El taxi #2
La quebrada transparente que venía de la finca vecina entraba por una esquina de mi propiedad, recorría un trecho corto, salía de ella demasiado pronto y, al llegar a la calle, se perdía sin remedio en la oscuridad y la tristeza de la primera reja del alcantarillado de la ciudad por ese costado.
Algún tiempo después a Aurora se le ocurriría la idea de trazarle un nuevo curso que recorriera todo el jardín, construido en piedra a la manera de los acueductos antiguos, incas, mayas, aunque a escala pequeña, con caídas escalonadas y obstáculos que hicieran sonar el agua con distintos tonos y ritmos por toda la extensión del jardín.
Dicha obra tardaría casi un decenio en emprenderse y se vería a punto de fracasar cuando a la muerte del señor Ezequiel el yerno nos cortara por un tiempo el suministro de agua, y después, a la muerte del yerno, volvieran a cortarlo los urba nizadores que finalmente le compraron la propiedad a la muy feliz viuda.
Terminado el trabajo de la cerca, empieza el maestro Alvarito a tender un camino de ladrillo de un metro veinticinco de ancho, que recorre el solar en curvas y sin un patrón descifrable.
Usamos el ladrillo macizo pequeño que se conoce como tolete, muy quemado en el horno del chircal, para que no pareciera nuevo y su tono oscilara entre el anaranjado y el morado.
Al trazar el sendero tuve mucho cuidado de darles realce a los árboles que ya había, caracolíes, naranjos, patas de vaca, pues eran ellos, tanto como la antigüedad de la casa, los que daban continuidad y profundidad en el tiempo a aquel lugar.
Pasaron muy rápido dos años.
Lo básico se había logrado, pensé. Quedó establecido el diseño general, y con Álex, el jardinero que contraté cuando se fue Alvarito, se recuperó con podas y abonos la mayoría de los árboles, entre ellos la docena o algo así de cítricos viejos, nudosos, llenos de parásitas y que producían pocos, pero muy perfumados azahares y frutos pequeños, ácidos y llenos de luz.
Hasta aquí los trabajos habían sido fáciles: tender los ladrillos del sendero, señalar con las rosas el perímetro, de modo que el jardín, que hasta ese momento no había sido ni abierto ni cerrado, fuera definitivamente jardín cerrado, y sembrar árboles y plantas en los sitios más despoblados o desabridos.
Hice una pausa como la del séptimo día y mi obra no me pareció demasiado buena que digamos.
No todavía. Vi por primera vez con claridad la dificultad peculiar del asunto todo.
Los árboles y demás plantas se veían ahora sanos y frondosos, las rosas habían sido un acierto y el sendero era agradable, pero el conjunto, a mi juicio, seguía tan rígido como las tapias o las piedras.
También Álex había llegado por Misael, el taxista.
Ya antes me había recomendado un electricista, un carpintero y el técnico que instaló el calentador de paso.
Le aconsejé que montara una agencia de empleo y la administrara desde el taxi y contestó que estaba pensando en montar, más bien, un barcito en el carro, don Esteban, por tanto borracho como le estaba tocando transportar últimamente.
Misael había vuelto a trabajar en el turno de la noche y, gracias a los riesgos de ese horario difícil, abundaban las historias para contar y entretener con ellas a sus pasajeros.
La niña de quince años que sube al taxi acompañada de su madre, de treinta, como mucho, y ahí mismo da a luz a una gemelita frente a su casa, y a la otra, también en el carro, frente al hospital.
La joven abuela entra en pánico, pero el taxista no se asusta ante nada y le ayuda con las dos.
«Quedé empapado de aguasangre, don Esteban.
Usted no se imagina»… O la historia del campesino que esperaba al borde de la carretera con el racimo de bananos más grande que Misael había visto en la vida.
«Cuando vi ese monstruo quedé en shock», dice.
No dice «boquiabierto» ni «asustado», sino «en shock».
Entre los dos lo cruzaron en el techo, lo amarraron y quedó asomando por las dos ventanillas como un venado o una guirnalda.
La gente se quedaba mirándolos y comentando al borde de la carretera, y en la ciudad, ya cerca de la plaza de mercado, se oyeron algunos gritos.
Sólo faltaron los aplausos… O la historia del señor que se sube al clarear el día a la salida de uno de los prostíbulos que quedan cerca de la plaza de toros y sólo tiene dólares australianos para pagarle.
Misael, que no conoce la tasa de cambio de esos dólares ni de ninguna otra divisa, se los recibe y al día siguiente se entera de que el señor, bastante borracho aunque no se le notara, le había pagado como veinte veces el valor de la carrera.
«Aquí le tengo la plata al australiano, caso de que nos volvamos a encontrar», dice Misael y me pasa, para que lo curiosee, uno de los billetes del pequeño fajo de un dólar, en el que la reina de Inglaterra aparece con gesto de mujer buena, pero chismosa, mientras al fondo un emú y un canguro sostienen el escudo nacional…
O la del borracho que da las indicaciones para llegar a su casa y se queda dormido en el asiento de atrás.
Llegan, el taxista lo despierta con trabajo y el pasajero no reconoce el lugar.
Da otras indicaciones. Llegan a este segundo lugar y el hombre mira y vuelve a mirar la fachada de una casa, como si dudara de que realmente fuera este el sitio que buscaba.
Once de la noche. «¿Se parece?», pregunta Misael, que es paciente y además empieza a interesarse.
«Creo que sí», dice el hombre. Camina inestable hacia la casa y, cuando pone la llave en la cerradura, se oye un rugido profundo del otro lado del portón.
«Vámonos, aquí no es, vámonos, vámonos», dice mientras se devuelve, ya mucho más estable, entra al taxi y cierra rápidamente la puerta, como si algún perro hubiera estado a punto de agarrarlo de la pantorrilla y arrastrarlo por la calle llena de charcos.
«El señor no tiene perro», dice Misael, afirmando, no preguntando.
«Un gozque tengo —dice el señor—, pero no como ese monstruo, no.
Chiquito. Mansito». Parece ahora más sobrio, pero no más orientado.
Mira con atención letreros, esquinas. «Estoy casi seguro de que estamos cerca —dice—.
Si quiere voltee por la próxima a la derecha».
Misael lo mira desde el retrovisor con sus ojos siempre chispeantes, las cejas en ángulo hacia arriba.
«¿El señor se acaba de pasar? ¿Estrenando casa?
», pregunta. Ocupado en mirar esquinas, fachadas, el hombre contesta maquinalmente que lleva diez años viviendo en ella.
«¿Propia?», pregunta Misael. «¡Estoy más perdido…
! —exclama el hombre, y agrega—: ¡Qué va a ser propia!
Ya quisiera yo. Y este ¿qué barrio es?».
«Ricaurte», dice Misael. «¡Vida triste la mía!
», dice el pasajero. «No vive en Ricaurte, el señor», dice Misael, otra vez afirmando, confirmando.
«¿Hoy es jueves?», pregunta el hombre, y el taxista empieza a sentir tanta preocupación como interés.
«¿Quiere que lo deje en la cantina donde lo recogí?
», pregunta. Y allá lo deja. El pasajero, por el pánico, primero, y ahora por el alivio, recupera hasta cierto punto la sobriedad.
Da las gracias, paga la carrera con gran corrección y entra al bar como si por fin hubiera llegado.