Las orquídeas
Un día mirábamos el río desde la orilla y vimos bajar un gallinazo parado sobre un cadáver.
¡Parecían tan naturales los dos! Cuando menos pensamos nos vimos rodeados de gente, toda mirando hacia el río.
Llegó la lancha de la policía y el gallinazo levantó el vuelo.
Aumentaban los curiosos, que empujaban para ver mejor.
Calor. Salimos con trabajo de entre el apretado gentío y, al llegar a la casa, Aurora se puso a llorar.
No lloraba por lo que había visto, decía, sino por ella misma.
Lloraba porque cadáver y gallinazo la habían dejado indiferente.
Porque se sentía como muerta. Y allí tal vez estaba lo que muchos consideraban un misterio y aquello de lo que ella se estaba refugiando.
Se encerró en su cuarto y lloró durante varios días.
La comida que le llevaba Carmelita regresaba intacta a la cocina.
Una noche entré a su cuarto y le pregunté que si quería que me acostara con ella.
Dijo que sí. Tenía la camisa empapada por las lágrimas.
Le ayudé a quitársela y le besé los senos, que eran tan firmes como los había imaginado.
Pero en mi alegría de aquellos días alcanzaba yo a percibir cierta pesadez, como si un perfume me estuviera desequilibrando o todo lo estuviera logrando a un precio demasiado alto.
Y era también como si algo en mí estuviera cayendo aletargado en un pozo sin fondo, no todo mi yo, sólo mi discernimiento caía, o parte de él, o mi voluntad o parte de ella.
Me había encerrado demasiado en mi casa, en mi jardín, en esa ciudad, pensé, viendo a Aurora, la hermosa dalia, todos los días y a toda hora y hablando siempre con las mismas dos o tres personas, día tras día.
Acepté entonces la oferta de dictar algunas clases extracurriculares que me exigirían viajar cada dos semanas y quedarme dos y hasta tres días en la capital.
La decisión fue acertada o así me pareció entonces.
Otra vez tenía alumnos y estaba en contacto con colegas y amigos.
Almorzaba con ellos, tomábamos café en las cafeterías universitarias, intercambiábamos chismes administrativos y académicos.
Sentía el descanso de pertenecer otra vez al grupo.
Y sobre todas las cosas disfrutaba yo del viaje de ida y también del de regreso, del anaranjado de los árboles de tulipán florecidos en medio de densos cafetales y de los borracheros rosados, blancos, que se veían por la carretera.
Era como si un niño hubiera puesto flor por flor, cada una muy premeditada y bien colocada en los borracheros, que, por ser los niños como son, al final quedaban atiborrados.
Me gustan las peñas, me gustan los abismos.
Viajaba con frecuencia después de las nueve de la noche, pues a esas horas la congestión es menor y la entrada a la capital, un poco más rápida.
Los camiones subían y bajaban entre peñas y abismos por la cordillera, adornados con luces de colores, lentos y solemnes, como grandes altares o pequeños palacios.
Las historias de Misael acortaban el viaje.
No me cobraba caro, y así y todo en los expresos se me iba algo así como la mitad de lo que recibía por las clases; la otra mitad, en restaurantes y demás gastos.
A veces viajaba en bus, para demostrarme que lo de las clases no había sido una decisión absurda desde el punto de vista de la economía doméstica y también para buscar el contacto con la humanidad, el regreso a ella que significaba ser otra vez pasajero entre pasajeros, ver el mundo desde las ventanillas de todos, y así descansar de aquella exagerada individualización mía, especie de encierro, destierro, forzada soledad.
Las ciencias sociales habían dejado de interesarme por completo, pero como de eso había hablado toda la vida, era capaz de hacerlo sin consultar mis notas y casi sin pensar.
Incluso conocía de memoria el asunto del estrangulamiento de la mujer de Althusser, no solamente los aspectos más científicos del estructuralismo.
En clase hacía los consabidos chistes, marcaba las pausas y buscaba los efectos dramáticos en los momentos indicados, de modo que seguía siendo para todos el mismo expositor riguroso de siempre, con algo de distante, es verdad, pero, según decían mis estudiantes, siempre ameno, interesante.
Lo cierto era que mencionaba yo a Lévi-Strauss y lo que en realidad estaba haciendo la región activa de mi cerebro en ese instante era tomar la decisión de dejar de controlar la expansión del bosque de bambú que había sembrado en la esquina norte del patio, permitirle que se explayara como quisiera durante algún tiempo e irme adaptando a su avance.
Los bosques de bambú «caminan», y si uno no los domina, ellos, con su forma de reproducirse y extenderse, descontrolarían el conjunto, ya que los retoños empiezan a aparecer por todas partes.
Recorría yo el jardín y veía de repente algún brote de un metro de altura que había aparecido a más de diez del bosque de bambú, con algo de milagro, como si acabara de salir de la tierra sólo para atravesarse en mi camino.
Todo eso me ocupaba la mente mientras hablaba como un autómata sobre Lévi-Strauss o Engels.
Consolaba y tranquilizaba hasta cierto punto saber que antes de dos días me iba a acoger de nuevo el universo nutrido y siempre en movimiento de mis árboles y matas, pero así y todo acabaría por hastiarme por segunda vez en la vida con aquella especie de representación teatral que eran las clases, aquella puesta en escena en la que había participado ya durante demasiados años.
