La catedral
—¡Ay, no diga eso, Esteban, qué pesar! —dijo Aurora.
Había dejado de tratarme de don , que empezaba a sonar poco natural, forzado, pero aún no me tuteaba, a pesar de que pasábamos juntos todo el día, todos los días, trabajando con las matas, caminando por la ciudad y sus alrededores, hablando siempre, recorriendo en lanchas de alquiler los dos ríos.
Cuando quince años atrás la ciudad fue erigida en diócesis episcopal, a las autoridades eclesiásticas no les había gustado para catedral ninguna de sus pequeñas y sencillas iglesias coloniales, y se sintieron en la obligación de seguirle el paso al de sarrollo urbano acelerado y construir un monstruo.
La edificación es moderna, con techo en forma de torretas de ladrillo y cemento que se levantan a distintas alturas y que a sólo dos años de haber sido construidas estaban ya muy manchadas y como chorreadas de negro por la humedad y el calor del trópico.
Lo primero que se ve al entrar es un Cristo enorme de hierro y cemento, que parece en medio de un ataque de asma.
Y los arquitectos tal vez creyeron haber creado algo fuera de serie cuando dejaron muchos de los hierros y otros materiales estructurales a la vista, con lo cual, aparte de inventar mal la pólvora, lo único que lograron fue causar la impresión de que su vasto interior estaba inconcluso y además sin posibilidad de conclusión.
A una catedral así le correspondería un obispo alto y huesudo, de estola chorreada de comida, uñas sucias, caspa y bonete raído.
—¡Malo! —me dice Aurora, y me veo de pronto tan engallado como Javier Aguirre.
Lo único que estaba yo en capacidad de oponerle a esa bulla era la armonía de mis plantas, la belleza de mi jardín.
Pero entonces, al mirar desde el balcón lo que hasta aquel momento yo había logrado, se me caía el alma al piso.
Lo que se veía era a la vez insípido y confuso.
Como la peste, la fealdad se imponía en todas partes, seguía asolando todo.
Estuve a punto de traer una cuadrilla de obreros con picas, barras y barretones, para que desbarataran y desenraizaran y prepararan otra vez la tierra, y así empezar de cero.
Pero de eso ya no había tiempo. No me habían descubierto ninguna enfermedad mortal, pero sí una pérdida grande de hueso en el maxilar superior, del lado izquierdo de la cara.
Los dolores llegaban hasta el ojo y no había nada que hacer, según el dentista.
Buches de aguasal, dijo, aunque sin demasiada convicción.
Se me ocurrió que recetar aguasal para un dolor como aquel era desahuciar y alcancé a pensar en el suicidio.
No muchos se suicidan por un dolor de cara, pero algunos sí lo hacen para evitarse la contemplación de la pérdida lenta de los huesos, del paulatino final del cuerpo.
Leí hace poco la historia de un inglés que se colgó de una viga porque le pareció insoportable la idea de tener que vestirse y desvestirse todos los días durante el resto de sus días.
De haber tenido yo unas pastillas en la mesa de noche me habría sentido más tranquilo, en todo caso, como si llevara en el bolsillo la llave de mi propio calabozo.
Años más tarde, al fin Misael, el taxista, me consiguió un arma de fuego, la primera en los setenta y tantos años de vida que tendría yo entonces, una vieja pistola Browning, fabricada en Argentina, que disparaba bien así oliera a óxido, a humo y a grasa.
Pero no la compré contemplando la posibilidad de usarla contra mí mismo, sino por los rumores que empezaron a circular sobre una banda que había robado en algunas casas del vecindario, rumores corroborados por Carmelita, quien, una noche en que Aurora y yo no estábamos, vio a unos hombres que trataban de saltar la tapia y huyeron cuando ella empezó a dar gritos.
Y también por el muy molesto asunto del yerno del señor Ezequiel.
Me pareció raro el consejo de los buches de aguasal. Busqué una segunda opinión y, de paso, un nuevo dentista, quien me dijo que tenía pérdida de hueso en esa zona, y bastante avanzada, por cierto, pero que los dolores se debían a una neuralgia del nervio trigémino.
—Un vaso sanguíneo te está comprimiendo el nervio —dijo, tuteando, como es costumbre entre dentistas y médicos al hablar con sus pacientes, por muy maduros que estén—. Vamos a ensayar con amitriptilina y si eso no sirve, la cosa va a estar difícil. ¡Así que buches de aguasal, te dijeron!
Tenía unos cuarenta y cinco años y era bastante hablador, simpático.
Muy distinto del anterior, el odontólogo del aguasal, que era de mi edad o muy poco menos, saludaba de mano y con una ligera venia, trabajaba con mucha concentración, cobraba muy caro y se despedía con otra venia, y eso era todo, aparte del ocasional discurso sobre las bondades del cepillo interdental.
