Las piedras
El jardín de mi amiga Lucía, la que decía que el espíritu de ciertas personas se ponía amarillo como el papel por falta de uso, consistía en muchos canteros de flores, todos alrededor de la casa, en su finca de tierra fría, que era permanentemente recorrida por el intenso sol de las regiones altas y por las nieblas.
Había un cantero con plantas de páramo, de color blanco plateado, muy luminosas.
Otro con las distintas variedades de hojas gruesas y jugosas, conocidas como suculentas.
Los había de rosas, de amapolas. Los canteros eran todos de distinta forma, triangulares, redondos, grandes, pequeños…
El conjunto solamente se dejaba apreciar desde las ventanas del segundo piso y parecía formar un espectacular «mural» multicolor de baldosines quebrados o un vitral.
Un día visité a Lucía en compañía de Aurora, pues quería que se conocieran, y coincidimos en la finca con Paulamejía —todo el mundo pronuncia nombre y apellido de un tirón, tal vez por lo rápido que ella misma habla—, amiga mía y de Lucía desde la época universitaria.
Almorzamos y salimos a caminar Aurora, Paula y yo por los grandes potreros que rodean la casa.
—A mí no me gustan mucho esas flores maricas de Lucía —dice de repente con su voz profunda, oscura, Paulamejía, que tiende a ser tajante, en especial cuando se ha tomado más de dos aguardientes—.
Son bonitas, no voy a decir que no, pero lo que a mí me gusta son las flores de diente de león que uno ve por los caminos o las margaritas que se dan también solas en los potreros —dice, y señala con la cabeza las pequeñas margaritas blancas que, como en un sueño, alumbran en la loma—.
Oye, y esta muchacha ¿qué? —me pregunta cuando Aurora se queda atrás, recogiendo berros al lado de un nacimiento de agua.
—¿Bonita?
—Sí, pero…
—Nada. Vivimos juntos. Trabaja para mí. Nada raro.
—¿Nada raro? ¡Le llevas como treinta años!
—Más de treinta. ¿Y…?
—¿Cómo que «y»? —pregunta Paula. En ese momento llega Aurora con un manojo de berros, y Paulamejía se queda sin hacer la pregunta que traía como hueso de ciruela en la garganta. De todas formas yo no se lo habría dicho. Nadie iba a saber nunca por mí si alguna vez habíamos dormido juntos.
De lejos, desde los pastizales, vimos las flores levantar del suelo la casa de Lucía y sostenerla en el aire, quieta, bajo las limpísimas nubes.
Regresamos y en el comedor hablamos de lo de siempre, plantas y árboles, manejo de la luz, abonos y plaguicidas.
Al mencionar mi trabajo, dejé ver la desilusión toda.
—Tanto lucharle y aquello mío nada que empieza a parecer un sitio libre y con espíritu.
—No estoy para nada de acuerdo —dijo Aurora.
Me quedé mirando por un momento una esquina de mi servilleta. Pregunté:
—Y tú, Lucía, ¿cómo lo viste?
Así le pregunten que si quiere un café, ella se toma siempre su tiempo para contestar.
—Lo que estás logrando es una belleza —dijo por fin—. Es una selvita completa. Faltan los tucanes.
Disimulé la alegría. Tal vez vaya al fin por buen camino , pensé, y durante algunos días fui capaz de apreciar aquella frescura de mi jardín y aquellos olores que se mantenían en el peligroso límite entre la descomposición y el perfume, así como la hermosura de fluctuaciones de la sombra que ella había visto.
Igual que en las selvas, allí la noche buscaba cada mañana los pliegues y oquedades de la tierra y del follaje al llegar la luz y, al atardecer, surgía otra vez de las sombras, solemne y poderosa como sus grandes lechuzas.
Muy pronto volvería a verle los defectos.
Parecía una selva, sí, pero como pensada para un estudio de cine.
Era como si los insectos que entraran en ella se volvieran de cartón al cruzar la frontera y siguieran volando ya muertos.
El artificio lo empapaba todo. Y otra vez mi mente formaba la imagen de la cuadrilla de obreros acabando con ese arrume de matas vivas, pero tan falsas como si fueran de tela, de piedras puestas, de ruinas que se habían vuelto también falsas.
Incluso mi admiración por la belleza de Aurora disminuía.
En ella alcanzaba a vislumbrar una veta de vulgaridad y hasta de falsedad, y de repente se abrían a mis pies grietas por las que se asomaban las caras distorsionadas del mundo.
Recordé entonces que en algún momento, recién llegada, Aurora había propuesto usar carretillas de mano en las que se sembrarían flores como elemento decorativo.
Algún gesto haría yo aquella vez, pues no volvió a mencionarlo, y a partir de entonces su estilo se hizo más y más «selvático», tanto que en el trabajo de integrar las ruinas de la casa al jardín me costaba distinguir lo que ella había venido sembrando de aquello que había nacido solo o de lo que ya había antes de que las ruinas se volvieran ruinas.