En mis ratos libres, que eran muchos, recorría las calles de algunos barrios de la capital, mirando antejardines.
Por esos días empezaban a usarse las plantas nativas del país en los jardines urbanos de los sectores de clase alta, y se estaban logrando maravillas con los helechos silvestres y también con el sietecueros y otras plantas de la misma familia, de las cuales existen más de cuatro mil especies conocidas, que hasta entonces habían sido consideradas «monte», es decir, maleza.
En algunos de estos jardines se habían intentado diseños —o antidiseños, más bien— parecidos al que yo venía buscando, aunque a escala menor, pues ocupaban mucho menos es pacio, y también a escala menor se había fracasado de manera muy parecida a como lo habíamos hecho hasta ahora en mis dos mil metros.
Por eso yo era capaz de ver cómo aquellos jardineros habían llegado a un punto en el que les faltaba ya muy poco para lograrlo y, de un momento a otro, el trabajo se les había puesto confuso, como si se hubieran quedado dormidos de repente, y todo, en un segundo, igual que una mariposa, se les hubiera escapado.
Bajando en la escala de tamaño, aunque no de calidad, recorría también barrios más populares, para ver el trabajo de gente de extraordinario talento enfrentada a limitaciones de espacio también extraordinarias.
En el balcón de un segundo piso alguien había logrado un jardín de sólo pitayas que parecía un serpentario inmovilizado y florecido.
Le pedí a Aurora que viajara conmigo nada más para que lo viera y me diera su opinión, y una tarde nos plantamos frente al balcón mientras una señora con gesto de alarmada demencia nos miraba por la ventana del primer piso.
Aurora le sonrió y la señora devolvió la sonrisa.
No sufría demencia alguna y, si acaso había estado alarmada, rápidamente dejó de estarlo.
Volvió a sonreír, soltó la cortina y vimos su sombra alejarse y desaparecer.
Aurora se tomaba su tiempo para opinar. Mientras la cortina se movía aún, semejante al agua que se cierra sobre el barco que busca el fondo, dijo algo que se habría podido aplicar también a la forma como la señora había pasado de la aparente demencia a la cálida sonrisa y de esta a la nada.
—Bonito sí es, pero tiene su lado de aterrador. No sé. Mejor no tenerlo cerca de donde uno duerme.
Más cariño mostró por una casa con techo de plancha de cemento convertido en terraza, en aquel mismo barrio, cuya fachada estaba por completo cubierta, menos la puerta y las ventanas, por geranios rosados que bajaban como cortina o cascada desde una fila de materas puestas a lo largo del borde de la terraza.
O por la veranera tan florecida de anaranjado, y sobre todo tan bien colocada, solitaria, en tres o cuatro escasos metros cuadrados de antejardín, que los metros vacíos y ella eran un mundo completo y además perfecto.
Y, ya en la carretera, un poco después de haber dejado la ciudad y todavía en terreno plano, había una casa de ladrillo horneado y puertas, ventanas y vigas de color rojo sangre, con un pequeño jardín donde dos grandes llantas de tractor, pintadas por completo y con mucho cuidado del mismo rojo de las maderas, habían sido puestas a un lado de la casa y sostenidas por detrás con un soporte no visible, probablemente de hierro.
En la cerca del frente, recorriendo el alambre de púas a lo largo de la carretera, se extendía una enredadera de la variedad conocida como copa de oro, que el picante sol de las tierras altas había poblado de flo res.
Entre la casa y la cerca se extendía la grama muy bien recortada y, a lo largo del corredor, había una hilera de amarantos.
El juego del color de los ladrillos con el rojo de maderas, amarantos y llantas, con el oro de la enredadera y con el verde luminoso de la grama alcanzaba también la perfección.
Asombroso que dos llantas de tractor pudieran transmitir tanta alegría.
—¡Qué tal la enredadera! —comentó Aurora, y me abstuve de preguntarle lo que opinaba sobre las llantas. Algo habría dicho si le hubieran gustado.
Al principio me alojaba en un hotelito casero, cerca de la universidad, y después alquilé un apartamento en ese mismo barrio, con lo cual las clases me empezaron a dejar pérdidas.
Por lo general me quedaba en la capital dos o tres días y llamaba a Aurora una o dos veces diarias para darle instrucciones sobre lo que había que hacer en el jardín, instrucciones que ella seguía al pie de la letra y más.
Al regresar, casi siempre encontraba yo algo que no esperaba, que nunca esperaba y seguramente habría querido hacer de habérseme ocurrido.
Sobre los asuntos domésticos las decisiones las tomaba ella, cosa que Carmelita no había tenido más remedio que aceptar y a la cual no lograba ni quería acostumbrarse.
«Se acabó el jabón para la lavadora, don Esteban».
«Se dañó la licuadora, don Esteban». Y cada vez yo tenía que decirle que hablara con Aurora y entre las dos resolvieran el lío.
De nada servía enojarse, pues Carmelita volvía a lo mismo.
—Esos traperos que ella trajo se están desbaratando, don Esteban —decía—. Dejan todo como un lombricero.
—Carmelita, por favor, esos asuntos con Aurora, con Aurora, no conmigo, con ella.