin avanzar y avanzar sin trasladarse.

Las había traído Javier Aguirre de su finca en las estribaciones de la cordillera.

Tan pronto Álex termi nara el lombricario, dijo Aurora, pondrían en él tierra, gallinaza, hojas secas y las lombrices del tarro de galletas.

—En menos de un mes vamos a tener el doble, me dijo Javi. Se reproducen rapidísimo.

Yo no sabía que al arquitecto le tuvieran ya diminutivo ni que el cajón para compostaje con lombrices se llamara lombricario.

—¡Si te lo dijo Javi…! —contesté. Ella pareció no captar el tono.

Nunca habíamos hablado de hacer un lombricario, ni de volver a llamar a Álex, ni de que ella estuviera hablándose con Javier Aguirre, ni de que a partir de ahora fuéramos a conocerlo como Javi.

Pero no es fácil saber qué hacer con sonrisas así.

Las puertas se les abren, la indignación no prospera y se apaga, las aguas se parten, los muros caen y las dejan pasar, todo lo vencen, ninguna oposición encuentran, nunca o casi nunca.

Se salen con la suya. Sólo el envejecimiento les gana.

El amarillo en los dientes. Además, lo del lombricario estaba bien.

El humus que se obtiene es aromático como el tabaco, negro como la tierra y como la noche, liviano como el aire y como el humo, sagrado para las matas.

También haber llamado a Álex estaba bien. Y qué podía hacer yo con lo de Javi.

Había trabajos demasiado fuertes para nosotros dos, era verdad.

Vigas, piedras, bultos para levantar, o arena, tierra o cemento para revolver con la pala.

Con Álex todo podía hacerse. «Ales», decían Carmelita y el mismo Álex.

Claro que tenía sus problemas. Álex clavaba un clavo y se quedaba quieto a la espera de que Aurora le indicara cuándo y dónde poner el siguiente.

Yo no tenía paciencia. Me producía malgenio el tal sistema, pero ella habría sido capaz de levantar con él palacios y catedrales, centímetro a centímetro, ladrillo, pausa, ladrillo, pausa.

«¿Pongo otro, doña Aurora, usted qué dice? ».

Habíamos decidido que solamente se iba a hacer lo que pudiéramos lograr nosotros solos y eso había cambiado. Estaba bien. Que cambiara entonces, pero que aquello avanzara.

Yo había dejado de ponerle el alma al asunto de las clases.

Me subía al bus o al taxi y el alma se me quedaba en el jardín.

No viajaba. Había sido un error querer vivir otra vez lo ya vivido.

El alma ya no quería participar en eso. Además la gente estaba dejando de entenderme, y yo a la gente.

Había aparecido un punto oscuro, semejante al del inicio de la descomposición de las frutas, de donde brotaba la confusión como una Babel personal que se ampliara día tras día.

Aumentaban las miradas de extrañeza por lo que decía en mis clases.

Se hacían cada vez mayores los malentendidos y equivocaciones en las relaciones profesionales y personales.

Cómicos, ridículos a veces, abrumadores siempre.

—Ya volvió usted —le decía yo, por ejemplo, a algún estudiante que había aparecido otra vez luego de semanas de ausencia.

—¿No volvió quién? —preguntaba el estudiante, y yo dudaba ahora de que en verdad se hubiera ausentado. Miraba mis papeles como si estuviera decidiendo de qué manera iba a seguir la exposición, mientras trataba de descifrar lo que había pasado. Y nunca lo lograba.

Los desajustes de la lógica y del lenguaje se debían en gran parte a mis insomnios, cada vez más fuertes, con noches en las que había dormido una o dos horas, si acaso.

También esa podría ser la causa de ciertas frases que pronunciaba de repente, sin haberme dado siquiera cuenta de que se me estaban formando en la mente, como si fueran de otra persona.

—Los seres humanos somos como gallinas que se picotean las unas a las otras en un gallinero estrecho, feo, fétido.

Y los estudiantes, que venían a que les hablara de Durkheim o Robert Dahl, no de gallineros, no sabían qué decir.

Algunos carraspeaban, nadie se reía, los que gustaban de preguntar habrían querido hacerlo también ahora, pero no encontraban la manera.

De modo que renuncié y me dediqué otra vez a las plantas.

Tenía ya setenta y tres años y a nadie iba a perjudicar si dejaba, ahora sí, de hablarles a mis semejantes de cualquier cosa que no fuera abonos o injertos y si dejaba de oírles cualquier tema que no tuviera que ver con esa, la única actividad que me hacía posible respirar sin asfixiarme, vivir, vivir contento a veces.

Todo es taba bien si todo se centraba en ella.

Ir a los viveros. Buscar plantas poco comunes, de cuya existencia me enteraba por el voz a voz, como los rumores que llevan a la veta de oro, al nacimiento de agua. Sembrar, abonar, ver crecer.