Pero esta persona que propuso usar carretillas de mano como elemento decorativo ¿cómo podía ser la misma que, poco después, demasiado poco después, había sido capaz de crear la ilusión de paisajes vírgenes, de helechos y trepadoras que avanzaban en plena soledad?
Mi amigo Jorge Junca, el que se baña en el Ganges, también elogió mi trabajo.
Me visitaba siempre que venía al país, cada año, cada dos años, y daba así opiniones a largo plazo que me orientaban, pues yo le conocía el gusto y también su manera de mirar.
Jorge es a la vez analítico y apasionado, y tiende a irse siempre a los extremos: o bien aquello que va a criticar es una obra maestra o es basura.
Sin embargo, después de decir con toda crudeza lo que piensa, él mismo comienza el trabajo, a veces largo, de matización de lo dicho, y eran precisamente aquellos matices los que me servían de espejo o lente para enfocar con mayor precisión lo que yo estaba intentando hacer.
Le gustó la escultura del pez carpa de piedra que habíamos puesto en el estanque y también el acueducto de bambú que bajaba desde la espesura, salía de entre los papiros, entraba en ángulo muy suave, casi horizontal, entre los nenúfares y el agua, y resonaba en el agua.
En cambio, refiriéndose a unas lajas de piedra que habíamos puesto medio hundidas en la grama, para crear la ilusión de que flotaban, preguntó: «Y esas lápidas ¿como para qué son? ».
Habíamos comprado un saldo de sesenta lajas y no siempre acertábamos al ponerlas.
Estas que mencionaba Junca habían quedado demasiado en fila y no fuimos capaces, Aurora y yo, de imitar la ubicación accidental en que podrían haberse encontrado en el pasto.
Nos ganó el afán, absurdo quizás, pero imperioso, de simetría, de orden.
Otras, en cambio, entre ellas las que pusimos en el estanque, parecían llevar allí miles de años.
Habíamos aprendido a mover piedras aplicando palanca con una barra de hierro de las de jardinería.
Y paciencia. Trabajábamos los dos hombro a hombro y a veces se producía contacto físico que ella no trataba de evitar, o sucedía que tal vez por azar yo viera lo que no tenía por qué ver, la belleza de los pezones entre la camisa entreabierta, los senos casi pequeños.
Ya sea porque el brasier le incomodaba para trabajar o por coquetería, al parecer el de flores y todos los demás brasieres habían sido archivados.
Y ella había querido por alguna razón que yo las viera.
—Complicado saber quién es. Muy difícil conocer lo que hay detrás de esos ojos y de esa sonrisa —dijo Jorge—. No se entiende por qué una mujer como ella está viviendo con alguien como vos, que le lleva tantos años. Por bonito no es, en todo caso.
—¿No? Por el sueldo, entonces.
Jorge preguntó que si yo realmente creía que una mujer así necesitaba un sueldo de poco más que el salario mínimo legal.
Él pensaba que tenía una capacidad de adaptación fuera de lo común y que estaba refugiándose.
Y ya iba a preguntarle yo que de qué podría estar refugiándose cuando nos distrajimos mirando el violeta vivo de las flo res de buganvilia que habían aparecido de repente y de sorpresa en lo alto de un caracolí, y pasamos a esos temas.
Yo había sembrado la mata al pie del árbol hacía dos o tres años, me había olvidado de ella y ahora aparecían sus flores a treinta metros del suelo.
De allí empezarían a bajar hasta formar con el tiempo una cascada de luz violeta que cubriría todo un lado del gran caracolí y llegaría otra vez al suelo.
Las opiniones de Jorge me hicieron vislumbrar el error que había cometido yo al intentar crear un jardín que fuera a la vez inmóvil y de sendero.
Desde el principio lo había pensado, así haya sido de manera intuitiva, como jardín de sendero, esto es, como una serie de jardines que se desplegaran a medida que uno los recorriera, un jardín dinámico, pero también esperaba lograr que desde el balcón o desde las ventanas del mirador se viera como una pintura.
Y lo que se veía era desorden, torpeza, caos.
Llevado por la desesperación empecé a leer folletos de temas como el uso de la urea química y libros con títulos como Orquídeas para dummies o libros técnicos sobre plantas acuáticas, así como lujosísimas ediciones sobre jardines japoneses, estadounidenses o europeos.
Nunca fui aficionado a esta última clase de libros e incluso sus fotos espectaculares tendían a aburrirme.
Algunos habían sido escritos por mujeres dientonas que crearon jardines tan sosos y floridos como ellas mismas.
Otros traían nombres y fotos de variedades de regiones y climas muy lejanos.
Y los había en exceso teóricos y académicos o, por el contrario, elementales y demasiado didácticos.