Las noches todas Las piedras #2
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Las piedras #2

En esta ciudad relativamente pequeña había sólo dos librerías buenas: Al Pie de la Letra y Kronos, la de Mario Triana.

El surtido de las dos era selecto, pero no amplio.

Triana le prestaba a Aurora las novedades editoriales y los best sellers , que leía sin maltratarlos, para que pudieran venderse después.

A veces yo los leía con tanto gusto como ella y hasta los compraba; en otros casos no pasaba de cinco o seis páginas.

Ella los terminaba siempre. A mediados de mes llegaba Triana en su furgoneta con los últimos éxitos de ventas y los libros sobre jardinería que le habíamos encargado el mes anterior.

Se sabía que había llegado por la forma como hacía rugir el motor antes de apagarlo.

La furgoneta era fea. Estaba equipada con soportes para transportar bicicletas o motos pequeñas, pero daba la impresión de haber sido adaptada por un inválido para llevar la silla de ruedas.

Quienes conocían a Triana dudaban mucho antes de subirse en ella.

Y le ponían apodos, Bólido, Fittipaldi, pues manejaba tan despacio que había provocado accidentes en las carreteras, causados por personas que perdían la paciencia y se veían a punto de matarse al rebasarlo y dejarse distraer por la curiosidad de saber qué clase de inválido manejaba la furgoneta, y seguramente también al insultarlo.

Aquella vez Triana entró a la casa con los libros en una caja de cartón.

Miró para todos lados, esperando ver a Aurora, que no estaba por ninguno.

Hojeamos en el comedor los tres de jardinería, grandes, a todo color.

Qué belleza de canteros florecidos, qué belleza de muros con glicinias, qué florido todo.

Era la felicidad azucarada que nos cerraba el paso a las regiones más ricas y dolorosas de la vida.

Ninguno de los dos comentó nada. Le pedí el favor de que me buscara libros que hablaran de plátanos, platanillos, mangos, nísperos, árboles de pomarrosa y demás plantas tropicales y subtropicales.

En nuestras regiones, por razones obvias, la jardinería es bastante diferente de la de zonas de estaciones y, en mi opinión, por estas latitudes es la selva la que debería dar la pauta.

La selva húmeda tropical y la selva húmeda de tierra templada.

Sin embargo, la tendencia era a imitar los jardines de los países llamados desarrollados, y se los imitaba aún más en las tierras altas y frías, en la capital, por ejemplo, olvidándose de plantas nativas, como los amarrabollos, los nazarenos y otras clases de sietecueros…

—Melastomatáceas —dijo Triana. La palabra sonó truculenta.

«Exacto», dije. Prefieren el eucalipto y el pino, este en setos, especialmente.

Y los setos, que son empobrecedores incluso en las tierras altas, inclu so en las regiones de estaciones, se ven bastante ridículos en las zonas tórridas, por ejemplo en las ciudades amazónicas o en los hoteles turísticos de las costas selváticas del Pacífico, donde usan bastante el limoncillo y las cayenas para semejante absurdo.

¡Setos recortados con tijeras en aquel calor, en aquella humedad, en aquella abundancia!

Hablamos entonces de los libros que había traído además de los de jardines, entre ellos una nueva y bonita edición de la pequeña novela de un joven de veinticinco años, amante de las drogas y de la música, que se había suicidado cuarenta años atrás, inmediatamente después de publicarla.

Fue una de aquellas muertes que dejan a la gente de un país tan sorprendida como inquieta, sorpresa e inquietud que duran mucho tiempo, decenios, siglos tal vez.

Triana no tenía paz y hablaba del suicida mientras miraba sobre el hombro, con la esperanza de ver aparecer por fin a Aurora.

—Lástima aquella muerte, gran pérdida para la literatura —dijo y miró hacia las escaleras.

Para mí era claro que a una persona de tan pocos años —que había conocido los cielos y los infiernos de las drogas y de la vida, y que antes de lograr por fin matarse había fallado en otros intentos— no podían importarle para nada sus contribuciones a la literatura universal, pero preferí no decir nada, pues no quería que el librero se alargara con el tema.

Me interesaba hablar de los setos de cayenas florecidas en el borde de las selvas y de otros temas afines, no de suicidios de escritores.

Sin dejarse interrumpir, Triana se alarga con una explicación sobre ciertas cartas angustiadas que aparecen años después, en las que el joven suicida habla de muchas cosas, entre ellas de su contribución a la literatura.

¡Le importaba a fin de cuentas! , pienso.

Triana conoce el tema y habla hasta por los codos, pero siempre con la atención, o la parte principal de la atención, en otro lado.

Aurora no aparece por ninguna puerta, ni por las escaleras, ni se le oye hablar en el jardín.

—Se mató para hacerse inmortal —dice el librero.

Tampoco opino esta vez, pues el asunto me parece truculento.

Aurora no va a aparecer, pero quiero que él se inquiete, que sufra un poco, y no le digo que hace ya dos días viajó a visitar a sus padres.

Carmelita había insinuado alguna vez que, cuando yo no estaba, Aurora coqueteaba con los hombres que por alguna razón llegaban a la casa.

Pero Carmelita era Carmelita y no quería a Aurora.

Le exigí que dijera con claridad lo que tuviera para decir sobre ella o que se quedara callada, y la mujer guardó un digno silencio y se retiró a su cuarto.

Estuve muy cerca de echarla, pero yo necesitaba alguien que se ocupara de la casa, y con cualquier persona que consiguiera iba a tener problemas, posiblemente peores.

Casi siempre peo res. Carmelita no se robaría una aguja y sus geranios eran de un poderío de follaje y variedad de colores extraordinarios.

Yo venía sospechando desde hacía mucho tiempo que en algún momento Triana había sido alcanzado por una visión parecida a la que me llegó a mí mientras movíamos las grandes piedras con la barra de hierro.

Los senos aquellos, tal vez. De allí su extrema inquietud.

Cómo y cuándo había sucedido, yo no tenía manera de saberlo.

Triana a veces nos traía libros sin anunciar su visita y Aurora era la dueña de casa cuando yo no estaba y asumía su papel con propiedad.

Pobre bobo. Pobres bobos. Yo tampoco estaba tan por encima del bien y del mal, gracias a mis años, como ingenua y orgullosamente había pensado — yo soy anciano ya y estoy libre de la compulsión por tener mi espasmo , eso había pensado—, y cargaba en las espaldas, además, la especie de destino en que se había convertido mi jardín.

La vida me ha cobrado siempre, sin falta y con intereses, todos mis pecados de orgullo.

Y había ahora también lo del dolor de cara que me ponía a tomar analgésicos inútiles y a hacer buches de aguasal que servían tan poco como los analgésicos.

Y estaba lo del insomnio, cada vez más grave.

Y pensé entonces que el muchacho aquel, el niño aquel, había tenido razón y todo el mundo debería matarse al cumplir los veinticinco.

Mi vida ya duraba demasiado y empezaba a ser repetitiva como el latido del cora zón, y de eso ni la armonía de las plantas alcanzaba a salvarme.

Habría sido demasiado difícil suicidarse a esas alturas, sin embargo, con cuarenta y seis años de retraso, por un dolor de cara, por unos pezones que me hacían sentir verde y risible, y por un jardín que yo quería controlar y descontrolar al mismo tiempo.

¡Cansancio! Mis pensamientos se entrechocaban, como ocurre cuando se está bajo el efecto de un dolor intenso.