El nuevo dentista, en cambio, me habló desde el primer día de su familia y de sus hijos, y de vez en cuando me hacía preguntas sobre mi vida personal, a las cuales yo contestaba con un «ajá» o un «arghhh», pues preguntaba sin dejar de trabajar.
Mientras acomodaba el espigo sobre el que iba a montar la corona me contó que por amor a la selva, que ocupaba la mayor parte de su finca, había venido comprando fincas vecinas, una tras otra, también ellas con potreros y selva, de modo que la suya era ahora la suma de varias que había comprado durante los últimos diez años.
Acabó en ellas con la tala de árboles y dejó enmontar algunos de los potreros, para que se reintegraran a la selva.
Después de sus hijos, las fincas eran su pasión, y para ellas y para los hijos trabajaba.
La última tenía, en mitad de un pastizal, la ceiba más majestuosa que él había visto en la vida, y compró la finca «no fuera que a algún pendejo le diera por cortarla».
Conocía los nombres científicos de muchas especies de ceiba y había estado en los lugares de la Tierra donde se encontraban.
Con cada ner vio que arrancaba en los tratamientos de conductos, decía, salvaba un pedazo de selva, sus pájaros, sus micos y sus especies botánicas.
Nombres científicos yo no conocía muchos.
Citrus limonum , Cannabis sativa , Monstera deliciosa y algunos más, y hasta me sentía mal cuando pensaba que, siendo ahora de oficio jardinero, era mi obligación sabérmelos.
Sin embargo yo no era jardinero sino amante de la jardinería, como Pitágoras lo había sido de la sabiduría.
Aurora, de haberlo querido, habría podido ser, ella sí, una virtuosa de esta disciplina medio imposible, pero las personas como ella, que tienen la capacidad de alcanzar la excelencia como jardineras o yoguis o políglotas o cocineras o escritoras, con frecuencia sufren una especie de desconcierto y de parálisis, y se arriesgan a terminar su tarea sin saber a fondo de ninguna.
Hay casos especiales. Triana, el librero, conocía muchos nombres latinos, pero no lograba interesarse en la realidad de las plantas a los que se referían.
Sabía de qué región eran nativas, de cuáles climas y, por supuesto, dónde conseguir los libros que las mencionaban.
Yo estaba seguro, sin embargo, de que si le mostraban una mata de las que por aquellos lados se conoce como balazo, por ejemplo, y le decían que esa era la tan mentada Monstera deliciosa , el librero la iba a mirar con indiferencia, casi con desprecio, e iba a seguir hablando de otras cosas.
El suyo era, pues, conoci miento puro, no contaminado por la realidad.
Alguna vez se me ocurrió que se trataba de una de esas personas cuya alma, según mi amiga Lucía, tendía a ponerse amarilla como el papel guardado, por falta de contacto con el mundo, por falta de uso.
Y en eso me equivoqué por completo. Si bien las plantas no alcanzaban realmente a interesarlo, para Triana, como para mí, como para todo el mundo, el contacto con la realidad, siempre difícil, a veces complejo y delicado como música, a veces complejo y brutal como música horrenda, era algo que, ni siquiera de haberlo querido, se podía evitar.
A Triana se le veían las ganas de invitar a Aurora a almorzar, pero no se atrevía.
Ya no se le va a poner amarilla el alma, pensé.
En aquellas cosas yo tenía experiencia. Para mí no había existido contacto más intenso con el mundo, y de eso mi exmujer fue protagonista y testigo, ni un uso más exigente de mi alma, que ese temor, ese dulzor, ese terror del amor, superado solamente —y ni siquiera hay que morirse para saberlo, pues el miedo ya es la prueba— por el tremendo contacto con la realidad, primero, y después con la falta de realidad que seguramente se produce en el instante de la muerte.
El librero tenía cuarenta y pico de años, la peor edad para enamorarse, pues todavía están presentes con fuerza las hormonas juveniles, pero aún no se ha adquirido buen juicio.
La persona ni siquiera ha terminado de darse cuenta de que los atractivos de la juventud, la piel tersa, la mirada fresca, en gran parte se han perdido.
Aurora me informó que Triana tenía dientes postizos en el maxilar inferior, y supe entonces que si al fin la invitaba, ella se iba a negar.
Sus dientes eran demasiado sanos y bonitos como para aceptar invitaciones de alguien con dientes de pasta, así los haya tenido por ahora en un solo maxilar.
Habría sido un contrasentido. ¡Y qué poco observador soy, Dios mío!
Triana y yo habíamos hablado de Marguerite Duras, de César Vallejo, incluso nos habíamos tomado nuestras cervezas mientras mencionábamos a esos prójimos, y yo no había tenido la curiosidad de mirar si tenía dientes propios.