Los naranjos
—No vale la pena dejarse dañar el día por las fotos de unos naranjos —dijo Aurora.
—Esto es lo que ellos hacen con la naturaleza.
No la disfrutan, no sienten que forman parte de ella.
La disciplinan. Era de esperarse que en uno de esos países bárbaros se creara un jardín tan relamido y controlado que pareciera no tener sombra ni noche —dije, dándole golpecitos con un lápiz a una de las fotos del de Versalles—.
Pero el control y la pulcritud son aparentes, como blancura de sepulcros, y por debajo se han movido siempre, caóticas, la codicia y la crueldad.
En otro de esos países, piratas al servicio de una de sus muy civilizadas reinas recorrían los siete mares y robaban y degollaban y regresaban como gatos tuertos a poner a los pies de su majestad el botín sanguinolento de ratones y de pájaros.
Y allá mismo inventaron los pasteles, incluso más bárbaros, de riñón de res, y llevaron a la perfección el arte de la hipocresía.
Y en otro país se inventaron las cámaras de gas y el genocidio industrial.
Y en otro, la guillotina y los putos perros poodle con bolitas en la cola…
—¡Pobrecitos! —dijo Aurora—. Malhablado.
—… La Santa Inquisición en otro y el dictador de atroz voz atiplada.
Si hubiera pensado que era demasiado confusa la relación entre los naranjos disciplinados, los corsarios de la reina, los pasteles de riñón, la guillotina y el atiplamiento del dictador, Aurora habría tenido razón, pero me vio como desbocado y nada dijo.
También yo me quedé en silencio. No quería cansarla con una andanada que sabía interminable.
Y creen allá que en el resto del mundo nos tenemos que orinar de la emoción a la vista de la Torre Eiffel o del Museo Británico o de la tumba de Napoleón, como si no supiéramos que debajo de cada uno de esos monumentos y edificios y jardines, y bien lo decía un poeta, asesinado también, está empozada la sangre.
De negro, de mujer, de indio, de judío, de homosexual, de gitano, de blanco pobre, por millones.
Y de animales, por millones de millones.
Y mientras más bello, más monstruoso el monumento, más odioso.
Mis pensamientos saltaban de agravio en agravio.
A dondequiera que van llevan su versión espantosa de la Biblia y de la Cruz, llevan su arrogancia, su valentía cruel, que es pestilente, y la muerte.
Y nosotros, montañeros acomplejados, sudacas, paletos, caminamos por París, Madrid y Londres como por la cuna de la civilización y de la cultura.
En Buenos Aires dicen que su ciudad es muy europea.
En Bogotá hay imitaciones de las academias educativas inglesas.
Y en todos los países de América, así se piense en la torturada Irlanda, patria de poetas y de rebeldes y exportadora de sirvientes, o en la no menos torturada España, a la que muchos rencorosos llaman, y sus razones tendrán, «culo de Europa», ser europeo es aristocracia instantánea.
Sobresaltado, me di cuenta de lo que estaba pensando .
Me estoy amargando , pensé. Recordé a Mozart, la catedral de la Sagrada Familia, Thomas Mann, Rodin, Erik Satie, Montale, Haydn…
Y así y todo seguía emitiendo juicios en vez de quedarme callado, más callado, mucho más callado, más, más, mudo si era del caso, y, sobre todo, en vez de no volver a pensar.
Quién pudiera limitarse a darle forma a esto y respirar y disfrutar de mis matas o sufrir por lo que llegue a través de los sentidos, sin valoraciones, sin elaboraciones, sin el río del pensamiento articulado, que nos arrastra, nos golpea con sus piedras y nos asfixia.
El malhumor y el insomnio venían ya alimentándose el uno del otro y se agravaron por la neuralgia.
El dentista me dijo, además, que tenía las encías en muy mal estado, por la enfermedad periodontal, y que me preparara para empezar a perder los dientes.
A ve ces uno muerde un pedazo de pan, dijo, y ahí se va el diente.
El ataque a mis maxilares era, pues, intenso y se daba por varios frentes.
Los medicamentos contra la neuralgia no me obraban y las noches se hicieron aún más largas y adoloridas.
El dentista mencionó la posibilidad de someterme a una cirugía maxilofacial para liberar el nervio trigémino que estaba causando el dolor.
Me molestó que dijera «maxilofacial» y no «de la cara», pero es una gran persona, mi dentista, y no es culpa suya que la medicina sea pedante.
Sobre mi cadáver , pensé. A mí no me operan .
Con la llegada de la luz, el dolor disminuía y, como no me sentía cansado, a las seis de la mañana, después de una exigente práctica de yoga, desayunábamos y nos dedicábamos con entusiasmo a los injertos, o a sembrar matas, o a preparar tierra.
Al final del día anotábamos la lista de trabajos para el siguiente.
Todo se hacía con sistema y los resultados se veían.
Si teníamos alguna duda no consultábamos con agrónomos, sino que ella telefoneaba al papá, que vivía en su finca cañera con la mamá y el último de los hijos hombres.
El padre era un campesino alto y buenmozo, de unos setenta y cinco años, de ojos claros como los de ella, que es la menor de sus diez hijos, y muy conocedor de todo lo que tuviera que ver con plantas y animales.
La primera vez que recorrió el jardín se quedó mirando el carbonero gigante, en algunas regiones conocido como pisquín, muy alto, pero más delicado que imponente, que habíamos sembrado para que sus brocados le dieran sombra moderada a un grupo de plantas de hojas que por sus rayas podrían llamarse cebradas, y que tienen un patrón diferente en el anverso, verde luminoso, y en el rojo reverso, de apariencia coralina.
El padre había llegado de la capital, donde se hizo examinar de los médicos la llaga que le había aparecido en la pierna, arriba del tobillo, y no le quería sanar.
—Estos son buenos para leña —dijo, refiriéndose al carbonero.
—Listo, papá, lo dejamos crecer un poquito más y lo quemamos.
La sonrisa de Aurora era más bella si era verdadera, como ahora.
A veces se la ponía a manera de máscara mientras los ojos se mantenían fríos, y también se veía muy bella, pero producía inquietud, como la sospecha de un engaño.
Yo rara vez sonrío. Ni siquiera de niño sonreía demasiado.
«Le doy un peso por una sonrisa», me decía mi tía Aída cuando yo tenía tal vez seis, siete años, y yo mostraba los dientes un segundo, me quedaba otra vez serio y alargaba la mano para que me diera el peso.
Así seguí toda la vida, sin sonreír, no recibiendo pesos, pero no me doy cuenta de mi propia seriedad, se me olvida, y me hago la ilusión de que la alegría, cuando llega, se me ve en los ojos.
Sé que se me describe como «ese señor tan serio, Dios mío», pero no logro reconocerme en la descripción.
Tampoco me ha sido fácil el asunto de la vejez, pues tiendo a irme a los extremos: a veces se me vuelve obsesión la manera lenta como me voy desintegrando; otras, me olvido por completo de mis años.
Al caminar por la ciudad con Aurora, por ejemplo, no tenía yo presente la gran diferencia de edad, y si alguien mencionaba algo que tuviera que ver con mi hija, tardaba un momento en darme cuenta de que se estaba refiriendo a ella.