El Tiempo
Los humanos somos como loros. Imitamos, sin entenderlas mucho, las creaciones de Dios.
Los loros son animales deslumbrantes, expresivos, creativos, humorísticos, pero más asombroso es el ser humano, de capacidad de comprensión casi tan precaria como la de los loros, si se mide a las dos especies contra lo que ignoran, pero capaz de copiar con sus jardines, de forma rústica, es cierto, aunque no carente de aquello que llaman gloria, los ríos, las montañas, las selvas, las islas en medio del mar.
El empleado de la recepción quiere saber si preferimos dos habitaciones o una con dos camas.
Una con dos camas, dice Aurora, y el empleado se abstiene de cometer la torpeza de dejarnos ver que se está preguntando si somos padre e hija o qué relación tenemos.
Ya ese detalle indica que es buen hotel —y bastante caro, por cierto—.
En los jardines las guacamayas vuelan como arcoíris sobre los árboles y bajan a comer maní y semillas de girasol en sus jaulas de puertas siempre abiertas; los perezosos se abrazan despacio a las ramas de los mangos.
Una de las guacamayas se llama Guacamole.
El jardín es correcto en su diseño y, para mi gusto, tedioso, a pesar de los grandes ficus, de los tulipanes africanos de flores anaranjadas que no tienen allí a nadie que las admire con el calor y la pasión que merecen y, por supuesto, las consabidas buganvilias de distintos colores, que no por lo consabidas son menos hermosas.
—Bonitico todo, pero de allí no pasa —dije. Aurora nada opinó.
De los prados llegaba el poderoso olor del pasto recién recortado.
—Cuando los jardines son como este —dije—, sin alma, jardines de nadie, es agradable estar en ellos, es cierto, es mejor que estar en un parqueadero de camiones, por ejemplo, o que en un hospital mental o en un taller de latonería. Pero no nos dicen nada. Nadie los lleva en el corazón.
—¡Usted nunca está contento! —dijo Aurora con el inevitable malgenio que producen los aguafiestas.
Las administraciones del hotel y del restaurante eran independientes y tenían diferente personal.
El restaurante participaba en un programa estatal de capacitación y reinserción de excombatientes, y algunos de sus empleados habían pasado años arriesgando la vida día tras día como guerrilleros o paramilitares en los montes y en las selvas.
Tal vez por eso no lograban tomarse muy a pecho la vida civil.
Los cocineros cantaban boleros a viva voz en las profundidades de la cocina.
Los meseros, de camisa blanca y corbatín negro, impecables y al parecer muy profesionales, a veces olvidaban quitarse el palillo de dientes al atender las mesas o les hacían preguntas demasiado personales a los comensales o llevaban los corbatines un poco sueltos, para no sentir asfixia.
Uno de ellos, muy agradable, con algo de ingenuo, de niño, nos preguntó que si éramos padre e hija.
Después alguien nos dijo que este joven había sido parami litar entre los doce y los veinte años y había visto y cometido actos escalofriantes.
Nos pareció imposible. En estos casos tal vez sea preferible engañarse, para no tener que ver de tan cerca la cara podrida del mal, para no tener que resignarse a vivir en un infierno.
Habíamos venido a descansar y estar contentos y nos negamos a aceptarlo.
Por aquellos días Aurora ya estaba más tranquila con el asunto de la diferencia de edad y tuvo la presencia de ánimo para contestar, sonriente como siempre, que yo era su abuelo.
El espigado joven cerró los ojos despacio, hasta convertirlos en rayitas, y la miró como un niño que sospecha que se le está mintiendo.
Al final sonrió también, con dientes tan blancos como los de ella.
Habrían hecho una hermosa pareja, tuve que reconocerlo, claro que Aurora era demasiado mayor para él.
El mesero tomó el pedido, nos elogió la elección, tal como le habían enseñado en el instituto donde recibió la capacitación laboral, y desapareció en la cocina.
Regresamos e iniciamos las obras de refuerzo de las ruinas.
Aguirre vino con un maestro de obras y tres obreros que trabajaron con mucho orden y rapidez, de modo que en un mes las terminaron, y Aurora y yo empezamos a sembrar las hiedras y demás plantas de ese sector.
Días después el joven arquitecto la invitó a almorzar.
Inevitable. Era buenmozo, tenía pelo rubio ensortijado, ojos grandes y dos círculos rojizos en las mejillas que lo hacían ver un poco como un payaso.
Esta vez Aurora no le aceptó la invitación y sentí cierto alivio.
Y miraba yo a Javier Aguirre cuando conversaba con ella, la manera como se le transformaba el lenguaje corporal, cómo se iba engallando, metamorfoseando casi, cómo colgaba los pulgares de los bolsillos traseros del bluyín, cómo se apoyaba varonilmente en una pierna y luego en la otra, cómo le aparecía una sonrisa que era de uso exclusivo para aquellos asuntos de encantar a las mujeres y convencerlas de que se dejaran penetrar y le permitieran tener su espasmo.
Pero era buen arquitecto. Le gustaba mi casa, le gustaba lo que yo estaba haciendo con ella, había logrado ver lo que estaba intentando con el jardín y entendía por qué había decidido hacerlo aquí y no en otra ciudad, una que se conservara más bella, con catedral antigua a la que llegaran los turistas, menos desfigurada.