Las noches todas El icopor
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El icopor

Carmelita había compartido con Eudora, la cocinera de la casa de la abuela, un cuarto saturado de talcos y de perfumes.

Por alguna razón que todavía desconozco, mi mamá nos prohibía que nos encerráramos a jugar en él.

«Háganse, si quieren, en el patio, donde uno los pueda ver», decía.

Carmelita de doce años y yo de siete jugábamos entonces en el patio bajo la dirección absoluta de la niña.

Traíamos las vacas del pastizal y las maneábamos y ordeñábamos, e íbamos a recoger los huevos todavía tibios a un gallinero que era tan imaginario como el pastizal, la leche, la soga, los terneros y las vacas.

O yo daba misa y Carmelita hacía de monaguillo.

Era un ayudante férreo, dictatorial, que le indicaba al sacerdote cómo se debían hacer las cosas.

También nos sentábamos juntos en el umbral de la puerta principal o en la base de las ventanas a ver pasar a la gente por la calle en el caliente sopor del mediodía: los estudiantes uniformados, las carretas con frutas, los afiladores de cuchillos.

Aquellas imágenes viven en mí y les tengo afecto, pero así y todo prefiero que ella no se alargue con el tema de las actividades infantiles de hace sesenta años, pues cuando comienza es difícil que pare y termino cansándome.

En tales casos lo mejor es interrumpirla y pedirle que por favor traiga un café o un agua aromática.

—Una belleza como se veía don Esteban vestidito de cura…

—¿Usted por favor me trae un tinto? Que no le quede flojo. Cargado más bien. Gracias.

Cuando le ofrecí el trabajo, Carmelita llevaba más de cinco años aburriéndose en la casa de barrio popular que le regalaron las tías antes de morir.

Carmelita es delgada, blanca, de camisa muy bien abotonada, mucha simpatía y sociabilidad, mirada vivaz e inflexible, ojos negros.

Por aquellos días debía tener arriba de setenta años, aunque por la piel tersa, por la mucha energía, por la soltería y por la simpatía parecía de unos sesenta.

Mano mágica con rosas, begonias, anturios.

Criaba un lirio negro que decidí sembrar en ciertas partes del jardín donde, con el paso del tiempo, terminó por verse no bello, imposible, sino impresionante y hasta indispensable.

También criaba un anturio según ella color chocolate, fecal a mi parecer, que no quise sembrar en ninguna parte.

Carmelita compraba el mercado grande en la plaza, y leche, pan y huevos en las tiendas vecinas. Y conversaba con la gente. De no ser por ella nos habríamos dejado de enterar de muchos acontecimientos del barrio y de la ciudad, que a fin de cuentas, así fuera de manera indirecta, nos afectaban.

Iban a unir con un patio central las ocho casas de la cuadra anterior, que eran de patrimonio histórico, como la mía, y no se podían tumbar, para formar con ellas un centro comercial moderno.

Cuando nos trajo la noticia aún no había señales de nada y todas las casas estaban habitadas.

En tonces se fueron desocupando una por una y, ya libres de humanos, empezaron a deteriorarse hasta que las ocho quedaron igual de ruinosas.

Los empresarios del centro comercial las habían comprado todas.

Comienzan las obras, tumban tapias, abren corredores y crean jardines interiores con papiros, platanillos, pastos gigantes de penachos amarillos, casi blancos, elegantes y muy usados en los jardines de moda de todo el país, helechos de varias clases, así como achiras, azulinas y tangos, que por esos días también estaban de moda.

Por último recuperan las fachadas y las ponen más bonitas de lo que jamás fueron cuando las casas estaban vivas, por así decirlo, y eran reales.

De esa manera su belleza se pierde para siempre, tanto como si las hubieran tumbado, pues la imagen de las casas de ahora corroe con rapidez la imagen de las de antes y ya nadie va a tener muy claro cómo habían sido.

La gente se va a morir, las fotos se van a perder y al final quedará un centro comercial sin alma, igual a todos.

En los locales se encuentran las mismas marcas que en el resto del país y del mundo.

En las fotos de las paredes los modelos de ropa de hombre, con las manos en los bolsillos, caminan como enojados por las pasarelas.

Son las mismas fotos de propaganda de las revistas del jet set que a Carmelita tanto le gustan.

Algunos modelos sólo llevan puesta la chaqueta, como si no les hu biera alcanzado para comprar la camisa, dice.

Las modelos parecen desnutridas o con lombrices.

Parecen garabatos. Y en la plazoleta hay comida china, y un puesto de lechona, y otro de pollo al carbón, y comida árabe y ceviche peruano con precios que según ella son de atraco.